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  • UN SOPLO DE ALIENTO

    Creer, tiene muchas implicaciones en la existencia del hombre de fe. Cuando Dios creó al hombre, le sopló aliento de vida. La posibilidad de que un muñeco de barro se irguiera para comenzar un camino resulta demasiado baja; sin embargo, por la fe creemos que el Creador le dio aliento de vida a su obra hecha a imagen y semejanza de Sí mismo. El mundo creado se formó al mandato de la voz divina, algo demasiado potente para soportar en nuestras finitas mentes.

    La fe se nos muestra como el soporte de lo que creemos, aquello que está debajo y sostiene lo que asumimos. La Biblia la llama la fe de Cristo, así que es el Hijo de Dios el que ha creado todo cuanto existe, de acuerdo al Capítulo 1 del Evangelio de Juan. Todas las cosas fueron hechas para él y por medio de él, y sin él nada de lo que es hecho hubiera sido hecho. En resumen, nuestra vida gira en torno a su eje fundamental, Jesucristo crucificado y resucitado. Ese Hijo de Dios ha sido nombrado como la justicia de Dios, nuestra pascua, habiendo muerto como justo por causa de los injustos.

    Nuestro aliento cobra fuerza en tanto el Consolador fue enviado para habitar nuestros corazones. Poco importa que el mundo ignore la norma divina, ya que lo que de Dios se conoce ha sido manifestado por medio de su obra creada. Apareció en la criatura el deseo de agradar más al producto que a su Hacedor, así que prefirió darse gloria a ella misma antes que al Creador. Por esta razón se ha abierto una caja de males, lo cual ha traído deshonra para la humanidad. Como nunca antes, la maldad ha sido aumentada en estos tiempos, de manera que el amor de muchos se enfría.

    En la Carta a los Romanos, en el Capítulo 1, se puede leer que la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres. El sumo de la malévola forma de vivir lo constituye el acto de detener la verdad. La premisa del apóstol Pablo subyace en el verso 16 de la carta nombrada, cuando argumenta que él no se avergüenza del evangelio, ya que es el poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. Se detiene el evangelio cuando se impide su anuncio, pero también cuando por la maldad humana se solapa la verdad del propósito divino.

    El hombre ha ido glorificándose a sí mismo, entregado por completo al servicio de la carne. Abandonando el valor del aliento que le fue insuflado, pernocta en los laberintos mundanales bajo las doctrinas de demonios. Su sabiduría se trocó en necedad, la gloria del Dios incorruptible fue llevada a semejanza de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y reptiles. Esa persistencia en adorar lo que no es ha hecho que Dios insufle deshonra al ser humano. De esta manera fue entregada a la inmundicia gran parte de la humanidad, para que se entrelace en las concupiscencias del corazón.

    Cambiar la verdad por la mentira supone llamar malo a lo bueno y bueno a lo malo. La homosexualidad descrita en los versos 26 y 27 de Romanos, Capítulo 1, ha venido como consecuencia de la negación de la verdad. Pero no solo llegó ese mal, también vino toda injusticia, fornicación, perversidad y avaricia; todo esto ha sucedido por no tener en cuenta a Dios. Aparecen en escena los que odian a Dios, los que inventan males, siendo desobedientes a los padres, viviendo como necios y desleales, sin afecto natural.

    Hoy día vemos gente sin misericordia, burlesca, que se complace en la murmuración y en la carnalidad. El Carnaval demuestra la entrega oficiosa del ser humano al canto de la carne, época en la que se leva o quita la carne de nuestro cuerpo, en alusión a eventos religiosos de la cristiandad y al repertorio de la histórica Saturnalia. Se comprueba que el ser humano tiene una naturaleza de pecado, de error / hamartía en griego significa errar el blanco, vocablo de donde procede el término pecado.

    Esa naturaleza carece de interés y poder para doblegarse por sí sola, no cede a la voluntad humana, así que urge que un medio externo la someta. Eso solo lo hace el Espíritu Santo de acuerdo a la voluntad del Padre de las luces. El autor de toda dádiva y don perfecto es quien puede doblegar el alma del ser humano, lo hace sin esfuerzo pero solamente en aquellos a quienes eligió desde la eternidad para ser objetos de su amor. Esta doctrina de Cristo molesta mucho a los no elegidos, o incluso a los que habrán de ser llamados pero que todavía no lo han sido. Los enoja porque reconocen que por sí mismos no podrán agradar a Dios.

    La pretensión humana de que puede hacer aquello para lo que no le ha sido provisto, ha generado gran confusión en materia religiosa. Obras muertas que se entregan como garantía de la paz ante un Dios que continúa airado contra el impío todos los días. Simulación de piedad ante el prójimo, como una huella de identidad que santifica al hombre. Pero más de lo mismo, injusticia sobre injusticia. Pablo advirtió a los destinatarios del Capítulo 10 de Romanos sobre la imposibilidad de agradar a Dios, de parte de aquellos celosos y religiosos que colocan su propia justicia ante el Padre Creador.

    La única justicia que Dios acepta es la de su Hijo, pero si se ignora nada puede sustituirla. Mucho celo por Dios, mucha obra religiosa, mucha apariencia de piedad no resuelven el problema humano. Cristo afirmó que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido iríamos al Padre (Juan 6:45). También dijo que nadie podría ir a él (a Jesús) si el Padre no lo trajere a la fuerza. Esa es la naturaleza del verbo usado en el texto griego: ELKO, ser arrastrado por un barco remolque, ser dragado. No depende de nosotros sino de Dios que tiene misericordia.

    En Juan 6:37 Jesús dijo que todo lo que el Padre le daba vendría a él y no sería nunca echado fuera. Esas dos premisas enunciadas (Juan 6:37 y 6:44) colocan al ser humano en la imposibilidad de acudir por cuenta propia. Al mismo tiempo garantizan por medio de la potencia de un Dios Todopoderoso que todos iremos, sin excepción, siendo admitidos, sin excepción, por Jesucristo. Ese todos anunciado por Cristo hace referencia a todo aquel que es enviado por el Padre. Por supuesto, su discurso generó incomodidad en los que lo seguían, los cuales fueron llamados discípulos por el escritor del evangelio.

    Se entregaron a la murmuración afirmando que las palabras de Jesús eran duras de oír. La salvación es de Jehová, pero él no desprecia al corazón contrito y humillado. La salvación es la liberación de la esclavitud del pecado y de la condenación, lo que resulta en una vida eterna con Dios. La vida eterna se define como el conocer al Padre y a Jesucristo a quien Él ha enviado. El Señor es la fuerza de su pueblo, es la defensa salvadora de su ungido. Jesús no rogó a ninguno de aquellos alumnos que lo seguían por mar y tierra, no les recordó que ellos habían sido beneficiarios del milagro de los panes y los peces. Simplemente reconoció que ninguno de ellos había creído, por lo cual se volvió a los doce para preguntarles si ellos se querían ir también.

    Pedro reconoció que no tenían a quien más ir, ya que el Señor tenía palabras de vida eterna. Jesús agregó que él los había escogido a ellos, y que uno de ellos era diablo (hablaba de Judas, el que lo había de entregar). Por esa razón se escribió en el libro de Jonás que la salvación pertenece a Jehová (Jonás 2:20), dado que es el Espíritu de Dios el que santifica. La santificación es la separación del mundo, así que somos odiados por ese mundo que no nos ama, porque tampoco amó a Jesús nunca. El mundo ama lo suyo, les entrega una paz incierta, la comunión de los que en él habitan unidos por la carne. La iglesia, por contrapartida, presupone la comunión de los que están unidos por un mismo Espíritu.

    Nuestro soplo de aliento para vida eterna vino dado por el segundo Adán, Jesucristo como Dios-hombre Mediador. Somos la nueva creación de Dios, metidos en vasos de barro frágiles, pero bajo la garantía de que ni uno solo de nosotros perecerá. Ese sí que es un aliento para vida eterna, el consuelo de cada creyente en medio de las vicisitudes de la vida diaria. Ofrezcamos sacrificios de alabanza, cumplamos lo que hemos prometido ante Dios, porque la salvación pertenece a Jehová.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • LA RELACIÓN CON EL DIOS VIVO

    Muchas personas religiosas se esfuerzan por mantener un vínculo con la idea del ‘dios’ que fabricaron, por lo cual un modelo de divinidad parece ser acogido por millares de seres humanos a través de nuestra historia.  Una gran variedad de ese prototipo de ‘dios’ hecho a semejanza del hombre prorrumpe en las almas desoladas y sedientas de agua viva.  Sin embargo, resulta temerario recorrer los caminos que parecen rectos pero que tienen un destino de muerte o perdición.

