Blog

  • LECHE ESPIRITUAL, ROCA DE TROPIEZO

    Jesús puede ser nuestro alimento, como la leche espiritual semejante que bebe el recién nacido de los senos de su madre. Muchos religiosos se intoxican con una leche adulterada, para lo cual Jesucristo vino a ser la roca de tropiezo. A veces, los que edifican iglesias olvidan la piedra del ángulo, ignorando el debido cuidado a la fundación. De la misma manera el religioso no quiere ocuparse de la doctrina de Cristo, sino del Cristo que se ama con el corazón, como si existiera divorcio entre el intelecto y el mensaje del Señor. Al ignorar la justicia de Dios, muchos colocan la suya propia: yo hice, yo decidí, yo decreto y un etcétera de disparates que demuestran que no han nacido de nuevo.

    El árbol bueno no dará jamás un fruto malo, sino que el fruto bueno será su señal. Asimismo todo aquel que ha nacido del Espíritu hablará la doctrina que posee en su corazón, como la buena savia del árbol bueno. La Biblia nos ha señalado como buen olor de Dios por causa de Cristo, en aquellos que han sido rescatados de las tinieblas a la luz, así como en los perdidos. Pero en los que se salvan somos olor de vida para vida, mas en los que se pierden olor de muerte para muerte. Sin embargo, la Escritura señala que en ambos casos somos buen olor.

    Piedra de tropiezo y roca de caída viene a ser el Señor para la casa de Israel, para el mundo en general. Una trampa donde caen muchos, por su hábito religioso al que se aferran divorciándose de su doctrina (Isaías 8:13-18). Cuando Simeón recibió al niño en sus brazos lo declaró su Maestro, declaró que había visto la Salvación preparada para las gentes. Esa era la luz dada como revelación para las naciones, la gloria del pueblo de Israel. Dijo también que ese niño había venido al mundo para la caída y el levantamiento de muchos en Israel, y por una señal en contra, una espada con la cual se herirían las almas hasta escrutar sus corazones y pensamientos (Lucas 2:25-35).

    La preciosa piedra fundacional ha sido colocada para que los que creamos en él no seamos jamás avergonzados. Pero los desobedientes que rechazan esa piedra de fundación la tendrán como roca de tropiezo, de ofensa, y continuarán en desobediencia a la palabra, para la cual fueron ordenados (1 Pedro 2:8). Los que se ufanan de su religión pero desprecian la doctrina del Señor tienen una espada sobre sus cabezas, si no les es dado arrepentimiento para perdón de pecados serán consumidos en su espíritu.

    El mundo todo está bajo el maligno, pero la iglesia es de Cristo. Somos la luz en medio de un universo de tinieblas, sal de la tierra, pero si nuestra doctrina se desvanece desaparece la salinidad y la lumbrera. Ocupaos de la doctrina, le dice Pablo a Timoteo, porque haciendo eso ayudaría a salvar a muchos. La doctrina de Cristo está en las Escrituras, pero muchos la desprecian porque asumirla implicaría deambular como Elías en la soledad del arroyo. La gente canta que no le importa de dónde viene el otro si está tan solo detrás del Calvario, pero eso es una expresión genérica que no salva. Maldito será aquel que trae una doctrina diferente a la enseñada por los apóstoles, sin que importe que diga que está detrás del Calvario.

    Jesús no puede ser una palabra vacía que cada quien llene a su antojo. Hay gente que se apega a ese nombre pero detesta el Antiguo Testamento, como si no fuese un anuncio de lo que vendría como Nuevo. Otros se dan al novedoso estilo mesiánico, como si pronunciar palabras en hebreo les diese más cercanía con el Todopoderoso. Se olvidan de que la lengua hebrea viene de los semitas, es lengua pagana como todas las lenguas del mundo. Dios usó a Abraham y lo llamó de la idolatría, no lo buscó porque viera en él una línea de pureza espiritual. Abraham fue llamado junto con su lengua, del foso del pecado, del mundo en que habitaba: su tierra y su parentela. A partir de allí Dios se manifestó públicamente a través de una nación nacida de los lomos del patriarca. Esa nación fue conocida como el pueblo del libro, al igual que nosotros los que leemos las Escrituras.

    Pero sabido es que no bastaba con leer la Torá, como tampoco basta con leer toda la Biblia. Hay que comprenderla y ponerla por obra, sin que seamos oidores olvidadizos. Por la soberbia de corazón vino la caída de Israel, a quien le ha acontecido endurecimiento en parte. Nosotros fuimos injertados en ese Israel que dio paso a los gentiles (al resto del mundo) pero siempre seremos salvos por gracia, como todos los salvados, incluidos los del Antiguo Testamento. Ellos daban al sacerdote la ofrenda para el sacrificio, pero como sombra de lo que habría de venir. Si el Mesías Cordero no estaba presente en la intención del oferente, al ofrendar en memoria de su futura labor, el oficio sacerdotal hubiese sido en vano.

    El llamado general del evangelio dice que hemos de reconciliarnos con Dios, hemos de creer la buena noticia y de arrepentirnos: cambiar nuestra mentalidad (metanoia). Sabemos que Dios es Todopoderoso y soberano, que la criatura debe un juicio de rendición de cuentas y ha de humillarse porque por sí misma no puede encontrar gracia. El arrepentimiento para perdón de pecados nos permite la debida humildad ante el Hacedor de todo. Cristo derramó su sangre por los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), rogó por los que el Padre le había dado y le seguiría dando (Juan 17:20), pero no murió por los cabritos (Mateo 25:33) ni por el mundo por el cual no rogó (Juan 17:9).

    En realidad, Jesús murió como el buen pastor que dio su vida por las ovejas (Juan 10:11). La condición de ser oveja la da el Padre desde la eternidad (Juan 10:26), por esa razón predicamos el evangelio para que las ovejas puedan seguir a Jesús como pastor. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera…Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero…Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6:37, 44, 65).

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • EL TODOPODEROSO (παντοκράτωρ)

    Jehová, El Shaddai, el que gobierna con mano dura, el que destruye y aflige. Por igual puede entenderse que puede hacer cualquier cosa, como el Jehová que hace todo posible. Un relato en el libro de Rut nos prueba lo dicho acá, donde se dice que Noemí no quiso que la llamaran por su nombre, que significa dulce, sino que ahora le dijeran Mara, lo cual posee el significado de amargo. La razón que dio fue la siguiente: Porque en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso (Shaddai) (Rut 1:20). Es el mismo Dios del Nuevo Testamento, el que en lengua griega se nombra como el Pantokrátor (παντοκράτωρ).

    Por igual el Todopoderoso bendice y nos fructifica, nos hace felices cuando nos corrige y castiga. Grande en justicia y poder, el que proyecta su sombra desde sus espacios secretos para que descansemos en su protección (Salmo 91:1). Ese Todopoderoso Dios funge como nuestro Padre y nosotros somos para Él hijos e hijas (2 Corintios 6:18). Se denomina a Sí mismo como el Alfa y la Omega, el principio y el fin de todas las cosas.

    Si declaró que hizo el universo en seis días, hemos de creerlo porque no miente. Su poder le permite hacer como quiera, desde elegir a alguien para redimirlo hasta reprobar a Esaú sin mirar en sus obras. ¿Quién puede resistirse a su voluntad? Si dijo algo de seguro lo hará. Ah, pero nada falta a los que le temen, no tendremos falta de ningún bien. Si habló del infierno de eterna condenación, hemos de creerle porque cumple lo que dice. De nada le vale al hombre ganar el mundo y perder su alma, mejor sería entrar renco en el reino de los cielos que con dos pies rectos ser lanzado al lago de fuego.

    Su infinito poder nos conduce a entender que aún los pensamientos de las personas malvadas son controlados por el Todopoderoso. Si ustedes miran Deuteronomio 2:30 se darán cuenta de lo que aconteció en la vida de un poderoso rey de Hesbón, a quien Jehová le endureció su espíritu, haciendo obstinado su corazón, de manera que fuese entregado en manos de los israelitas para ajusticiarlo. La Biblia quiere enseñarnos no solamente que Dios todo lo puede, sino que aún los eventos en los que vemos adversidades son planificados por Él. Siempre habrá dos perspectivas, la de nuestros enemigos como actores voluntarios para buscar causarnos pesar y la del Señor que todo lo puede, el cual envía la calamidad para fortalecernos y glorificarse.

    El corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1). La capacidad de acción del Todopoderoso hace posible cumplir todas sus promesas. Si Él estuviera limitado en algunos aspectos de su existir, podría fallar en lo que se haya propuesto. Pero aún al malo creó Dios para el día malo (Proverbios 16:4), lo cual sugiere que debemos reconocer que Jehová todo lo cubre. En Él vivimos, nos movemos y somos, con la fortuna de haber sido declarados sus hijos, por lo tanto herederos de su trono. La soberanía del Señor conviene examinarla, para comprender que no tiene límite alguno, para poder refugiarnos en sus parámetros (todas las cosas nos ayudan a bien…Romanos 8:28).

