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  • ARREPENTIRSE DEL FALSO EVANGELIO

    La palabra griega metanoia (μετάνοια) significa cambiar de mentalidad, darle un giro a lo que uno ha estado pensando. Jesús usa el imperativo Μετανοεῖτε en Mateo 4:17, un llamado al arrepentimiento porque el reino de los cielos se ha acercado. Dado que el vocablo induce a cambiar de mentalidad (el νοῦς – la mente), se entiende que debiéramos perseguir o requerir a la mente un determinado asunto. En el contexto en que Jesús habla ha de comprenderse que se impone un sentido teológico. Hemos de cambiar la noción que se nos ha dado por medio de la cultura del mundo, respecto a lo que es Dios, al mismo tiempo que respecto a lo que el ser humano dice ser.

    Hemos sido habituados a percibir a Dios como un ser democrático, que intenta ayudar pero solamente a quien se deja. Por otra parte, concebimos a una potestad humana altamente exagerada, atribuyéndonos un libre albedrío que no es sino una fábula religiosa. ¿Cuál libertad tuvo Esaú para contrariar su designio eterno? Esto lo comprendieron muy bien los griegos, a quienes se les atribuye sabiduría -al decir de Pablo. Ellos se inventaron una Moira o Destino que estaba por encima de sus dioses, una implacable fuerza que se ve reflejada en sus tragedias (por ejemplo, Edipo Rey; Antígona, entre tantas).

    El mundo auto llamado Cristiano salta esa parte de la razón para atribuirse una libertad que coloca a Dios como quien ruega por salvar un alma. Los predicadores hacen llamados persuasivos para que alguien levante la mano, dé un paso al frente o haga una oración de fe. Luego ruegan al cielo para que Dios anote en el libro de la Vida a ese nuevo prospecto alcanzado. Nada más pertinente para ese público que el llamado a arrepentirse del falso evangelio (véase Apocalipsis 17:8 para que se entienda cuándo fueron escritos los nombres en el libro de la Vida).

    Cualquiera que muera creyendo en un falso evangelio estará separado eternamente de Dios, habitará el infierno de fuego. Las obras buenas que hagamos deben ser tenidas como una consecuencia de nuestra fe, jamás como una causa de ella. La salvación del alma no depende del esfuerzo humano sino de Dios. Desde la eternidad Él ha preparado a un pueblo para llamarlo oportunamente a través del evangelio, dándole fe y arrepentimiento para perdón de pecados.

    Dios predestinó a Herodes y a Poncio Pilatos, así como a las naciones y las gentes de Israel, para que juntos estuvieran contra el Señor, para que hicieran cuanto Dios había antes determinado (predestinado dice el griego) que sucediera (Hechos 4:27-28). Acá estamos viendo una predestinación divina para la maldad, así como anteriormente hubo levantado al Faraón de Egipto para endurecerlo. Vemos por igual que Moisés fue rescatado por Dios para dirigir al pueblo de Israel desde la esclavitud hacia una tierra prometida. Si alguno se pregunta acerca de los israelitas que nunca creyeron, tenemos que responder con el apóstol Pablo: No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia (Romanos 9: 6-28). Isaías también señaló que si el número de los hijos de Israel fueren como la arena del mar, tan solo el remanente será salvo (Isaías 10:22). En Romanos 8:29-30 leemos que aquellos que Dios conoció de antemano también los predestinó. Esto nos conduce a otro debate para tratar de dar luz a quienes se confunden con el acto del conocimiento previo divino.

    Dios pre-conoce, conoce desde antes, lo cual supone que Él tiene la Omnisciencia como atributo. Resulta indudable que el Dios de las Escrituras todo lo conoce, pero para nosotros resulta una confusión por los que tratan de ajustar la palabra divina a su teología equivocada. Muchos afirman que como Él supo desde siempre quiénes iban a aceptar su proposición de redención, entonces los escogió. Es decir, Dios vería la causa de la salvación en el corazón de sus criaturas y por eso los escogió o predestinó. Este tipo de razonamiento conduce a un laberinto sin salida, a un desgaste del entendimiento.

    Si Dios ya había mirado en los corazones humanos para averiguar quiénes creerían su mensaje, entonces no tenía por qué predestinarlos, ya que ellos mismos se habrían destinado por su cuenta para salvación. Además, Dios habría mentido al declarar que no había justo ni aún uno, que nadie lo buscaba, que nadie hacía lo bueno. Sabemos que tener la intención de amar a Dios es algo bueno e implica justicia, por lo tanto, aquellos que Dios vio que creerían ya lo amaban, por lo cual señalan el equívoco divino en su declaración.

    Hay más errores en esta aseveración. El acto de mirar en los corazones humanos, o en el túnel del tiempo, presupone que Dios no sabía antes de esa mirada quiénes habrían de ser los redimidos; por lo tanto no era un Ser Omnisciente puesto que no sabía algo que tuvo que averiguar después. Urge señalar que el verbo conocer en la Biblia tiene también otra acepción, de manera que no siempre señala la acción cognoscitiva de llegar a saber algo. Implica comunión, relación íntima, así como la Escritura declara que José no conoció a María, su mujer, hasta que dio a luz el niño (Mateo 1:24-25). Pese a no conocerla ya era su esposa y estuvo con ella para cuidarla cuando buscaba posada para el nacimiento.

    Jesús dijo que muchos le dirían en el día final que habían profetizado y hecho milagros en su nombre, pero que él les respondería que nunca los había conocido (Mateo 7:23). ¿Cómo es que nunca los había conocido si él es un Dios Omnisciente? En Juan 1:10 leemos que Jesús estaba en el mundo pero el mundo no le conoció (es decir, no lo amó, no lo recibió).

    El Ángel Gabriel fue enviado a María para anunciarle su bienaventuranza a quien todavía siendo virgen había sido desposada con un varón que se llamaba José. Después que el ángel le hubo dicho que concebiría un hijo al que llamaría Jesús, María le preguntó: ¿Cómo será esto? pues no conozco varón (Lucas 1:34). ¿Cómo es que un Dios Omnisciente haya dicho a través del profeta Amós que solamente había conocido a los israelitas de todas las familias de la tierra? (Amós 3:2). Estos son algunos ejemplos en las Escrituras, pero pudiéramos buscar más; sin embargo, baste con ellos para que se pueda entender que ese conocimiento previo del Señor significa que los amó previamente, como también le fue dicho a Jeremías: Con amor eterno te he amado.

    Esos conocidos (amados de antemano) fueron igualmente predestinados para ser conformes a la imagen del Hijo de Dios. Esos predestinados fueron y serán llamados eficazmente en su debido tiempo; estos llamados fueron y serán justificados, para que finalmente hayamos sido glorificados. Por lo tanto, el apóstol Pablo concluye con una exaltación de seguridad: ¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? (Romanos 8:31). Por esta razón el apóstol había señalado previamente que a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8: 28).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA REVELACIÓN BÍBLICA

    El corazón de la revelación bíblica consiste en la revelación de Jesucristo. La gloria del Hijo de Dios como Redentor viene como eje del entramado de las páginas de la Biblia; el evangelio anunciado en el Edén, bajo la promesa signada en el Génesis 3:15, incluso un poco antes con el hecho de que Dios cubriera la desnudez de Adán y Eva con pieles de animales, ya denotaba el derramamiento de sangre que se anunciaría para la remisión de pecados. Existen ciertas cosas secretas que no nos fueron contadas, las cuales pertenecen a Dios; lo que fue revelado nos queda a nosotros como herencia (Deuteronomio 29:29).

    Tenemos los cuatro evangelios del Nuevo Testamento, los que nos hablan del Salvador en los días que estuvo en la tierra. La gloria del Señor se nos narra desde cuatro posiciones, como cuatro perspectivas que un artista tiene para exponer su texto. Como si fuera un canto a cuatro voces, de un mismo autor -el Espíritu Santo- pero con realizaciones y temples diversos. Mateo, Marcos y Lucas poseen una lente comunicante: cada uno de ellos describe a veces un mismo hecho desde diferente ángulo. Juan lo hace desde otra óptica.

    Mateo, el de la genealogía, nos presenta a Jesús el Mesías, para que los judíos también se den cuenta de ello, el Señor que vino a cumplir las promesas hechas a Abraham; Lucas, en cambio, toca el mundo gentil presentándonos a Jesús el sanador, un segundo Adán que vino a suplir lo que el primero falló. Asimismo, en Lucas 3:23-38 leemos la genealogía de Jesús que se remonta hasta el mismísimo primer Adán. Marcos nos da la semblanza del Hijo de Dios como el Siervo de Dios (Marcos 10:45). Lucas escribió el evangelio dirigido a Teófilo, intentando demostrar que la fe cristiana está fundamentada en eventos de la historia realmente confiables. Por eso su énfasis en mostrar a Cristo como el Hijo del Hombre, para resaltar su humanidad.

    En Marcos leemos la descripción de Jesús como un ser humano que tiene hambre, que se enoja y llora, que tiene compasión. Marcos 10:45 dice: Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos. Se ha dicho que su audiencia principal constituía el mundo gentil, ya que no presenta datos relevantes en materia de genealogía o de referencias al Antiguo Testamento. Con todo, Marcos relata a Jesús como el Hijo de Dios, el Cristo.