    El Dios de la Biblia se manifiesta a sí mismo como el creador de todo cuanto existe.  Sabemos por la lectura de las Escrituras que se trata de un Ser Soberano.  No hubo ni habrá después de Él nada semejante, todo cuanto quiso ha hecho y nunca ha tenido consejero.  No obstante, la vieja costumbre de construir a un ‘dios’ conforme a nuestra semejanza ha ido modelando en nuestro espíritu y mente la configuración antropomórfica de la Divinidad.  Leemos las porciones de la Biblia e interpretamos de acuerdo a nuestros valores culturales.  Aquello que pudiera incomodarnos lo ajustamos al punto en que empezamos a llamar a lo bueno malo, y a lo malo bueno.

    Esa distorsión en la percepción del otro interrumpe la adecuada comunicación. ¿Cómo puedo interpretar debidamente lo que el otro me dice, si yo tengo una imagen torcida de quien me habla?  Por ello suponemos que Dios guarda silencio.  Suponemos que demora en responder a nuestras inquisiciones. En esa visión distorsionada solemos decirnos ¿Quién es el Todopoderoso, para que le sirvamos? (Job 21:15).
    El Dios revelado se manifestó en forma humana; el Verbo se hizo carne. Esa podría ser la forma más objetiva de comunicación hacia nosotros los humanos, en nuestra relación con el Ser Supremo.  El Verbo encarnado podría constituir un modelo de esfuerzo comunicativo ideal: ponerse al lado del otro, tratar de percibir como ese otro.

    No bastaron los profetas o los salmistas, no fueron suficientes los patriarcas o todos los ungidos del Antiguo Testamento para configurar una imagen divina en la historia humana.  Urgía la manifestación encarnada del Dios vivo, eterno e inmutable.  De tantos nombres por los cuales se le llamó, nos quedamos con el más inmediato y terrenal, Jesús el Cristo. 

    Ese intento celeste por perfeccionar la comunicación con nosotros debe rendir sus frutos oportunos.  Quizás el primero de ellos no sea otro que entender que la relación dialógica entre el Padre y nosotros ha de ser personal, individual  y con un código inteligible para el diálogo.  Personal por cuanto no tiene que pasar por la institución humana que se autoerige como intérprete traductor de la función dialógica.  Individual porque se dirige a lo indivisible que tenemos cada uno de nosotros, aquello que nos hace ser únicos y que aunque semejante en todos los humanos no se puede compartir: nuestra identidad.

    Una comunicación personal e individual presupone un código inteligible y particular, inherente a nuestra habla emocional, intelectual y espiritual.  Cierto es que la comunión horizontal entre los humanos toma en ocasiones forma de iglesia.  Pero no puede haber iglesia sin individuos, o sin personas.  De allí que se hace necesario redescubrir en nosotros mismos ese lenguaje con el cual nos sentimos parte del otro interlocutor.  El lenguaje es el que comunica, de eso tenemos ejemplo cuando el Verbo (La Palabra) se hizo carne.

    Quizás nuestro problema comunicativo se funda en el hecho de que tratamos de comunicarnos con palabras de otros.  Tan estéril puede resultar ese intento comunicativo como aprenderse de memoria un diálogo para hablar con nuestros seres queridos.  Las palabras de la institución no perfeccionan ni fuerzan el diálogo.  Las palabras tomadas de otro no me comunican a mí. 

    David fue llamado un hombre conforme al corazón de Dios.  Eso nos impacta y de inmediato viene a nuestra mente Betsabé (recordamos su actuación bastante dañosa en cuanto a la ética y a la moral).  Sin embargo, no hubo otro que cantara tanto la grandeza y la misericordia de Dios, porque quizás no hubo otro que comprendiera tanto el uso de sus propias palabras y de su propio recurso lingüístico como David.  La actitud de este poeta no fue otra que intentar trasladar por medio de las palabras lo que su alma capturaba del Dios que le había elegido desde los siglos y le había separado de las ovejas de su padre, para venir a ser el nuevo pastor del pueblo que le tocó dirigir.

    Las palabras de David están a nuestro servicio.  Podemos repetir esos salmos una y otra vez, pero no como quien memoriza a la usanza de un autómata un texto, sino como quien lo digiere en su alma. De esta forma, al leer uno de sus tantos cantos vamos añadiendo nuevos valores, nuevas esencias al olor fragante que emana de las alabanzas.  Sabemos que David fue un profeta; a lo mejor nosotros no vamos a profetizar al estilo de David, pero sí somos llamados a tener una comunión, a lo menos, a su estilo.  Sólo de esa forma podemos ser llamados conformes al corazón de Dios.

    David parece haber descubierto que el Señor tenía un contacto personalísimo con él.  David no se confió sólo en el contacto histórico de su Dios con los profetas y patriarcas que le precedieron. David también anheló el contacto íntimo que tuvieron Moisés, Samuel, Abraham, entre otros.  Caminar con Dios, ser conforme al corazón de Dios, ser amigo de Dios, fueron expresiones referidas a ilustres personas que pareciera hubieron descubierto lo mismo:  el beneficio de la comunión íntima. 

    Tenemos además una promesa del Mesías que nos recuerda que el Padre busca adoradores en espíritu y en verdad. Le adoramos por su obra general, la creación, y por su obra particular, la salvación. Pero sólo es posible adorarle en espíritu y en verdad a través de la comunión íntima. La misma Biblia nos asegura que Dios dice: Si alguno se gloría, gloríese en conocerme.  La gloria del creyente está en conocer a Dios, lo cual será posible si entendemos que no hay traductores ni intérpretes de la comunión. La comunión es un acto individual y personalísimo, ‘intuito personae’, como solían decir los romanos antiguos en referencia a ciertos actos del Derecho.  Cuando se contrata a un artista para que realice una determinada obra de arte, ese artista y no otro deberá hacer dicha obra. Ese carácter jurídico es ‘intuito personae’, por una persona en específico, ella sola y no otra. De igual forma, la alabanza, la adoración, el temor, la comunión misma, han de ser intuito personae, con nuestros medios y nuestras formas individualísimas, conforme al raciocinio implantado por el mismo Creador en las mentes, espíritus y almas de sus escogidos desde los siglos para tales fines.

    En la medida en que personalicemos los mecanismos de contemplación y adoración, en esa medida la relación con Dios correrá por un camino auténtico. Nacer y morir son dos actos personalísimos, nadie los puede hacer por nosotros. De igual forma, la relación con Dios es personalísima y pasa por la cámara secreta, cuando cerramos la puerta (a las voces del mundo) y tenemos comunión con el Padre que está en lo secreto, el cual ha prometido recompensarnos en público.  El mundo grita a voces y logra generar interferencia en nuestro ánimo comunicativo con el Padre. El mundo parece una sirena salida de los mares mitológicos, con un suave canto que atrae hacia las profundidades del abismo a las almas cautivas por su sonido. Se dice de Ulises, un personaje también mitológico, que se ató al mástil de su barco para poder resistir el llamado de la sirena en alta mar.  Nosotros debemos cerrar la puerta, en la metáfora bíblica, para orar a nuestro Padre que está en lo secreto (como cuando Elías percibió a Dios en el silbo apacible), el cual, sin duda, habrá de respondernos, pero sólo cuando logramos cerrar la puerta y quedamos fuera del atractivo del mundo con sus  cantos de sirenas. De seguro Dios nos recompensará en público, ¡haz la prueba!

    César Paredes
    retor7@yahoo.com

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  • VANIDAD DE VANIDADES

    Así enuncia Salomón en su libro Eclesiastés, ésta es la conclusión del Predicador al final de sus días: que el mundo es una vanidad y que el fin de su discurso consiste en temer a Dios y guardar sus mandamientos. Salomón fue un hombre que vivió muchas bajezas y grandezas, que experimentó en variadas áreas del saber y del gustar del mundo, alcanzando la profanación como hábito, ya que cedió a las peticiones de sus mujeres y se dio a la adoración de imágenes de no pocos ídolos. Por esta razón muchos se preguntan si Salomón estará en el cielo, como si la manera de llegar allá fuese sin la práctica absoluta del pecado.