    Esa capacidad de hacer cuanto quiere le ha permitido declarar el final desde el principio (Isaías 46:10). De allí que haya dicho que su consejo permanecerá y hará lo que quiere. Dios sometió el mundo a vanidad, pero nos dio esperanza en Cristo a los que conformamos su pueblo elegido. No quiso hacerlo con cada uno de los seres humanos, pero escogió lo necio del mundo, lo que no es para deshacer a lo que es (o que cree serlo). A Pablo le dijo que su poder se perfeccionaba en la debilidad del apóstol, lo que nos enseña a conocer nuestros límites que Él también impuso para maravillarnos de su majestuoso poder.

    La ceremonia de la Pascua instaurada en el pueblo de Israel, conmemora la liberación de la esclavitud en Egipto. Faraón fue endurecido por Jehová, como se lo prometió a Moisés. Faraón no pudo liberar a Israel antes de tiempo, antes de Jehová manifestar su gloria por medio de las plagas enviadas. Si el Faraón hubiese actuado de buena fe, de seguro Israel no hubiese mirado a Jehová como el Todopoderoso que se impuso sobre aquel tirano. Todo tiene su tiempo porque Dios busca su gloria, para que no desesperemos cuando nos parece tarde su llegada.

    Esa pascua señalaba a Jesucristo porque por medio de su sangre derramada en la cruz se limpiaron todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Por esa razón Jesucristo ha sido declarado nuestra pascua (1 Corintios 5:7), porque Dios pasó por alto en virtud de su sacrificio todos los pecados de aquellos por quienes rogó la noche antes de morir (Juan 17). El soberano Señor, que hizo los cielos y la tierra, el mar y todo lo que hay, es el mismo que ordenó que se reunieran jefes de la tierra y mucha gente contra su Hijo Jesús, para hacer cuando su mano y consejo habían antes determinado que sucediera (Hechos 4:27-28).

    Aún Judas Iscariote, el traidor, había sido ordenado como el hijo de perdición sobre quien Jesús lanzó un ay. Dios ha formado vasos de ira (los réprobos en cuanto a fe) y vasos de misericordia (los elegidos para vida eterna).

    Fijémonos por un momento en unos textos de Apocalipsis. En el capítulo 17 verso 17 podemos constatar que existe gente a quienes Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios. Entregarle el reino a la bestia (anticristo) debe ser algo terrible, pero Dios hace que la gente se ponga de acuerdo (en forma natural) y cumpla todo el propósito planeado desde antes de la fundación del mundo. Esa gente forma parte de los vasos de ira preparados para ira y destrucción eterna, para ir al lago de fuego que no se apaga y donde el gusano de ellos no muere. Allí será el lloro y el crujir de dientes. Eso lo ha hecho Dios en su soberanía y voluntad inquebrantable.

    En Apocalipsis 13:8 se describe la adoración a la bestia por parte de aquellos moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero desde el principio del mundo. Es decir, Dios no escribió sus nombres en el libro de la vida sino en el de la muerte eterna. Asimismo hizo con Esaú, a quien odió desde antes de ser concebido, antes de que hiciese bien o mal (Romanos 9:11). Si quiere otro texto acá va Apocalipsis 17:8, referido a la misma idea: Habla de la bestia que está para subir del abismo e ir a perdición, ante la que los moradores de la tierra, aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida, se asombrarán viendo a la bestia que era y no es, y será.

    Tal vez alguno todavía ose pensar que Dios previó mirando en los corazones de los hombres y de allí eligió a los más sensatos (o menos insensatos). Eso lo haría un Dios que no fuese omnisciente y que tenga que averiguar el futuro en los corazones humanos. Tal divinidad sería un Dios impreciso porque la volubilidad humana de seguro haría fracasar su esfuerzo profético. Pero la Biblia todavía apunta al respecto, para dejar en claro la voluntad del Creador: No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), no hay quien haga lo bueno. Todos se desviaron, cada cual se apartó por su camino, han muerto en sus delitos y pecados. ¿Cómo puede Dios encontrar sanidad en un espíritu muero y en un corazón acostumbrado a hacer el mal? De seguro no encontró quien lo siguiera, como para que nadie se jactara y pensara que fue su obra la que lo hizo ser más astuto que el que se condena.

    Dios hizo la salvación de pura gracia, no por obras para que nadie se gloríe. La salvación, la gracia y la fe son un regalo de Dios (Efesios 2:8), de manera que la gloria que el Padre le da al Hijo dependa de Él y no de nosotros. Esa es la doctrina de Jesucristo, la misma que el Padre le dio, por lo cual aseguró que nadie puede venir a él si el Padre no lo trajere para resucitarlo en el día final, y para no echarlo fuera. Citó el Señor una profecía antigua: Serán enseñados por Dios y, habiendo aprendido, vendrán a mí (Juan 6:45). Los que enseñan otro evangelio son declarados malditos, fuera de la bendición del Altísimo. Ese otro evangelio resulta más atractivo par los oídos de la muchedumbre, por cuya razón se predica continuamente desde múltiples púlpitos eclesiásticos. Esa doctrina espuria no pertenece a Jesucristo, sino a la serpiente antigua, la que también fue preparada para destrucción de muchos.

    Salid de Babilonia, pueblo mío (Apocalipsis 18:4).

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • LA VANA JACTANCIA

    Dios odia a todos los que operan la iniquidad porque el pecado y cualquier injusticia aparece contrario a la naturaleza divina. El pecado pasa por abominación contra la santidad de Dios, pese a que Dios lo ordenó para la glorificación suprema de su Hijo Jesucristo. El pecado entró por causa de un hombre, Adán nuestro padre, pero dado que por su efecto viene la muerte el regalo de Dios fue la vida eterna en su Hijo. En su soberanía absoluta Dios se propuso glorificar al Cristo con el título de Salvador, dándole hijos escogidos desde antes de la fundación del mundo. Aparte de esta razón (la gloria de Jesucristo) está la gloria de su justicia contra el pecado, por lo cual podemos asegurar que no se deleita jamás en la maldad.

    El Espíritu de Dios viene a este mundo con muchas finalidades, una de las cuales nos advierte acerca de la regeneración y conversión que hace en algunos pecadores. El hombre malvado continúa en sus pecados y muere en ellos, pero en vida sigue manteniéndose como enemigo y como quien odia a Dios. Los que tienen los sentidos perdidos en la maldad, aparecen como los desprovistos de cordura. Así los describe el Señor a partir de lo escrito por el salmista (Salmo 5:5). Estos son los glorificadores de oficio, los que se dan gloria a sí mismos, alabándose de muchas maneras.

    Poco importa que el hombre inicuo se convierta en religioso, o que se haga llamar creyente cristiano, ya que su injusticia descubre la realidad de su alma. Existe mucha gente en el mundo que dedica su vida como operador de la iniquidad. La maldad aparece como su negocio, en todo momento su lascivia se muestra como la del caballo frente a las yeguas. Los hombres ahora relinchan por la mujer ajena, su falta de entendimiento amerita que los aten con cabestro como al mulo. Estos son de los que en el día final se les dirá que nunca fueron conocidos por el Señor (Mateo 7:22), pese a sus maravillosas obras humanas hechas en el nombre de Jesús.

    Resulta indudable que la Biblia habla de los religiosos que se creen a sí mismos justos. Ellos se glorían en sus obras de caridad, en haber alcanzado por sus propios méritos la redención de sus almas. Ciertamente, dirán que fue Jesucristo quien los salvó, hablarán por doquier de su gracia y misericordia, intentarán adaptarse a un modelo de vida más probo que el que tenían cuando desconocían del todo las Escrituras. Pero su jactancia resultará en vanidad y su justicia se plasmará como engaño, por lo que el Señor les dirá: Apartaos de mí, hacedores de iniquidad.

    Coincidimos con John Gill cuando comenta que el amor de Dios por su pueblo precedió al pecado, habiéndonos colocado en Cristo, por quien siempre somos el placer del Padre. Pese a que hayamos sido hijos de la ira, lo mismo que los demás, en Adán, y aunque actualmente continuamos transgrediendo la ley divina, el amor eterno con que nos amó nos salvó de su ira desviándola hacia el Hijo que nos representó en la cruz.

