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  • CONTENDER POR LA FE

    Somos llamados a contender por la fe, de la manera como Cristo vino a este mundo. ¿Qué significa todo este planteamiento? Bien, Jesucristo no vino a imponer una cultura cristiana, puesto que dijo que su reino no pertenecía a este mundo. El creyente a través de la historia ha visto cómo ésta cambia, pero el profesar el cristianismo puede conducir a la idea del fenómeno cultural. Por supuesto que la doctrina cristiana en general importa un cambio social a la larga, ya que la sumatoria de los creyentes (al menos en forma externa) impacta como una piedra en un lago para producir una onda expansiva.

    He allí el problema central, quedarnos enamorados de nuestro propio rostro reflejado en el agua. Nuestra contención debe dirigirse a la fe; en todo momento nuestro asidero se fija en la doctrina de Cristo. Es de tal importancia que Juan aseveró que quien no vive en esa doctrina no tiene ni al Padre ni al Hijo. Es más, añadió que quien le dice bienvenido a quien no porta esa doctrina participa de las malas obras. La contención por la fe no presupone una batalla carnal, con gritos o insultos; ella permite examinar nuestros argumentos que tejen el soporte de nuestro sistema de creencias.

    ¿Creemos en un Dios Todopoderoso? En realidad ese punto de partida ayuda mucho, ya que al comprender que por el mandato de su palabra el universo fue constituido estamos dando un voto de confianza a la Escritura. A partir de esta premisa tenemos que seguir colocando interrogantes: ¿A qué vino Jesús a este mundo? Su tema central lo señala la Biblia: Vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). No vino Jesús a dar lecciones de moral, de buena conducta o de ética laboral. Tampoco vino para hacer milagros y que fuera admirado por los que se impactaron con sus prodigios y señales. Claro que hizo todo eso, así como dio sermones importantes, pero Jesús tuvo un propósito muy diferente a esas cosas que hizo: justificar a muchos (Isaías 53:11).

    Los viejos fariseos se aferraron a las obras de la ley, bajo la pretensión de salvarse por medio de ellas. Pensaron que la formalidad de la norma contenía en sí misma la redención del alma; sus vidas giraban en torno a las ceremonias y al celo por el cumplimiento de las reglas que crecían con los siglos. Claro, detrás de ese cometido subyacía la idea del libre albedrío, bajo la égida de la cultura del hacer y no hacer.

    Con la venida de Jesucristo Israel sufrió endurecimiento en parte, quedando a un lado del camino. No nos jactamos contra los integrantes de ese pueblo, simplemente comprendemos su papel en la historia de la fe. Fueron los encargados de custodiar el libro, la revelación escrita de Jehová. Pero su apego a lo externo los dejó por fuera de lo interno: se convirtieron en culturales antes que en hombres de fe. Muy contrario a Abraham, de quien se ha dicho que es el padre de la fe, el que le creyó a Dios y su fe le fue contada por justicia.

    Precisamente, nuestra fe en Jesucristo nos hace partícipes de la justicia de Dios. Nadie pudo cumplir la ley a cabalidad, por lo cual los que lo intentaron cayeron bajo la maldición de la ley. De allí que la ley no salvó a nadie, pero se convirtió en el Ayo o Mayordomo que nos condujo a Cristo. Por la ley descubrimos la crueldad del pecado, por ella comprendemos que somos impotentes para poder redimirnos. En cambio, la fe en Cristo nos enseña que él se convirtió en la justicia de Dios. Isaías dijo que el siervo justo vería el fruto de su trabajo y quedaría satisfecho.

    Pero la cultura cristiana contiene muchas ideologías derivadas de la interpretación teológica. Una de ellas viene como continuación del viejo fariseísmo, de la antigua conversación entre la serpiente y nuestros padres humanos. El hecho de pretender ser independientes del Creador para llegar a ser como él (y seréis como Dios). Instalado el cristianismo como cultura, el concepto del libre albedrío ha cobijado a miles y millones de seguidores de la religión cristiana. Ha habido teólogos que desarrollaron puntos de vista repetitivos siglos tras siglos, para básicamente sostener que la justicia de Dios se muestra más segura y cierta si se considera al ser humano libre e independiente del Creador. Por ejemplo, Pelagio, un monje que vivió entre el siglo cuarto y quinto, escribió que nosotros no hacemos maldades en virtud de nuestra naturaleza, sino en virtud de nuestra libertad. Por lo tanto, somos capaces de hacer bien o mal gracias a esa libertad que poseemos, no por fuerza de alguna naturaleza que nos impele a las acciones buenas o malas. Además, existe gran mérito en hacer el bien bajo el parámetro de nuestra libertad porque no existe atadura que nos fuerce a ello. Esa sería la razón por la cual Dios dejó delante de la humanidad la vida y la muerte, para que cada quien decida.

    Con el pasar de los años muchos teólogos siguen ese camino trazado y discuten sobre el libre albedrío humano. Toman textos fuera de contexto, no saben qué hacer con los pasajes que hablan de la soberanía absoluta de Dios. Por ejemplo, el texto de Romanos 9:11 lo dejan a la interpretación privada, diciéndonos que Dios salvó a Jacob por cuanto es imposible que cualquiera pueda salvarse, pero que no tuvo nada que ver con Esaú, ya que por principio todos estaríamos condenados. Sin embargo, la Escritura enseña que la voluntad de Dios privó sobre el destino de ambos seres; la Biblia grita a voces que Dios hizo al malo para el día malo, que Él es quien da la vida y la muerte, el que hace el bien y crea el mal. Sus profetas exclaman por doquier el sentido de las palabras de Jeremías: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? ¿De la boca del Altísimo no sale lo bueno y lo malo? Amós declara lo siguiente: ¿Habrá acontecido algo malo en la ciudad, lo cual Jehová no haya hecho (Amós 3:6).

    Es de hacer notar que cuando Dios coloca la vida y la muerte delante de nosotros y nos dice que escojamos la vida, eso aparece como un mandato general para un pueblo particular. La ley de Jehová aparece para que conozcamos su rasero ejecutor, su altitud inalcanzable, para que pudiésemos esperar al Mesías prometido. Venido Cristo llegó el fin de la ley (Romanos 10), pero nunca se escribieron aquellas palabras como para darnos a entender que nosotros tenemos libertad plena para decidir nuestros destinos. Si así fuera, seríamos independientes del Creador, totalmente autónomos y no estaríamos sujetos a ningún juicio de rendición de cuentas.

    Tomás de Aquino, del siglo 13, escribió en su Suma Teológica que el hombre posee libre albedrío, ya que de lo contrario no hubiese tenido sentido el que se le prohibiera, exhortara, recompensara o mandara a hacer ciertas cosas. Esa idea perdura en el tiempo, por lo que el Concilio de Trento (el de la Contrarreforma) dice en uno de sus cánones: Maldito aquel que niega el libre albedrío. Por lo claro comprendemos que esa es la teología de la Iglesia Católica, de donde vino Jacobo Arminio como un infiltrado en las filas de los reformados. Su teología permeó la congregación reformada incipiente y la contaminó con la hierba venenosa que muchos han bebido durante demasiados años. Por doquier la iglesia protestante se declara arminiana en su teología, en especial la Metodista y por lo general la pentecostal. También esa mala hierba se ha extendido a otras regiones teológicas, intoxicando a los que se ocupan más de la cultura que de la fe.

    Los grandes teólogos giran en torno a la misma interrogante: ¿cuál es el punto de exhortar a la gente si no tiene el poder de decisión? Si se les dice que la vida está a la diestra y la muerte a siniestra, ¿no se supone que tienen el poder de escoger? Esas advertencias no serían necesarias si no hubiese liberad de decisión, aseguran, ¿cómo puede Dios invitar a todos al arrepentimiento si Él es el autor de la impenitencia? Esa última pregunta la hizo Erasmo de Rotterdam, en la época en que vivió Lutero. El problema con ese criterio es que se han desentendido de la fe y se volvieron tan solo a la cultura cristiana.

    Dios ha declarado en la Escritura que sus ojos miraron a los hombres y no hallaron nada bueno (Salmos 14). Todos se habían corrompido, no había uno que buscara al verdadero Dios. Ha declarado por igual que todos hemos muerto en delitos y pecados, que no hay quien entienda y que nuestra justicia es como trapos de inmundicia. Por igual ha dicho que está airado contra el impío todos los días. Si no hay quien haga lo bueno, ¿cómo puede alguien acostumbrado a hacer el mal hacer el bien? ¿Cómo puede alguien que hace lo malo escoger lo bueno para su alma? Jesucristo nos aseguró que eso no es posible para el hombre, pero para Dios todo es posible. Agregó que ninguna persona puede acercarse a él si el Padre no lo trae, que todo lo que el Padre la da vendrá a él y no será echado fuera. Es decir, los que no se acercan a Cristo nunca fueron enviados por el Padre. Tal vez hay muchos atraídos por la cultura cristiana, pero no necesariamente por la fe de Cristo.

    Arminio sigue en su teología diciéndonos que la idea de que Dios escoge desde la eternidad, sin mirar en las obras humanas, es absolutamente repugnante. Agrega que esto hace a Dios absolutamente pecador, ya que es Dios quien transgrede su propia ley. John Wesley siguió el camino de Arminio y también se atragantó con las obras como medio de salvación, hasta llegó a hablar del bautismo como acto de regeneración. En el intento de conciliar las dos corrientes, la soberanía absoluta de Dios y la libertad humana, se ha dicho que Dios concede su gracia a todos por igual, pero que deja en libertad por un instante a cada alma humana para que decida. A ese criterio se ha llamado la gracia que habilita, ya que Dios se despoja por un instante de su soberanía para habilitar al ser humano en su libertad, y así dejar que decida por su cuenta. El autor de tal tesis se llama Luis de Molina y su doctrina se conoce como molinismo. Pero esto no es más que fantasía que no tiene raigambre en las Escrituras.