    Lo cierto es que Dios le dio sabiduría, poder y riquezas, pero en la licencia que tuvo hizo cosas malas. No obstante, Jesucristo se coloca como alguien superior a Salomón, de manera que reconoce su importancia. Además, su última obra escrita parece contener la suma de su aprendizaje: el temor a Dios y el guardar sus mandatos. Nuestra inquietud no se centra en saber si Salomón está o no está en el cielo, sino en el contenido de su máxima que nos legó: vanidad de vanidades, todo es vanidad (Eclesiastés 1:2; 12:8)

    Pablo dijo que Dios sujetó la creación a vanidad, por causa de quien la sujetó a esperanza. Añadió el apóstol que la creación misma también será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios (Romanos 8:20-23). Esta declaración toca en grado sumo la mentalidad de los gentiles, de los paganos en general, quienes fueron dejados sin Cristo, sin el conocimiento de Dios dado a los judíos por la revelación escrita en tiempos antiguos. De esta forma desarrollaron un vano concepto de ellos mismos, de su sabiduría y de su falsamente llamada ciencia. Su filosofía vana aparece antropocéntrica, con visos de adoración a diversas divinidades imaginarias. El politeísmo delata esa vanidad propia de quienes se vuelven vasallos y prosélitos del pensamiento pagano.

    El mundo contemporáneo, que bien podría llamarse postcristiano -en una calificación irónica-, participa por igual y de forma más exagerada de las antiguas lujurias y vicios. Ahora se ha convertido en adicto de la postmodernidad, con señuelos que atraen a los demonios que dictan sus doctrinas. La gente que está bajo el gobierno del príncipe de las potestades del aire no puede tener otro derrotero que la vanidad absoluta por donde anda. Aunque el hombre tenga voluntad para darse a la vanidad, la Biblia nos indica que también fue sujeto para la esclavitud. Ha quedado cautivo a esa voluntad por quien le indicó a Adán y a Eva que ellos valían como dioses, si simplemente probaban del conocimiento prohibido.

    Pero sabemos que nuestra regeneración proviene de la gracia de Dios, por medio del evangelio de Cristo. Este anuncio de salvación entró al mundo gentil y logró transformar almas y cambiar costumbres. El ser humano se infectó de vanidad, como el autor del libro Eclesiastés. Sí, Salomón sufrió en carne propia la exaltación de la vanidad, lo dijo al principio de su libro y como colofón cuando cerraba su último capítulo. Es el mundo donde vivimos el que nos educa en la vanidad, para que tomemos la vida como algo que pasa sin ningún sentido excelso. La doctrina existencialista ve la vida como un instante de luz en medio de dos eternidades de tinieblas.

    Si el creyente persiste en encontrar el sentido de su vida en lo que anuncian las Escrituras, hallará que todo cuanto hizo Dios es bueno en gran manera. Pero si Dios sale de la ecuación en la evaluación del Cosmos, resulta evidente que con la muerte se acaba todo y triunfa la vanidad existencial. Ciertamente, no negamos que el mundo fue usurpado por Satanás, aunque también la Biblia nos declara que Dios hizo al malo para el día malo. Ella nos asegura que Dios sujetó la creación a vanidad para que estuviera sin su gracia y sin la ley del Evangelio. Por esa razón aparece la sabiduría humana para dar respuesta de un entorno alejado del Creador.

    La esperanza nos fue dada a los creyentes para que participemos de la libertad propia de ser hijos de Dios. Ya la muerte no puede mostrarnos su aguijón, porque el aguijón o poder de la muerte es el pecado; Cristo apareció para destruir el pecado, para cargar con todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21). Por supuesto, la plena libertad será alcanzada al otro lado, más allá de la muerte, ajenos a los lamentos y aflicciones, de los reproches y sufrimientos, de las persecuciones de Satanás. El acusador de los hermanos será detenido, para que padezca el castigo preparado para él y para sus seguidores.

    ¿No es Satanás quien nos lanza sus dardos de fuego, para que dudemos y vivamos en temores e incredulidad? Cuando andemos en gloria, poseeremos la plena visión de Dios a través de Cristo, conversaremos con los ángeles en la compañía de millones de santos. La vida eterna consistirá en conocer al Padre y a Jesucristo el enviado. Esa es la grandeza y la profundidad del conocimiento y de la sabiduría de Dios, algo inescrutable pero placentero. La creación entera cayó bajo maldición por el pecado de Adán, pero siendo el pecado removido por completo, sin que aparezca ya más en la vida eterna, veremos la creación restaurada. La Biblia habla de cielos nuevos y tierra nueva.

    La sabiduría otorgada a Salomón, junto con todos los honores de hombre público, con sus riquezas y placeres no negados, le demostró la vanidad de todos sus recursos y de toda su vida. Sin embargo, el conocimiento del temor de Dios le enseñó por igual que no todo es vanidad bajo el sol. El conocer a Dios y el temerle son signos de haber recobrado el sentido de vivir. Si bien todas las cosas del mundo se resumen en vanidad, algo que ocurre en niños, jóvenes y ancianos, cuando la vida se convierte en muerte, Salomón comprendió que conviene el temor de Dios como dador del alma.

    El cuerpo humano va a la tierra, pues polvo es; pero el alma del hombre va a Dios quien la dio. En ese momento será llevado para consuelo eterno o para condenación eterna; después de la muerte viene el juicio divino y cada quien responderá no solo de sus obras sino de sus errores. Cristo vino como sacrificio perfecto para dar paz a los que lo reciben; los que lo rechazan ya son condenados (Juan 3). La sentencia de condenación proviene desde Adán en los no arrepentidos y perdonados, ya que la ley acusa a cada quien. El ser humano se computa como culpable de violación de la ley divina, y se encuentra incapacitado para recuperarse por cuenta propia.

    Esa incapacidad se demuestra en el hecho de no creer en el Hijo de Dios, pero en los que le reciben opera la salvación eterna. Para eso vino Cristo a la tierra, para la redención de todo su pueblo, el que le entregó el Padre. Los creyentes somos llamados los hijos que Dios le dio a Jesucristo (Hebreos 2:13), los cuales no son engendrados por voluntad de carne ni de sangre, sino de Dios (Juan 1:13). Somos participantes de la naturaleza divina en tanto Cristo vive en nosotros; la figura del injerto se usa para indicar que el Espíritu Santo nos fue dado como garantía de la redención final.

    La voluntad humana se estima como carnal, de manera que el llamado libre albedrío viene como ilusorio de la libertad humana en tanto el hombre cree que es como dios. Ese intento de separación del Creador se convirtió en el gran pecado aprendido del padre de la mentira. La gracia divina se nos comunica por el Evangelio, urgiéndolos a creerlo y a recibir al Señor que lo promueve. En realidad, Cristo es la buena noticia. Cuando lo recibimos nos damos cuenta de que fue como regalo de Dios, nunca como una opción verdadera que tuviésemos en tanto estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados.

    Si el Espíritu no nos hubiera vivificado, no hubiésemos podido creer en el nombre del Hijo de Dios. De allí que se cumplen las palabras de Jesucristo: Ninguno puede venir a mí si no le fuere dado del Padre (Juan 6:44). Con esto queda entendido que el supremo poder de Dios hizo que fuésemos justificados en aquel Mesías que vino al mundo a salvar lo que se había perdido. Haber escuchado la doctrina de Cristo y haber sido testigo de sus milagros no bastaron para que la multitud descrita como benefactora de los panes y los peces creyera en Jesucristo. Era necesaria la otra premisa: Todo lo que el Padre me da a mí, vendrá a mí; y al que a mí viene no le echo fuera (Juan 6:37).

    En realidad esta es la única forma en que podamos afirmar con certeza que no todo es vanidad, que haber conocido la gracia divina ha hecho la diferencia con los que no tienen esperanza.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • SACRIFICAR ALABANZA A DIOS (SALMOS 50)

    Por eso os dije que moriréis en vuestros pecados; porque si no creéis que yo soy, en vuestros pecados moriréis (Juan 8:24). ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo, tampoco tiene al Padre. El que confiesa al Hijo, tiene también al Padre (1 de Juan 2:22-23). El establecimiento de la paz con los que no tienen la doctrina de Cristo señala el anatema de los que se dicen cristianos de religión. Estos no se ocupan de lo que Cristo dijo en toda su doctrina, sino de lo que hizo por su pueblo extendiendo dicho favor a toda persona en general. Por esa razón establecen un beneficio universal en la muerte de Cristo, pero como muchos no lo aceptan dicen que la virtud de su muerte se actualiza en todos los que de buena voluntad lo aceptaron.