    En Romanos 9:13 se lee: Cómo está escrito: A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí. En el verso 11 nos habla Pablo sobre cuándo apareció ese amor por Jacob y ese odio por Esaú: no habían aún nacido (concebidos -de acuerdo a la lengua griega), ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino el que llama. Muchos autodenominados cristianos consideran una blasfemia presentar estos textos de la Escritura, ellos quisieran que el texto dijera algo diferente. De hecho, algunos de sus filólogos han procurado dar un sentido distinto al texto griego original, por lo que se habla de Dios amando menos a Esaú. En otras palabras, suprimen el odio en Dios y lo mutan hacia un amor disminuido.

    La Biblia nos conduce a la aseveración de que Dios odia a los réprobos en cuanto a fe, a los operadores de iniquidad que no se apartan jamás de su maldad. Ellos no se pueden devolver de sus pecados porque su naturaleza caída se los impide, por lo cual continúan con el puño levantado contra el cielo y vistiéndose con ropaje religioso, en el alegato de una moralidad superior a la divina. Acusan a Dios de injusto por no amar a Esaú, pero sostienen que está bien que ame a Jacob. Pablo responde a estos religiosos o no religiosos pero impíos siempre que en ninguna manera existe injusticia en Dios. Él ha hecho de la misma masa pecaminosa vasos para honra y vasos para deshonra, unos para misericordia y otros para ira.

    Ante la elección de Dios que no toma en cuenta la obra humana, el hombre caído (aunque sea religioso) se molesta por la soberanía absoluta de Dios. Dice que no hay virtud alguna en amar a Dios a la fuerza, que para que resulte justo el castigo tiene que haber oportunidades de escape. Por ejemplo, aducen que ellos aceptaron de buena voluntad a Cristo como su Salvador y Señor, pero que existe gente endurecida que niega al Señor. En otras palabras, ellos están jactándose de ellos mismos, de su sabia decisión, de su buen corazón que aceptó la dádiva de Dios. De esa manera, el Jesús en el que han creído suena más justo que el bíblico, porque murió por todos, sin excepción.

    Por esta vía, estos falsos creyentes militan en la idea de que ellos establecieron la diferencia entre cielo e infierno. Sí, fue su decisión oportuna por Cristo lo que los salvó. Nada dicen del Dios que amó a unos desde siempre pero odió a otros desde siempre. Eso los espanta y no entra en su doctrina. La razón obvia de actuar de esa manera se debe a que siguen siendo operadores de iniquidad. Estos insensatos reseñados en el Salmo 5:5 son los que se jactan de ellos mismos, de acuerdo al vocablo hebreo que aparece designándolos. Se tradujo como locos o insensatos, pero el origen de su locura se basa en la jactancia. De allí que Pablo sabiamente nos haya legado sus palabras: Lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo. En cuanto a mí, jamás se me ocurra jactarme de otra cosa sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo ha sido crucificado para mí, y yo para el mundo (Gálatas 6:14).

    Dios odia en especial varias cosas: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras y el que siembra discordia entre hermanos (Proverbios 6:16-19). Antes de la caída viene la altivez, así que no podemos jactarnos en nuestra pericia de hombres rectos, como si pudiéramos por nosotros mismos estar de pie. Fue Dios en su soberanía quien nos amó de acuerdo a sus planes eternos e inmutables, para que fuésemos semejantes a su Hijo. Nos dio herencia en Cristo, para ser adoptados como sus hijos, para obtener la vida eterna y sus riquezas celestiales.

    No nos hicimos nosotros a nosotros mismos, ni siquiera a nivel espiritual. Jehová tiene misericordia de los que quiere tener misericordia pero endurece al que desea endurecer. De esa manera tuvo misericordia de Moisés, pero endureció al Faraón de Egipto. Todos los profetas del Antiguo Testamento dan fe de que eran hombres comunes e inicuos pero Jehová los limpió para que fuesen sus servidores. Pensemos, finalmente, en el testimonio que nos dejó Isaías: Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí (Isaías 6: 6-8).

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

    cesarparedesabsolutasoberaniadedios.org

  • CAPACIDAD HUMANA COMO PRERREQUISITO

    La gran mayoría de los que se llaman cristianos sostienen que debe existir una capacidad para creer en Jesucristo. Sin esa capacidad, aseguran, no habría responsabilidad en el pecador para ser juzgado. En realidad, ellos trasladan los preceptos de autoridad del Derecho humano al terreno divino, haciendo falaz su razonar por el argumento de falsa autoridad. Lo que sirve como autoridad humana no puede funcionar por fuerza en el ámbito de la autoridad divina. De esa manera defienden a Esaú o inculpan a Dios, ya que aquel personaje bíblico de Romanos 9 no tuvo ninguna opción de resistir a Dios. ¿Por qué, pues, Dios lo inculpa?

    Por esta vía marchan los que se aferran a su fantasía religiosa del libre albedrío, bajo la superstición de su existencia: Si no hay libertad, no habrá culpabilidad en las acciones humanas. De igual manera, un extremo de esta corriente asegura que solamente aquellos que son capaces de arrepentimiento pueden llegar a creer, por lo que cuando alguien le dice a una persona que ella tiene el deber de arrepentirse y creer el evangelio, en realidad esa persona posee aquella capacidad.

    Surge por este razonar de elucubraciones la habilidad como supuesto para el deber y la culpa. Sería traducido en el ejemplo siguiente: Si se nos encomendó predicar el evangelio a todo el mundo, debe entenderse que todo el mundo tiene potencialmente la habilidad para el deber de creer. Por esta vía se llega a una conclusión igualmente falaz: Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción. Creada la circunstancia del supuesto de la posibilidad de creer en todo el mundo, la distracción racional da el paso para una muerte universal del Hijo de Dios.

    Lo que la Biblia enseña es que se nos ha ordenado ir por todo el mundo para predicar el evangelio a toda criatura, para que el que sea creyente tenga vida eterna. Bien, veamos de cerca ese mandato: Desde que se ordenó esa gran comisión no todos los creyentes salieron por el mundo conocido de entonces a predicar ese evangelio; tampoco se dice nada de lo que sucedió hacia atrás, antes del momento de que esa orden fuese generada. Miles y millones de personas quedaron sin ninguna información al respecto, en relación a la supuesta muerte de Jesús por todo el mundo sin excepción.

    La salida a este problema no puede pasar por el absurdo del abandono de la predicación del evangelio. No podríamos decir tampoco que como el hombre natural perdió la habilidad para creer debería ser excluido del grupo de los predicables. Un niño nace en un territorio con deuda pública (externa e interna) imposible de cancelar, pero esa imposibilidad no excluye que ese individuo que acaba de nacer tenga que asumir la responsabilidad de la deuda. Eso es un ejemplo del mundo secular, de la vida cotidiana, que pudiera ser útil para nuestro razonar por analogía válida. El deber ser no se anula por el hecho de la imposibilidad de cumplirse.

    La ley que Dios le dio a Moisés fue muy dura, tanto que nadie pudo cumplirla y ella no pudo salvar a nadie. Así lo enseñan las Escrituras, pero esa ley resumida en los Diez Mandamientos no fue anulada, simplemente fue cumplida a cabalidad por Jesucristo. De esa manera él llegó a ser nuestra justicia, o la justicia de Dios para convertirse en nuestra pascua. Todos los que fuimos justificados en la representación que Jesús hizo en el madero, somos igualmente llamados los elegidos de Dios. Jesús vino a morir por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), conforme a las Escrituras. Jesús no rogó por el mundo que quedó por fuera de su trabajo hecho al día siguiente de esa oración recogida en el Getsemaní (Juan 17:9).

    El mandato divino fue absoluto: Mirad, pues, que hagáis como Jehová vuestro Dios os ha mandado; no os apartéis a diestra ni a siniestra (Deuteronomio 5:32). Esforzaos, pues, mucho en guardar y hacer todo lo que está escrito en el libro de la ley de Moisés, sin apartaros de ello ni a diestra ni a siniestra (Josué 23:6). Veamos lo que nos dijo Jesucristo: Sed perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto (Mateo 5:48). Pese a ese mandato de guardar toda la ley, la Biblia aclara: Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de Él; pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado (Romanos 3:20).

    Así que quien guarde la ley, pero la quebrante en un punto, se hace culpable de todos (Santiago 2:10). Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado, sino por la fe de Jesucristo, de acuerdo a Gálatas 2:16, lo cual nos lleva a deducir con el resto de las Escrituras que aquella ley ordenada apuntaba a Jesucristo como su verdadero cumplidor. Él vino a ser el Cordero sin mancha, la Simiente prometida para acabar con el pecado y para herir en la cabeza a la serpiente antigua, llamada diablo o Satanás.