    Juan nos relata a Jesús como el Hijo eterno de Dios, con el oficio de cumplir su misión en rescate por su pueblo. Si bien todos hablan de la soberanía divina, Juan enfatiza en Jesús como aquel que no ruega por el mundo (Juan 17:9), sino por los que el Padre le dio y le seguiría dando, porque ellos siempre han sido del Padre. Además, Juan relata las palabras del Señor referentes a la doctrina del Padre, como se demuestra en Juan 6, cuando el Cristo advierte a multitud de discípulos que solamente vendrían a él los que fueren enviados por el Padre. Añade el Señor que ninguno de ellos será echado fuera, sino que los resucitará en el día postrero. Pero dice algo más, para cerrar su doctrina: Ninguno podrá ir a él si el Padre no lo envía, pero todo lo que el Padre le da vendrá a él. Así que bajo esas dos premisas sabemos que los que nunca vienen a Cristo para permanecer con él jamás han sido enviados por el Padre.

    Por otra parte, el Jesús de Juan es el Logos, el que era desde el principio. El Logos es una figura bien abstracta, dándonos a entender que era la razón, el lenguaje, el estudio, el análisis, que siempre estuvo desde el momento de la creación, ya que por él fueron hechas todas las cosas. Dios era el Verbo, con lo cual Juan se aprovecha de la lengua griega para dar a conocer esa faceta del Dios revelado, el principio más sublime que la razón humana pueda concebir. El poder de la muerte y la resurrección de Cristo se despliegan en este evangelio lleno de esperanza.

    De acuerdo al diálogo entre Cristo y Nicodemo, el nuevo nacimiento resulta la única forma de ver el reino de Dios, algo ya señalado en Deuteronomio 30 cuando se menciona la circuncisión del corazón. El maestro de la ley ignoraba esa enseñanza, ya que estaba pendiente de la letra y no del fondo de la norma; añade Juan que esa operación de nacer de nuevo compete en exclusiva a la voluntad de Dios y queda por fuera la voluntad humana (Juan 1 y 3). El Jesús mediador es otra figura presentada en el evangelio de Juan, cuando Jesús anuncia que si algo pidiéremos en su nombre, él lo hará (Juan 14:14).

    La revelación puede concebirse como general y especial. De todos modos, Dios se ha manifestado al hombre, para que este quede sin excusa. A través de la creación o la obra de sus manos, el ser humano ha conocido de la existencia del Ser Omnipotente. La referencia la tiene en la naturaleza, pero también desde Adán su padre, de quien se presume que contara lo vivido en el Edén. Este fenómeno tuvo que haber sido transmitido de generación en generación, así que no hay excusas aunque aparezcan distorsiones en los relatos humanos. Definitivamente los cielos siguen contando la gloria del Creador, como el día anuncia a otro día junto a la noche la sabiduría divina (Salmos 19).

    Pablo aseguraba que las cosas invisibles de Dios, su eterno poder y deidad, se manifiestan desde la creación del mundo (Romanos 1:20). El hombre ha desarrollado el Derecho Natural que se supone deriva de esa concepción de lo que debe ser el Dios manifiesto, poderoso y trascendente. No obstante, existe una revelación especial, que fue escrita y ha sido el legado del pueblo que preservara ese libro. En la Biblia encontramos el mensaje acerca de Jesucristo, la promesa hecha en el Génesis 3:15. La Biblia habla de cómo Dios hablaba a sus siervos a través de sueños y visiones, pero también apareciendo en forma física por mediación de muchas formas; una de ellas es llamada la manifestación del Ángel de Jehová.

    Nosotros no necesitamos sueños ni visiones de nuevo, simplemente tenemos el documento escrito que se redactó para nosotros desde tiempo antiguo. Tenemos la palabra profética más segura, que nos habla del gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, de Jesús el Hijo de Dios, para que podamos retener nuestra profesión de fe (Hebreos 4:14; 2 Pedro 1:19-21). Esto debe indicarnos que podemos acercarnos al Señor en forma confiada, buscando su trono de gracia, de manera que alcancemos misericordia. Allí tenemos el oportuno socorro de esa gracia dada a sus escogidos por medio de la fe de Jesucristo.

    La tradición oral desde Adán fue distorsionada al pasar de generación a generación. Por ello quiso Dios dejarnos el material por escrito, para que con celo lo cuidemos y sirva de testimonio a todas las naciones. En ese documento tenemos lo que de Dios se conoce, lo que Él espera y lo que ha hecho a través de su Hijo Jesucristo para que aprovechemos el tiempo oportuno. Hoy es el día de salvación, busquemos a Jehová entre tanto pueda ser hallado.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • CUANDO DIOS NOS PIDE LO IMPOSIBLE

    Parece mentira pero Dios le pidió al hombre guardar su ley, bajo pena de maldición si quebrantare alguno de sus puntos. De allí que Pablo aseguró que la ley no salvó a nadie, sino que fue enviada para aumentar el pecado de manera que ella sirviera como un Ayo para llevarnos a Cristo. Jesucristo vino y cumplió toda la ley, habiendo agradado al Padre, por lo cual pudo morir en la cruz para llevar el pecado de aquellos que no pudieron ni pueden cumplir toda la ley, y que son tenidos como su pueblo.

    La vida y obra de Cristo en vida sirvió para cumplir con los requisitos del Cordero sin mancha, para que Dios descargara en él su furia por los pecados de todos aquellos a quienes él representó en la cruz. Leemos en Mateo 1:21 que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados; en Juan 17:9 vemos que Jesús no rogó por el mundo la noche previa a su crucifixión; por igual, en Juan 10:1-5, Jesús declara que él es el buen pastor que pone su vida por las ovejas (no por los cabritos, a quienes colocará a su izquierda y los enviará al lago de fuego: Mateo 25:31-41).

    Claro que las ovejas deben ocuparse como dice el texto de Mateo ya citado, respecto de la ayuda al prójimo, en especial a los de la familia de la fe. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis … De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis. Estas acciones y las demás buenas obras sirven como testimonio de que somos sus herederos, pero jamás servirán como causa de la redención. La Escritura afirma: Por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (Romanos 3:20). El propósito de Dios conforme a la elección permanece no por las obras sino por el que llama (Romanos 9:11).

    Agrega la Biblia que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo (Gálatas 2:16); los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición (Gálatas 3:10). La declaratoria bíblica demuestra que la humanidad entera cayó bajo condenación (todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios -Romanos 3:23). La ley, tenía la sombra de los bienes venideros, sin poder por los sacrificios ofrecidos hacer perfectos a los que se acercan. Si hubiesen quedado limpios con el primer sacrificio no hubiese habido necesidad de reiterar el mismo con los años. La sangre de los toros y de los machos cabríos no pudo quitar los pecados (Hebreos 10:1-4).

    La ley resulta buena porque nos muestra el pecado, ya que sin ley no puede haber conciencia de pecado. Recordemos que la ley de Dios puede ser tanto la escrita en tablas dadas a Moisés como la que está en los corazones humanos (lo que de Dios se conoce ha sido manifestado por medio del creado mundo visible, sin que nadie tenga excusa -Romanos 1:20-21). En Romanos 2:15, Pablo demuestra que la ley está escrita en los corazones humanos, dando testimonio la conciencia de cada quien (incluidos los gentiles, que no tenían la ley escrita de Moisés).

    Decimos con Pablo que la ley no salvó a nadie, ni siquiera la ley escrita en los corazones porque cuando el pagano hacía algo bueno era derribado por lo malo que también cometía; así que aconteció igual a israelitas y gentiles. Solo la ley que es por la fe de Cristo puede salvar, así que no hay jactancia alguna para nadie. No por la ley de las obras, sino por la ley de la fe (Romanos 3:27). Una vez más, las obras son consecuencia de la fe y no su causa.

    Aunque leamos en la Biblia textos que señalan nuestro deber, al seguir un camino adecuado, de escoger una vía para vivir u otra para morir, aunque se haya escrito que el que tiene sed que venga a beber del agua de vida eterna, los contextos en que aparecen demuestran que nadie puede motu proprio inclinar su voluntad a tal fin. Los mandatos bíblicos tienen los propósitos de revelar el pecado y magnificarlo, para que nadie suponga erróneamente que puede auto justificarse.

    La ley humana que emana de los tribunales presupone la libertad de los que se someten a ella. De hecho, la plena libertad constituye un motivo esencial para que el ser humano actúe en consecuencia y sea juzgado ante la ley. Pero la ley divina tiene otro origen y otra finalidad: que el hombre reconozca su impotencia ante el Dios Soberano, de manera que pueda ocurrir en él la metanoia griega, el cambio de mentalidad respecto a quién es Dios y quién es la criatura.

    El hombre debe un juicio de rendición de cuentas a su Creador, no a la inversa. Dios es libre absoluto, pero la criatura impotente no puede tener libertad; al contrario, su impotencia genera su dependencia ante el Creador. En ningún sitio de la Escritura Dios sugiere que el hombre caído en delitos y pecados, en realidad muerto, pueda tener la mínima opción de nacer de nuevo por cuenta propia, o tener la capacidad para cumplir con la ley moral divina.

    El que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios (Juan 3:3), pero esa obra corresponde en exclusiva al Espíritu Santo, sin mediación de voluntad o sangre humana (Juan 3:8 y Juan 1: 12-13). Por consiguiente, los que viven según la carne no pueden agradar a Dios (Romanos 8:8). Dada la caída absoluta de la humanidad, del pecado heredado desde Adán, urgía un Segundo Adán, que es Cristo. La salvación depende en forma absoluta de Jesucristo, de la gracia de Dios, sin que medie esfuerzo humano alguno. Dios no dará a otro su gloria, así que todo cuanto acontece ha sido su plan eterno e inmutable.