    ¿Qué nos dice el Evangelio? En Juan 3:19 leemos: Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Los amantes de la cultura cristiana antes que los contendores por la fe de Cristo prefieren alejarse de la verdad (el cuerpo doctrinal de Jesucristo); sabemos que esa cultura los delata como hacedores de obras malas. Si practicaran la verdad vendrían a la luz, para que se manifieste que sus obras son hechas en Dios (Juan 3:21). Eso mismo le sucedió a aquel conjunto de discípulos que murmuraron contra la doctrina de Cristo, diciendo que sus palabras eran duras de oír (Juan 6).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CELO O CONOCIMIENTO

    Alguien puede ser celoso en cuanto a la piedad, pero si está lejos del conocimiento de la justicia de Dios de nada aprovecha. Eso es basura, diría el apóstol Pablo, con un vocablo mucho más crudo: estiércol animal. En Romanos 10:3 el apóstol señala que existe demasiadas personas celosas en los asuntos del Dios de la Biblia, pero que carecen de ciencia o conocimiento; por esta razón de nada les sirve. El conocimiento fundamental para salvación refiere al siervo justo reseñado por Isaías (Isaías 53:11). Si no se conoce la justicia de Dios, que es Jesucristo, no se podrá ser justificado. Por esa razón también se afirmó que aquel siervo justo justificaría a muchos, no a todo el mundo, sin excepción.

    ¿En qué consiste esa justicia de Dios? Muy simple, la Biblia apunta que nadie pudo cumplir toda la ley, por lo cual todos cayeron bajo su maldición. La ley no salvó a nadie, ni la ley escrita dada a Moisés ni la ley escrita en los corazones a través de la conciencia humana. En resumen, la ley vino para condenar al hombre, para mostrar su pecado o transgresión, su incapacidad para querer lo bueno y para acercarse al verdadero Dios. Urgía entonces una propiciación para que Dios se amistara con el hombre, para la reconciliación definitiva. Pero el Dios de la Biblia se muestra soberano absoluto, sin consejero, sin quien detenga su mano en lo que hace. Todo cuanto quiso ha hecho, por lo cual tiene en sus manos el corazón del rey para inclinarlo a todo cuanto el Señor desee.

    Si eso lo hace con el corazón del rey (que es un ser poderoso), ¿qué no hará el Señor con el corazón de los más indefensos? Su poder no conoce límites, de manera que así como hizo el universo bajo la voz de su mandato, de la misma manera levanta a los muertos en espíritu para darles vida con la voz de su Evangelio. Pero no todos los que oyen el Evangelio se despiertan para vida, porque los hay quienes diciendo que lo creen y mostrando un gran celo por ese Dios del evangelio continúan sin conocer la justicia divina. De nuevo, ¿en qué consiste esa justicia de Dios? Jesucristo es presentado como la justicia de Dios, por cuanto vino como Cordero sin mancha para ofrecer el sacrificio por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Ese Cordero ya había sido ordenado o destinado desde antes de la fundación del mundo para que se manifestara oportunamente (1 Pedro 1:20).

    Esa es la única justicia que reconoce el Padre, de forma tal que mira a su pueblo cubierto con la sangre del Cordero. Existe un símil histórico, un paradigma desde hace siglos, cuando Israel estuvo esclavizado en Egipto. Sabemos que de acuerdo a la Biblia Egipto representa el mundo, la esclavitud al pecado; conocemos que vendría el castigo de la muerte de los primogénitos en aquel territorio, como castigo divino. Solamente las casas que estuviesen marcadas con la sangre de un animal sacrificado para tal fin serían pasadas por alto. Eso es lo que significa la pascua: pasar por alto el pecado.

    Aquella sangre era un tipo de la que habría de venir con el Cordero de Dios. Vino Jesucristo y propició por los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras. Pablo anuncia que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1) para ser semejantes al Hijo de Dios, para ser sus herederos, como hijos de adopción. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se relata que creían todos aquellos que fueron ordenados para vida eterna; se añade que el Señor añadía a la iglesia cada día los que habrían de ser salvos. La salvación pertenece a Jehová, como señalara el profeta Jonás. Ignorar ese hecho soberano demuestra que se ignora por igual la justicia de Dios. Atribuir aunque sea un ápice de esta salvación tan grande a la justicia humana, a la voluntad quebrada de un muerto en delitos y pecados, sugiere una ignorancia supina en cuanto a la justicia de Dios.

    Por supuesto, no podemos pedirle a los muertos en delitos y pecados que tengan conocimiento previo de esa justicia para poder ser justificados. Sin embargo, sí se exige que el que ha sido llamado por Dios para santificación y vida eterna reconozca que fue Dios quien lo redimió de principio a fin. Juan nos lo advierte en su carta segunda, cuando nos escribe que el que no habita en la doctrina de Cristo no tiene al Padre ni al Hijo.

    Entonces, ¿cuál es esa doctrina de Cristo en la cual hemos de habitar? Su justicia alcanzada de acuerdo a los parámetros del Padre. En Juan 6 podemos descubrir la enseñanza del Hijo de Dios, de su soberanía en la salvación, cuando nos enfatiza respecto al hecho de que ninguna persona puede venir a él a no ser que el Padre lo traiga. Al mismo tiempo nos advierte que todo lo que el Padre le da vendrá a él, y no será echado fuera. Entonces, uno debe concluir a partir de esas dos premisas que el que no viene a Cristo no ha sido enviado por el Padre jamás. El que no viene no ha sido enseñado jamás por Dios (Juan 6:45), lo cual no excusa de pecado al réprobo en cuanto a fe.

    La doctrina de la absoluta soberanía de Dios aparte de ser ineludible es controversial para los renegados. Ellos se salpican con la ira que contienen, regurgitan sus murmuraciones, al tiempo que se les rompe el empaque donde están metidos. De esa manera dejan ver su verdadera doctrina, la del celo por un Dios hecho a su manera: si Dios predestina tuvo que haberlo hecho en base a lo que previó en los corazones humanos; si Dios salva y condena tuvo que hacerlo en base a la decisión de los seres humanos. Con ese criterio demuestran su lejanía respecto a la ciencia de la justicia de Dios, muriendo en la crasa ignorancia de la que habló el profeta Oseas (Oseas 4:6).

    Dios amó a Jacob y odió a Esaú, aun antes de hacer bien o mal (es decir, no en base a sus obras buenas o malas). Terrible cosa haber sido odiado por Dios, por cuanto la Biblia asegura que Él está airado contra el impío todos los días. En cambio, a Jeremías Jehová le dijo: Te he amado con amor eterno, por lo tanto te prolongo mi misericordia. En resumen, hemos sido amados eternamente, más allá de que cuando estuvimos muertos en delitos y pecados estuvimos bajo la ira de Dios.

    Jesucristo también estuvo bajo la ira del Padre, cuando cargó con nuestras ofensas en la cruz. Pero no podemos decir ni por un instante que el Padre lo odió o que lo dejó de amar. De Judas se escribió que era el hijo de perdición, que debía ir conforme a las Escrituras. Pedro nos habla de los que fueron ordenados de antemano para tropezar en la Roca que es Cristo. En el Apocalipsis Juan nos dice que existe un libro de la vida del Cordero donde reposan nuestros nombres, pero que hay nombres que allí no están escritos desde la fundación del mundo, por lo cual ellos pertenecen a la bestia o a Satanás (Apocalipsis 13:8 y 17:8).

    Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no inculpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). El Evangelio revela la justicia de Dios (Romanos 1:17), para que conozcamos al Dios justo que justifica al impío por medio de la propiciación y redención de Jesucristo (Romanos 3:21-26). Al tener ese conocimiento desechamos nuestra noción de justicia, esa justicia que no se somete a Dios (Romanos 10:3). No existe nada en nosotros que pueda hacer la diferencia entre cielo e infierno, de manera que esa es en esencia la victoria del celo con conocimiento sobre el celo inútil por la piedad. Existe un automatismo absoluto entre el que ignora esa justicia de Dios y el que propone su propia justicia. De nada aprovecha que se acepte la justicia divina si al mismo tiempo se intenta añadir a ella la nuestra, a través de lo que suponemos buenas obras.

    Nuestras buenas obras, ya preparadas de antemano, vienen como consecuencia de tener la justicia de Dios. De lo contrario, esas obras serían vanidad y nada alcanzarían en la presencia de un Dios Santo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA PROMESA DE DIOS

    Dios es un Dios de promesas, dado que tiene la capacidad de cumplir con todo cuanto dice. El Evangelio es el compromiso de salvar a Su pueblo basado solamente en la sangre expiatoria, imputada en la justicia de Cristo. Este tema concierne al centro del mensaje de salvación, aunque muchas personas dentro de las filas del cristianismo demuestran que lo ignoran. Por supuesto, esa ignorancia fatal conduce a la muerte espiritual. Con esto se demuestra que no todo el que le dice Señor a Jesús entrará en el reino de los cielos. Si se ignora la justicia del siervo justo, no habrá justificación alguna (Isaías 53:11).