    Vamos viendo cómo se mezclan las cartas para hacerlas del mismo montón, como si cada una de ellas fuese extraída de las Escrituras. Si los Solo Jesús niegan la trinidad, se busca el punto de coincidencia para afirmar que son más las cosas que nos unen que las que nos separan.

    En un principio no fue así, más bien se nos encomendó sacudir el polvo de nuestras sandalias en esas casas donde la doctrina del Señor no aparece bien recibida. Incluso se habla de ciudades enteras donde no se recibe lo que el Señor dice. Pero la insistencia arminiana marca la pauta con el afán de convertir almas para Cristo. La persuasión sicológica viene como bandera para que a baja voz, mientras la supuesta iglesia ora, el predicador invite como si fuese la última oportunidad que su dios da a los asistentes. En el fondo, un piano entona un himno suave, melodioso, como si fuese una treta de Hollywood de acuerdo al guion establecido para una película.

    Luego se levantan algunos, los más sensibles y dicen recibir a Cristo. La feligresía se emociona, dice amén, mientras los ayudantes de turno se acercan para crear la hermandad de oficio con la felicitación y la ayuda para que comiencen a orar.

    Esos nuevos conversos guardarán las fechas de su conversión a Cristo, pero eso sí, jamás darán cuenta del verdadero evangelio sino del anatema que les enseñó desde el principio que Cristo murió por todos y que el Espíritu pudo vencer la pereza que en ellos había. Eso nos lleva a pensar que ese Espíritu vencedor resultó un fracasado en los otros que no aceptaron ni dieron un paso al frente. Para resolver ese tema teológico, trasladan el fracaso del Espíritu a la renuncia de aquellos pertinaces que no fueron persuadidos bajo la rutina del show montado en la reunión.

    Vemos que bajo este esquema hay algunos que sí vencieron su propia desgana, mientras otros siguieron atrapados en su incredulidad. Ha triunfado el eslogan teológico que dice que Dios salvó a los que sabían querían salvación. A los otros los abandonó en su propio endurecimiento. Uno se da cuenta de que los renuentes no fueron persuadidos por el Espíritu Santo, en cambio los dóciles al Espíritu cooperaron para que la salvación se convierta en un trabajo sinergístico. Hubo colaboración con el Espíritu y por eso el gozo de recordar la fecha y el nombre del predicador que procuró su trabajo para sacar esa alma del infierno.

    Estos son los que al transcurrir décadas insisten en que fue gracias a tal o cual misionero que ellos fueron alcanzados para Cristo. Poco les importa si tales personas no creen en la doctrina de Cristo, si andan tras el extraño, ya que el testimonio en el cual confían gira en torno a la moralidad del predicador. Piensan que el anatema se da cuando la mala conducta empieza, olvidando que Pablo se mantuvo incólume en cuanto a su fe de fariseo, si bien consideró su vida entregada al celo de Dios como una pérdida.

    Andan tras el extraño los que se dicen creyentes pero caminan tras la doctrina de los que reciben nuevas revelaciones de Dios. Carecen de la doctrina de Cristo los continuacionistas, los que todavía reciben dones especiales como el de lenguas o de profecía que vaticina el futuro, añadiendo a la Escritura que ya fue sellada. Son vanagloriosos y mentirosos los que escuchan a los nuevos apóstoles, como si ellos hubieran cumplido con el requisito de ver a Jesús. Al parecer, el Apocalipsis que describe una ciudad con puertas alusivas a los doce apóstoles se equivocó, ya que los nuevos apóstoles necesitarán una modificación de la arquitectura de la nueva ciudad. Yerran todos los que suponen que las enseñanzas de Cristo giran en torno a la moralidad del creyente, como si el cuerpo general doctrinario del Señor pudiera pisotearse en algún punto.

    ¿Qué decir de los que le dicen bienvenidos a los que no traen la doctrina de Cristo? ¿Acaso el Señor ha cambiado su criterio y su inspiración de las Escrituras? El que no vive en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios. Todo el que se desvía y no permanece en la enseñanza de Cristo, no tiene a Dios (2 Juan 1:9). La doctrina esencial de Jesucristo consistió en que él moriría en exclusiva por su pueblo, de acuerdo a las Escrituras (Mateo 1:21; Isaías 53:11). En Juan 17:9 Jesús ora solamente por los que el Padre le dio y le seguiría dando por medio de la palabra incorruptible de los primeros apóstoles. Dijo en forma expresa que no rogaba por el mundo, es decir, que no moriría al día siguiente por la gente por la cual no pidió. Su muerte y su ruego contienen un mismo objeto y los mismos sujetos de su oración. Todo lo demás es herejía, falsa enseñanza, esperanza vana, doctrina de indoctos e inconstantes que tuercen para su propia perdición.

    Si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? Esta prerrogativa la tenemos todos aquellos que el Padre ha llamado en su tiempo eficaz, siempre por medio de la predicación del evangelio. Eso lo aseguró Jesús en su oración en el Getsemaní, de acuerdo a Juan 17: por los que han de creer por la palabra de ellos (sus discípulos). Es decir, la palabra incorruptible de la que refiriera el apóstol Pedro, incontaminada, sin interpretación privada. Ese es el Evangelio puro y simple, el no anatema reseñado por Pablo. Por lo tanto, somos más que vencedores porque a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28).

    Fuimos amados por Dios (conocidos por Él), predestinados, hechos conformes a la imagen de su Hijo, fuimos llamados, justificados y glorificados. Sabemos que el verbo conocer en la Biblia tiene la carga semántica de tener comunión íntima. Se ha escrito en Génesis 4:15 que Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo. El Señor dijo que había conocido solamente a su pueblo (Amós 3:2, pese a que Él es Omnisciente), en tanto a otros les dirá: Nunca os conocí (Mateo 7:23, a pesar de su Omnisciencia). Pablo escribió: Conoce el Señor a los que son suyos (2 Timoteo 2:19), en el sentido de tener comunión íntima con ellos; al impío, en cambio, el Señor le reclama: ¿qué tienes tú que tomar mi palabra en tu boca? (Salmos 50:16). El que sacrifica alabanza honrará a Dios, y el que ordena su camino Dios le muestra su salvación.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LOS CRISTIANOS

    Los creyentes en Cristo somos señalados como aventureros de una religión. A cada rato se nos reclama por la Segunda Venida de Cristo, se nos compara con los de la religión hindú, con los budistas y mahometanos, aún con muchos más, diciéndonos que Jesucristo se ha tardado en volver como había prometido. Al mismo tiempo se nos dice que ese Mesías puede compararse con tantos otros de los que prometen volver, pero transcurridas centenas de años no llegan. El desaliento puede correr si nos comparamos con los religiosos de otros dioses, pero nuestra fe nos gobierna y seguimos en silencio. Tal vez al callarnos se tape la boca de los que blasfeman, como hizo Jesús ante quien le preguntó qué era la verdad. El Señor guardó silencio y dejaron de preguntarle.

    Nos espera la corona de la fidelidad, de la victoria, como símbolo del triunfo que seguimos. Nuestra alma estará con Cristo, por quien fuimos comprados con sangre. Esto molesta a los que no son del grupo de redimidos, o a los que todavía el Señor no ha llamado. Se nos dice que Dios no puede morir pero que nuestro Dios murió en la cruz; les respondemos que Jesús el hombre-Dios fue quien murió, que como Dios no muere, porque como hombre fue sometido al juicio de la ley divina. Aunque no cometió pecado fue hecho pecado por su pueblo, por eso recibió el castigo de nuestras rebeliones.

    Eso es demasiada teología para ser digerida por quienes poseen un estómago delicado, aquellos que tienen por locura las cosas del Espíritu de Dios. Sus burlas continúan, no sin antes señalarnos de indoctos, de alocados, de insensatos fanáticos que evitamos razonar. Bien, cualquiera que los oye puede irse con ellos, puede abandonar el barco de la fe, si se conmueve por la persecución que hacen sus palabras. Sin embargo, los que hemos sido escogidos como herederos del Señor permaneceremos inconmovibles, no por fanatismo religioso sino por la convicción de la fe.

    Resulta de poco provecho dar razón de lo que es la fe, ya que para el que desee conocer sobre este tema que lo busque en las Escrituras. Allí se nos dice que la fe es la certeza de las cosas que se esperan, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1). Ah, pero cada religión espera algo y dentro de ellas existe gente que confía en sus dioses y promesas. Bueno, es cuestión de que los sigan si así desean, o de que nos comparen con ellos, pero no por eso el incrédulo se convencerá de lo que es nuestra fe. Así que resulta inútil darse en explicaciones específicas ante la gente que nos consulta solo con el ánimo de señalarnos como ilusos.