    Hay todavía mucha gente a la que Dios no le ha dado un corazón que entienda, ni ojos para que vean, ni oídos para oír (como lo afirma Deuteronomio 29:4). Este conjunto de personas anda por el mundo con ceguera espiritual; pero existe gente a quien Dios ha circuncidado el corazón, de manera que a partir de ese momento puede amar a su Creador y al autor de su salvación (Deuteronomio 30:6). Aunque la gente tenga la Biblia en su casa, aunque la estudie y la comprenda, la verdadera obediencia a Dios surge a partir de la circuncisión del corazón, lo que ahora se llama nuevo nacimiento.

    El hombre dirá que Dios no puede inculpar a alguien que no puede resistirse a su voluntad, pero la divina respuesta ha sido que el hombre no es nadie para discutir con Dios. Apenas el ser humano es una vasija de barro moldeada por las manos del alfarero, así que la potestad absoluta pertenece a quien crea el barro y hace con él lo que desea. ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! (Romanos 11:33).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA GRACIA DIVINA

    Mucha gente no cree en la gracia divina, como tampoco en el castigo eterno. El evangelio se anuncia para testimonio a todas las naciones, pero solamente lo creen unos pocos. Sabemos por las Escrituras que Dios ha elegido de entre los muchos a los que han de creer, señalándoles el tiempo en que recibirán el arrepentimiento para perdón de pecados. El infierno resulta un concepto de espanto, casi ridículo, pero no vamos a subestimarlo. Incluso en el Antiguo Testamento se hace alusión a ello: Porque fuego se ha encendido en mi ira, y arderá hasta las profundidades del Sheol; devorará la tierra y sus frutos, y abrasará los fundamentos de los montes (Deuteronomio 32:22). En la versión Reina Valera Antigua (1909), el vocablo Sheol se traduce como infierno en unas once oportunidades.

    Por si fuera poco, en Mateo leemos las palabras de Jesús: No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma. Teman más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno (Mateo 10:28). De las 12 veces en que aparece la palabra infierno en la Biblia, 11 de ellas las refiere Jesucristo. Así que si alguien dice creer en el Hijo de Dios debe aceptar también su doctrina en forma total. Asimismo, recordemos estas oportunas palabras del Señor: ¿Qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo y se destruye o se pierde a sí mismo? (Lucas 9:25).

    A pesar de la información abundante, la gente prefiere hacer caso omiso a esa advertencia. Algunas falsas enseñanzas hablan de un Dios de amor que no torturaría al alma humana en esa forma; otros hablan de la desarticulación del alma, como si se extinguiera. Pero entendemos que las palabras del Señor no van en ese sentido. La Escritura nos habla de la depravación total, dándonos a entender que el ser humano no tiene la habilidad suficiente para huir del pecado y de la culpa. Por ello, ella anuncia que existe una elección sin condición (sin que se tenga en cuenta quién ha hecho bien o mal, como asegura Romanos 9:11), para lo cual se hizo una expiación delimitada a los escogidos.

    De hecho, Jesús en el huerto de Getsemaní oraba al Padre la noche previa a su martirio en la cruz. Él dijo que no rogaba por el mundo, sino por los que el Padre le había dado y le seguiría dando (Juan 17: 9 y 20). En tal sentido, se sostiene implícitamente que la gracia de Dios no se puede resistir (el llamamiento eficaz), aunque el ser humano se resista al Espíritu Santo. Irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios (Romanos 11:29). Lo que Dios decreta que sucederá habrá de acontecer,

    Esta doctrina de la gracia irresistible señala que la Biblia describe al ser humano como muerto en delitos y pecados (Efesios 2:1, 5 y 13). Así como Lázaro estuvo muerto y escuchó la voz del Señor cuando le dijo que viniera fuera de la tumba, de la misma manera los muertos espirituales deben escuchar la palabra de Dios llamándolos en forma eficaz. De otra forma no habrá vida eterna. Urge nacer de nuevo -como le dijo Jesús a Nicodemo- pero ese acto corresponde al Espíritu Santo. Ese acto es parte de la soberanía de Dios.

    Dirán algunos: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién resiste a su voluntad? (Romanos 9); así que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. Ese atributo de soberanía pertenece exclusivamente al Creador de todo cuanto existe, por lo cual sus hijos alaban su nombre por la virtud de haber sido llamados de las tinieblas a la luz. Ciertamente, la salvación es de Jehová (Salmos 3:8). Ahora vivimos en el reino de su amado Hijo (Colosenses 1:13), por el puro afecto de su voluntad.

    Esta gracia irresistible es dada en exclusiva a los que el Padre eligió desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Existe un llamado general al arrepentimiento, a creer el evangelio, pero muchos oyen y desprecian la exhortación. Solamente aquellos señalados para creer la palabra divina la reciben como gracia: Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos (Mateo 22:14). En Juan 6 podemos encontrar el énfasis que Jesús colocó en esta doctrina, una enseñanza que ofende a la gente, que provoca murmuración y descontento. Cuando oyeron la palabra del Señor, muchos de sus discípulos se retiraron porque no podían oír esa palabra. La síntesis del Señor fue muy simple: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre (Juan 6: 65). En el verso 37 de Juan 6 el Señor lanzó una premisa general válida: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. Más tarde, en el verso 44 lanza otra premisa exclusiva: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero.

    El resultado de esa doctrina de Jesús (que es la misma del Padre) permite valorar dos posiciones antagónicas. El amor y el odio hacia Dios; unos que son amados por el Padre en consecuencia lo aman (lo amamos a él porque él nos amó primero, dice 1 Juan 4:19). Los que son odiados, como Esaú, definitivamente tienen que retribuir odio a Dios. La mayoría del mundo desprecia las enseñanzas de Jesucristo, adora imágenes que se hacen de él pero no lo conoce. El amor de Dios nos ha guardado por su gracia de la condenación venidera, he allí la razón por la cual podemos amar a Dios. En ese amor no hay castigo, por lo cual no existe temor (1 Juan 4:18). El perfecto amor echa fuera el temor.

    Existe un amor general que los seres humanos se prometen, pero allí puede haber temor. En cambio, la relación con Dios disipa la duda y la obsesión, dándonos una seguridad absoluta de que Él tiene cuidado de los suyos. El bien y la misericordia nos siguen, o nos persiguen, para morar en la casa de Jehová para siempre. Feliz el hombre cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2).

    El que ha escuchado la palabra puede dar fe de su reacción frente a ella; cada quien sabe cómo se siente ante la doctrina de Cristo. Los que persisten en la resistencia, en la duda, en el encono contra la soberanía de Dios, saben que están dando coces contra el aguijón. Eso es dura cosa, como se le dijo a Saulo de Tarso. Resulta poco discreto resistirse a una fuerza superior, ya que eso implica que quien se opone saldrá perjudicado.

    El anuncio del evangelio se hace porque se nos encomendó de parte de Jesús, como afirman las Escrituras. La meta apunta a que la gente que ha de creer pueda abrir sus ojos y convertirse de las tinieblas a la luz, de la potestad de Satanás a Dios. De esa manera recibirán la fe y el perdón de pecados, junto a la herencia de los santificados. El amor a Dios se resume en la obediencia que le prodigamos, en lo cual Él se agrada. Si horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, maravillosa ocupación y hermoso asunto resulta la comunión íntima con el Señor.

    Las promesas de Dios para los suyos son compromisos sólidos: Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará? (Números 23:19). Ese Dios no dará el pie del hijo creyente al resbaladero, no se dormirá al guardarnos. Que Él sea nuestro guardador, nuestra sombra a la derecha. Ese es un Dios de misericordia eterna, por lo cual no castigará dos veces por el mismo pecado. Habiendo Jesucristo pagado por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), no nos queda sino la reprensión de un Padre cuando somos desobedientes. Esa reprensión es para enderezar nuestras veredas, para que no nos salgamos del camino. No será para juicio eterno, ya que Jesucristo pagó por los pecados de su pueblo y esos pecados fueron lanzados al fondo del mar (Miqueas 7:19).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EN BUSCA DE UN PROSÉLITO

    El creyente no puede andar por el mundo en busca de un prosélito, eso resulta tarea de los viejos fariseos, de acuerdo a las palabras del Nuevo Testamento (Mateo 23:15). Predicamos la palabra para que aquellas ovejas escogidas oigan y puedan creer; la palabra no volverá a Dios vacía (Lucas 10:16 dice: el que desecha al Cristo desecha al que lo envió), sino que hará aquello para lo que fue enviada. Recordemos que la palabra de Dios le fue dada a Faraón por medio de Moisés, pero a éste Jehová le había indicado que endurecería su corazón para que no obedeciera a su mandato. No siempre que Dios envía su palabra tendrá que ser para redención; de hecho, él le dijo a Nicodemo que el que no cree ya ha sido condenado. Poco importa que ese no creyente haya oído la palabra del Señor.

    No recorremos el mundo buscando seguidores, así que no nos preocupa el destino del mundo que va como está escrito. El mundo entero está bajo el maligno, pero nosotros somos de Dios, aseguraba Juan (1 Juan 5:19). Nos ocupamos en anunciar el mensaje del evangelio ante el mundo, para que crean aquellas ovejas que andan todavía sin pastor. Las cabras jamás podrán ser transformadas en ovejas, como tampoco el árbol malo dará buen fruto. Por igual resulta imposible que una oveja redimida, la cual ha de seguir al buen pastor, escuche la voz del extraño (Juan 10:1-5).

    Como no estamos interesados en prosélitos (personas que se adhieren ideológicamente a un pensamiento o secta), nos ocupamos por la exposición certera de lo que la Biblia enseña. Esta enseñanza no sería posible si estuviésemos sujetos a un magisterio, a un dictamen de un grupo de personas que tienen aires de autoridad y potestad sobre la Escritura. El principio de la Sola Scriptura opera acá, nos atenemos a ella toda vez que nos ocupamos de su gramática y de su contexto. Existen muchos clichés para los que anunciamos la soberanía absoluta de Dios, quizás el más común es el mote de calvinistas.