    El conocimiento sobre Dios va unido a su Buena Noticia, más allá de que ignorarla no acarrea la inexistencia de ese Dios. La palabra ateo, en lengua griega, significa ser olvidado de Dios. Terrible cosa parece el pertenecer a las filas de los que son odiados por el Dios de la Biblia, como se ha dicho de Esaú, de cualquier otro réprobo en cuanto a fe, de aquellos que fueron ordenados para tropezar en la Roca que es Cristo. Por lo tanto, uno debe inferir que la promesa del Evangelio va dirigida en forma exclusiva al pueblo escogido de Dios. ¿Quiénes conforman ese conjunto de amigos de Cristo? Aquellos que el Padre amó con amor eterno, para prolongarle su misericordia.

    No existe una lista pública en la cual podamos mirar nuestros nombres, pero la Escritura afirma que existe el libro de la Vida del Cordero, que aquellos cuyos nombres no se encuentran allí pertenecen al infierno como lugar de destino. Sin embargo, el mensaje del Evangelio se anuncia por doquier con la finalidad de que las ovejas del Señor oigan su voz y lo sigan. Una vez que el Espíritu Santo ha regenerado a una persona le da testimonio de que es hijo de Dios, de que su nombre está escrito en ese libro de la vida.

    Jehová tu Dios es Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones (Deuteronomio 7:9). Los que amamos al Señor sabemos que él nos amó primero, por lo tanto podemos amarlo en consecuencia. De lo contrario, si él no nos hubiera amado, no podríamos sentir el más mínimo deseo de añorarlo. Jesucristo es la Roca de Israel, el justo que gobierna entre los hombres, como la luz de la mañana sin nubes, como la lluvia que hace brotar la hierba de la tierra. Dios ha hecho con su pueblo un pacto perpetuo (2 Samuel 23:3-5).

    Dios juró por Sí mismo para mostrarnos la inmutabilidad de su consejo, de manera que como herederos recibamos la promesa, para así tener consuelo en la esperanza puesta delante de nosotros. Esa promesa nos viene como segura y firme ancla del alma (Hebreos 6:13-20). Dios tiene la capacidad suficiente de mantener sus promesas a salvo, habiendo jurado por Sí mismo; además, sabemos que no miente por causa de su naturaleza. Por lo tanto, su capacidad como soberano da certeza perpetua a lo que ha dicho. La buena noticia lleva la impronta de la verdad que no cambia. Si Dios se determina hacer alguna cosa, ¿quién lo hará cambiar? Su alma deseó e hizo. Él, pues, acabará lo que ha determinado de mí; y muchas cosas como éstas hace él (Job 23:13-14). Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3).

    Si Dios ha prometido algo, ha ordenado previamente todos los mecanismos para que se cumpla su promesa. Por esa razón la Biblia habla de la predestinación, la ordenación de antemano de todo cuanto habrá de acontecer. Dios no solamente conoce todo cuanto habrá de acontecer, sino que ha ordenado que así suceda y por esa razón lo conoce. ¿Qué hay oculto para su vista? Su alma deseó e hizo; en ese sentido decimos que Él determina de antemano todo cuanto acontece; ¿cuánto más no será de esa manera si pertenece al ambiente del alma humana? Salvó a Jacob, pero condenó a Esaú (Romanos 9:13); amó a uno y odió al otro, pero no porque mirara en las obras de cada uno sino porque así lo decidió su alma, de acuerdo a las inescrutables riquezas de su gloria y al inescrutable designio de su Ser. ¿Acaso no son profundas las cosas que pertenecen al Altísimo?

    Las promesas de Dios no pueden estar sujetas a la conducta de su creación, porque podrían no cumplirse algunas. Ellas están sujetas a su inalterable voluntad, a su inquebrantable amor por aquello que ha decidido amar. He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas; antes que salgan a luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero (Isaías 46:9-10).

    El sacrificio del Hijo de Dios estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), para que crean todos cuantos son ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). La salvación implica el rescate del individuo, su libertad comprada, para que no sea más esclavo del pecado. Mientras estuvimos muertos en delitos y pecados, en la incircuncición de nuestra carne, amábamos más las tinieblas que la luz (Juan 3:19), porque éramos esclavos del pecado (Romanos 6:17). Sin embargo, una vez que hemos llegado a creer pasamos a obedecer de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuimos entregados. Es decir, la doctrina del Padre, la enseñada por el Hijo, la que Pablo recomienda a Timoteo seguir. Esa misma doctrina es aquella en la cual debemos vivir y perseverar, de acuerdo a lo dicho en la 2 Carta de Juan, versos 9-10.

    En el evangelio de Juan, capítulo 6, podemos mirar varios de los argumentos de Jesús sobre la doctrina que vino a enseñar (versos 37, 44, 45, 65). La reacción de muchos de sus discípulos fue negativa ante estas enseñanzas, por lo cual dieron murmuraciones y se retiraron con gran queja diciendo: Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). El que ha sido redimido ya no duda de esa doctrina, no se va jamás tras el maestro extraño porque desconoce su voz y solamente sigue al buen pastor (Juan 10:1-5). Todo esto forma parte de la promesa de Dios para su pueblo; para los que no son su pueblo no existe tal promesa, por lo tanto están libres de la justicia y andan en sus propios caminos de muerte.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • JESÚS EN LA HISTORIA

    En un tiempo antiguo, en la tierra de Israel, nació un hombre que cambiaría el curso de la historia para siempre. Este hombre, Jesucristo, no solo fue un líder espiritual, sino también un revolucionario en el mensaje de amor y compasión que predicaba. Su vida y enseñanzas resonaron en los corazones de las personas de su época y continúan inspirando a millones de personas en todo el mundo hasta el día de hoy. Jesucristo enseñó principios fundamentales de amor, perdón y humildad, que son básicos en muchas culturas y religiones. Su sacrificio en la cruz y su resurrección son considerados por muchos como el evento más importante en la historia de la humanidad, ya que según la fe cristiana proporciona redención y salvación a todos los que creen en él. A lo largo de los siglos, el mensaje de Jesucristo ha influido en la moral, la ética y la cultura de numerosas sociedades, dejando un legado perdurable que sigue impactando en la vida de las personas en todo el mundo.

    El trabajo de Jesucristo en la cruz consistió en la justificación de todo su pueblo, como lo declara Mateo 1:21. De esta manera fue declarado justicia de Dios, ya que Dios es justo y justifica al impío. El profeta Isaías declaró que el siervo justo vería linaje y quedaría satisfecho, por lo tanto no podemos imaginar que quedó corto en su propósito sino que alcanzó todo cuanto se propuso. Dios Padre imputó los pecados de su pueblo escogido en Jesucristo, vaciando sobre él toda su ira por la ofensa que Jesús portó sobre sí mismo. Dice la Escritura que a quien no conoció pecado se hizo pecado por causa de su pueblo; de allí su exclamación en la cruz: Padre, ¿por qué me has abandonado?

    Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en el espíritu (1 Pedro 3:18). Este padecimiento trajo como consecuencia la imputación de la justicia de Cristo hacia los elegidos, bendiciéndolos justamente. Jehová hablaría paz para su pueblo, a todos sus santos, para que no se vuelvan a la locura (Salmos 85:8); de esta forma el salmista pudo concluir diciéndonos: La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron (Salmos 85:10).

    La justicia de Cristo, simbolizada en su sangre derramada por todos los pecados de su pueblo, exige la salvación absoluta de cada una de las personas que representó en la cruz del Calvario. El apóstol Pablo lo entendió por revelación del Espíritu Santo y lo plasmó en un texto: ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió, más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros (Romanos 8:34). Esto nos indica que Dios no nos declara justos en Cristo para después juzgarnos y enviarnos al infierno; no exigirá dos veces la redención sino que habiendo quedado satisfecho con la justicia del Hijo apaciguó su ira para con todo su pueblo.

    Desde esta perspectiva se ha convertido en nuestro amigo, nos provee todo cuanto necesitamos, nuestras oraciones son respondidas de acuerdo a su voluntad pero bajo la garantía de que todo cuanto nos acontece nos ayuda a bien. ¿Por qué? Porque hemos sido llamados conforme a su propósito eterno, porque andamos en la justicia del Hijo, bajo un perdón judicial absoluto y bajo el título de hijos adoptivos. Ahora somos herederos con Cristo, vamos hacia la patria celestial, la muerte no tiene aguijón contra nosotros porque el pecado fue vencido. Esta es la razón por la que Pablo pudo asegurar que el morir era ganancia, ya que partiremos con el Señor de inmediato.

    Cristo se sometió a la ley y cumplió en detalle todos sus mandatos, por lo cual la ley no pudo condenarlo. La ley sí nos condenó a todos nosotros, ya que la ley no salvó a nadie sino que nos señaló como culpables de desobediencia. En ese sentido la ley se convirtió en un Ayo para llevarnos a Cristo, ya que si estamos bajo la ley pereceremos, pero si miramos a Cristo sabremos que la ley es buena en gran manera. La paga del pecado es la muerte, por lo que el Hijo de Dios murió por causa de todos nuestros pecados. Él fue nuestro representante y sustituto en la cruz, se convirtió en el sacrificio por su pueblo habiendo sufrido el castigo de la ira del Padre. Es como si él hubiese sufrido todos nuestros dolores que padeceríamos en el infierno por causa de nuestras rebeliones; ahora tenemos ese tesoro de la salvación, de manera que hemos de comportarnos celosamente, cuidando esa tan grande redención.