    Podemos llegar a una temprana conclusión respecto a nuestro deber ser: lo que ha ordenado Dios no presupone capacidad de cumplimiento por parte de su criatura. Al contrario, la ley escrita en los corazones humanos, o en las tablas dadas a Moisés, cumple la función de señalarnos nuestro deber. Asimismo, ella nos educa en cuanto a nuestra incapacidad por cuanto el hombre natural cayó muerto en delitos y pecados. No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios). De esta manera se ha cumplido la condena sobre el pecado, cuya consecuencia no es otra que la muerte.

    Sin embargo, frente a esta situación del hombre desesperado por andar atrapado en su maldad, recordamos que el regalo de Dios vino a mostrarse como la vida eterna que tenemos en Cristo Jesús, nuestro Señor. Para esto nadie resulta suficiente, pero lo que nos viene como imposible resulta posible para Dios. No envió Dios a su Hijo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree no es condenado, pero que no cree ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.

    Aquella persona que llega a creer, descubrirá después de creer que ha sido ordenado para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo. No puede saberlo antes, porque el Espíritu de Dios no lo dirige todavía para que comprenda el mensaje del evangelio, ni le recuerda las palabras de Jesús. Pero una vez que ha nacido de nuevo (por operación del Espíritu) es llevado a toda verdad y ésta lo hará libre. De igual manera confesará siempre el verdadero evangelio, por cuanto como oveja sigue al buen pastor y no a los extraños. De la abundancia del corazón hablará su boca y como buen árbol llevará un buen fruto. Descubrirá que Jesús lo representó en aquella cruz y sufrió por todos sus pecados, de manera que el Padre ya no lo condenará por culpa de sus pecados.

    Mientras el hombre continúe en su incredulidad, no podrá discernir las cosas del Espíritu de Dios porque las tiene como locura. El incrédulo tiene el entendimiento entenebrecido, pero en los que se pierden jamás les resplandecerá la luz del evangelio de Jesucristo. Predicamos a los hombres incapaces de creer, porque no existe ningún prerrequisito de capacidad para llegar a ser creyente. La Biblia dice que seremos enseñados por Dios, y habiendo aprendido iremos hacia el Hijo. Nadie puede ir al Hijo si el Padre no lo lleva, pero el que es llevado por el Padre será resucitado en el día postrero y el Hijo no lo echará fuera.

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

    cesarparedesabsolutasoberaniadedios.org

  • EL TEMOR DE JEHOVÁ (PROVERBIOS 1:7)

    Initium sapientiae timor domini dice un escudo de una universidad. El principio de la sabiduría es el temor del Señor, de acuerdo a las palabras de Salomón; pero el proverbio continúa con su parte final: sapientam atque doctrina stulti despiciunt (los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza). Vemos dos tipos de personas en este escrito bíblico: 1) los que se benefician del temor al Señor; 2) los que desprecian la enseñanza o doctrina de Jehová. A ambos los hizo Dios, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4), precisamente escrito en la Biblia para que sepamos que nadie escapa a la presencia del Creador.

    Los que desprecian la doctrina de la gracia soberana, o la enseñanza de la absoluta soberanía de Dios, no pueden escapar de su destino marcado para que actúen de acuerdo al plan divino. Judas Iscariote iba conforme a las Escrituras, para que ellas se cumplieran en todo cuanto había señalado que ocurriría. Sin embargo, ir conforme a las Escrituras puede resultar irónico, ya que su lamento por el pecado no le sirvió de nada bueno a Judas. Jesucristo dictó un ay por lo que Judas haría, pero no le impidió hacer el daño planificado. Mientras que a Pedro le vaticinó su mal que estaba por hacer, pero le indicó que él había orado al Padre para que su fe no faltara. El resultado lo conocemos: después de la traición enjundiosa del apóstol al Señor, éste lo miró y el pescador lloró amargamente para perdón de pecados.

    ¿Qué podemos decir del destino de Esaú? Aún antes de que hiciera bien o mal, para que no mediara obra alguna, el Señor lo destinó como hijo de perdición. No fue que miró en su corazón y descubrió que era malévolo, porque de haberlo hecho de esa manera Pablo no habría escrito esta aclaratoria: sin que hubieran aún nacido ni hecho ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama (Romanos 9: 11).

    El texto citado no tiene manera de evadirse, pero los que buscan su propia perdición lo tuercen, haciéndolo decir lo que no dice. No obstante, para eso también parecen haber sido destinados, ya que en la paciencia de Dios han sido soportados para el día de la destrucción. El destino humano fue decidido desde la eternidad, sin que se pueda acusar a Dios de injusto. El derecho divino sobre la masa de barro creada le otorga al Creador la potestad de hacer lo que desea con su obra. No solo creó vasos de ira (Faraón, Esaú, Caín, cualquier otro réprobo en cuanto a fe), sino que hizo vasos de misericordia (Moisés, Jacob, Abel, todos los demás elegidos por el Padre para vida eterna, desde antes de la fundación del mundo).

    El ser humano vuelve al mismo punto de discusión por los siglos: Dios sería injusto si no respeta el libre albedrío humano. El problema es que eso no existe como tal, porque el sentido de libertad que tenemos no implica su existencia absoluta. Si cada persona nace con un destino, las consecuencias de sus actos forman parte de ese destino. La criatura no puede compararse con el Creador, ya que mientras ella continúa sometida Dios aparece soberano y libre en forma absoluta. La Biblia es tajante respecto al remanente: aunque Israel sea como la arena del mar, solamente el remanente será salvo (Romanos 9:27).

    Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, como Sodoma habríamos venido a ser, y a Gomorra seríamos semejantes (Romanos 9:29). Dentro del gobierno divino hemos descubierto normas generales y decretos absolutos. Una norma puede ser un mandato general para que la gente actúe de acuerdo a sus postulados. Estas pueden quebrantarse en ese juego humano de resistencia normativa. Sin embargo, un decreto eterno aparece inmutable y nadie puede desviar el curso de su historia. El deber ser de Judas Iscariote se construyó bajo las normas de la ley de Moisés, donde no encontramos jamás un mandato para traicionar al Señor. Al contrario, esas normas promovían la equidad, el buen juicio y la obediencia debida a la ética divina. Pero el decreto manifiesto por medio de los profetas señalaba por igual lo que debía acontecer con el Mesías que vendría a la tierra para ser sacrificado como Cordero. Uno de sus compañeros con quien Jesús compartía el pan habría de traicionarlo. Contra ese decreto inmutable Judas no pudo resistirse.

    Los teólogos defienden a Judas, ahora lo han perdonado en el nombre del Señor a quienes dicen servir, pero la maldición no se apartó de ese apóstol señalado como hijo de perdición. Esos teólogos son los mismos que abanderan la inocencia de Esaú, los que dirigen palabras de maldición al Señor cuando lo declaran injusto por exigirle a alguien lo que no puede cumplir. En realidad, ¿quién puede resistirse a la voluntad de Dios? ¿Por qué, pues, inculpa? La respuesta de la Escritura de inmediato aparece: ¿Y tú quién eres para que alterques con tu Creador? No eres más que una olla de barro formada con el material que le pertenece al alfarero. Precisamente, por ser una criatura frente al Todopoderoso le debe rendición de cuentas; no al contrario, Dios no le debe a nadie y todos compareceremos ante su trono de justicia.

    La doctrina de la predestinación no acobija la injusticia humana, no aplaude el cobijo que la impiedad pueda buscar como víctima del destino. Si alguien se cree predestinado para cometer un delito, sepa que habrá otro (tal vez un juez) que también le estará aguardando para condenarlo (en virtud de la predestinación, dicho como ironía). Pablo fue uno de los apóstoles que más expuso esta doctrina, pero cuando escribió Romanos 7 no se refugió en el destino marcado por Dios sino que comprendió lo que le sucedía a cada creyente en relación con el pecado. Daba gracias a Dios por Jesucristo, quien lo libraría de su cuerpo de muerte, pero jamás se refugió en la doctrina de la gracia para justificar el mal que hacía sin querer hacerlo.

    Hubo un rey en Jerusalén llamado Amasías. Este fue a la guerra contra los edomitas y obtuvo una gran victoria, pero su sensatez se trastabilló cuando trajo los dioses de los hijos de Seir para adorarlos y quemarles incienso. Por esta razón vemos que la ira de Jehová se encendió contra Amasías, a quien le envió un profeta para advertirle. Pero el rey le refutó al enviado señalándole que él no era ninguno de sus consejeros para que le interrogara al respecto. Su soberbia imperó y su caída vino de inmediato, pues el profeta le dijo que Dios había decretado destruirlo, por causa de sus palabras (su respuesta) y por su desobediencia ante las proféticas palabras (2 Crónicas 24:14-16).