    El calvinismo no es el evangelio, ni Calvino acertó siempre en la interpretación de la palabra en sus Institutas. Fue un anunciador del evangelio, con defectos, ocupado también de asuntos políticos que le consumían su espíritu. Lutero cometió errores, por igual; así que vano resultaría aferrarnos a unos o a otros, para dejar a Cristo en segundo lugar. El hecho de que algunos miembros de iglesias o sectas religiosas escuchen esta palabra, no puede indicar que los buscamos a ellos para sacarlos de sus sitios. El que cree sabe adonde ir, entiende con quién habrá de reunirse, como también la Escritura anuncia: ¿Andarán dos juntos si no estuvieren de acuerdo? (Amós 3:3). ¿Qué comunión tiene Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? (2 Corintios 6:15).

    Andar en comunión espiritual con alguien que sigue la doctrina del extraño viola el principio declarado en Juan 10:1-5. Si oramos junto a ellos, ¿estaremos orando al mismo Dios? Porque un ídolo no es nada, pero lo que está detrás del ídolo es un demonio, asegura Pablo en 1 Corintios 10:19-21. Algo de eso habla Juan en Apocalipsis 9:20. Así que un ídolo es una construcción mental de lo que debería ser Dios, algo así como un Dios que tiene un evangelio diferente. Cuando la persona comienza a interpretar privadamente las Escrituras, a decir que Cristo no perdona pecados porque él está ocupado intercediendo siempre por su pueblo, que Dios es soberano pero no tanto, que Dios eligió porque vio en los corazones humanos quiénes iban a estar dispuestos para creer, entonces allí se está construyendo un falso dios.

    La Biblia nos dice que Dios tiene misericordia de quien quiere tenerla, que endurece a quien quiere endurecer; nos añade que amó a Jacob pero odió a Esaú, antes de que hiciesen algo bueno o malo, antes de ser concebidos. Juan agrega que el que no se halló escrito en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, sigue al anticristo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). Pedro nos declara que el Cordero de Dios estaba ordenado desde antes de la fundación del mundo, lo cual quiere decir que Adán tenía que pecar. Si Adán no hubiese pecado ese Cordero hubiese estado preparado para nada, como un fallo de Dios, lo cual resulta en un absurdo y en una blasfemia.

    Así que Dios hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), para declararle su justicia en cobro; en cambio, a su pueblo escogido desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:11) la justicia de Cristo le resulta suficiente para ser declarado justo. En ese sentido Dios es justo y el que justifica al impío (su pueblo). …mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia. Como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras (Romanos 4:5-6). Abraham le creyó a Dios y le fue contado por justicia (Génesis 15:6), pero esa fe también fue un regalo de Dios, como lo afirma Pablo en Efesios 2:8. Así que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), y sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6).

    En este punto muchos se detienen y piensan que Dios no es justo. ¿Cómo pudo odiar a Esaú antes de pecar y después condenarlo por sus pecados? ¿Quién puede resistirse a su voluntad? Porque si Esaú vendió o menospreció su primogenitura fue porque Dios así lo había querido, ya que lo había destinado como vaso de ira antes de ser formado. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pablo responde que en ninguna manera Dios resulta injusto, sino que en base a su soberana voluntad actúa. Esto resulta de difícil comprensión para nosotros que andamos en la ilusión y superstición de la democracia. Pero Pedro habla del Despotes, para referirse al Señor Todopoderoso, un término griego del que deriva Déspota (2 Pedro 2:1). El mismo término se usa en Judas 1:4. Dios está en una posición de liderazgo y propiedad, es un Propietario Absoluto. Indudable resulta que en la época en que se escribió tal término imperaba una estructura social con autoridad y jerarquía altamente valoradas. Hoy día esto nos suena impropio, pero no por eso vamos a desechar la palabra de Dios.

    El hombre está contaminado de pecado y Dios en su justicia juzgará al mundo con rectitud. Nadie puede alegar su propia inocencia, si bien seguimos con el anuncio del evangelio, de la buena nueva de salvación para los que Dios ha tenido a bien redimir. Así lo aseguró Jesucristo, la noche previa a su martirio cuando oraba en el Getsemaní: No te ruego por el mundo, sino por los que me diste, porque tuyos son … Mas no ruego solamente por estos (los discípulos), sino también por los que van a creer en mí por la palabra de ellos (Juan 17:9 y 20). La negativa de Cristo de orar o rogar por el mundo se entiende porque comprende que ese mundo no fue escogido para salvación, como tampoco lo fue Esaú; así que rogó por los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la palabra incontaminada de aquellos primeros discípulos.

    Hay un evangelio contaminado, lleno de sofismas y proposiciones de obras que no redime a una sola alma. Ese evangelio no salva a nadie, pero ha sido esparcido por el mundo como engaño de Satanás. Nos parece que hemos quedado solos en este mundo hostil, como supuso por igual el profeta Elías en su tiempo. El Señor se había reservado un remanente para Él, uno muy pequeño (7.000 hombres, frente a los millones de habitantes que tenía Israel en ese momento, y frente a los millones de personas del mundo gentil a quienes no había sido enviado el anuncio). Recordemos el censo de David y añadámos unos pocos años para llegar a la época del rey Acab, así nos daremos cuenta de la cantidad de habitantes que podría tener el Israel de entonces. Cada quien podrá sacar el porcentaje referido del remanente dejado por Dios para Sí mismo.

    El diluvio universal como lo anuncia la Biblia es otro gran desastre de muertes. Dios no se inmutó ante semejante calamidad, de manera que se nos muestra como el Dios soberano, Despotes Absoluto, dueño universal de todo cuanto existe. El profeta Isaías ha declarado de Jehová lo siguiente: (Yo) que formo la luz y creo las tinieblas, que hago la paz y creo la adversidad. Yo Jehová soy el que hago todo esto … ¡Ay del que pleitea con su Hacedor! ¡El tiesto con los tiestos de la tierra! ¿Dirá el barro al que lo labra: ¿qué haces?; o tu obra: ¿No tiene manos? … Verdaderamente tú eres Dios que te encubres, Dios de Israel, que salvas. Confusos y avergonzados serán todos ellos; irán con afrenta todos los fabricadores de imágenes (Isaías 45: 7, 9, 15-16).

    Grabemos este texto en nuestros corazones: ¿Quién será aquel que diga que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo malo y lo bueno? ¿Por qué se lamenta el hombre viviente? Laméntese el hombre en su pecado. Escudriñemos nuestros caminos, y busquemos, y volvámonos a Jehová (Lamentaciones de Jeremías 3:37-40).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • HACIA EL ENCUENTRO CON DIOS

    Resulta algo fácil hablar del Dios que nos conoció desde la eternidad, pero parece imposible referirse al Dios no conocido. Desde la perspectiva del mundo (el conjunto de los que no creen) se ve a la humanidad que indaga sobre la idea de un ser divino. El creyente habla y anuncia a la persona en quien ha creído, pero el incrédulo elucubra sobre lo que no cree. De esta manera podríamos acercarnos a la filosofía tradicional, aquella que desde tiempos muy antiguos pregonaban los sabios griegos. Parménides aparece como un referente del Ser, el que es y que no puede no ser; agrega que el no ser no es.

    Pablo se anuncia en Atenas como el predicador del Dios no conocido, en tanto unas pocas personas reciben sus enseñanzas con agrado. Ciertamente, los griegos buscaban sabiduría, pero los judíos pedían señales. Esas dos maneras de acercarse al Ser perduran hasta hoy, como dos conceptos que refieren a la Divinidad. Muchos de los que se denominan cristianos intentan demostrar cómo ese Dios que pregonan les envía señales; hacen énfasis en los dones especiales que una vez fueron dados a la iglesia naciente. Pese a que Pablo anuncia el fin de ellos, dando prueba de cómo su don especial de sanidad iba menguando con el tiempo, aún hay quienes insisten en ellos como medio de prueba de ese Ser en el que dicen creer.

    De hecho, a varios hermanos el apóstol para los gentiles dejó en ciertas ciudades porque estaban enfermos (no les impuso las manos para sanarlos). Si mucho antes el apóstol enviaba su pañuelo para que fuesen sanos los enfermos, ahora le dice a su amado hermano y amigo Timoteo que no beba más agua, sino vino, por causa de su estómago. Lo completo estaba llegando (la Escritura completa) para que dejáramos el conocimiento parcial (revelaciones particulares). Esa es la marca del fin de los dones especiales como bien lo expresa el apóstol, aunque por causa de traducciones del latín a otras lenguas tengamos un vocablo que nos confunde: cuando venga lo perfecto. Eso perfecto es perfectum, un término que en su origen griego significa lo que está completo, pero por la lengua latina se interpreta como un acabado artístico. De esta manera hay quienes confunden que eso perfecto que vendría sería Cristo por segunda vez, y como no ha vuelto todavía los dones especiales seguirían vivos.

    No es así, el apóstol utiliza dos términos en contraposición: en parte y lo completo (Meros y Teleios). …las profecías se acabarán y cesarán las lenguas…Porque en parte conocemos y en parte profetizamos, mas cuando venga lo perfecto (teleios), lo que es en parte (meros) se acabará (1 Corintios 13: 8-9). Acá el apóstol hace referencia no solamente a las lenguas sino también a las profecías predictivas; existe otro sentido del profetizar, el cual es anunciar o proferir la palabra de Dios, lo que no ha acabado todavía; pero el sentido predictivo de profetizar ha cesado de acuerdo al libro de Apocalipsis y a las revelaciones del mismo apóstol Pablo.