    No se ve el mismo fervor contra las otras religiones, sino que buscan a los cristianos como chivos expiatorios para demostrar que los ateos tienen toda la razón a su favor. Nosotros seguimos esperanzados en el testimonio de los antiguos, creyendo que el universo fue constituido por la palabra de Dios. Lo que se ve fue hecho de lo que no se veía. Creemos en la omnisciencia y omnipotencia de Dios, con suficiente sabiduría para hacer aquello que ha hecho. No necesita corregir nada de lo que hizo, no tiene consejero ni quien detenga su mano. Todo cuanto quiso ha hecho.

    En este punto, muchos de los que se dicen cristianos trastabillan, con el alegato de que lo malo lo ha hecho el diablo. Pero la Escritura nos enseña que aún al malo ha hecho Dios para el día malo (Proverbios 16:4). La física básica nos educa en relación a la obra creada: todo es energía y ella se conserva por medio de la transformación de la materia. De manera que un principio de ciencia subyace en la creación: hay una preservación de lo hecho. Las plantas y los animales se reproducen conforme a un principio legal científico que les fue instaurado.

    Confiamos en que la salvación propuesta para los elegidos del Padre se mantendrá por siempre. El Señor nos ha dado vida eterna (Juan 10: 28), sus misericordias duran de manera sempiterna, de eternidad a eternidad (Salmos 103:17). Sabemos por igual que el dominio del Señor es eterno, que no acabará (Daniel 7:14), así como nuestra salvación durará por siempre (Isaías 40:8).

    No nos dejamos arropar por las palabras de los desesperados que no tienen esperanza, ni por sus llantos cuando lamentan su mirada hacia la muerte. Cada quien que asuma su sistema de vida, pero nosotros los creyentes también asumimos la nuestra. Nuestro evangelio revela la justicia de Dios, de ese Dios justo que justifica al impío. El trabajo exclusivo de Jesucristo en favor de todo su pueblo (Mateo 1:21) garantiza el llamado eficaz por parte de Dios a través de la predicación del evangelio. Esa buena noticia lo es para el que es creyente, para el escogido del Señor desde antes de la fundación del mundo, de manera que ese evangelio quedaría como la promesa divina para salvar a su pueblo y para otorgarle todas las bendiciones relacionadas con la redención.

    El Cordero de Dios estaba preparado y ordenado desde antes de la fundación del mundo para levantar de los muertos a los escogidos (1 Pedro 1:20); por esa razón, sabemos que Adán tenía que pecar, para que se manifestara Jesucristo como el Redentor. De lo contrario, si Adán no hubiese pecado, ese Cordero hubiese sido ordenado inútilmente desde antes de la fundación del mundo. Dios en su sabio consejo así lo ordenó, de forma que el pecado entrara en el mundo por el pecado del primer hombre, para que la consolación y esperanza siguieran el propósito establecido para ellas.

    Los cristianos sabemos que el evangelio no consiste en la información del nacimiento y la muerte de Cristo, ni en su asunción a los cielos; tampoco se refiere a sus hechos milagrosos, a sus prodigios o a sus palabras de sabiduría enseñadas. Más bien, la buena noticia consiste en anunciarnos que nuestro mejor trabajo sigue siendo inmundo ante el Dios de toda justicia, por lo cual nos convenía esa ofrenda por el pecado hecha por el Gran Sumo Sacerdote que no necesita ofrecer por sus propios pecados.

    Dios ha ordenado salvar a su pueblo por medio del mensaje del evangelio, revelándoselo a todo su pueblo en el tiempo oportuno. Los que siguen al buen pastor no se irán jamás tras el extraño, tras el evangelio anatema, ni seguirán nunca a los que predican fábulas artificiosas (Juan 10:1-5). Los creyentes confesarán siempre el verdadero evangelio, nunca el maldito (Gálatas 1:8-11). El que creyere será salvo, el que no creyere ya ha sido condenado.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CASTIGO Y CONFIANZA

    Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo, asegura Hebreos 10:31. Como alguien arrestado por la justicia, como cualquier criminal conducido hacia el patíbulo, bajo la sentencia de condenación, la ira divina viene a ser asunto de terror, donde la misericordia ha escapado huyendo a lo lejos de las manos del Todopoderoso. Sí, caer en las manos del Dios vivo se tiene por horrendo, ya que no existe paz para el impío. La desnudez del pecado muestra la carga de la justicia en contra del que falla ante la ley de Dios.

    El que niega la deidad del Hijo y su eterna relación con el Padre, tiene por inútil su oficio. La sangre del pacto de gracia ha de ser tenida como pura, con respeto absoluto. Sin embargo, hay quienes la pisotean menospreciando la paciencia del Señor, teniendo como fábula el evangelio de Cristo. Recordemos que la venganza pertenece al Señor, como respuesta a las pasiones humanas. Menos mal que Dios juzga a su pueblo, para no dejarlo por fuera de su gracia eterna e infalible.

    Si Dios predestinó desde la eternidad a quienes habría de amar con amor eterno, lógico es que le pertenezca la venganza y dé el pago al que pisotee su sangre. Creemos firmemente lo que dijo Jesucristo respecto a sus ovejas, que no se irían jamás tras el extraño (Juan 10:1-5). Entonces, ¿qué es un apóstata? Es simplemente alguien que profesa ser creyente pero que no ha sido redimido. Solamente es un no escogido para salvación que puede apostatar, como también fue escrito que el diablo intentará engañar, si le fuere posible, aún a los escogidos.

    No existe impedimento para la advertencia contra la apostasía, como tampoco un buen padre de familia debe impedir la admonición a su pequeño al cruzar una calle plagada de automóviles. Lo sostiene de la mano pero le dice que no se suelte; lo conduce certeramente pero le indica que siga con prudencia. El padre no piensa jamás soltar la mano del pequeño hijo pero eso no le imposibilita para la advertencia. La Escritura hace lo mismo con nosotros, los que hemos sido redimidos por la sangre del Cordero.

    Fuimos iluminados por el Espíritu para ver nuestra impureza, hemos sido tocados por el Todopoderoso para comprender nuestra impotencia. Hemos escuchado de la justicia del Hijo para comprobar nuestra injusticia natural. Tenemos al alcance la manera de luchar en este mundo hostil, la oración y la palabra divina. Si oramos de manera constante tendremos una recompensa grandiosa, habiéndosenos dicho que seremos galardonados al rogar al Padre. Hemos de creer que Dios está allí en el sitio de nuestra oración, que nos oye y por lo tanto nos recompensa.

    Esa respuesta está conectada con la salvación eterna. La gracia divina garantiza la recompensa, como si la plegaria en sí misma no bastase con ser gratificante de manera suficiente. Se nos da más y más como añadido al hecho de orar, de conversar con nuestro Padre. El que ha sido llamado por su gracia ha sido conformado a la imagen de su Hijo. Entonces, ¿para qué pecar si el pecado solo trae degradación? ¿Por qué celebrar el pecado? Nada menos inteligente para un hijo de Dios que recrearse en la maldad.

    Si pensamos en la grandeza divina, en el socorro oportuno que recibimos de la mano de quien nos amó con amor eterno, entenderemos que se nos prolongará la misericordia del Señor. Tal vez habremos de sufrir algunas aflicciones que provienen de la mano de Dios, ya que como a hijos se nos trata y por lo tanto recibimos castigo y azote como parte del amor de Dios. No solo hemos recibido una promesa de vida eterna, sino la vida misma como un reflejo de la eternidad que nos aguarda.

    El Señor se manifestará y vendrá a esta tierra para traer juicio y quebranto contra los que la destruyen. Él dijo que vendría otra vez, nos habló de señales del fin. Vivimos en una época en que las señales parecen sobrar, la repetición de los signos anunciados nos alertan de la prontitud de su venida. El mundo se ríe de nosotros, nos habla de la tardanza del Señor. Cuando decae el consumo de su palabra aumenta la influencia del mundo en nosotros. En la medida en que consumimos más de la presencia del Señor, el mundo se achica y se muestra vencido.

