Somos llamados a contender por la fe, de la manera como Cristo vino a este mundo. ¿Qué significa todo este planteamiento? Bien, Jesucristo no vino a imponer una cultura cristiana, puesto que dijo que su reino no pertenecía a este mundo. El creyente a través de la historia ha visto cómo ésta cambia, pero el profesar el cristianismo puede conducir a la idea del fenómeno cultural. Por supuesto que la doctrina cristiana en general importa un cambio social a la larga, ya que la sumatoria de los creyentes (al menos en forma externa) impacta como una piedra en un lago para producir una onda expansiva.
He allí el problema central, quedarnos enamorados de nuestro propio rostro reflejado en el agua. Nuestra contención debe dirigirse a la fe; en todo momento nuestro asidero se fija en la doctrina de Cristo. Es de tal importancia que Juan aseveró que quien no vive en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. Es más, añadió que quien le dice bienvenido a quien no porta esa doctrina participa de las malas obras. La contención por la fe no presupone una batalla carnal, con gritos o insultos; ella permite examinar nuestros argumentos que tejen el soporte de nuestro sistema de creencias.
¿Creemos en un Dios Todopoderoso? En realidad ese punto de partida ayuda mucho, ya que al comprender que por el mandato de su palabra el universo fue constituido estamos dando un voto de confianza a la Escritura. A partir de esta premisa tenemos que seguir colocando interrogantes: ¿A qué vino Jesús a este mundo? Su tema central lo señala la Biblia: Vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). No vino Jesús a dar lecciones de moral, de buena conducta o de ética laboral. Tampoco vino para hacer milagros y que fuera admirado por los que se impactaron con sus prodigios y señales. Claro que hizo todo eso, así como dio sermones importantes, pero Jesús tuvo un propósito muy diferente a esas cosas que hizo: justificar a muchos (Isaías 53:11).
Los viejos fariseos se aferraron a las obras de la ley, bajo la pretensión de salvarse por medio de ellas. Pensaron que la formalidad de la norma contenía en sí misma la redención del alma; sus vidas giraban en torno a las ceremonias y al celo por el cumplimiento de las reglas que crecían con los siglos. Claro, detrás de ese cometido subyacía la idea del libre albedrío, bajo la égida de la cultura del hacer y no hacer.
Con la venida de Jesucristo Israel sufrió endurecimiento en parte, quedando a un lado del camino. No nos jactamos contra los integrantes de ese pueblo, simplemente comprendemos su papel en la historia de la fe. Fueron los encargados de custodiar el libro, la revelación escrita de Jehová. Pero su apego a lo externo los dejó por fuera de lo interno: se convirtieron en culturales antes que en hombres de fe. Muy contrario a Abraham, de quien se ha dicho que es el padre de la fe, el que le creyó a Dios y su fe le fue contada por justicia.
Precisamente, nuestra fe en Jesucristo nos hace partícipes de la justicia de Dios. Nadie pudo cumplir la ley a cabalidad, por lo cual los que lo intentaron cayeron bajo la maldición de la ley. De allí que la ley no salvó a nadie, pero se convirtió en el Ayo o Mayordomo que nos condujo a Cristo. Por la ley descubrimos la crueldad del pecado, por ella comprendemos que somos impotentes para poder redimirnos. En cambio, la fe en Cristo nos enseña que él se convirtió en la justicia de Dios. Isaías dijo que el siervo justo vería el fruto de su trabajo y quedaría satisfecho.
Pero la cultura cristiana contiene muchas ideologías derivadas de la interpretación teológica. Una de ellas viene como continuación del viejo fariseísmo, de la antigua conversación entre la serpiente y nuestros padres humanos. El hecho de pretender ser independientes del Creador para llegar a ser como él (y seréis como Dios). Instalado el cristianismo como cultura, el concepto del libre albedrío ha cobijado a miles y millones de seguidores de la religión cristiana. Ha habido teólogos que desarrollaron puntos de vista repetitivos siglos tras siglos, para básicamente sostener que la justicia de Dios se muestra más segura y cierta si se considera al ser humano libre e independiente del Creador. Por ejemplo, Pelagio, un monje que vivió entre el siglo cuarto y quinto, escribió que nosotros no hacemos maldades en virtud de nuestra naturaleza, sino en virtud de nuestra libertad. Por lo tanto, somos capaces de hacer bien o mal gracias a esa libertad que poseemos, no por fuerza de alguna naturaleza que nos impele a las acciones buenas o malas. Además, existe gran mérito en hacer el bien bajo el parámetro de nuestra libertad porque no existe atadura que nos fuerce a ello. Esa sería la razón por la cual Dios dejó delante de la humanidad la vida y la muerte, para que cada quien decida.
Con el pasar de los años muchos teólogos siguen ese camino trazado y discuten sobre el libre albedrío humano. Toman textos fuera de contexto, no saben qué hacer con los pasajes que hablan de la soberanía absoluta de Dios. Por ejemplo, el texto de Romanos 9:11 lo dejan a la interpretación privada, diciéndonos que Dios salvó a Jacob por cuanto es imposible que cualquiera pueda salvarse, pero que no tuvo nada que ver con Esaú, ya que por principio todos estaríamos condenados. Sin embargo, la Escritura enseña que la voluntad de Dios privó sobre el destino de ambos seres; la Biblia grita a voces que Dios hizo al malo para el día malo, que Él es quien da la vida y la muerte, el que hace el bien y crea el mal. Sus profetas exclaman por doquier el sentido de las palabras de Jeremías: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo bueno y lo malo? Amós declara lo siguiente: ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad, lo cual Jehová no haya hecho (Amós 3:6).