    Pues bien, los judíos piden señales y muchos de los llamados creyentes en Cristo tienen una mala percepción de la palabra bíblica. Por otro lado, los griegos demandaban sabiduría, acostumbrados a sus grandes maestros del conocimiento de entonces. Hoy día muchos continúan con las elucubraciones filosóficas para poder sustentar con racionalidad su fe. Eso no es malo del todo, porque la fe debe ser una forma de razonar aquello que la mente no puede discernir por sí misma.

    Sin embargo, el concepto de la fe lo define también Pablo, diciéndonos que es la certeza y la convicción de lo que no se ve. Agrega el apóstol que no es de todos la fe sino que ella es un regalo de Dios. Entonces, no podemos salir a buscar fe por ahí para ver si llegamos a creer, sino que en el paquete de la redención ella nos es entregada para recibir conjuntamente todo lo concerniente a la salvación del Señor. Esa hypostasis griega quiere decir que la fe está sustentada en la palabra de Cristo. Cristo mismo es su autor y su consumador, por lo tanto es quien hace posible que creamos en él.

    Esto sorprende a muchos y no debería, ya que existen muchos textos de la Biblia que nos relatan el hecho de que el Señor murió solamente por los que el Padre le dio. Es decir, no es de todos la fe sino que ella es un don divino. Muchos son los llamados y pocos los escogidos; fijémonos en que Dios no llama a todos sino a muchos, pero de entre estos últimos escoge a pocos. En la economía de la redención, el Señor muere por todos aquellos a quienes el Padre le ha dado (No te ruego por el mundo, sino por los que me diste -Juan 17:9). Existió un plan de salvación desde la eternidad, ya que Pedro lo refiere en una de sus cartas: El Cordero de Dios estuvo preparado u ordenado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestado en este tiempo (1 Pedro 1:19-21). Juan en su Apocalipsis lo resalta por lo menos en dos textos: Apocalipsis 13:8 y 17:8. Él habla de los nombres que fueron y no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Pablo nos dice en Romanos 9 que no depende del que quiera ni del que corra, sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla.

    Debemos considerarnos afortunados, con suerte o con herencia, como dice Efesios 1:11, por haber sido predestinados, conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad. La gente se pregunta ¿cómo sabe Dios? ¿Cómo Dios conoce? Algunos muy atrevidos osan decir que Dios averigua el futuro en los corazones humanos, por lo cual predestina. Pero eso es un error intelectual y teológico, ya que por lo menos tres desaciertos posee tal aseveración: 1) Si Dios mira en los corazones humanos para ver quién habrá de aceptarlo, ¿para qué predestinar lo que ya es seguro que acontecerá? 2) Si Dios encuentra algo bueno en el corazón humano, mintió al decirnos que no hay justo ni aún uno, ni quien haga lo bueno, ni quien busque a Dios. 3) Si Dios necesita mirar en el túnel del tiempo, o en los corazones humanos, para llegar a saber quién le aceptaría y quién no, entonces se deduce que antes no lo sabía. Y si no lo sabía no era Omnisciente.

    Así que a la interrogante de cómo sabe Dios respondemos que lo que sabe lo decidió desde siempre, como acto puro, en su disposición para con quienes siempre amó. Todas las cosas son un sí y un amén en Él, sin que haya mudanza ni variación en su voluntad. Su alma deseó e hizo; si determina una cosa, ¿quién lo hará cambiar? (Job 23:13). De seguro que se trata de un conocimiento profundo esto que fue escrito por causa de nosotros, pero está allí para que comprendamos un poco la magnitud de aquello que nos fue entregado. Para nuestra paz fueron escritas estas cosas, aunque muchos que se llaman creyentes se turban, para después boicotear esas enseñanzas de la Biblia. Ellos siguen sujetos a la idea romántica de un Dios que sufre y espera por la redención de aquellos por quienes Cristo no murió.

    Para este tipo de persona, el Dios de la Biblia parece injusto porque inculpa a Esaú de aquello que no puede cambiar; pero el apóstol Pablo expresa que bajo ningún respecto Dios puede ser señalado como injusto sino que tenemos que ver que de una masa contaminada por el pecado hizo vasos de honra y de deshonra. No obstante, Él reclama que hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4), que de su boca sale lo bueno y lo malo (Lamentaciones 3:38). Así que esa masa contaminada también fue hecha por Él con el propósito previsto, pero Dios no es pecador porque haya ordenado el pecado (como se desprende del texto citado de Pedro, donde se muestra que Dios tenía al Cordero desde antes de que Adán pecara). Asimismo decimos que Dios no es una vaca, a pesar de que él haya hecho a las vacas.

    Una gran profundidad existe en el conocimiento y en la sabiduría de Dios, demasiado grande para nuestro entendimiento; sin embargo, sabemos que el Espíritu de Dios nos ayuda a comprender aquellas cosas que sin él no podríamos ni sospechar. Lo que se impone en consecuencia es una gran reverencia por esas riquezas y sabiduría divinas, por lo insondable de sus juicios y por sus inescrutables caminos. Porque ¿quién entendió la mente del Señor o quién fue su consejero? (Romanos 11:33).

    César Paredes

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  • CELO POR EL EVANGELIO

    El Antiguo Testamento nos aporta un texto de suma claridad para identificar al hereje con su herejía. En Proverbios 23:7 leemos: Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él. No puede alguien militar en la herejía y suponer que él no sea hereje; Pablo aseguró que hay quienes se complacen con los que practican las malas obras (Romanos 1:32), por lo tanto son dignos de muerte (espiritual). Aunque alguien no declare la persona que es, su corazón lo delata; ciertamente, de la abundancia del corazón habla la boca. A veces no es necesario escuchar palabras, basta con mirar las acciones de las personas, sus gestos, su alegría por el mal. La soberbia puede declararse en la mirada altiva, pero de seguro se prueba con la caída, como dice el texto: Antes de la caída viene la altivez (Proverbios 16:18). Examine la vida de Nabucodonosor y comprenderá el error de su soberbia, el castigo que le vino y la humillación aprendida por causa de su malestar sufrido. Otros han mostrado peor suerte, como el caso del Faraón de Egipto, insensato por causa de su soberbia. Lucifer quiso ser como el Altísimo y procuró subir a ese lugar, mas su castigo resulta ejemplar para quien lo observa. 

    Mientras más arriba crea una persona estar, más dura será su estrepitosa caída. La herejía es una opinión propia sobre las Escrituras, una interpretación privada (como señala Pedro). Ella se enciende en el corazón humano y aprisiona la mente en una sola revolución, girando en un centro inútil y deleitándose en la mentira asumida. Los años de religión vienen a ser un gran obstáculo para el individuo que lee la Biblia, ya que su ideología lo guía para que capte de las palabras lo que su corazón le dicta. Hicieron lo mismo los viejos fariseos, apegados a la norma de la ley, guardando los mandatos con rigurosidad, olvidando el espíritu y la misericordia. Se cargaron de hipocresía y desconocieron al Mesías que tanto anunciaban desde antes, porque su vano entendimiento se apegaba a la suposición de que eran dueños de Dios. 

    La gran verdad de Dios ha sido declarada y está en las Escrituras: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre sino por mí (Juan 14:6). Pero la gente entiende que ese Jesús es un nombre vacío que puede llenar con cualquier tipo de doctrina. Cada creyente, sin embargo, conoce la voz del verdadero Pastor de las ovejas y jamás se irá tras los falsos maestros o tras las doctrinas del error (Juan 10:4-5). A Dios no le ha placido hacer al hombre soberano, con libre albedrío, sino que lo ha formado como vaso de barro que moldea a su antojo, barro propiedad del Alfarero. Esta verdad toca la fibra de la altivez humana, contra esa verdad lucha la iglesia que se profesa cristiana, pero cuyo corazón está lejos del Señor. La Biblia afirma que Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). Aún al malo hizo Dios para el día malo, porque Jehová ha hecho todo para sí mismo (Proverbios 16:4). 

    La verdad manifestada en las Escrituras ofende a los oídos no preparados por el Padre en la enseñanza para que vayan a Cristo. Por esa razón muchos se apartan de la verdad que ven de soslayo, sin poder seguir atendiendo a sus mandatos. No soportan la acusatoria contra la altivez de espíritu de cada individuo que supone autonomía frente al Omnipotente. Algunos deciden creer en Dios, como dándole un voto de confianza para ver qué hay de cierto en todo eso de la fe. Otros, bajan la cabeza pero murmuran contra las palabras que les son duras de oír. Los hay de aquellos que tuercen las Escrituras, para hacerla decir una cosa que no dice, por lo cual caminan en el anatema que ella misma lanza contra sus detractores. 

    La mentira abunda; existen los defensores de la herejía que aseguran que una persona puede vivir en medio de ella de una manera inconsistente. Han acuñado una expresión que resume su justificación: la feliz inconsistencia. Es decir, se cree en la herejía, se convive con ella, pero en una feliz inconsistencia. Esto no se entiende, pero así lo afirman; ya Pablo lo denunció al final del Capítulo 1 de su Carta a los Romanos: que son culpables de muerte los que se complacen con los que practican las malas cosas (herejía). 