    Al esperar la venida del Señor se demuestra la paciencia de los santos. El mundo anuncia conspiraciones, pandemias, controles sociales, avisa de una cárcel global donde se honrará al autómata. Una marca en la mano o en la frente, un número que signará a los adquiridos por Satanás. Los que se saben hijos del maligno hacen esfuerzos por desencadenar males sin número, en especial contra los que reconocen como hijos del Altísimo. Este es su mundo, se dicen a sí mismos, por lo tanto nosotros sobramos en su espacio. En alguna medida eso es cierto, ya que la Escritura ha dicho que el mundo entero está bajo el maligno, pero que nosotros pertenecemos al Señor. La iglesia no pertenece al mundo, a menos que se entregue como espectáculo de vergüenza. En dado caso, eso no podría llamarse iglesia de Cristo.

    Nosotros nos preguntamos con frecuencia: ¿A quién iremos? Solo el Señor tiene palabras de vida eterna.

    Iremos al Señor y cuando partamos de este mundo estaremos en el cielo, el que según la Biblia se describe más como un lugar espiritual. Es considerado el sitio donde reside Dios y se asocia con la vida eterna y la comunión con Él. La Biblia enseña que aquellos que aceptan a Jesucristo como su Salvador y siguen sus enseñanzas tienen la promesa de la vida eterna en el cielo. La fe en Cristo es clave.

    ¿Qué pasa si uno trata de seguir las enseñanzas de Cristo, pero falla a veces? La Biblia reconoce que todos cometemos errores. A pesar de los fallos, la enseñanza cristiana sostiene que la gracia de Dios es redentora. Arrepentirse y buscar la rectitud resulta fundamental. Cualquier creyente puede preguntarse alguna vez cuál sería el pecado imperdonable, según la Biblia. Según la Biblia, el pecado imperdonable es blasfemar contra el Espíritu Santo. Esto implica rechazar deliberadamente la obra del Espíritu Santo, que revela la verdad sobre Jesucristo.

    Siempre Dios disciplinará a sus hijos bajo la actitud de un Padre amoroso. Las formas de castigo mencionadas incluyen corrección, enseñanza y permitir que las personas enfrenten las consecuencias de sus acciones. La interpretación puede variar según las creencias y tradiciones teológicas. De allí que convenga el estudio de las Escrituras, la comprensión de la doctrina de Jesús, como un todo general, para que podamos sustraer la materia prima para poder interpretar con acierto lo que nos sucede.

    La Biblia destaca la santidad y la justicia de Dios, por lo que la expresión Horrenda cosa es caer en manos del Dios vivo sugiere que enfrentar la ira divina puede ser una experiencia aterradora en virtud de la pureza y la perfección de Dios. En el contexto de Hebreos el autor está enfatizando la importancia de mantener la fe y no alejarse de Dios, ya que desviarse podría tener consecuencias graves. La frase refleja la idea de que estar en desacuerdo con la voluntad de Dios o rebelarse contra Él puede llevar a consecuencias temibles. Es importante recordar que las interpretaciones pueden variar y dependen de las creencias teológicas de cada persona.

    Jesús afirmó que el Padre era bueno, y que solamente Él era bueno. Esta confesión proviene de su profundo conocimiento en la larga y eterna relación con Él. Como Hijo pudo comprender el afecto compartido, así que le fue fácil someterse a la voluntad en una relación continuamente afectiva. Solamente una vez, cuando moría por los pecados de su pueblo, pudo sufrir la soledad absoluta por la ausencia del Padre. Leemos su célebre expresión en el madero: Padre, ¿por qué me has abandonado? Fue el momento más terrible de Jesucristo, el instante en que se vio solo y abandonado por quien más lo había amado desde siempre.

    Esa soledad provino como consecuencia de cargar nuestros pecados, de hacerse pecado para recibir todo el castigo que merecía su pueblo escogido. Nosotros no pasaremos jamás por tal sendero, si bien comprendemos lo que significa la soledad en el mundo. Pero nunca entenderemos la soledad que jamás ocurrirá a nivel de nuestro espíritu, ya que el Señor nunca nos abandonará y estará con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

    Para los creyentes, encontrar confianza en Jesucristo forma parte central de nuestra fe. La enseñanza cristiana sostiene que a través de la fe en Jesucristo y su obra redentora las personas pueden encontrar perdón, gracia y reconciliación con Dios. La confianza en Jesucristo implica creer en su divinidad, aceptar su sacrificio por el perdón de los pecados y seguir sus enseñanzas.

    El estudio de la doctrina del Señor sirve como eje de la fe en Cristo, ya que no podemos seguir a alguien a quien no conocemos. Cristo es mucho más que el nombre de una persona, es mucho más que su condición de Hijo de Dios, puesto que su trabajo en la cruz lo convirtió en la justicia de Dios, en el Redentor del pueblo que se propuso salvar (Mateo 1:21). Si usted estudia el Capítulo 6 del Evangelio de Juan, si llega a entender la esencia de lo que Jesús quiso enseñar, la confianza en Jesucristo le proporcionará consuelo, toda vez que descubra que usted es hijo de Dios. De lo contrario, si surge animosidad en contra de esa enseñanza de Jesús, tendrá que alejarse murmurando bajo la idea de que esas cosas descritas son difíciles de oír, y dirá que nadie podrá comprenderlas. La confianza en Jesucristo no es necesariamente compartida por todas las personas.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LAS LLAVES DEL REINO

    Después de que Jesús advirtiera a sus discípulos de que se guardaran de la levadura o doctrina de los fariseos y saduceos, les preguntó qué decía la gente acerca de Él. Entonces respondieron ellos diciéndole que unos opinaban que era Juan el Bautista, otros que era Elías, otros suponían que Jesús era el profeta Jeremías. Esta manera de preguntar no es más que una forma de enseñar, de catequizar, pues después de escuchar esas respuestas Jesús pasa a la segunda y más importante pregunta: ¿Y cuál es la opinión de ustedes? ¿Quién soy yo para ustedes? Esta interrogante está planteada bajo la intención de crear distinción entre la opinión de la gente en general y la opinión de sus discípulos en particular. Pedro se dispuso a responder diciéndole que Jesús era el Hijo del Dios viviente, el Cristo mismo.

    La respuesta de Pedro fue suficiente para que Jesús continuara con su catequización.  En Mateo 16, donde se encuentra este relato, vemos la manera como el Señor adoctrina a Pedro y al resto de los doce.  Cuando Pedro se llamaba Simón, Jesús le había cambiado el nombre diciéndole: Tú eres Simón, hijo de Jonás; tú serás llamado Cefas (que quiere decir, Pedro) -Juan 1-42. El cambio de nombre no es caprichoso sino simbólico, pues Simón quiere decir caña, una especie de pasto que crece en el monte y que es movido fácilmente por el viento; en cambio, Pedro o Cefas quiere decir roca, entidad mucho más pesada y estable que la caña y que no es movida fácilmente por el viento. Con ese cambio de nombre Jesús estaba preparando a Pedro (el antiguo Simón, hijo de Jonás), mostrándole la manera en la que iría siendo transformado su carácter.  Jesús ahora aprovechaba el anuncio hecho a Pedro sobre su cambio de nombre y le recordaba su vieja identidad.  Le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás… En este momento Pedro recuerda su antiguo nombre ligado a su padre terrenal, un pescador como lo había sido él mismo.  Quizás esto parezca como un volver atrás, a sus orígenes, a tener presente de dónde lo había llamado Jesús; quizás implique también que voluntariamente el Señor le advertía en este breve descenso a su pasado que no debía insuflarse por lo que escucharía a continuación: porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.  Ya esta declaración debería ser suficiente para alegrarse en forma especial, pues el mismo Hijo de Dios le reconocía el hecho de que el Padre le había revelado semejante información.

    En este punto pudiéramos deducir que el reconocimiento que hiciera Pedro no pudo ser posible sino por la revelación del Padre.  Este era un secreto que debía mantenerse callado hasta que llegado el tiempo fuese dado a conocer a voces, pues la hora de Jesús no había llegado aún, y el misterio de la Iglesia no había sido revelado entonces.  Pero hay más en esta declaración, ya que entendemos que corresponde a un acto soberano del Padre el dar esta revelación. Aunque se nos ha exigido anunciar el evangelio a toda criatura, muchos no entienden y tienen sus oídos tapados, pero sólo hay un grupo a quienes esta revelación les produce el fruto de la comprensión sistémica del evangelio de Jesucristo. 