Es de hacer notar que cuando Dios coloca la vida y la muerte delante de nosotros y nos dice que escojamos la vida, eso aparece como un mandato general para un pueblo particular. La ley de Jehová aparece para que conozcamos su rasero ejecutor, su altitud inalcanzable, para que pudiésemos esperar al Mesías prometido. Venido Cristo llegó el fin de la ley (Romanos 10), pero nunca se escribieron aquellas palabras como para darnos a entender que nosotros tenemos libertad plena para decidir nuestros destinos. Si así fuera, seríamos independientes del Creador, totalmente autónomos y no estaríamos sujetos a ningún juicio de rendición de cuentas.
Tomás de Aquino, del siglo 13, escribió en su Suma Teológica que el hombre posee libre albedrío, ya que de lo contrario no hubiese tenido sentido el que se le prohibiera, exhortara, recompensara o mandara a hacer ciertas cosas. Esa idea perdura en el tiempo, por lo que el Concilio de Trento (el de la Contrarreforma) dice en uno de sus cánones: Maldito aquel que niega el libre albedrío. Por lo claro comprendemos que esa es la teología de la Iglesia Católica, de donde vino Jacobo Arminio como un infiltrado en las filas de los reformados. Su teología permeó la congregación reformada incipiente y la contaminó con la hierba venenosa que muchos han bebido durante demasiados años. Por doquier la iglesia protestante se declara arminiana en su teología, en especial la Metodista y por lo general la pentecostal. También esa mala hierba se ha extendido a otras regiones teológicas, intoxicando a los que se ocupan más de la cultura que de la fe.
Los grandes teólogos giran en torno a la misma interrogante: ¿cuál es el punto de exhortar a la gente si no tiene el poder de decisión? Si se les dice que la vida está a la diestra y la muerte a siniestra, ¿no se supone que tienen el poder de escoger? Esas advertencias no serían necesarias si no hubiese liberad de decisión, aseguran, ¿cómo puede Dios invitar a todos al arrepentimiento si Él es el autor de la impenitencia? Esa última pregunta la hizo Erasmo de Rotterdam, en la época en que vivió Lutero. El problema con ese criterio es que se han desentendido de la fe y se volvieron tan solo a la cultura cristiana.
Dios ha declarado en la Escritura que sus ojos miraron a los hombres y no hallaron nada bueno (Salmos 14). Todos se habían corrompido, no había uno que buscara al verdadero Dios. Ha declarado por igual que todos hemos muerto en delitos y pecados, que no hay quien entienda y que nuestra justicia es como trapos de inmundicia. Por igual ha dicho que está airado contra el impío todos los días. Si no hay quien haga lo bueno, ¿cómo puede alguien acostumbrado a hacer el mal hacer el bien? ¿Cómo puede alguien que hace lo malo escoger lo bueno para su alma? Jesucristo nos aseguró que eso no es posible para el hombre, pero para Dios todo es posible. Agregó que ninguna persona puede acercarse a él si el Padre no lo trae, que todo lo que el Padre la da vendrá a él y no será echado fuera. Es decir, los que no se acercan a Cristo nunca fueron enviados por el Padre. Tal vez hay muchos atraídos por la cultura cristiana, pero no necesariamente por la fe de Cristo.
Arminio sigue en su teología diciéndonos que la idea de que Dios escoge desde la eternidad, sin mirar en las obras humanas, es absolutamente repugnante. Agrega que esto hace a Dios absolutamente pecador, ya que es Dios quien transgrede su propia ley. John Wesley siguió el camino de Arminio y también se atragantó con las obras como medio de salvación, hasta llegó a hablar del bautismo como acto de regeneración. En el intento de conciliar las dos corrientes, la soberanía absoluta de Dios y la libertad humana, se ha dicho que Dios concede su gracia a todos por igual, pero que deja en libertad por un instante a cada alma humana para que decida. A ese criterio se ha llamado la gracia que habilita, ya que Dios se despoja por un instante de su soberanía para habilitar al ser humano en su libertad, y así dejar que decida por su cuenta. El autor de tal tesis se llama Luis de Molina y su doctrina se conoce como molinismo. Pero esto no es más que fantasía que no tiene raigambre en las Escrituras.
¿Qué nos dice el Evangelio? En Juan 3:19 leemos: Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Los amantes de la cultura cristiana antes que los contendores por la fe de Cristo prefieren alejarse de la verdad (el cuerpo doctrinal de Jesucristo); sabemos que esa cultura los delata como hacedores de obras malas. Si practicaran la verdad vendrían a la luz, para que se manifieste que sus obras son hechas en Dios (Juan 3:21). Eso mismo le sucedió a aquel conjunto de discípulos que murmuraron contra la doctrina de Cristo, diciendo que sus palabras eran duras de oír (Juan 6).
César Paredes