    ¿Puede una expiación no expiar? ¿Pudo Jesucristo morir por los pecados de todo el mundo, sin excepción, pero apartar su eficacia de algunos? Ese contrasentido se sostiene como doctrina teológica de vanguardia, una herejía que defiende la feliz inconsistencia del hereje. Jesús vino para traer espada, para colocar enemistad en la familia, entre aquellos que creen y los que no son llamados a creer. No vino para hablar bien de la democracia como sistema de gobierno eclesiástico, como para procurar estar tranquilos todos bajo el vocablo vacío Jesús. Se oye a menudo que lo que importa es el corazón y no la mente; amamos a Cristo de corazón, dicen, aunque no estamos de acuerdo con aquellas doctrinas duras de oír. 

    Pablo enseña que se hace necesario que haya disensiones en la iglesia, para que se hagan manifiestos los que son aprobados (1 Corintios 11:19). Con todo, se nos recomienda fijarnos en aquellos que generan tropiezos en contra de la doctrina que hemos recibido de los apóstoles (Romanos 16:17). Es necesario apartarse de ellos, así de simple es el mandato. Estos hombres de religión se ganan la simpatía de las personas con la apariencia de piedad: música de alabanza, textos de memoria, bendicen a diestra y siniestra. Después, se dan a la tarea de introducir nociones interpretativas contra la doctrina enseñada por Jesucristo. Estando profundamente corrompidos con la herejía, muestran solamente la parte en que coinciden con la verdad bíblica, para embaucar a los más ingenuos. Recordemos lo que dijo Cristo la noche antes de morir, que creeríamos por la palabra de los primeros creyentes (sus discípulos). Esa palabra incorruptible, como la describe Pedro, es capaz de salvar a las ovejas destinadas para ese fin; pero el evangelio maldito, de acuerdo a lo dicho por Pablo, está plagado de herejía y resulta en un evangelio torcido que condena el alma (la maldice). 

    Un elegido de Dios, cuando ha sido regenerado por el Espíritu del Señor, huirá de Babilonia; no podrá permanecer en ella, no podrá tener comunión con Cristo y con Belial. ¿Qué hacen los que se llaman cristianos participando con los nuevos apóstoles, con los que hablan en falsas lenguas, con los que todavía profetizan como si ejercieran el arte de vaticinar? Por otro lado, aunque no hicieran esas prácticas, todavía comulgarían con los que militan en la doctrina herética. Por ejemplo, no se puede cohabitar en un mismo espíritu con los que tienen por nula la expiación del Señor. Se tiene por nula cuando se le atribuye a su trabajo en la cruz un alcance que no fue procurado: la salvación de todo el mundo, sin excepción. 

    Hemos de juzgar con justo juicio, para poder probar los espíritus y saber si son de Dios. Jesús nos dijo que no diéramos lo santo a los perros, ni las perlas a los cerdos. ¿Cómo vamos a saber quiénes son perros o cerdos, si no los juzgamos con justo juicio? ¿Cómo podemos estar atentos a los falsos profetas, si no juzgamos qué es ser un falso profeta? Los conoceremos por sus frutos, porque de la abundancia del corazón habla la boca. La doctrina que expongan hablará en abundancia de lo que creen en el corazón; por sus palabras se verá el esquema teológico que los motiva. 

    Cuando Dios convierte un alma, lo hace en forma eficaz. Pablo no fue convertido gradualmente mientras era un fariseo, como si fuese naciendo de nuevo poco a poco. Todo lo contrario, él dijo que tenía por basura todo ese tiempo, todo aquello que había alcanzado cuando no era un creyente convertido a Cristo. No pudo el apóstol tener por basura su proceso de conversión antiguo, por la sencilla razón de que eso no ocurre de esa manera. Nadie puede ir saltando de doctrina en doctrina, hasta llegar a la correcta, y decir al mismo tiempo que ya era un convertido cuando andaba en los tiempos antiguos. Hay quienes ejercen la argucia de decir que como eran predestinados para salvación, poco importa lo que creían antes de la conversión definitiva. El celo por la verdad del evangelio nos lleva a defender el evangelio de verdad.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA LEY DEL TALIÓN

    Hammurabi fue un rey babilónico que reinó desde 1795 hasta 1750 a. C. Se le recuerda por promover y hacer cumplir un código organizado de leyes en la mayor parte de Mesopotamia. La referencia cobra importancia por considerarse el primer código legal escrito completo de la historia, si bien no fue el primero porque han aparecido fragmentos de otros anteriores. El Código se divide en 12 secciones y consta de 282 leyes, unas pocas de ellas son ilegibles. Desde el punto de vista técnico, se considera un derecho consuetudinario para asuntos administrativos, civiles y criminales.

    En la Biblia tenemos el Decálogo junto con otras normas enunciadas por Moisés, 300 años después de Hammurabí. Esta es una ley para el Israel de entonces, pero algunos de esos mandatos se han hecho vigentes para el mundo cristiano. Hay quienes piensan que posiblemente hubo una copia, ya que Moisés fue posterior a Hammurabí. Si eso fuere cierto pondría en jaque el acto inspirativo de las Escrituras.

    Algunas similitudes se dan en relación a algunos tópicos: la pena de muerte en casos de adulterio y secuestro (Levítico 20:10; Éxodo 21:16, que pueden ser comparados con los estatutos 129 y 14 del Código). El hecho de la retaliación llama poderosamente la atención, ya que en la Biblia encontramos la referencia al ojo por ojo (Levítico 24:19-20, lo que se compara con el estatuto 196). Tanto en el Código como en la Biblia aparecen normas relacionadas con la retribución pecuniaria (pagar los gastos) cuando en una riña surgen heridos.

    La respuesta que se ha dado a la crítica por la similitud se basa en el hecho de que existen situaciones comunes a todas las culturas, lo que sugiere consecuencias lógicas del derecho para muchas de ellas. Por ejemplo: en toda sociedad aparece el robo, el asesinato, el adulterio y el secuestro, por lo cual resulta lógico que la sociedad estipule castigos fuertes para esos crímenes. Ese paralelismo cultural mostrado en la pena por los crímenes no prueba per se el plagio.

    No podríamos suponer que un país no debe procesar un delito porque sus vecinos tienen normas para tales crímenes, como si se considerase el derecho propiedad exclusiva del primero que construyó la norma jurídica. También podríamos enfatizar en las diferencias del Código respecto a la Ley Mosaica. Bajo la ley de Moisés se pretendía adorar a un solo Dios (Deuteronomio 6:4-5), cuyos principios morales implicaban que se trataba de un Dios justo. Esa Divinidad exigía que sus criaturas (los seres a quienes les había dado vida) vivieran de una manera justa, dado que el ser humano fue creado a la imagen y semejanza divina. Podemos considerar que la ley de Moisés es mucho más que un código de normas, ya que instituye la concepción del pecado y de la responsabilidad ante Dios (no solo ante la norma escrita). En cambio, en muchas legislaciones antiguas -incluida la de Babilonia- no se trata ni del pecado ni de la responsabilidad ante la divinidad.

    Existen críticos serios que señalan la crueldad de la ley del Talión (el Código de Hammurabí) al proponer castigos severos para los infractores, lo cual establece la relación entre Hammurabí y su cruel dios Draco. El concepto de la ley del Talión se ejemplifica en este posterior aforismo latino: Quale scelus, talis poena (De tal villanía tal pena). Asimismo, se apunta el hecho de que en la ley de Moisés se buscaba no solamente subsanar el problema delictivo sino también incluir normas para el mejoramiento espiritual, que apuntaran a la santidad del individuo y de la nación. En la ley de Moisés se puede observar un tono compasivo junto a la severidad de la norma, lo cual le daba una colorativa más espiritual.

    En la ley de Moisés se muestra el pecado como la causa de que una nación caiga. Este concepto está ausente por completo en el Código de Hammurabí. Si quisiéramos subsumir en un texto la esencia de la ley de Moisés, podríamos citar al Levítico 11:45: Seréis santos, porque Yo soy santo. Las coordenadas son distintas, mientras en Babilonia se buscaba solucionar el problema horizontal -hombre frente al hombre-, en la ley de Moisés el eje se muestra vertical: lo más importante sería nuestra relación con Dios; y este punto de partida garantizará la relación horizontal. Quizás sea un enfoque único en el mundo de entonces (como lo es hoy en día), el fenómeno de que las leyes dadas por Moisés no busquen solamente sancionar el hecho jurídico, sino que esas normas se dan para que el ser humano aprenda a llevarse mejor con el Creador.

    Suponemos que las leyes babilónicas probablemente eran bien conocidas por los hebreos en la época de Moisés, además de que sabemos que Moisés vivió junto al Faraón de Egipto. Dios se comunica con el hombre utilizando un lenguaje familiar, de manera que la ley divina vino envuelta con un léxico jurídico conocido de la época. A esto se le ha llamado en teología el antropomorfismo divino, el Dios que usa asuntos humanos para comunicarse con el hombre.

    Por ello podemos encontrar expresiones como Dios se arrepintió; aún más, existen metáforas de animales que se emplean de parte de ese Dios revelado: Como la gallina junta a sus polluelos, así quise juntar a tus hijos (Mateo 23:37). Podemos traer a colación el relato del diluvio universal, por igual descrito en muchas culturas antiguas. El hecho de que alguien haya hecho un relato sobre el asunto no implica que lo haya copiado de otros escritos. Asimismo, Moisés lo introduce como un evento trascendente para la humanidad, dictaminado por el Dios que lo llamó para formar parte de una nación santa.

    Recordemos que la formación de la Biblia es posterior a muchas leyendas y mitos que existían en la tierra. Los creyentes debemos recordar que Satanás se esfuerza en ser “como el Altísimo” (Isaías 14:14), por lo que inspira la introducción de distorsiones en la historia. Esto está claramente señalado en el Génesis 3:1: ¿Conque Dios os ha dicho? De esta forma la humanidad caída en pecado se da a granel hacia la idolatría, en una clara violación de uno de los Diez Mandamientos: No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque Yo soy Jehová tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos… (Éxodo 20:4-5).