    Continuó Jesús diciéndole: …tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. De la forma en que a Pedro le fue dada la revelación afortunada de que Jesús era y es el Hijo de Dios, el Cristo esperado, a muchos de nosotros nos es dada la revelación del sentido de estas palabras del Mesías: …sobre esta roca edificaré mi iglesia.  ¿Cuál roca? Algunos han entendido que la roca es Pedro mismo, como si él fuese suficiente para soportar el peso de la iglesia.  Recordemos que este mismo Pedro, que aparece después en Pentecostés anunciando el evangelio fue reprendido por Pablo, según el relato hallado en el libro de los Gálatas 2:11, porque era de condenar. De manera que la fortaleza en que se iba transformando el apóstol no contenía suficiente material para soportar los embates del infierno.  Por otro lado, Jesús mismo le había recordado al apóstol que él seguía siendo Simón, el hijo de Jonás, transformado ahora en Pedro, pero con su vieja naturaleza. Asimismo, todos nosotros mantenemos nuestra naturaleza pecaminosa, si bien somos redimensionados con una naturaleza nueva producida y dada en el nuevo nacimiento, cuando el Espíritu de Dios nos ha sido dado como garantía de nuestra pertenencia al Padre.  Por eso Pedro no podía ser el objeto de esta declaración de Jesús.

    ¿Cuál roca?  La roca es la confesión dada por Pedro acerca de quién era el Cristo. El foco de la catequización del Señor no era otro que la opinión dividida entre la gente y sus pocos discípulos del momento.  En esta opinión dividida el único acierto constituía una verdadera roca, una fortaleza.

    Esa opinión acertada pronunciada por Pedro no salió de él mismo, de sus elucubraciones intelectuales calculadas, sino que le fue dada por el Padre.  Esa confesión legítima se convierte en el fundamento de la Iglesia de Cristo, pues ya el Señor es la principal piedra del ángulo (Efesios 2:20), lo cual lo instaura como el fundador de la iglesia y como su propia fundación. Ni Pedro es el fundador de la iglesia ni tampoco la fundación de ella.  Sobre esta roca -confesión hecha bajo la revelación del Padre- edificaré mi iglesia; acá vemos que Jesús es el fundador, pero que la revelación del Padre anuncia el material del cual estaría construida la iglesia.  Esa materia prima es la sustancia de la confesión bajo revelación de que Jesucristo es el Hijo de Dios.  Esa es la garantía de la iglesia para que las puertas del Hades no prevalezcan contra ella.  Los llamados a estar fuera del mundo lo estamos en la medida en que confesamos que Jesucristo es el Hijo de Dios.  Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón.  Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor (asunto hecho por Pedro) y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.  Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación (Romanos 10). Precisamente eso fue lo que hizo Pedro en el día de Pentecostés, como veremos más adelante.

    Pero la catequización de Jesús hacia sus discípulos continuaba y por eso agregó: …Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos. ¿Cuáles llaves? ¿Para qué sirven esas llaves?  Notemos que el Señor no le dijo a Pedro que él le había dado las llaves, en tiempo pasado; tampoco le dijo te doy las llaves, en tiempo presente, sino que lo hizo en tiempo futuro, como una promesa o como una profecía.  Por lo tanto tenemos que mirar cuándo se hizo efectiva esa promesa, cuándo se dio cumplimiento a esa profecía. 

    Todo el Nuevo Testamento nos deja claro que ´las llaves del reino´ son figurativas, pues no necesitamos ningunas llaves particulares para abrir puertas, así como tampoco Pedro llega a ser portero del cielo. Sólo Dios tiene potestad de dejar entrar o impedir entrar a su reino.  Ya Isaías hablaba de la llave que abre y que cierra: Y pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; y abrirá, y nadie cerrará; cerrará, y nadie abrirá (Isaías 22:22). Otro texto aclaratorio acerca del significado figurativo de las llaves se encuentra en Lucas 11:52: ¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley!  Porque habéis quitado la llave de la ciencia; vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis. Esto implica que las llaves representan las buenas nuevas que nos brindan el acceso a la vida eterna.

    El cumplimiento de la entrega de las llaves del reino, que son como ya dijimos las buenas nuevas de acceso a la vida eterna, se realiza en dos actos. El primer acto tiene lugar ante el pueblo judío, la casa de Israel, pueblo que esperó el día de Pentecostés, en forma unánime y junta.  Allí Pedro enuncia su gran discurso, poniéndose en pie, alzando la voz y promulgando la explicación de lo que acontecía con el derramamiento del Espíritu, otra promesa también anunciada por Jesús, cuando prometiera al Consolador, que como su nombre lo indica no es una energía sino una persona que nos guía. Este acto está narrado en Hechos capítulo 2.  Posteriormente, cuando Pedro junto con Juan están ante el concilio, Pedro, lleno del Espíritu Santo les dijo: …Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo (Hechos 4:11).  Observamos que Pedro no se atribuyó a sí mismo el hecho de ser la piedra angular sobre la cual se fundaría la Iglesia en Pentecostés, sino que se lo atribuyó a Cristo, pues recordaba cuando el Señor le había dicho Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi iglesia, en el entendido de que esa roca no era otra cosa que la confesión que bajo revelación del Padre había hecho de Jesucristo como el Hijo del Dios viviente.  Si la confesión de que Cristo es el Hijo del Dios viviente es una roca, ¿cuánto más roca no lo será el Hijo mismo?

    El segundo acto se realiza cuando el mismo Pedro anuncia el evangelio a los gentiles, de acuerdo a lo narrado en Hechos capítulo 10.  Dice el libro en el verso 25 que cuando Pedro entró a casa de Cornelio éste se postró ante sus pies y lo adoró. Vemos también que acto seguido Pedro le reprendió y le instó a no adorarle y a no inclinarse ante él, diciendo: Levántate, pues yo mismo también soy hombre. Con la entrada de un judío a casa de un gentil para compartir el evangelio del reino, anunciado primeramente a los judíos en el día de Pentecostés, se está dando la apertura para la evangelización en el mundo gentil.  Acá se termina de cumplir, con este segundo acto, la promesa de las llaves que abre la puerta del reino para la humanidad partícipe de esta manifestación de gracia soberana.  Este acto dejó maravillados a los fieles de la circuncisión que acompañaron a Pedro a casa de Cornelio.  Las llaves y no la llave implican al menos dos puertas para abrir: la del mundo judío y la del mundo gentil.  

    En cuanto al atar y desatar está ligado a las actividades cotidianas inherentes a la iglesia, toda vez que queda inaugurada en estos dos acontecimientos reseñados en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Henry Mattew, célebre comentarista cristiano, propone ciertos criterios para la comprensión de la funcionalidad de las llaves, funcionalidad que se proyecta en el atar y desatar.  El hace referencia a lo que las llaves abren:

    1.     Evangelio predicado a judíos y gentiles;

    2.     La llave de la doctrina;

    3.     La llave de la disciplina.

    Ya vimos lo referente al evangelio predicado a judíos y gentiles, ahora veamos la funcionalidad de esas llaves en cuanto al cuidado de la doctrina. Dice el profeta Oseas (capítulo 4): Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento.  Pablo le recomienda a Timoteo que se ocupe de la doctrina, que la cuide. Pablo en un discurso dado en Mileto reconoce que él no ha rehuido dar todo el consejo de Dios. Esa llave del reino cobra en ese momento funcionalidad pragmática en la iglesia incipiente, pero dicha funcionalidad continúa vigente en la historia de la iglesia hasta nuestros días, por cuanto las necesidades son similares y las enseñanzas se mantienen válidas.  Lo referente a la disciplina es otra de las funcionalidades de las llaves del reino, sin embargo, su valor fundamental se explicita en el atar y desatar.  Esa disciplina, como bien dijera Mattew, no es legislativa sino judicial. La legislación nos es dada por herencia, mas la judicialidad es tarea de la historia de la iglesia.  Ya el libro de Corintios presenta el relato de un caso de inmoralidad juzgado, en el cual Pablo recomienda una determinada sanción en 1 Corintios 5:1 y una restauración de la misma persona en 2 Corintios 2:7.  De igual forma esa judicialidad se aplica frente a Simón el mago, caso reseñado en el libro de los Hechos, capítulo 8 verso 21.  Pedro le dijo a Simón el mago: No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. También sabemos de la disciplina sufrida por Ananías y Safira, según relato de Hechos 5.  Asimismo, Pablo en su carta a Timoteo le dice que él entregó a Himeneo y a Alejandro a Satanás, para que aprendiesen a no blasfemar.  Los casos de declaración de herejes en la iglesia de los primeros siglos constituyen también un claro ejemplo de la disciplina. 