    Al vivir como es digno del evangelio no pretendemos garantizar la salvación, como si dependiera de nosotros; simplemente mostramos respeto a quien nos la concedió perpetuamente, agradecimiento por tan inmerecido favor y de esa manera demostramos que nos importa lo que nos fue dado. Ya no somos esclavos del pecado, ni esclavos de la ley, sino hijos herederos de Dios por medio de Cristo. De esta manera, habiéndosenos enviado el Espíritu de su Hijo, clamamos ABBA PADRE. En la cruz, el Señor intercambió nuestros pecados por su justicia, a través de un doloroso castigo sobre su cuerpo y alma. Ahora podemos vivir con la libertad a la cual fuimos llamados.

    Jehová ya lo había dicho en Egipto, para los israelitas de ese tiempo: Y la sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la sangre y pasaré de vosotros, y no habrá en vosotros plaga de mortandad cuando hiera la tierra de Egipto (Éxodo 12:13). La sangre de los corderos tipificaba la sangre del Cordero de Dios, para pasar los pecados por alto. Ese es el significado de la Pascua, el hecho de que Dios pasara por alto cada transgresión donde la marca de la sangre estuviese. Los israelitas de entonces no fueron exigidos en relación a sus obras, no fue por causa de algún oficio religioso que la ira de Dios pasó por alto aquellas casas, sino en razón de la sangre de los corderos. Así mismo, nosotros, el pueblo de Cristo, no estamos exigidos en cuanto a obras buenas para ser perdonados y rescatados, sino simplemente nos amparamos en la sangre del Cordero de Dios que quitó nuestros pecados.

    Entendemos que ese acto pascual fue voluntario del Hijo de Dios, conforme al plan eterno del Padre, según el puro afecto de su voluntad, habiéndonos predestinados para ser aceptos en el amado Hijo. Esta predestinación ocurrió desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1:4), habiéndose hecho conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria.

    Jesús en la historia dejó ejemplo de sus pisadas, pero más allá de sus milagros y palabras de sabiduría nos agrada el que haya cumplido con el propósito de su venida: la redención y el rescate eficaz de todo su pueblo, sin excepción. Un Dios perfecto no malgasta su trabajo haciéndolo inútil, más bien se muestra exacto en su propósito de manera que no se puede añadir uno más a los redimidos como no se puede eliminar a ninguno de ellos. En Juan 6 vemos a un grupo de discípulos que se benefició del milagro de los panes y los peces, pero que no sacó provecho alguno de la redención del Señor. No era para ellos, por lo cual rechazaron la doctrina de la soberanía absoluta de Dios y se retiraron haciendo murmuraciones contra el Señor y su enseñanza: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60). Esa expresión delataba que no habían podido creer en el Redentor, por cuanto no eran ovejas que el Señor había venido a redimir.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • IGNORANCIA FATAL

    Resulta una ignorancia fatal el descuido de la doctrina de Cristo. Ocupaos de la doctrina, le dijo Pablo a Timoteo, el que no vive en la doctrina de Cristo no tiene al Padre ni al Hijo, afirmó Juan. El conocimiento del siervo justo justificará a muchos, aseveró el profeta del Antiguo Testamento (Isaías 53:11). Entonces, ¿por qué la gente perece? Mi pueblo perece por falta de conocimiento, escribía Oseas (Oseas 4:6). Nuestra súplica como creyentes va por cada cual que afirma haber recibido a Cristo como su Señor y Salvador, pues pudieran estar engañados en el celo religioso y sufrir de la ignorancia mortal.

    Esa ignorancia estuvo reseñada en la Carta a los Romanos, en el Capítulo 10, cuando el apóstol Pablo demuestra su súplica a Dios a favor de Israel, ya que no andaba salvo. El mismo apóstol testificaba positivamente de ellos en cuanto al celo por Dios, pero lamentaba que no era conforme a conocimiento. Otras versiones dicen ciencia, pero da lo mismo: desconocer la doctrina de Cristo implica irracionalidad, si alguien se dice creyente. Por falta de conocimiento ese Israel del que hablaba Pablo no se podía someter a la justicia de Dios, ya que Cristo es el fin de la ley, para justicia de todo aquel que es creyente (Romanos 10:1-4).

    ¿Cree usted que Cristo murió por toda la humanidad, sin excepción? Entonces usted ignora la doctrina de Cristo, ya que él vino a perdonar todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Por otro lado, él afirmó que los que no creían en él no podían porque no formaban parte de sus ovejas (Juan 10:26). Las ovejas del Señor tienen varias características, valga la pena enunciar dos de ellas: 1) No se van nunca tras los extraños, porque no conocen la voz de los extraños (Juan 10:4-5); 2) nadie las podrá arrebatar de las manos del Hijo ni de las manos del Padre (Juan 10: 27-29).

    Uno debe inferir de lo ya dicho que ni una sola de las ovejas redimidas por Jesucristo confesará otro evangelio, ni dirá paz a alguien cuando no hay paz, llamando a lo bueno malo y a lo malo bueno. No se entiende por qué tanto rechazo a esta doctrina de Cristo, si miramos el diluvio universal y comprendemos cuántos perecieron allí. Solamente Dios preservó la vida de Noé y su corta familia, de manera que no mostró misericordia ante centenas de millones de personas que perecieron en sus pecados.

    Lo mismo sucede hoy día, como aconteció incluso terminado el diluvio. La gente procrea y se reproduce por doquier, sin tener en cuenta a Dios. Da honra a la criatura antes que al Creador, le da forma humana a alguien que es Espíritu, le da forma de animales para hacer un ídolo y adorar. Otros sostienen que no adoran el muñeco que hacen, sino que adoran lo que representa. Pero ese muñeco no representa a Dios, ya que Él es invisible y ha ordenado que la humanidad no se haga ningún ídolo, ninguna imagen de lo que está arriba en el cielo, ni debajo en la tierra. Sabemos que la gente desobedece el mandato divino porque su naturaleza es pecaminosa, por más que intente demostrar celo religioso por Dios. Eso hicieron los judíos, celosos de Dios, guardando muchos de sus mandamientos, pero desconocían que la justicia de Dios es Jesucristo.

    La razón por la cual la Biblia afirma que Jesucristo es la justicia de Dios es porque él pudo cumplir la ley a cabalidad; al mismo tiempo, se ofreció como Cordero sin mancha por todos los pecados del pueblo escogido de Dios. No vino Cristo a morir por Judas Iscariote, no lo hizo por el Faraón ni por ningún otro réprobo en cuanto a fe, de los cuales la condenación no se tarda. La Biblia nos reitera que Cristo no hizo ninguna propiciación por los pecados de aquellos cuyos nombres no están en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8; 17:8).

    El que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él (Juan 3:36); pero el que cree en el Hijo tiene vida eterna. ¿Qué es creer en el Hijo? ¿Puede alguien creer en Jesucristo si ignora quién es y lo que vino a hacer? Esa ignorancia demuestra celo porque la persona dice creer pero pone de manifiesto la falta de conocimiento teológico. Esa teología no es otra cosa que la doctrina de Cristo, el cuerpo de enseñanzas que vino a dejarnos. Cuando oramos por los perdidos estamos demostrando nuestro amor por los enemigos del evangelio, quienes son también nuestros enemigos.

    Hay gente que dentro de la cristiandad pretenden tener como aval su celo religioso, su fervor por la piedad, como pruebas de la regeneración. Pero manifiestan un gran desprecio por las enseñanzas del Señor, tomando solamente lo que les agrada de su doctrina, dejando a un lado la solidez de su argumento como Dios soberano. Sin base alguna afirman que Jesús vino a morir por toda la humanidad, sin excepción, ya que de lo contrario sería un Dios injusto. Dios no pediría a alguien algo que no pueda dar, así que aunque el hombre esté muerto en delitos y pecados todavía puede decidir por sí mismo. En otros términos, tales autoproclamados creyentes suponen que el ser humano está enfermo pero no muerto, por lo cual caminan en disonancia con la palabra divina.

    Nuestra justicia no se basa en nuestras obras, sino en Cristo como justicia de Dios. Si él satisfizo al Padre en todos cuantos redimió, no tenemos ninguna otra justicia por añadir. Este es el punto crítico a entender: Jesús satisfizo al Padre con su sangre derramada a favor de su pueblo, como afirman las Escrituras. Si él hubiese muerto por todos, sin excepción, de seguro todos, sin excepción, serían salvos. Pero no es ese el caso, de acuerdo a las Escrituras. Jeremías predice el nombre con el cual sería llamado Jehová: Jehová, justicia nuestra (Jeremías 23:6). Ignorar la justicia de Dios presupone haber ignorado el evangelio donde se declara la justicia de Dios manifestada (Romanos 1:17). En el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, para que vivamos por la fe.

    Pablo nos advierte que la consecuencia inmediata de ignorar a Cristo como la justicia de Dios será que se imponga la justicia de cada quien, como garantía de apaciguamiento del Dios airado contra el impío. Sabemos que la única justicia que satisfizo a Dios fue la del Hijo, por lo cual entendemos que él vino como estuvo ordenado desde antes de la fundación del mundo, para salvar a sus ovejas escogidas desde la eternidad (1 Pedro 1:20; Mateo 1:21; Romanos 3:21-28).