    Ese texto fue arrancado por la Iglesia Católica en sus nuevas versiones de la Biblia, después de la Reforma Protestante. Pero no pudieron obviar el hecho de que la Biblia que ellos tuvieron durante siglos es la Vulgata de Jerónimo, la cual contenía dicho verso. Como en la Reforma se acusó de la violación de ese mandamiento por parte de la Iglesia Católica, la Iglesia de Roma prefirió editar el texto excluyendo este versículo, para que la gran masa de seguidores del magisterio continuaran engañadas en la adoración a los ídolos. Así que el dios de este siglo persiste en cegar el entendimiento de los que no tienen amor por la verdad, para perdición.

    En resumen, en la ley de Moisés el castigo por la transgresión se da en forma uniforme, sin miramientos a clases sociales. Este hecho no aparece en el Código de Hammurabí, que sí disponía de mayor consideración para los hechos punibles cometidos por los de una clase social superior. Hoy día hay muchos escépticos que intentan cuestionar la inspiración divina de las Escrituras, con el argumento de que las leyes del Antiguo Testamento se escribieron de acuerdo a los códigos sumerios y babilónicos ya existentes.

    Cuidémonos de nuestra concupiscencia, para que no seamos seducidos y atraídos por ella (Santiago 1:14). No debemos dar la misma autoridad a otras fuentes extrañas, ya que consideramos como asunto de fe que la Biblia es la Palabra de Dios. Isaías nos anima al respecto: Lo que pasó, ya antes lo dije, y de mi boca salió; lo publiqué, lo hice pronto, y fue realidad. Por cuanto conozco que eres duro, y barra de hierro tu cerviz, y tu frente de bronce, te lo dije ya hace tiempo; antes que sucediera te lo advertí, para que no dijeras: Mi ídolo lo hizo, mis imágenes de escultura y de fundición mandaron estas cosas. Lo oíste, y lo viste todo; ¿y no lo anunciaréis vosotros? Ahora, pues, te he hecho oír cosas nuevas y ocultas que tú no sabías. Ahora han sido creadas, no en días pasados, ni antes de este día las habías oído, para que no digas: He aquí que yo lo sabía. Sí, nunca lo habías oído, ni nunca lo habías conocido; ciertamente no se abrió antes tu oído; porque sabía que siendo desleal habías de desobedecer, por tanto te llamé rebelde desde el vientre. Por amor de mi nombre diferiré mi ira, y para alabanza mía la reprimiré para no destruirte. He aquí te he purificado, y no como a plata; te he escogido en horno de aflicción. Por mí, por amor de mí mismo lo haré, para que no sea amancillado mi nombre, y mi honra no la daré a otro (Isaías 48:3-11).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • UNA REFORMA CONTINUADA

    A lo largo de toda la Escritura se esbozan los cinco principios enunciados desde la Reforma Protestante: Sola Escritura, Sola Fe, sola Gracia, Solo Cristo, Solo a Dios sea la Gloria. El catolicismo sepultó esas verdades en el hecho de que solamente por medio de la iglesia la gente podía interpretar la revelación divina. Además, la gente común no poseía copia de ninguna biblia sino que se atenía a lo que el magisterio le dictaba. El trabajo de Lutero causó división, pero trajo un despertar oportuno para los que se tomaron en serio esa revisión doctrinal del evangelio.

    Lutero fue acusado de diabólico, pero sabemos que a Jesucristo los fariseos le dijeron que expulsaba demonios por medio de Belcebú. En realidad, Jesús nos dijo que él no había venido para traer paz a la tierra, sino espada (Mateo 10:34). La paz del Señor nos la da a cada creyente, pero no al mundo; ante el mundo debemos batallar con el entendimiento de su palabra. Una de las cosas más estruendosas contra el catolicismo de entonces fue la venta de indulgencias.

    La gente tenía que comprar el perdón por sus pecados; hay muchas anécdotas de malhechores que pagaban por pecados futuros. Contra eso -entre muchos otros asuntos- se hizo la Reforma; sin embargo, hoy día no se venden indulgencias pero se cobran las misas por los difuntos, por cualquier actividad, lo cual consiste en una violación de la palabra de Dios: dad de gratis, como vosotros recibisteis de gratis (Mateo 10:8). Esta práctica continúa aún en muchos templos protestantes, bajo el mandato del diezmo.

    Son muchos los líderes o pastores que manipulan a la audiencia para pedir las ofrendas o los diezmos. La tentación de ganar dinero por medio de la palabra que se predica denuncia como prevaricadores a los que se vuelcan a manipular, para obtener recompensa por la predicación de la palabra. Deberían leer de nuevo Mateo 10:8: Dad de gracia, como vosotros recibisteis. Sabemos que el obrero es digno de su salario o alimento, pero Dios lo provee por diversos medios. Lo que Jesús intentó decirnos es que no debemos poner el arado delante del buey, no debemos ser guiados por el sabor del dinero.

    La doctrina aprendida por medio de la Escritura debemos retenerla, ya que muchas palabrerías se pronuncian simulando interpretaciones de lo divinamente revelado. El creyente debe ir a la Escritura, Jesús lo recomendó siempre, dejándonos su ejemplo en cómo la citaba. Escudriñad las Escrituras, porque ellas dan testimonio de mí; escudriñadla porque en ellas os parece que está la vida eterna. El interés de los reformados giró en torno a ese gran principio: fuera de la Escritura no está la vida eterna, sino solo en ella.

    El justo por la fe vivirá (Hebreos 10:38; Habacuc 2:4). La fe dirige y guía a las personas, si actúan de acuerdo a ella, por amor a Dios y a la sabiduría revelada. En consecuencia, la fe también es racional y no insensata; la fe viene como meta-razón, para que veamos donde nuestros ojos no pueden ver. La fe es la certeza de lo que pedimos y creemos, sin ella resulta imposible agradar a Dios. No es de todos la fe sino que ella viene como regalo divino. Ahora bien, si alguien dice que tiene fe debe mostrar los frutos que con ella se alcanzan.

    Jesucristo es el cumplimiento del plan de Dios para salvar a las personas de sus pecados. En consecuencia hemos de actuar de una manera compatible con la fe profesada. En tal sentido no puede ser posible la vergüenza por el evangelio, ya que en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe (Romanos 1:17). En este punto insistimos en que las obras no salvan a nadie, ni mucho menos una fe hueca. Ninguna persona puede producir fe, ya que ésta es un don de Dios (Efesios 2:8). Así que cuando uno escucha que alguien le puso fe a algo eso no es más que vana palabrería fuera de la fe bíblica.

    Santiago nos alerta contra esa fe hueca; la fe nos conduce a creer como hizo Abraham, a quien ese acto le fue contado por justicia. Abraham no fue justificado por las obras porque tendría de qué gloriarse (Romanos 4:2), pero la fe que tuvo fue un efecto de su conversión. La fe siempre tiene obras que produce, definiéndose como la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve. De allí en adelante cada creyente va formando su vida motivado por esa fe en Cristo como soporte, de manera que puede edificar con materiales nobles o innobles.

    En Génesis 15: 5-6 leemos que Abraham le creyó a Dios la promesa que se le hizo, y le fue contado por justicia (es un acto de justicia el creerle a Dios); después de haber creído se le pidió una prueba (la del sacrificio del hijo) y cumplió con la exigencia producto de su fe. Pero no fue la prueba antes de tener la fe, ni antes de ser justificado, para que no se suponga que la obra de la obediencia justificó a Abraham.

    Somos justificados gratuitamente por su GRACIA (Romanos 3:24), mediante la redención que es en Cristo Jesús. Sabemos que esa gracia no puede ser pisoteada y nosotros no debemos recibirla en vano (2 Corintios 6:1). Ministrar el evangelio implica esfuerzo humano en un laborioso trabajo para el que nosotros no somos suficientes. Ese trabajo requiere fidelidad y diligencia, ya que es una obra conjunta con el Señor. En este texto de Corintios la gracia hace referencia al trabajo que nos produce la honra y la gloria, el trabajo de la fe.

    Estamos seguros de que la gracia que opera para salvación jamás resulta vana, ya que el Señor no comete errores. Pero así como Pablo usa el verbo salvar en diferentes contextos, de la misma manera el término gracia aparece como signo diferente en ciertas ocasiones. Por ejemplo, el apóstol siempre supo que la salvación viene por medio de la fe y por el oír la palabra de Cristo, pero en una oportunidad habló de la mujer que se salvaría engendrando hijos. Imposible que el apóstol estuviera pensando en la salvación eterna, ya que se contradiría a sí mismo. Hablaba de una redención sociológica en la iglesia.

    Solo Cristo salva, como bien nos lo dijo el Señor: Nadie viene al Padre sino por mí (Juan 14:6). Algunos osan anunciar que nosotros somos Cristos que remitimos pecados, o que los retenemos, alegando el texto de Juan 20:23. Dios solo puede perdonar pecados (y Cristo es Dios también), pero nunca el Señor le dio potestad a los apóstoles de perdonar pecados o de retenerlos por ellos mismos. Jamás pretendió tal ejercicio en el evangelio a predicar, ya que seríamos anticristos si usurpamos el trabajo exclusivo de la Divinidad. El Señor dijo: El que cree y es bautizado será salvo, pero el que no cree ya es condenado (Marcos 16:16). Así que la misión del evangelio en algún sentido consiste en remitir pecados (al predicar a Cristo como único camino hacia el Padre), pero por igual consiste en retener esos pecados a quienes no creen.