    El principio de la sabiduría es el temor del Señor, una frase para colgársela en el cuello, para guardarla en el registro de la memoria. El insensato Amasías despreció la sabiduría y la enseñanza del profeta que venía de parte de Jehová. El conocimiento viaja por un camino en el que podemos transitar, para aprenderlo y mejorar nuestras técnicas y conceptos. Sin embargo, la sabiduría no siempre marcha de su lado, sino que hemos de inquirirla para asirla cuanto podamos. Dios hace sabio al sencillo, pero el soberbio se distancia de su Creador con facilidad. Lo mismo le sucedió al Faraón ante Moisés: ¿Y quién es Jehová para que yo deje ir a su pueblo? Bueno, los que demandan pruebas de la existencia de Dios las tendrán de muchas maneras: puede ser por la vía fácil, la obra de sus manos que resulta evidencia suficiente para el alma humilde, pero puede ser también por las pruebas que Dios envía airadamente contra la insensatez humana.

    César Paredes

    Escríbenos al siguiente correo: cesarparedesabsolutasoberaniadedios.org

  • EL FALSO EVANGELIO

    Dios no se complace en la maldad, aborrece (odia)a todos los que hacen iniquidad, destruirá a todos los que hablan mentira (Salmo 5:4-6). Dado que Dios se ama a sí mismo, en tanto es amor, se desprende que odia a todo lo malvado porque le es ajeno. Estos hacedores del mal son personas a quienes Dios odia, de acuerdo al verbo griego MISEO. Así que olvidémonos desde ya de la famosa mentira teológica que dice que Dios odia el pecado pero ama al pecador; acá vemos claramente que Dios odia también al pecador.

    De verdad Dios nos amó con amor eterno, pero estuvimos bajo su ira -lo mismo que los demás- cuando anduvimos sin su evangelio. Otra mentira teológica ha sido enseñada en forma continua, la que dice que existen herejías pero no necesariamente éstas tienen herejes. Es decir, pareciera que una herejía aparece pero a quien la promulga o a quien la sigue por escucharla no se le tilda como hereje. Dentro de esa gran mentira, se trataría de personas engañadas, confundidas, que de igual forma aman al Señor y son amadas por Él. Nada más alejado de la verdad bíblica, porque la Escritura nos advierte contra la ignorancia y nos alienta a conocer al Siervo Justo que justificará a muchos.

    Si el Espíritu Santo es el Espíritu de la verdad, si él habita en nosotros como garantía de nuestra salvación final, él también nos recuerda las palabras del Señor. Una de sus misiones consiste en llevarnos a toda verdad, así que no puede haber un árbol bueno que dé un fruto malo. Una persona que haya creído el evangelio de Cristo no puede confesar otro evangelio, ya que estaría dando fe de que nunca creyó como una oveja lo hace: la que huye del extraño y sigue al buen pastor.

    Una de las mentiras más propagadas desde hace siglos ha sido la del objeto de la muerte de Cristo. Se nos ha dicho repetidamente que el Señor vino a poner su vida por todo el mundo, sin excepción. De esta manera murió tanto por Judas Iscariote como por Esaú, por el Faraón de Egipto, por todos los réprobos en cuanto a fe, por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Se niega con tal afirmación lo que dijo Jesucristo: que no rogaría por el mundo, sino solamente por los que el Padre le dio (Juan 17).

    Esa gran mentira enseñada desde los púlpitos de las mal llamadas iglesias han convencido a multitudes, pero ellas no parecen ovejas sino cabras seguidoras del extraño (Juan 10:1-5). A estos engañados les parece bien gloriarse en su propia justicia, en sus haceres y no haceres. Por un lado aseguran que los salvó la gracia divina, pero por otro se atreven a asegurar que ellos creyeron porque su libre albedrío los condujo a esa realidad. Ellos aceptaron la oferta universal de Cristo como expiación y por ende fueron salvos. En realidad, ellos tienen de qué gloriarse, aparte de la cruz de Cristo. Ellos se glorían en su propia y personal decisión, como si su estado de pecadores no los hubiera afectado en forma absoluta, como si Dios cuando miró desde los cielos para ver si había algún sensato que lo siguiera los vio con sus corazones dispuestos.

    En realidad Jesucristo no murió por los que están en el infierno, como si hubiese pagado por sus pecados inútilmente. Jesús murió por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), por lo que cuando predicó entre los hombres pudo decir que ninguna persona podía venir a él si el Padre no lo trajere. Agregó que nunca echaría fuera a alguna persona enviada por el Padre, ya que eso corroboraba la profecía que decía que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendríamos a él (Juan 6:44-45).

    Dado que Dios odia a todos los que operan o trabajan la iniquidad, debemos decir que igualmente odia a todos los que pervierten su doctrina. Todos aquellos que aseguran la mentira de la muerte universal de Jesús yacen bajo la ira continua de Dios. Pueden ser muy religiosos, con gran apariencia de piedad, con grandes obras humanas y religiosas, pero a ellos les será dicho Nunca os conocí. Aprendamos de Pablo lo siguiente: Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo (Gálatas 6:14).

    El evangelio es el único mecanismo para juzgarnos todos: Somos salvos por el poder de Dios. Asimismo, la justicia de Dios se pone de manifiesto en el evangelio, por medio de la fe y para fe, ya que el justo vivirá por la fe. El que cree en el evangelio será salvo, pero el que no cree será condenado. Así de simple, por lo cual conviene estar atentos a lo que es el evangelio de Cristo. No se le puede añadir ni quitar, ni una jota ni una tilde, ya que su anuncio no cambia con los siglos y sirve por igual para alcanzar las ovejas perdidas como para añadir mayor condenación a los incrédulos que lo rechazan.

    Recordemos siempre que por el Espíritu Santo el individuo nace de nuevo, pero no puede nacer de nuevo y seguir creyendo las doctrinas falsas que la religión ha pregonado. Eso sería un contrasentido, un testimonio de que sigue muerto en delitos y pecados y de que ha creído un evangelio diferente. Hoy día algunos teólogos de los estantes más vistosos han promulgado una expresión conciliadora en materia teológica; dicha expresión refiere a los que son felizmente inconsistentes.

    Esta feliz inconsistencia hace referencia a aquellos que a pesar de militar en doctrinas extrañas en realidad aman a Jesús como su Señor y Salvador personal. Poco les importa que se digan mentiras doctrinales como si fueran verdades de Jesucristo, lo que les interesa es nombrar a Jesús por encima de otros maestros o dioses. Por ejemplo: ¿Dices que eres salvo por la gracia de Dios, pero te glorías de tu sabia decisión? ¿Hablas por doquier de la soberanía divina, pero te sostienes con tu libre albedrío? Entonces, para esos teólogos de estantes vistosos, estás en un período de infeliz inconsistencia que no acarrea ningún problema. Esa es una gran mentira que debería cada quien refutar en interés de su pureza doctrinal, así como por causa del conocimiento del Siervo Justo (Isaías 53:11).

    Los que profesan el falso evangelio tienen todavía el entendimiento entenebrecido. Para ellos el evangelio permanece escondido y no les resplandece la luz del evangelio de la gloria de Cristo. Les resplandece la luz del falso evangelio, del extraño, de los maestros de mentiras, de los falsos profetas de antaño. Contra ellos nos advirtió Juan, para que no nos reunamos con esa gente en quienes no habita la doctrina de Cristo. Ellos no tienen ni al Padre ni al Hijo, son portadores de abundantes plagas y debemos mantenernos alejados de ellos para no sufrir sus castigos (2 Juan 1:9-10).

    Dios desea que el verdadero Jesús de las Escrituras sea el que nos dé el inmediato e inevitable brillo del rostro de Jesucristo, el fruto inequívoco del nuevo nacimiento operado por el Espíritu Santo. Jesucristo no está divorciado de su doctrina, como lo dijo: Yo vine a traer la doctrina de mi Padre. Doctrina se define como cuerpo de enseñanzas, así que conviene estudiar las Escrituras para no invocar una palabra vacía, aunque ésta sea ¨Jesús ¨. Lo que importa es conocer al Hijo (al Siervo Justo) para entender si fuimos o no justificados por él.

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

  • UN CORAZÓN COJO

    El corazón de Adán empezó a cojear a partir de su caída. Ya no caminaba como antes, su tropiezo se inició en su mente cuando se sintió desnudo. Observó que algo similar sucedía con Eva, su mujer, así que supuso que de aquel árbol prohibido había consumido el fruto de la desobediencia. La consecuencia general fue un legado de pecado para la muerte del cuerpo físico y del alma inmortal.