    Reconocer al Hijo como justicia de Dios nos aleja de la vana jactancia, sabiendo que el Padre nos amó con amor eterno y por lo tanto nos prolonga su misericordia. Los que pretenden reconocerlo como Hijo pero anteponen su propio criterio de justicia (que él debería haber muerto por todos, sin excepción, que cada quien debe elegir su propio destino, que de esa manera sería un Dios verdaderamente justo) caminan como el Israel celoso de Dios pero no conforme a ciencia. Ellos están caídos en su propia ignorancia fatal.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ABRAHAM NO ERA JUDÍO

    De Ur de los Caldeos fue llamado, para que dejara a su parentela y fuera en búsqueda de una tierra prometida. De él saldría un hijo que le vendría como la simiente (semilla), por medio de la cual todas las familias de la tierra serían bendecidas. En suma, si por su hijo vendría bendición se puede decir que por Abraham también vendría la bendición, como tomando el todo por la parte. Pablo nos aclaró que aquella semilla era Cristo. Entonces, ¿por qué la jactancia de ser judío? A Israel le aprovechó bastante el ser portadores del libro, de los escritos de Dios, pero no todo Israel sería salvo; solamente el remanente que Dios dejaba para Sí mismo, los escogidos desde antes de la fundación del mundo.

    Alguno pudiera inferir que Dios desechó a Ismael por ser hijo de una esclava no judía, dando preferencia a Isaac, cuando ambos eran hijos de Abraham. Bueno, hay que decir que Sara tampoco era judía, ya que Israel no existía como nación. Al hacerse hombre Isaac, se unió con su mujer y tuvo dos hijos, Jacob y Esaú, ambos hijos en un mismo parto de gemelos. Dios por igual escogió a uno y desechó al otro. También se le dieron tierras a Esaú como de Ismael se dijo que sería padre de naciones. Pero en ese contexto vemos algo netamente terrenal, mientras en el plano espiritual se habló claramente que no heredaría la bendición el hijo de la esclava. Tampoco Esaú que sin ser hijo de esclava fue desechado, dándonos a entender la Biblia que de Dios es quien viene la elección. A Jacob amé, pero a Esaú odié (Malaquías 1:2-14; Romanos 9:13), declaran las Escrituras.

    La salvación viene de los judíos, afirmó Jesucristo frente a la mujer de Samaria. La línea de David llegaría hasta él, para cumplir de esa manera lo dicho por Jehová a Abraham, nuestro padre de la fe. Ciertamente, sin ser judío se constituyó en el padre de la fe de todos los que hemos llegado a creer la promesa, por lo cual hemos sido benditos en él. Una maldición fiera recae en aquellos que maldigan su nombre, así como una bendición garantizada habrá para los que lo bendigan.

    A los judíos les fue ordenado el diezmo en su ley, pero Abraham diezmó y no era de la ley. En el Nuevo Testamento leemos que Jesús les dijo a unos judíos que ellos diezmaban la menta y el eneldo, pero que habían olvidado la misericordia; ambas cosas eran necesarias hacer a los judíos. Pero no vemos a ninguno de los apóstoles ni a ninguno de los diáconos de la iglesia primitiva pidiendo los diezmos. Recordemos que aquellos diezmos se recogían para los sacerdotes del templo, ya que a ellos no se les repartió tierras para trabajar, sino que su ocupación estaría dedicada en relación a los oficios sacerdotales. Eran en especie, fruto de sus cosechas y de las crías de animales.

    Llegado el período de la iglesia, la sociedad eclesiástica fue distinta en su constitución a la sociedad judía. Más allá de que en un principio estuvo conformada por judíos, mayoritariamente, la práctica del diezmo quedó a un lado. Se abría un nuevo camino para mostrar misericordia: la ofrenda para los necesitados. De esto nos habla Pablo en abundancia, mostrándonos que los hermanos generosos daban lo que tenían en sus corazones dar. Y ciertamente, más bienaventurado es dar que recibir. El impío toma prestado y no paga, mas el justo tiene misericordia y da (Salmos 37:21). Dios ama al dador alegre, el que no da con tristeza o por necesidad (2 Corintios 9:7); le da en cuantía ciento por uno (Marcos 10:29-30).

    De la manera como Abraham fue llamado del paganismo y de su idolatría, así también Dios sigue llamando a los impíos para que dejen su vanidad idolátrica. Ahora lo hace por medio de su palabra anunciada como Evangelio, las buenas noticias de salvación. Anteriormente era por igual un evangelio, una buena noticia como la que Dios le dio a Abraham. Pero dentro del plan divino vemos que quiso Dios mostrarse fundamentalmente a un pueblo étnico, al pueblo de Israel. De allí habría una división (el reino de Israel cuya capital fue Samaria y el reino de Judá con Jerusalén como capital). Cristo venía de los judíos.

    Jesucristo fue llamado el segundo Adán, para compararlo con el primer Adán. Ese primer Adán trajo la muerte por su primer pecado; en tanto cabeza federal de la humanidad se ha escrito que en Adán todos mueren. De Jesucristo se ha escrito que en él todos viven. Muy bien, ¿quiénes son los que viven en Cristo? Los que vino a redimir de acuerdo a la elección eterna desde los siglos hecha por el Padre. En el primer capítulo de la Carta a los Efesios leemos sobre esa realidad de la predestinación, expuesta en forma muy prístina.

    Así que ya no son los judíos los elegidos, sino que aconteció endurecimiento en parte a Israel para que los gentiles (el resto de las naciones) fuesen injertados en el gajo que se alimenta de la fuente del olivo. Siempre habrá un remanente para salvación, pero ya no somos llamados judíos o gentiles, sino una nación en Cristo. De los dos pueblos, Jehová hizo uno, si bien cada nación continúa con sus costumbres étnicas y sin que sea anulada ninguna por causa del evangelio. Los judíos continúan con su plan histórico anunciado por el Creador, están aguardando todavía la llegada del Mesías. Pero ese Mesías vino a lo suyo, y los suyos (los judíos) no lo recibieron; pero a los que lo recibieron (algunos de los judíos -llamados remanente- así como a los gentiles, por igual remanente o escogidos) les dio potestad de ser llamados hijos de Dios.

    Aquella elección hecha en tiempos eternos da su fruto a su tiempo y pone de manifiesto el milagro de la fe. Los muertos en delitos y pecados no pueden siquiera reconocer que existe la medicina para su cura, pero el poder de la regeneración que da el Espíritu Santo a todos aquellos que fueron señalados para creer rompe la muerte y la transforma en vida abundante. La evangelización consiste en anunciar que Jesús como justo murió por los injustos, que él se convirtió en la justicia de Dios y que sin esa justicia no es posible encontrar la redención. Dios no salva a nadie por medio del falso evangelio, que ha sido llamado maldito o anatema.

    En cambio, el evangelio de verdad es bendecido en aquellas sandalias de los que lo portan: ¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio de las cosas buenas! (Romanos 10:15). ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica la salvación, del que dice a Sion: Tu Dios reina! (Isaías 52:7).

    Estos textos nos dan a entender que la elección incondicional que hizo el Padre (Efesios1) tiene su propósito final por medio de la predicación del evangelio; nosotros somos llamados a creer, a recibir a Jesucristo (a los que lo recibieron y creen en su nombre les dio potestad de ser hechos hijos de Dios: Juan 1:12-13). Sin el evangelio no hay redención posible, por lo cual no nos avergonzamos del evangelio, porque es poder de Dios para salvación (Romanos 1:16). El arrepentimiento bíblico presupone un cambio de mentalidad (METANOIA), por medio del cual nos damos cuenta de que somos ínfimos, miserables, sin importancia, en tanto Dios cobra el valor de todopoderoso, soberano, misericordioso. A partir de esa comprensión comenzamos a ver el fruto de la redención, pero para eso nadie es suficiente sino solo Dios. El Espíritu Santo regenera nuestros corazones, de acuerdo al plan perfecto del Padre, el cual ya había ordenado desde antes de la fundación del mundo a su Cordero, para ser manifestado en tiempo apostólico (1 Pedro 1:20).

    Somos elegidos, pero antes de creer no mirábamos en una lista para comprobar si estábamos en ella. El libro de la vida le corresponde a Dios y no se nos da para leerlo; simplemente se nos llama al arrepentimiento y a creer el evangelio de verdad. Una vez que hayamos creído el Espíritu viene a morar con nosotros hasta la redención final; entretanto, da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios, por lo cual sabemos desde entonces que nuestro nombre está escrito en el libro de la vida del Cordero (Apocalipsis 17:8).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EN ESPÍRITU Y EN VERDAD

    Los que alaben y adoren al verdadero Dios, en una justa manera, de cualquier nación, están siendo buscados por el Padre. Recordemos que la Biblia llama a Dios el Padre de los espíritus (Hebreos 12:9). Dios es el Creador de las almas humanas, aquella parte más noble del ser humano. Si se ganare el mundo pero se perdiere el alma, ¿de qué aprovecha? He allí la semejanza con Dios, la imagen del Altísimo, cuando se propuso crear a Adán a su imagen y semejanza. En realidad Dios es espíritu, no carne; la figura que nos dio con Él hace referencia no a su carne sino a su espíritu. Ahora bien, si cada ser humano se asemeja al Padre en alguna medida, en virtud de haber sido creado por el Eterno, ¿cuánta mayor similitud no habrá en aquellos que hemos sido redimidos por el Hijo?