    Los pecadores impenitentes, los incrédulos, todos ellos tienen sus pecados retenidos (no perdonados), precisamente por causa de su impenitencia o incredulidad. En consecuencia, la gloria de perdonar pecados pertenece solamente a Dios. Sin su voluntad nosotros no hubiésemos tenido ni Escritura, ni Fe, ni Gracia, ni Cristo como único Mediador entre Dios y los hombres; sabemos que en el proceso o acto de salvación Dios se lleva la Gloria. Con esos cinco puntos arranca la Reforma Protestante y se ha mantenido por varios siglos, habiendo logrado el que la gente vuelva a las Escrituras, al traducirlas a la mayor cantidad posible de lenguas, al incentivar su estudio, al analizar su gramática y mirar su contexto.

    El hecho de hacer pública la palabra del evangelio nos ha ganado también la persecución de Roma, la que mantenía la biblia encadenada al púlpito y la que hacía que se leyera solamente en latín. Ahora ellos han cambiado un poco y van aceptando algunas partes de ese reforma, sin embargo, no todo lo que brilla es oro. Dentro de los protestantes hay muchos asomados que buscan riqueza, honor y disfrute terrenal, los que hacen vano el trabajo de la gracia. Pero la gracia divina que llega a quien tiene que llegar (a los elegidos de Dios) logra su objetivo por medio de la predicación del verdadero evangelio. Así que no nos ilusionamos con templos llenos o con construcciones de iglesias; simplemente nos acercamos a la palabra divina y procuramos exponerla a tiempo y a destiempo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LOS CIELOS DECLARAN (SALMO 19)

    El salmo 19 le canta al Creador, en forma directa, una alabanza por lo que se conoce desde siempre: la obra de las manos de Dios. En tanto la creación habla a gritos de aquel que hizo todas las cosas, el mundo tiene su contra parte y anuncia a voces que no hay Dios. La Biblia ha respondido a esa contrariedad, diciéndonos que quienes así hablan son necios. Ese Dios no solamente es creador sino un salvador; de hecho, en el principio estaba el Verbo para que por él y para él fuesen hechas todas las cosas.

    Ha habido dos creaciones: la del Génesis que nos muestra el barro convertido en hombre, y la siguiente creación que se anuncia inmediatamente después del pecado humano. Génesis 3:15 nos relata acerca de la promesa de la simiente que es Cristo. A través de él -el segundo Adán, según lo llama Pablo- hemos sido formados como hombres nuevos. La regeneración que es por medio del Espíritu Santo se aplica o acontece en los escogidos del Padre, desde la eternidad, cuando fuimos atados con cuerdas de amor, como declara hermosamente el profeta Oseas.

    Esta segunda creación humana no perece jamás, ya que se nos ha prolongado la misericordia divina. El sol como estrella gigante se pasea por la tierra, dando luz que la energiza y permite la fotosíntesis junto con los movimientos atmosféricos; el salmista nos permite esa metáfora para que en otro contexto Jesucristo sea llamado el sol de justicia. Esa luz que alumbra en las tinieblas suministra cuidado en las necesidades de cada uno de sus hijos o descendientes. Somos llamados linaje escogido, nación santa, los elegidos del Padre para convertirnos en herederos de esa promesa que aguardamos por fe. En Malaquías 4:2-3 leemos: Mas a vosotros los que teméis mi nombre, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá la salvación; y saldréis, y saltaréis como becerros de la manada. Hollaréis a los malos, los cuales serán ceniza bajo las plantas de vuestros pies, en el día en que yo actúe, ha dicho Jehová de los ejércitos. Ese sol de justicia es el Logos creador, la Palabra de Dios, el Verbo hecho carne. Él no solo nos da su salvación sino que nos alienta para educarnos en la virtud que exhibió en la tierra cuando nos dio su ejemplo.

    Las virtudes del hombre nuevo son recibidas por gracia pero han de ser ejercitadas: la paciencia se hace presente no por infusión espiritual sino por su ejercicio en medio de una tempestad calamitosa, como lo demostró el justo Job. La oscuridad del mundo va siendo disipada en la medida en que nosotros seamos luz derivada de ese sol de justicia.

    Tenemos que ser diligentes -cultivados y entrenados para toda buena obra-, hasta añadir a nuestra fe virtud. Esta es la capacidad que tiene una cosa o persona para producir un determinado efecto positivo: la virtud medicinal de una planta, o la virtud espiritual de un buen consejero. Hemos de habituarnos a hacer siempre el bien, poseyendo esa cualidad moral que rige nuestro fuero interno. Pero esa virtud debe ser llena de conocimiento seguido del dominio propio. La templanza, el justo punto adecuado entre los extremos, ejercita nuestra paciencia. Así que estas cualidades que se nos ofrecen como hombres nuevos no se ingieren por ósmosis sino bajo el ejercicio y la práctica de los actos del diarios vivir.

    Cuando nos convertimos en seres de paciencia es porque ha llegado el momento de añadirle piedad (amor del mismo signo que el que viene de Dios). Todo ello nos conduce al afecto fraternal (la amistad que existe entre hermanos espirituales), ya que no existe matrimonio posible entre Cristo y Belial, entre la luz y las tinieblas, entre aquellos de yugo desigual. Así que estas virtudes o cualidades que se dan por imitar al sol de justicia nos permiten llevar fruto a granel. Pero ese fruto tiene su primicia en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo (2 Pedro 1: 8).

    Volvemos a la teología, al acto de conocer quién es Dios. La verdadera metanoia (arrepentimiento) consiste en el conocimiento: A) Conocer la grandeza y soberanía absoluta del Creador; B) conocer la pequeñez nuestra, junto a la impotencia que nos acompaña para siquiera desearle. Si no es porque Dios nos amó primero no le amaríamos en consecuencia. El arrepentimiento nos enseña que no merecemos el rayo de luz del Sol de justicia, pero ahora que se nos ha dado arrepentimiento para perdón de pecados somos conscientes de nuestras debilidades. Nuestra responsabilidad para con Dios surge del hecho de que no somos independientes de Él, sino que estamos bajo su gobierno absoluto.

    Ah, pero no solo nosotros estamos bajo ese gobierno divino, también lo están Satanás y todos los que lo siguen, todos los mortales que yacen bajo su principado: en realidad están bajo la ira de Dios, hasta que sean llamados si Dios quiere llamarlos. De eso trata la Biblia, de la enseñanza sobre la soberanía absoluta del Creador, quien ha hecho todo cuanto ha querido, quien ordena y nadie puede decirle qué haces. Es el Despotes del Nuevo Testamento, el que resiste a los soberbios y da gracia a los humildes. Esos humildes lo son porque Dios ha operado en esos corazones, de lo contrario seguirían como el príncipe de este mundo, cargados de soberbia y orgullo en su repudio natural contra el Creador. En 2 Pedro 2:2 se menciona a Cristo como el Despotes que compró a sus siervos, asimismo en Job 5:8 leemos que Dios es el Despotes de todos (en ambos caso en lengua griega). Es decir, el amo, el soberano, el señor, el príncipe, el que hace como quiere.

    El mundo declara que debemos tener ansiedad, que la paz no resulta posible sino la que de él proviene, con sus ofertas y ejercicios en las prácticas de la incredulidad. Jesús dijo que su paz no era comparable con la que el mundo daba; vemos una imitación continuada de las virtudes divinas en un esfuerzo del mundo (terreno del principado de Satanás) por hacer saber que su desorden natural es suficiente. Empero, sabemos que hemos de prevalecer en el ejercicio de nuestras funciones espirituales, por medio del estudio de la palabra revelada (el verdadero Logos) y confrontando las costumbres que forman la ética del mundo.

    La ética satánica es relajada, relativa y permisiva; bajo su mandato los prosélitos alzan la bandera del orgullo por el pecado practicado. Esa altivez se acompaña de la burla a todo aquel que cree que Jesús es el Hijo de Dios. Pero los que somos llamados de las tinieblas a la luz conocemos cuál es la verdad a la que fuimos invitados. Por eso se escribieron las palabras de Jesucristo referentes a que el enemigo tratará de engañar a los escogidos, si le fuere posible. Es decir, no le será posible. De allí que la apostasía que vemos a diario se realiza porque esas personas engañadas no han demostrado que hayan sido elegidas. Al parecer, ellos mismos se invitaron, ellos acudieron por las razones propias que la carne expone, aunque se disfrace la carne como razón espiritual.

    Somos poseedores de una paciencia triunfante, la que nos garantiza sobrellevar cualquier circunstancia adversa, una fortaleza que nunca será saqueada, como un puerto seguro y calmo. El creyente ha renunciado a lo oculto y vergonzoso, se mantiene sin adulterar la palabra de Dios. Sin embargo, nuestro evangelio permanece encubierto entre aquellos que se pierden. La razón de esa oscuridad se debe al príncipe de este mundo, el que cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo (2 Corintios 4:4).

    Nuestra salvación y el conjunto de virtudes que la acompañan yacen en una vasija de barro, muy endeble aparentemente. La razón estriba en que la excelencia del poder sea de Dios y no dependa de nosotros. El poder del Señor se perfecciona en nuestras debilidades; allí donde nosotros no podemos llega la providencia divina, de forma que siempre reconozcamos el acto inicial de nuestro arrepentimiento (metanoia): que Dios es soberano absoluto, que para Él no existe nada imposible, que Él dirige nuestros pasos así como también el de los faraones del mundo. Quien llegue a comprender esa realidad revelada en las Escrituras debe considerarse muy feliz, porque parece que allí está la salvación declarada.

    César Paredes

    rertor7@yahoo.com

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