    Lo que el Creador hizo de inmediato fue un sacrificio animal para cubrir con pieles la desnudez del ser humano. Un anticipo de lo que vendría una vez cumplido el tiempo, cuando enviaría a su Hijo prometido como la Simiente de la mujer que heriría definitivamente la cabeza de la serpiente antigua. Cristo vino en carne humana, bajo la ley de Moisés, para redimir a todos los que estaban bajo la maldición de la ley. Ciertamente, la ley no pudo salvar a nadie, sino que aumentó el pecado, ya que cuando dice no codiciarás se aumenta la codicia. La prevaricación humana nos agita la mente y vamos rápidos tras sus huellas para consumar el pecado.

    Pablo habló de la ley del pecado que estaba en sus miembros, en confrontación con la ley de su mente. Esa ley de su mente es llamada la ley del Espíritu de Dios, el Consolador, el que en lengua griega se llama Parakletos. Este vocablo implica que estará junto a los creyentes, que intercederá por ellos ante el Padre, que nos ayuda a pedir como conviene. También significa el que habla y persuade, con la razón pura del Logos eterno e inmutable.

    Cristo fue también un Consolador pero vino en la carne y estuvo sometido al espacio tiempo, como lo está toda carne. Más allá de que en ciertos momentos de sus milagros y prodigios demostrara que podía vencer los obstáculos de la física, su propósito fue otro muy distinto. Vino a dar cumplimiento a la tarea del Padre propuesta desde antes de la fundación del mundo. Así lo entiende Pedro en su epístola (1 Pedro 2:20). Si Cristo no se hubiese ido al cielo el Consolador no habría venido, por lo que fue necesario en la sintaxis de Dios que el Señor subiera a la diestra del Padre para que el Espíritu Santo descendiera.

    El mundo está más que cojo. No recuerda ya la imagen primigenia que tuvo Adán con Dios, no tiene en mente la pureza de la inocencia de sus primeros padres antes de la caída, sino que la transformación que hizo el diablo la tiene presente como el modelo humano. Si no existiese el nuevo nacimiento dado por el Espíritu, nosotros no podríamos vislumbrar la dimensión del pecado. Por ejemplo, ¿quién de los incrédulos puede siquiera asomarse a la idea de lo pecaminoso de la incredulidad? El Espíritu de Dios puede hacer posible que el individuo comprenda la vitalidad de la sangre de Cristo como principio de vida espiritual. Ese líquido de la vida viene por fe, única manera ofrecida para todos nosotros: la fe de Cristo.

    Precisamente, por la carencia de habilidades innatas para conseguir esa salvación tan grande, se escribió en la Biblia lo siguiente: No nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio. No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos (2 Timoteo 1:7-9).

    El creyente tiene una carrera por delante, pero es llamado a no fatigar su ánimo hasta el desmayo. La disciplina del Señor está cerca de todos aquellos a quienes toma como hijos, para que lo cojo no se salga del camino. La misericordia de Dios en la elección continúa como amor eterno, para que no desmayemos bajo el pensamiento de haber perdido la gracia redentora. Somos llamados a cuidar nuestra salvación con temor y temblor, por su precio impagable, por su valor inconmensurable. Esa conciencia del valor adquirido nos mueve a llevar una vida santa, apartada de toda vanidad y de los deseos de los ojos, porque el sitio adonde hemos de llegar no posee parangón alguno, no puede ser descrito por su inefabilidad natural.

    Nadie nos puede arrebatar de las manos del Padre junto a las del Hijo, nadie nos podrá separar del amor de Cristo Jesús, ¿quién acusará a los escogidos de Dios? ¿Quién nos apartará de su amor? Todas las cosas nos ayudan a bien a los que hemos sido llamados conforme a su propósito. Ninguna cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, así que el pecado mismo fue creado y no podrá alejarnos de la bondad del Creador en tanto Él nos redimió por medio de su Hijo. Somos pueblo santo, real sacerdocio, linaje escogido; esas son vestiduras que nos otorgaron para que nos sintamos alegres día tras día.

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA LEY DEL PECADO

    El pecado que nos habita lo hace porque su esencia de ley lo exige. Pablo habla como Pablo, nunca como Saulo, pese a lo que algunos religiosos asustadizos dicen. En Romanos 7, el apóstol para los gentiles asegura que existe la ley del pecado que lo lleva a hacer el mal que no quiere, así como le impide realizar el bien que desea. La fuerza de la ley nos compele para caer una y otra vez, para abandonar el bien que anhelamos cumplir. Sería una ley moral retorcida de distintas formas sobre nuestra mente, para doblegar nuestra voluntad hacia las cosas prohibidas. Eso le aconteció a Pablo el apóstol, pero sucede en cada creyente por igual.

    Mientras Saulo perseguía a la iglesia, el que incluso participó en la muerte de Esteban mientras sostenía sus vestiduras, jamás tuvo remordimiento por el mal que hacía. Más bien suponía que su rol de fariseo perseguidor lo colocaba en buen sitial frente al Dios que había conocido con las Escrituras del Antiguo Testamento. Pero ahora que se convirtió en Pablo, el apóstol señala que reconoce lo malo que hace (y no solamente lo que hacía), que lamenta no hacer el bien que se propone, pero da cuenta de una ley a la que denomina la ley del pecado.

    Véase bien que Saulo de Tarso no mostró remordimiento alguno por el mal que realizaba, mientras Pablo el apóstol sí que lamentaba no hacer el bien deseado, pero mucho más el hacer el mal que no quería. Esta mirada a estos dos sujetos bastaría para comprobar que el autor de Romanos 7 hablaba como Pablo y se refería a su vida de creyente en Cristo. Veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros (Romanos 7:23).

    ¿Cuál es esa ley de su mente, tan diferente de la ley del pecado? No es otra que la ley del Espíritu de Dios, como lo declara unas líneas más adelante, de acuerdo a lo que aparece en Romanos 8:2: Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Esta ley del Espíritu no la tuvo Saulo de Tarso, hasta que Jesús se le apareció y lo derribó del caballo. El Evangelio cuando viene a ser una experiencia nos traduce toda su teoría con la práctica. Pablo supo que existía otra ley en sus miembros, pero ya no como un elemento teórico que hubiese escuchado de algún predicador sino por experiencia propia.

    Supo Pablo que él era carnal, vendido al pecado (Romanos 7:14). La norma del evangelio nos resalta lo horroroso del pecado (verso 13), para que comprendamos que no somos más que personas carnales vendidas al pecado (verso 14). Pablo llega a descubrir que no era él quien hacía ese mal sino el pecado que en él moraba (verso 17). El querer el bien lo habitaba pero no el hacerlo, por esa razón supo que si hacía lo que no quería se debía a una causa extraña a él mismo: el pecado que moraba en él (Romanos 7: 20). Dos normas parecen encontrarse en la vida de cada creyente: la ley del hombre interior, que se deleita en la ley de Dios, y la ley de sus miembros, que se rebela contra la ley de nuestra mente.

    Esa relación legal entre dos normas antagónicas nos conduce a la miseria emocional y espiritual, pero si damos gracias a Dios por Jesucristo significa que hemos comprendido todo lo relacionado con el trabajo del Señor en la cruz (verso 25). La gracia de Cristo nos obsequia una voluntad para el bien, para querer deshacer los negocios del pecado. En ese sentido Juan dice que el creyente no peca (1 Juan 3:9), ya que el creyente que ha nacido de Dios no se ocupa del negocio de pecar. No sirve más como esclavo del pecado, puesto que su semilla es Cristo.

    Tenemos perfección en Jesucristo, no en nuestras vidas; de la misma forma nuestra justicia es la de Jesucristo, no la que podamos generar por nuestro diario vivir. El hombre no regenerado vive en un continuo pecar, con placer y sin disgusto. En realidad, este individuo no tiene el Espíritu de Dios como arras de su salvación, ya que no ha sido regenerado. Las tentaciones de Satanás son su día a día, obedece a las corrupciones de la carne, a la concupiscencia de su corazón. Satanás lo conserva y el Espíritu de Dios no lo preserva, así vive la persona que no ha sido alcanzada por la gracia de Dios.

    El que ha nacido de Dios posee una voluntad para hacer el bien, una disposición continua hacia lo que considera espiritualmente santo. Su voluntad ahora se inclina hacia lo correcto, posee una tendencia hacia el amor de los estatutos divinos. Lo que antes le era intolerable para su mente, ahora se ha convertido en el placer de su existir. Eso no quiere decir que no caiga en el pecado, ya que la ley que gobierna sus miembros lo lleva a hacer lo que detesta hacer. Pero al tener un espíritu nuevo porque le ha sido dado, al haberse producido el cambio de corazón (el de piedra fue sustituido por uno de carne), indaga en otros tesoros diferentes a los propios del mundo. Esa es la razón de nuestra soledad en el mundo, de nuestra aflicción, ya que el mundo no nos ama porque no somos del mundo, y nosotros tampoco amamos estar en él.