    A éstos busca Dios que le adoren en espíritu y en verdad, sin necesidad de templos hechos por manos humanas. Se nos ha declarado que somos templos del Dios viviente, que hemos de cuidar nuestros cuerpos que son templo del Espíritu Santo. Le debemos sujeción al Altísimo, no solo en tanto sus criaturas sino mucho más en cuanto hemos sido adoptados como hijos. Hemos de permanecer humildes ante su poderosa mano, quietos soportando con paciencia, como bien lo dijo Pedro: Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo (1 Pedro 5:6).

    El creyente no debe murmurar contra Dios, sino someterse a su voluntad. No hemos de despreciar el castigo divino cuando llega, sino que nos hemos de entregar al reconocimiento de nuestras faltas y vilezas. La poderosa mano de Dios exhibe su soberanía para rebajar por completo nuestra altivez de espíritu, lo cual ayuda a exaltar la nobleza. Sabemos que pese a su castigo, estamos siempre bajo la sombra de sus alas, a la espera del tiempo de nuestra exaltación. Esto equivale a la vieja expresión: en el tiempo de su visitación, ya que el que se humillare será exaltado, pero acá hemos de tener en cuenta que Dios es quien exalta y no nosotros a nosotros mismos. Si nos exaltamos por cuenta propia estamos mostrando orgullo y altivez de espíritu, lo cual se muestra en clara oposición a la voluntad divina.

    Sabemos que Lucifer, el célebre querubín hecho por Dios, se dejó llevar por su propia grandeza y quiso ser semejante al Altísimo. Su altivez lo condujo por un sendero de muerte y fue arrastrado en su encontrada maldad. Contaminó a gran multitud de ángeles que lo siguieron en su motín contra el Omnipotente, para ser humillados después en su castigo eterno. Al parecer la estupidez de pretender igualarse a Dios como Creador lo acompañará por siempre, como fue puesto en evidencia cuando quiso seducir al Hijo de Dios (su propio Creador, de acuerdo a Juan 1:1-3) para que lo adorase. La criatura pidiéndole al Creador que lo adore, el colmo de la insensatez; pero no solo eso, sino que le ofreció los reinos de la tierra en tributo a esa pedida adoración, como si aquellos reinos no le hubiesen sido dados a él como parte del botín de maldad, de acuerdo al plan eterno del Altísimo.

    Este ejemplo de insensatez que acompaña como par al orgullo, debe estimularnos lo suficiente para distanciarnos lo más que podamos de cualquier sentimiento de soberbia o superioridad. Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. El Señor nos lo dijo, como lo recogió el Evangelio de Juan 4:23: que ha llegado la hora de adorar al Padre en espíritu y en verdad. En espíritu implica por argumento a contrario sensu que abandonemos toda concepción carnal que tengamos de Dios. Hemos de arrepentirnos (cambiar de mentalidad) en relación a lo que en nuestra carne pensamos que debe ser Dios. Dios no es corpóreo, no padece nuestras limitaciones, se ha definido como el Despotes, alguien Altísimo que no tiene comparación. ¿Lo haremos semejante a figuras humanas o angélicas? ¿O tal vez a imágenes de animales? Aunque seamos su imagen y semejanza está separado de nosotros, a no ser que una vez que hayamos sido convertidos por el nuevo nacimiento su Espíritu pase a morar en nosotros guardándonos hasta la redención final.

    No hagamos como aquellos que buscaban adorarle de labios, pero cuyo corazón se distanciaba de Él; ahora nos toca adorar en espíritu y en verdad. La verdad contraviene la hipocresía, busca la integridad y sinceridad. No es ceremoniosa sino simple, buscando la sustancia del acto de adoración. La palabra de verdad se convierte en el Evangelio de Cristo, donde encontramos la sustancia de la Divinidad. Es un Dios en tres personas, como se manifestó en el bautismo de Jesús. El Padre se regocijó en el Hijo, en su acto de obediencia, en tanto el Espíritu tomó forma de paloma para posarse sobre Jesucristo. Ese Dios Trino fue una revelación progresiva en las Escrituras: Desde el Génesis, cuando se dice: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, o cuando se habla en aquel plural posible de la lengua hebrea, donde el sujeto plural se une al verbo en forma singular: En el principio creó los dioses los cielos y la tierra (de acuerdo al texto hebreo), así como en otros textos, como este de Isaías: Acercaos a mí, oíd esto: desde el principio no hablé en secreto; desde que eso se hizo, allí estaba yo; y ahora me envió Jehová el Señor, y su Espíritu (Isaías 48:16).

    En el texto de Isaías habla el Hijo, diciéndonos que él estaba desde el principio, pero que ahora fue enviado por Jehová el Señor (el Padre) y que fue enviado también por su Espíritu (el Espíritu Santo). Son tres personas con voluntad propia: el Padre que envía al Hijo, y el Espíritu que también envía al Hijo. Cuando se dice que Dios es espíritu ha de entenderse que se refiere a Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Esas tres personas son el objeto de nuestra adoración, en una manera espiritual. Dios es espíritu, no una sustancia corporal, no hecho de partes, indivisible, sin alteración ni cambio. Dios es inmortal, inteligente, invisible, está en total diferencia con los espíritus creados, ya que Dios no es creado por nadie.

    Adoremos a Dios en forma pública y privada, en la asamblea o en lo secreto; testifiquemos de su grandeza que nos acompaña en la obra exhibida de su creación. La palabra revelada nos sirve de acompañamiento diario para descubrir su voluntad, ya que creemos que ella fue escrita por los santos hombres de Dios siendo inspirados (2 Pedro 1:21). Esa palabra no nos vino por voluntad humana, sino cuando Dios lo quiso. La influencia divina en esos escritores preparados y escogidos para tal fin, habitados por el Espíritu Santo, dirigió sus palabras de manera que ellos no hablaron de sí mismos sino de Dios.

    Esa santificación de aquellos escritores no es otra cosa sino la separación del mundo, para un peculiar servicio. Ellos mismos fueron pecadores, como nosotros, pero en su actividad de escritores inspirados se manifiesta la separación del resto de los demás mortales, como un distintivo de la gracia divina para beneficio exclusivo de todo el pueblo escogido de Dios. Para este pueblo peculiar fue enviado el Hijo a morir por todos sus pecados (Mateo 1:21), para ver linaje (Isaías 53:11), para quedar satisfecho por su trabajo. He allí el centro de la Escritura o de la revelación divina, la declaración de su Redentor preparado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), el motivo especial de nuestra adoración en espíritu y en verdad.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • QUE LOS MUERTOS ENTIERREN A SUS MUERTOS

    Esta expresión célebre del Hijo de Dios llama la atención a muchas personas, pero parece una sentencia definitoria de la realidad con la cual venimos a este mundo. La muerte cuelga en nosotros, en cada uno de los herederos de Adán, ya que en Adán todos mueren. Jesús en tanto Dios conocía los corazones de las personas, de manera que supo a quién venía a redimir. Pagó con su sangre la ofrenda por el pecado de todas sus ovejas; dejó por fuera y sin pago el pecado de los cabritos. Lo hizo en tango siguió el plan del Padre, la voluntad que vino a cumplir y de acuerdo a la doctrina que se propuso enseñar.

    Al llamar a uno de sus prospectos para que lo siguiera encontró una excusa. El futuro discípulo le pidió esperar hasta que enterrara a su padre. Tal vez estaba enfermo de muerte, tal vez ya había fallecido, no nos lo dice en forma precisa el contexto. En cambio, por las palabras de Jesús vemos en forma clara lo que quiso decir respecto a quiénes salvaba. No le empalagó la mente con promesas de mentiras, más bien fue adusto en el trato con quien vino a salvar. El padre del futuro seguidor no entraba en la ecuación de salvación, como pareciera ser que la redención no se extendía al resto de su familia cercana.

    Los muertos en delitos y pecados deberían enterrar a sus muertos (uno de los cuales era el padre de ese discípulo). Por supuesto que una persona muerta físicamente no posee capacidad para enterrar a otro, por lo tanto la referencia señala a la muerte espiritual. Como otros puntos de la doctrina del Padre que vino a enseñar Jesucristo, esta frase tiene detractores entre los proclamados cristianos. Hay quienes afirman que se hacía referencia a los ritos mortuorios del momento, que duraban varios días porque había la costumbre de embalsamar el cadáver.

    El vocablo usado por Jesús es NEKRÓS νεκρός y no TÁFOS τάφος. El primero refiere a la persona muerta, al cadáver, en tanto el segundo señala al funeral o al rito fúnebre, así como a la tumba. Jesús nunca dijo que dejara que los fúnebres entierren a sus muertos, como si quisiera señalar que se refería a los de la funeraria. Fue muy específico usando dos veces seguidas la palabra NEKRÓS. Serían los muertos quienes se encargarían de los ritos fúnebres de los otros muertos, con lo cual daba a entender que el padre del futuro discípulo estaba tan muerto espiritualmente como el resto de sus familiares.

    Cualquier persona puede derivar múltiples lecciones del contenido de esta frase del evangelio (Mateo 8:22). Se podría decir que el creyente debe ocuparse por entero de las cosas de Dios, que no debería entregarse en demasía a los asuntos fúnebres de sus familiares. Sin embargo, sabemos que Jesús se entristeció con la muerte de Lázaro, cuya familia fue a visitar; además, debemos honrar a nuestro padre y a nuestra madre (Marcos 7:10). Recordamos por igual las palabras de Pablo a Timoteo: Si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo (1 Timoteo 5:8).