    Elías vivió solo, perseguido por el rey Acab y por Jezabel su mujer; los profetas de Baal estuvieron enfurecidos contra el siervo de Jehová. Tuvo que vivir oculto en el monte, a veces fuera de su patria (en Sarepta), pero pese a su soledad fue confortado una y otra vez por la mano del Señor a quien amaba. Las buenas cosas le salían de los buenos tesoros del corazón transformado, como buenos frutos que testificaban del profeta.

    La ley del pecado parece ser la Constitución del Mundo, el instrumento jurídico por el cual se rigen los siervos de Satanás. Como estamos de tránsito por este mundo (porque no pertenecemos al mundo), sus leyes nos gobiernan en algún sentido. Tenemos, en cambio, una nueva Constitución en virtud de nuestro nuevo nacimiento. Somos llamados ciudadanos del reino de Dios, poseemos una patria celestial hacia la cual marchamos, anhelamos estar en las moradas eternas donde ya tenemos casa preparada.

    En esta gran metáfora jurídica presentada por la Biblia, aparece el Acusador de los hermanos. Ese es el sustantivo con el cual nombra Juan a Lucifer, a la serpiente antigua, calificando su labor como la de un fiscal público. El diablo (diabalo -el que lanza cosas alrededor nuestro) funge como fiscal para que se cumpla el castigo de la ley; Dios en realidad es el Juez eterno e inmutable, así que urgía un abogado defensor. Ése es Jesucristo, el abogado que tenemos para con el Padre (1 Juan 2:1). Pablo, quien amaba las metáforas jurídicas, alegó en un escrito: ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:33-34).

    El Siervo Justo justificará a muchos (Isaías 53:11), un rey reinará con justicia (Isaías 32:1), Él reinará y practicará el derecho y la justicia en la tierra (Jeremías 23:5), juzgará al pobre con justicia, y fallará con equidad por los afligidos de la tierra (Isaías 11:4). En el evangelio la justicia de Dios se revela por la fe: Mas el justo por la fe vivirá (Romanos 1:17), somos hechos justicia de Dios en Él (Jesucristo) (2 Corintios 5:21), porque nuestra pascua, que es Cristo, fue sacrificada por nosotros (1 Corintios 5:7).

    Todo creyente verdadero ha pasado de la esclavitud del pecado a una vida plena fundamentada en el amor. Jesús asumió nuestras faltas, habiendo sufrido el castigo por ellas. De esa manera el Padre quedó satisfecho con su justicia, ya que no pasaría por alto ninguna de nuestras transgresiones. Pero el Hijo se hizo pecado para llevar todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras. Dios no va a castigar dos veces por la misma falta, así que habiendo sido casados nuestros pecados en Cristo ya no tenemos culpa que soportar. La paga del pecado es la muerte, pero la dádiva de Dios fue superior: vida eterna en Cristo Jesús para los creyentes, aquellos que el Padre eligió desde la eternidad para que sean conformes a la imagen de su Hijo (Efesios 1:3-11; Romanos 8:29), a los cuales llamó, justificó y glorificó (Romanos 8:29-30).

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org

  • NUESTRO REFUGIO

    El sitio de fuga, el lugar de escape, allí corremos los que desesperamos del mundo. ¿Cuál es ese sitio? El Señor no solo es el camino sino el lugar de refugio. El que ayuda en nuestros conflictos, el ayudante que aparece siempre en los relatos para dar sentido a la trama. Como en una narración donde existen sujetos perversos que rodean al justo, así aparece Jehová como el ángel de la guarda, como aquel que protege a los que son suyos. Pero al mismo tiempo se ve no solo como quien va a ayudar sino como el Dios quieto que semeja a una roca con una cueva para escondernos.

    Las fobias que nos consumen a diario pueden ser relevadas de nuestras almas, los miedos por viejas culpas, por la incertidumbre del momento, por aquello que el mundo se goza en anunciarnos calamidades como noticias. Nos alarmamos como lo hizo José con María, pero después de que el ángel en la visión le advirtiera al carpintero, José dejó de temer: No temas recibir a María tu mujer (Mateo 1:20). Ese mandato lo encontramos muchas veces en las Escrituras: No temas…porque yo estoy contigo para librarte (Jeremías 1:8); Soy yo, no teman (Juan 6:20); el salmista decía: Cuando tengo miedo, pongo en ti mi confianza (Salmo 56:3). No se inquieten por nada, porque yo soy el Señor, tu Dios, que sostiene tu mano derecha; el Señor está conmigo, y no tengo miedo. El amor perfecto echa fuera el temor; depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes (1 Pedro 5:7).

    Dios no nos dio espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio (2 Timoteo 1:7). Jesús un día dijo: No tengan miedo, manada pequeña, porque es la buena voluntad del Padre el darles el reino (Lucas 12:32). Dios puede ser considerado como el Señor del intercambio: cambió nuestros pecados por la justicia de su Hijo, quita nuestra debilidad para otorgarnos su fortaleza. El miedo se desvanece en su poder y refugio, mientras nuestra prudencia cobra fuerza en su sabiduría.

    El Señor todavía gobierna el mundo y los que en él habitan, por lo tanto no hemos de vivir con temores. El impío huye sin que nadie lo persiga, pero nosotros hemos alcanzado la paz de la vida eterna. El llamado de la Escritura se hace constante: No temas ni te desanimes (Deuteronomio 31:8). Los enemigos del justo suelen presentarse en número, con poder y ánimo insolente. Sus agitaciones intentan socavar nuestro ánimo, pero sepamos siempre que la presencia del Señor va con nosotros para darnos descanso.

    El creyente conoce que si coloca su atención sobre los problemas, éstos llegan a ser el centro de su vida, merodean su mente y aplacan su fuerza. En cambio, cuando su foco apunta al Señor y su palabra, encontrará suficiente refugio para que el enemigo no lo alcance. Al mismo tiempo, podrá enfrentar con fuerza necesaria la calamidad que se le asoma. Consideremos este tránsito terrestre como un ejercicio del día a día, de nuestro Carpe Diem en Cristo. Vive el día con Cristo, sumergido en sus intereses, en el conocimiento del siervo justo para que su justicia brille en tu vida. Pero al mismo tiempo tenemos la certeza no solo del momento sino del futuro, así que hagamos a diario lo que el afán del día proponga. Basta a cada día su afán (eso es el Carpe Diem de la Biblia).

    Con lo ya dicho, sepamos también que nuestro deber supone que tratemos de vivir íntegramente, para evitar muchos males. Por ejemplo, el que no refrena su lengua sufrirá muchas desilusiones. En las muchas palabras no falta el pecado, mas el que refrena sus labios es prudente (Proverbios 10:19). El que ahorra sus palabras tiene sabiduría, dijo Salomón, el hombre entendido será de espíritu prudente. Incluso el necio, cuando calla, se cuenta por sabio, porque el que cierra sus labios resulta entendido. Como un pequeño fuego capaz de incendiar un bosque, así resulta la persona que no refrena su lengua. Una pequeña brida capaz de controlar la fuerza del caballo, o el timón que conduce un barco, así se compara el que refrena su lengua y coloca prudencia por sazón.

    No debemos colocar nuestra confianza en el brazo humano, en ninguna criatura fuerte, preponderante en la sociedad, triunfante en la política, aunque luzca encantadora su presencia. Maldito el hombre que confía en el hombre, y pone carne por su brazo y su corazón se aparta de Jehová (Jeremías 17: 5). Esa criatura no verá cuando viene el bien, sino que morará en los sequedales del desierto, en tierra despoblada y deshabitada. En cambio, será bendito el varón que confía en Jehová, cuya confianza es Jehová. Ese será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto (Jeremías 17: 7-8).

    No nos equivoquemos, los judíos de antaño confiaron en Moisés y en su ley, se jactaron de tenerla y de conocerla, pero no pudieron cumplirla. Ellos se sostenían en su propia justicia, despreciando a los demás pueblos y naciones pero llegó el Mesías y lo ignoraron. En realidad ellos no confiaron en Jehová sino en ellos mismos, en que eran descendientes biológicos de Abraham. Ellos no tuvieron en cuenta la simiente de la mujer, la cual era el Cristo que les sería dado por medio de Isaac. Hoy día existen millones de personas cristianizadas que confían en sus pastores, en sus líderes de turno, en sus religiosidades, hábitos y costumbres de religión que acometen con esmero. El Señor también dijo que a muchos les dirá un día que nunca los conoció. Así que si alguno se gloría, gloríese en conocer al Señor (Jeremías 9:24).

    Existe mucha gente que honra de labios al Señor, pero cuyo corazón permanece lejos de él. Su temor al Señor no es más que un mandamiento de hombre enseñado, como si tener en cuenta que Dios existe resultare suficiente, como si se le temiese de la boca para afuera pero con su carne se regodeara con el mundo. Por esa vía fatua la inteligencia se desvanece y los sabios serán contados como necios. El pueblo de Israel se acercaba a Dios en su aflicción, pero en momentos de tranquilidad lo deshonraba. Por esa razón Isaías habló de la honra de labios, y Jesús citó al profeta para llamar hipócrita a ese pueblo que en vano lo adoraba y enseñaba doctrinas de hombres (Mateo 15:7-8).

    Hemos de alabar a Dios de acuerdo a lo que Él ha prescrito, para que podamos disfrutar del refugio que ofrece su presencia. Mi presencia irá contigo, y te daré descanso (Éxodo 33:14). Conoceremos que hemos hallado gracia en los ojos de Dios si Él anda con nosotros, en el hecho de que seamos verdaderamente sus hijos, ovejas de su prado que siguen al buen pastor. El eterno descanso de nuestras almas ha sido una promesa que creemos, de manera que pasaremos la vida eterna conociendo al Padre, y al Hijo el enviado, junto con el Espíritu Santo. Pero por igual en este tránsito terrestre recibiremos tranquilidad mental, liberación de nuestros miedos y temores, limpieza de nuestras culpas y errores.

    Con Dios como nuestro refugio todo resulta en ganancia. Sin desperdicio continuamos conscientes de que el mundo no puede creer a menos que le sea dado el regalo de la gracia salvadora. A menos de que Dios envíe arrepentimiento para perdón de pecados a la criatura afligida, no habrá redención posible ni refugio seguro. Por esa razón escribió el salmista: Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones (Salmo 46:1).

    César Paredes

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA VOLUNTAD HUMANA

    La voluntad humana a muchos les parece libre, pero de acuerdo a las Escrituras veremos varias características que nos harán meditar al respecto. Si el ser humano fue formado a semejanza e imagen del Creador, la criatura tuvo inocencia, inteligencia y voluntad. Pese a esa voluntad Dios le dio órdenes específicas, como la de llenar la tierra y sojuzgarla (Génesis 1:6). En síntesis, Dios hizo al hombre recto, pero la humanidad buscó la perversión (Eclesiastés 7:29).

    Ahora vemos que de una voluntad libre en principio apareció una voluntad atada. Existe una coerción contra la voluntad del hombre, una que lo dirige hacia el mal, como si estuviese atado a sus delitos y pecados. Esto aconteció inmediatamente después de la caída de los primeros padres, al creerles la mentira del diablo y al desobedecer en consecuencia al mandato del Señor. La serpiente le prometió a la mujer que no moriría si comiese del fruto prohibido en el centro del huerto. Le aseguró que al comerlo los ojos de ellos se abrirían y conocerían el bien y el mal, llegando a ser semejantes a Dios mismo.

    A partir del momento de la desobediencia el ser humano pasó de la inocencia a la depravación total, cayendo en la posteridad de Adán el peso del pecado junto con sus consecuencias. La paga del pecado es la muerte.

    La voluntad humana pasó a ser una cautiva más del mal, del pecado y del príncipe de las potestades del aire. Se observa un contraste entre la voluntad inicial del hombre en inocencia y la voluntad posterior del hombre caído. Uno se pregunta, ¿por qué razón la voluntad de los recién formados a imagen de Dios no prevaleció frente a la tentación de la serpiente antigua? La respuesta no puede soportarse sobre el azar, sobre la posibilidad del cincuenta por ciento, como si el hombre pudiera no haber pecado. Fijémonos en que el Cordero de Dios ya había sido ordenado desde antes de la fundación del mundo para la propiciación (1 Pedro 1:20).

    Nos damos cuenta de que aquella voluntad libre nunca fue independiente de la voluntad del Creador. Hubo un plan desde el principio, un propósito con la creación del hombre y con su intromisión en el pecado. Dios, como Autor de todo cuanto acontece, hizo conforme a sus planes y propósitos eternos. Quiso en su sabiduría y dominio glorificar con mayor gloria a Su Hijo, en tanto lo convertiría en el Salvador del mundo. Ese mundo que el Padre tanto amó como para entregarle al Hijo, de manera que todos los creyentes sean salvos por él.

    En realidad fuimos salvos en la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos (Tito 1:2). La Biblia nos presenta dos pueblos antagónicos, el mundo y los escogidos de Dios. Estos últimos estamos habitando el mundo, sintiendo su enemistad y odio, porque el mundo ama lo suyo pero odia a Cristo. Es normal por la enemistad que existe entre la simiente de la serpiente y la simiente de la mujer (Génesis 3:15). Así que el mundo tiene una voluntad atada al mal, pero nuestra vieja naturaleza continúa en nosotros batallando contra la nueva, para que no hagamos lo que queremos (Gálatas 5:17; Romanos 7:14).

    La voluntad humana, cautiva al pecado, está también cautiva a Dios. El propósito eterno lo ha determinado el Creador para realzar la gloria de su justicia y verdad. Dios decidió desde antes de la fundación del mundo el destino humano, amó a Jacob pero odió a Esaú. La gente de religión queda impactada con tal declaración, por lo que forma fila con el objetor de Romanos 9 para levantar su puño contra el Dios de la creación. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistir a su voluntad? Fijémonos en que el objetor reconoce su impotencia frente a la voluntad de Dios, ya que no puede oponer resistencia a lo que Dios decide y hace. En otras palabras, el objetor reconoce que su voluntad resulta inútil frente al arbitrio divino.

    Sin embargo, no conforme a esta realidad, ataca a Dios señalándolo de injusto. Dios no tiene derecho de culpar a Esaú si lo creó de una manera que lo hiciera permanecer en enemistad perpetua. La Biblia le responde al objetor de inmediato, diciéndole que en ninguna manera Dios es injusto (Romanos 9:14, 19-20). El protoevangelio lo vemos en el momento en que Dios hizo vestiduras con pieles de animales para Adán y su mujer, para cubrir su vergüenza (Génesis 3:21). De esa manera se anunciaba el derramamiento de sangre para perdón de pecados, como una prefiguración del Cristo que habría de venir.

    La Biblia nos habla de una voluntad hacia el mal, pero no podemos hacer lo que queremos. Ni siquiera el más impío de los hombres podrá por voluntad propia ser independiente de su Creador, ya que Dios ha hecho al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Jehová controla los pensamientos del rey, a todo lo que quiere lo inclina; Dios hace justicia contra la impiedad de los hombres, pero soporta con paciencia los vasos de ira preparados para castigo eterno. Así que todo cuanto acontece está sujeto a su voluntad inmutable, con el propósito de reunir todas las cosas en Cristo.

    No hay justo ni aún uno, no hay quien entienda ni quien busque al verdadero Dios. Cada cual se apartó por su camino, sin provecho alguno, sin que se encuentre quien haga lo bueno, ni siquiera uno solo (Romanos 3:12). La boca del hombre impío viene a ser como amargura y maldición, como si tuviese veneno de áspides bajo su lengua. Apartado del camino de la paz sus pies se apresuran para derramar sangre, para crear destrucción y miseria en sus pasos. El temor de Dios se ha apartado delante de los ojos de los hombres.

    La gran promesa fue que por la obediencia de uno solo muchos llegaríamos a ser justos. Así aconteció con el Cordero sin mancha al propiciar en favor de todos los penados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21). De esa manera los dos conjuntos de personas se distinguen por la carne o por el Espíritu. Los que vivimos de acuerdo al Espíritu, pensamos y nos ocupamos de las cosas del Espíritu (Romanos 8:5). La mente carnal resulta hostil hacia Dios, sus designios no se sujetan a la ley de Dios y tampoco pueden.

    No hay posibilidad de invocar a un Dios que no se conoce, así que hace falta anunciar el evangelio para que Dios pueda ser invocado. En la Biblia encontramos el anuncio del siervo justo al cual hemos de conocer para ser justificados (Isaías 53:11). Conocer a Cristo en relación a su persona y a su obra resulta vital para comprender lo que hizo por su pueblo. Decir que Cristo murió por toda la humanidad, sin excepción, habiéndola salvado en potencia, pero que ahora depende de los muertos zombies en delitos y pecados el aceptar ese sacrificio resulta en una herejía. Cristo murió por los injustos que su Padre le dio, aquellos por los que oró la noche previa a su crucifixión, pero no lo hizo por el mundo (Juan 17:9).

    Creer el verdadero evangelio será el signo de ser un buen árbol que da su buen fruto; porque de la abundancia del corazón habla la boca. No puede el árbol bueno dar un mal fruto, pero tampoco podrá el mal árbol (la cabra) dar un fruto bueno.

    César Paredes

    cesarparedes@absolutasoberaniadedios.org