    Con el trasfondo bíblico podemos inferir con mayor precisión que Jesús le indicaba al futuro discípulo que él lo estaba llamando a un trabajo particular que requería una entrega total, pero que al mismo tiempo no había llamado ni a su padre ni a otros de su familia. El creyente ha de desprenderse de lazos familiares estériles, dando prioridad a la vida espiritual que no perece. Hay muertos en vida que participarán de la muerte segunda, que no serán jamás revividos para vida eterna. Esto obedece a que no fueron elegidos como vasos de honra por el Padre, sino que fueron formados como vasos de ira y destrucción. La Biblia tiene múltiples textos que refieren al acto eterno de la predestinación, a la voluntad divina que no depende de la voluntad humana.

    Enseña este texto del evangelio que el Dios soberano hace como quiere, que todo cuanto quiso ha hecho, que las ovejas que vino a redimir una vez que oyen su voz y comienzan a seguir al Señor no se van más tras el extraño (Juan 10:1-5). Sabemos que al morir no acaba todo, sino que está determinado que las personas mueran una sola vez, y después de esto el juicio. Hay muertos en vida que entierran cuerpos muertos, como en el caso referido; Jesús no había llamado a nadie más de esa familia.

    Imagino que cuando el discípulo fue conociendo a su Maestro pudo darse cuenta por su doctrina que lo que había escuchado era duro de oír. Sin embargo, no cayó en la trampa de la murmuración como aquellos otros discípulos reseñados en Juan 6.

    El tema de la predestinación, de que Dios ha formado vasos de ira de la misma masa con la cual ha formado vasos de misericordia (Romanos 9) fustiga el alma de muchos. Se intenta torcer las Escrituras para forzar a que ella diga otra cosa de lo que sus palabras enseñan. Hay quienes refieren que Dios amó menos a Esaú que a Jacob, que Dios salva a aquellos que son menos malos o a los que tienen algo de vida espiritual y parecieran que no andan tan muertos en sus delitos y pecados. El verbo ODIAR – MISEO μισέω,se ve enla Biblia en múltiples contextos. Uno de ellos está en Lucas 14:26, cuando el Señor nos dice que el que va a él debe aborrecer (odiar) a su padre y a su madre, a su mujer y a los hermanos, aún a su propia vida para poder ser su discípulo.

    A partir de esas palabras algunos sospechan que el verbo ODIAR tiene un sentido más suave y podría contener la posibilidad de amar menos. Acá vemos un argumento derivado por la vía del sentido contrario; se exalta una cualidad (la del odio) para llegar a su contraparte (el amor). Los seres que más amamos son esos mencionados por Jesús, pero si estamos dispuestos a seguirlo a él hemos de mirar su reflejo en el espejo del odio. Es decir, algunas de sus implicaciones serían: 1) No hemos de amar más a la gente que a Dios -a quien hemos de amarlo por sobre todas las cosas y personas, incluso más que a nosotros mismos; 2) hemos de odiar todo aquello que vaya en contra de la santidad de Dios, lo cual incluye aún a nuestros cercanos parientes que no son creyentes todavía; 3) existe una concordancia entre el criterio de Cristo con el del salmista David, cuando escribió: ¿No odio a los que te odian? -(Salmos 139:21); 4) nuestro odio no presupone venganza, ni el hacer daño al otro, simplemente asume la concepción del pecado como la oposición a la santidad divina; 5) Jesús demostró su autonomía cuando llamó a una persona al discipulado pero dejó de lado al resto de su familia.

    Sabemos que el amor de Dios va para unos pero no para todos, que existe el camino angosto y el ancho, que hemos de luchar por permanecer en él sin salirnos, pero que esa persistencia nos la da el Espíritu Santo que nos conforta y alienta a permanecer en la verdad. Nada hacemos por nuestros méritos, si bien somos nosotros quienes batallamos a diario para alcanzar esa salvación tan grande. Una vez que hemos recibido la vida se activa el instinto de supervivencia, de manera que nos aferramos a ella y evitamos el suicidio espiritual.

    El estudio del Dios soberano nos hace ver a nosotros mismos en minúscula posición frente al Dios eterno e inmutable. Sin embargo, nuestra posición en Cristo, nuestra adopción como hijos, hace posible que la alegría mueva cada fibra de nuestro ser para seguir como valientes en medio de un mundo embravecido y montado en cólera contra los hijos de Dios. El que se afecta negativamente por los actos soberanos del Dios vivo, hace fila con aquellos discípulos reseñados en Juan 6, los que se emocionaron con las palabras y milagros de Jesús pero enjuiciaron su doctrina. Digamos como Pedro: ¿A quién iremos, Señor? Tú tienes palabras de vida eterna.

    César Paredes

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  • EL MUNDO ANDA ASÍ

    Quizás algunos se pregunten sobre la razón de por qué el mundo anda como lo vemos, de mal en peor y con mucha calamidad. Tal vez hay quienes piensen que existe una lucha entre el bien y el mal, donde este último a veces vence. Pero ese maniqueísmo no va bien con las Escrituras que nos cuentan acerca del Dios soberano que hace como quiere y que no tiene consejero. En realidad, la Biblia dice que no hay quien detenga la mano de Dios ni quien le diga ¿qué haces? Nuestro Dios está en los cielos, todo lo que quiso ha hecho (Salmos 115:3). El mundo tiene la vía ancha, los números de los muchos dejados atrás, pero la iglesia de Cristo contiene los escogidos del Señor.

    Son muchos los que caminan por el camino ancho, si bien somos pocos los del camino angosto. Estamos puestos en estrecho en muchos asuntos, pero seguimos al Salvador que nos redimió. La aflicción está en el mundo con sus espejismos, pero la paz de Cristo se muestra superior a la que brinda el mundo. Por supuesto, no nos equivoquemos con el mundo religioso que se parece a un mercado donde existen ofertas de gustos distintos. Son numerosos los miembros de la falsa iglesia, ellos arropan con números y con distinciones llamativas. Allí se practican los viejos dones especiales, como si estuvieran vivos, por lo cual vemos profetas que vaticinan el futuro, los que hablan lenguas y las interpretan, los sanadores de enfermedades subjetivas, los que se dejan sugestionar por sus pastores de mentira. Asimismo, existen nuevos apóstoles, personas a quienes supuestamente Cristo se les apareció. También hay soñadores y quienes aseguran saber el tiempo de la Segunda Venida del Señor. En esos lugares siniestros la doctrina de Cristo se opaca para evitar su denuncia.

    Justo parece recordar lo escrito en el Evangelio de Juan, Capítulo 6. Allí se narra cómo una multitud de alrededor de cinco mil personas seguían a Jesús, luego de haber acontecido el milagro de los panes y los peces. Muchos de ellos se iban por barca y por tierra para seguir al Maestro de los milagros; querían conocer más de sus palabras. Jesús los confrontó con su teología, la doctrina que vino a enseñar de parte del Padre. Ellos resultaron espantados porque no soportaron la dura palabra de oír. Se fueron tras sus murmuraciones y no les pareció justo lo que el Señor les dijo: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene no le echo fuera (Juan 6:37). Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere (Juan 6:44).

    Las multitudes no aceptan la doctrina del Hijo sino que desean su buena moral y sus virtudes, para buscar palabras de buena ventura. De esa manera aseguran que la Biblia les habla acerca de cómo hacer más dinero, de cómo llevar una vida próspera, tal como suponían aquellos que se alimentaron de los panes y los peces. Ellos seguían a Jesús porque habían comido de gratis, pero no tenían profundidad en su raíz de fe. El Señor conoce a los que son suyos, por lo cual también reconoce a los que no lo son. Por esa razón dirá en el día final: Apartaos de mí, nunca os conocí. Es decir, el Señor no tiene comunión íntima con los que no son suyos, con los que el Padre no le ha dado, con los que no fueron escogidos por el dador de toda dádiva y don perfecto.

    ¿Son pocos los que se salvan? -dijeron al Señor algunos de sus discípulos. El Señor les recomendó luchar para entrar por la puerta angosta, ya que muchos intentarán pero no lo lograrán. Agregó el Señor en otro contexto que lo que era imposible para los hombres era posible para Dios (Lucas 18:27), ya que el nuevo nacimiento lo da el Espíritu Santo y no puede ser tenido por voluntad humana. El mensaje central del evangelio nos dice que hemos de arrepentirnos o pereceremos (Lucas 13:3). El cambio de mentalidad respecto a Dios y a nosotros mismos es el arrepentimiento bíblico: Él es soberano absoluto, pero nosotros somos débiles, impotentes, criaturas bajo su mandato.

    Él es el Dios que hizo los cielos y la tierra bajo su voz, el que nos ha formado con algún propósito. Dice Romanos 9 que el Creador de la misma masa de barro hizo vasijas de honor y de deshonra, así que no depende de nosotros sino de Dios que tiene misericordia. Si no reconocemos su soberano poder y su derecho como Alfarero, no pretendamos tener amistad con el Todopoderoso, ya que no acepta nada de nuestra soberbia. Soberbia es pretender elegir, suponer que tenemos en nuestro poder la decisión de nuestra eternidad. Soberbia e ignorancia caminan de la mano, ya que por la falta de conocimiento perece mucha gente (Oseas 4:6). Los que suponen que el conocimiento no importa deberían leer con detenimiento el texto de Isaías 53:11 (Por su conocimiento justificará mi siervo justo a muchos). En la ignorancia la gente pretende que si no hay libertad no puede haber culpa, pero ese axioma pertenece al terreno del derecho humano, nunca al derecho divino. Al contrario, de acuerdo a las Escrituras nosotros somos responsables no porque tengamos libertad de acción sino porque somos criaturas dependientes del Todopoderoso. Si tuviésemos libertad de parte del Creador no le deberíamos un juicio de rendición de cuentas (Hebreos 9:27).

    El Espíritu da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios (Romanos 8:16). El conocimiento que nos justifica viene como consecuencia de ese Espíritu y de su testimonio. Satanás nos tienta y hace que por medio de nuestra concupiscencia caigamos muchas veces; esto forma parte de la cotidianidad del creyente (Romanos 7), por causa de la naturaleza pecaminosa que todavía poseemos. Recordemos que Saulo de Tarso no tuvo remordimientos de conciencia por tener a sus pies las vestiduras de Esteban, cuando era apedreado. No obstante, cuando fue convertido en Pablo pudo escribir ese capítulo 7 de su carta a los romanos, donde leemos que se sentía miserable cuando hacía aquello que no quería y cuando dejaba de hacer lo que debía y quería hacer. Ese Pablo entristecido por su pecado daba gracias a Dios por Jesucristo, nuestro Señor, el cual lo libraría de su cuerpo de muerte.

    Ese Espíritu como testigo ante nuestro espíritu viene a ser superior a todos, como para que no dudemos de su testimonio. Nunca nos engañará, se estableció en nosotros como la garantía de nuestra redención final; además, nos conduce a toda verdad, nos santifica (nos separa del mundo), nos anhela celosamente y se contrista en nosotros por nuestras rebeliones. Por ese Espíritu nos acercamos al Padre y clamamos Abba Padre, ya que nos fue concedido el tenerlo como nuestro Consolador. Él nos ayuda en nuestra debilidad, intercede por nosotros con gemidos indecibles para ayudarnos a pedir como conviene en nuestras oraciones.

    El mundo anda así, como lo vemos, porque tiene el espíritu del padre de la mentira, del príncipe que lo gobierna. Nosotros, en cambio, poseemos el espíritu de victoria porque estamos en Cristo. Simplemente que no pertenecemos al mundo sino que estamos dentro de él como viajeros hacia una patria mucho mejor que aquella en la cual habitamos.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA MALDAD AUMENTADA

    Una señal relacionada con el advenimiento de Jesucristo a la tierra, en calidad de Rey que vendrá a juzgar, ha sido el aumento de la maldad. Como en los días de Noé, la tierra se ha llenado de violencia; como en los días del justo Lot, la sodomía junto a la soberbia y la falta de misericordia se manifiestan en el planeta. Las guerras aparecen por doquier, los intentos de ejecución masiva, las pestes o pandemias planificadas por humanos malignos muchas de las veces, se muestran como nuevas señales de que el fin viene. Sin embargo, en este escenario profético no podemos adelantarnos en fechas y horas, aunque sí asombrarnos por la exactitud de lo predicho.

    En el libro de Daniel se menciona el aumento del conocimiento o de la ciencia en los últimos tiempos; los expertos en lengua semítica aseguran que lo que dijo el profeta toca el área del aumento de la información de la información. El área del internet satura la mente del hombre contemporáneo. Se podría decir que la inteligencia artificial toma un plano muy particular en estos días, junto al acto de implantación de chips en el cerebro humano. Esto último asombra, si bien no podemos indicar que sea en sí mismo la marca de la bestia apocalíptica.

    El escenario se puso en marcha para que muestre las viejas profecías bíblicas, algo que maravilla pero que por cotidiano y repetido ya casi deja de asombrar. Recibimos información que no imaginábamos décadas atrás, acerca del aumento de la maldad en los últimos tiempos del mundo. Hoy día se habla de cacerías humanas, donde algunos interesados servidores de Satanás se privilegian con el sufrimiento de criaturas que como víctimas completan el sueño malévolo de las almas envilecidas.

    Los creyentes en Cristo deseamos su pronta venida, queremos que este mundo tenga una parada inmediata. Jesús nos dijo que el amor de muchos se enfriaría por causa del aumento de la maldad. En ese enfriamiento deseamos partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor que quedarnos en esta tierra anunciando el evangelio. Sin embargo, la buena nueva de salvación debe seguir siendo anunciada como un testimonio para alcanzar las ovejas que todavía deambulan perdidas en el mundo. Claro está, cuando entre la plenitud de los gentiles el panorama será otro.

    Los gentiles (el mundo no judío) hemos sido invitados a participar de la gracia redentora de Dios. En tiempo antiguo estuvimos excluidos de esa ciudadanía santa, pero venido el tiempo fuimos incluidos gracias al endurecimiento parcial de Israel. Ya sabemos cuán dañada puede ser la gente que se dice religiosa y que se aparta del canon del Señor, pero el Israel de antes no fue llamado por bueno ni por su trascendencia, sino por ser el más insignificante pueblo de la tierra para que Dios diera su mensaje y esperanza a través suyo. El Mesías vendría de parte de los judíos por lo cual Jesús nació en Belén de Judea.

    El vino a buscar las ovejas perdidas, vino a lo suyo y los suyos no le recibieron. Esa dureza de Israel había sido anunciada por los profetas, para que el resto de naciones se incorporaran al plan de esperanza divino. Esta ha sido la estratagema de Dios, el que hace como quiere y al que nadie puede detenerle su mano. El mundo apunta a la globalización como política, para que aparezca un dictador mundial. Se conspira para que el escenario prepare el acomodo del dictador, uno que no hará caso del amor de las mujeres, de acuerdo a la profecía de Daniel.

    Ese inicuo cuyo advenimiento será por obra de Satanás, como lo dijo el apóstol Pablo, hará pacto con muchos y después romperá el pacto para oponerse a todo lo que sea Dios. Se hará llamar dios a sí mismo y ofrecerá una ofrenda inicua como lo que él es: una abominación desoladora. La Biblia habla de una prueba que sufrirán los que moran en la tierra; de igual forma nos advierte para que velemos y oremos, de manera que seamos tenidos por dignos de escapar de esa hora de terror que vendrá. Ciertamente, no nos ha puesto Dios para ira, pero nos toca proseguir en la comunión con el Señor para ser protegidos de aquel día terrible predicho por los profetas.

    Presenciamos una época de pseudo libertad, lo cual puede valorarse en los medios de comunicación social. Se vive como se quiere, se actúa como se desea, se publica sin escrúpulos para expresar cosas que a otros agradan. Al final de toda esa carrera se proclama que no se quiere autoridad que regule nada de esa libertad. La libertad de acción conduce poco a poco a una anarquía, donde los muros ya no contienen la avalancha de deseos que cada ser humano anhela manifestar. Ya hay desfile de menores de edad (niños) bajo la bandera libertaria de la homosexualidad y cualquier otra depravación sexual. Se abren las fronteras territoriales y el inmigrante puede actuar con violencia que no debe ser castigada en virtud de sus derechos humanos.

    La Escritura denuncia esa supuesta libertad como la anomía, la vía que conduce a la muerte y destrucción total del alma. La libertad para el pecado no es otra cosa sino un síntoma de la esclavitud del pecado; Jesús afirmó que la verdad nos haría libres, pero esa verdad nos conduce a la vía de la comunión con el Padre. En la oración que tengamos expresaremos nuestros pesares, buscaremos por igual la ayuda divina y reconoceremos nuestras limitaciones para vencer por cuenta propia al mundo. Dios conoce los secretos de nuestros corazones por lo cual conviene tanto pedir aquello que le lleve gloria a su nombre, como paz a nuestra conciencia.

    El que comete pecado esclavo es del pecado, y el esclavo no vive en la casa para siempre, sino el Hijo de Dios es quien vive en esa casa a la cual hemos sido invitados. Seremos libres del pecado al caminar por el camino estrecho y al entrar por la puerta angosta. El mundo tiene una vialidad llamativa, amplia para que cada quien produzca sus pecados a granel. El mundo ofrenda a Satanás, su Príncipe, al tiempo que invita con incentivos casi irresistibles para que ingresen en sus sendas anchas y confortables. Pero no olvidemos que a pesar de la oferta el mundo da poco y después quita todo.

    ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo y perder su alma? Pablo nos dice en Romanos 6 que no dejemos que el pecado reine en nuestro cuerpo mortal. La esclavitud a nuestra propia concupiscencia nos maldice, nos maltrata el espíritu. Cualquier persona que deambula por el sendero ancho, obedece al pecado y su fin será destrucción total. Los creyentes estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire (Efesios 2:2).

    Ese espíritu del príncipe del mundo opera ahora en los hijos de desobediencia, para hacer la voluntad de la carne y de los pensamientos; nosotros éramos por naturaleza hijos de la ira, lo mismo que los demás (Efesios 2:3). El pavimento por donde anda el incrédulo es oscuro, ancho y lleva a la destrucción final. Caminar por ese sendero demuestra una pertinaz conducta para pecar, una persistencia en el error, así como un placer de caminar en el equívoco. La descripción de muerte en delitos y pecados nos lleva a presuponer que para llegar a creer tuvo que habérsenos dado vida, ya que un muerto en el espíritu carece de disposición para desear siquiera la medicina para salir de su letargo mortuorio.

    La maldad está siendo aumentada a diario, pero nosotros no hemos de mirar atrás sino que con mayor ahínco hemos de asirnos de la mano del Señor, orando cada vez con más fuerza y afianzándonos en la esperanza bienaventurada (Tito 2:13).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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