    Había dos escuelas judías encargadas de la interpretación de sus leyes, una más permisiva que la otra. De esta forma la permisiva desataba (la escuela de Hillel) y la menos permisiva ataba (la escuela de Shammai). Ese contexto histórico servía de apoyo a los apóstoles, judíos todos, para comprender la importancia de la nueva judicialidad en la iglesia. Tanto es así que el contexto en que se profieren las palabras de Jesús es un contexto de disciplina.  Véase el texto comprendido en Mateo 18: 15-22 en el cual Jesús argumenta sobre la necesidad de perdonar al hermano, así como sobre el proceso judicial dentro de la iglesia. La cultura del atar y desatar estaba muy arraigada en los judíos de esa época, y Jesús mismo hablaba referente a los escribas y fariseos como personas que atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas. De manera que Jesús dejó un mecanismo disciplinario para su iglesia consistente en atar y desatar. Hemos de entender que su referencia a remitir y retener pecados gira en torno al hecho de la predicación del evangelio, a la gran posibilidad dada por la significación de las llaves del evangelio del reino.  Por eso cuando el Señor resucitó y apareció a sus apóstoles, les sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.  A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos (Juan 20:22-23).  El sentido de este pasaje no es que el hombre pueda perdonar o retener pecados, como bien quedara manifiesto en Isaías 43: 25: Yo, yo soy el que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.

    El texto reseñado en Juan 20 implica que el Señor les dio un mandato a sus apóstoles, no a uno solo en particular.  Además, implica que al pregonar el evangelio habrá gente que rechazará al Señor del evangelio, y él dijo que quien le rechazare y no recibiere sus palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero. Por eso Pedro, siguiendo el mandato recibido, le dijo a la multitud: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo (Hechos 2:38); pero en Hechos 3:19, ante otro grupo de personas proclama: Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio… De manera que se cumple la remisión o la retención de pecados en el accionar de la evangelización.  Pero hay más, pues Ananías y Safira, como mencionáramos mucho antes, recibieron castigo en virtud del mandato del Señor a sus apóstoles.  Y Pablo reprende a Elimas, quien es cegado por un tiempo (Hechos 13:11). Todos estos hechos ocurren en el proceso de la predicación del evangelio y de la administración de la iglesia, de manera que lo expresado por Jesús en cuanto a las llaves del reino, a la confesión revelada de Pedro, a la posibilidad de retener o remitir pecados por parte de sus apóstoles, el hecho mismo de atar o desatar en el contexto disciplinario, ponen de manifiesto la discrecionalidad del Espíritu de Dios obrando en y con la iglesia a través del apostolado, y a través del ministerio de sus pastores.

    Grande es el misterio de la piedad, como dijera Pablo, pues Dios fue manifestado en carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.  No obstante ese misterio, el mismo Espíritu le dijo a Pablo que en nuestros días muchos caerían en la apostasía escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios.  Estos apóstatas, como bien lo declara Juan en una de sus cartas, salieron de nosotros pero no eran de nosotros.  El enemigo de las almas tuerce las Escrituras, por lo que una explicación de las mismas puede enderezar el camino de los que realmente buscan la verdad.  El asunto es que la verdad puede espantar a muchos, como espantó a muchos discípulos que habían disfrutado de la compañía del Señor, presenciando sus milagros, comiendo de los panes y los peces multiplicados.  En una ocasión Jesús les exponía que nadie podía venir a Él si el Padre no le trajere.  Eso motivó a la murmuración y Jesús les increpó ratificándoles esa verdad.  Al instante muchos de sus discípulos le dejaron y murmuraban diciendo: dura es esta palabra, ¿quién la puede oír?  Hay gente que oye la verdad pero le parece dura, y prefiere entonces ir a los charlatanes y burladores para que les entretengan con vanas palabrerías.  Jesús no fue tras esa gente preocupado por sus almas, ni preocupado porque eran muchos los que se habían ido. Por el contrario, dice la Biblia que se volteó a los doce y les increpó diciendo: ¿queréis vosotros iros también?  Y más adelante les volvió a decir a los doce: ¿No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo?, referido este último a Judas Iscariote, el que le habría de entregar.  Por lo tanto, Jesús sabe todo, conoce todo, sabe quiénes son sus ovejas, así como sus ovejas al oír su voz le siguen. La gran pregunta queda en pie, ¿te incomoda la verdad y te parece dura? Mucho mejor decir como el apóstol Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • SIMPLICIDAD DEL EVANGELIO

    El evangelio se manifiesta en forma simple, como la fe de Abel. Aquel primer hombre asesinado creyó a Dios y le llevó una ofrenda propicia y excelente. Su alusión al Cordero que habría de ser sacrificado por los pecados de su pueblo le costó la vida de manos de su hermano de sangre. Su muerte continúa hablándonos (Hebreos 11:4). Hoy día, ese evangelio permanece escondido para muchos, los que tienen el entendimiento entenebrecido por la manipulación del dios de este mundo.

    Decir que las lenguas tomaron sus variaciones cuando se configuraba una torre cuyos edificadores pretendían hacerse un nombre, alejados de Dios en incumplimiento del mandato de esparcirse para llenar la tierra, puede traer la consecuencia de una burla por los que se llaman intelectuales. Eso nos llevaría el calificativo de seres mitológicos, por militar en una creencia dogmática inferior. Pero llegar a decir que la materia va hacia formas complejas, pese a que venimos de seres inferiores gracias a una evolución que se da porque sí, sin Ingeniero detrás de ella, nos merecería un aplauso de los intelectuales que se burlan por causa de nuestra fe pura y simple.

    De inmediato nos despojan con el argumento de falsa autoridad, diciéndonos que los títulos que otorgan universidades de prestigio autorizan a los más doctos a desacreditarnos. Hablan de intentos fallidos hasta llegar al homo sapiens, dicen que hubo muerte antes de que la Biblia hablara de la caída del hombre. Es decir, que esos intentos por aparecer la humanidad en la tierra permitieron la muerte de miles de personas cuyos restos fósiles testifican de esa hipotética realidad.

    Para ello cuentan con argumentos de autoridad como el carbono 14, la radiación emitida y medida, pero nada hablan de que su sistema de medición sea relativo. El creyente tiene esa lucha en los predios intelectuales donde a veces debe concurrir. La amplitud cultural del ámbito universitario pareciera complicar la vida de los hombres de poca fe. La confianza de Abel se fundamentó solamente en el sacrificio del Cordero que habría de venir, en tanto la ofrenda de Caín emergía de sus propias obras. He allí la gran diferencia entre esos dos hermanos biológicos, cuyas almas hablan desde dos posiciones opuestas.

    Abel creyó en un evangelio puro y simple, en tanto Caín siguió la huella de la serpiente en el Edén, convirtiéndose en un hijo del maligno (1 Juan 3:12). Jesucristo hizo todas las cosas (Juan 1:3), así que no hubo experimento evolutivo que ocasionara la muerte antes del pecado entrado al mundo por Adán. Por lo tanto, aquellos registros fósiles de que tanto habla la falsamente llamada ciencia, se muestran como evidencia falaz. El hombre natural no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque las señala como locura. Nosotros los que hemos llegado a creer, hemos sido marcados como los objetos de burla del mundo.

    Esa burla pudiera ser vista como un tipo de muerte en forma lenta. Al igual que Caín asesinó a su hermano, estos hermanos de la humanidad biológica asesinan a los que profesamos la fe de Cristo. Somos como ovejas llevadas al matadero cuando damos testimonio de la luz. Nuestro salvoconducto en los predios del mundo viene a ser el evangelio antropocéntrico. Si nos presentamos en nombre del evangelio anatema, la crítica disminuye y aparecen algunos aplausos. Al contrario, si nos aferramos a lo que la Biblia dice, seremos ridiculizados en grado extremo.

    La iglesia pagana recibe a sus hijos para instruirlos en el otro evangelio, de manera que sus fieles gozan de renombre en todas las áreas del saber humano. Ellos tienen sus teólogos que recitan la evolución como paradigma científico, otros hablan de una creación evolucionista. Por igual, los conceptos duros de la fe cristiana se muestran metafóricos de épocas oscuras, como bien se califica al infierno de fuego en un sentido simbólico. El Dios de amor no puede crear un lugar de tormento eterno, así que tampoco pudo predestinar nuestros destinos desde antes de la fundación del mundo.

    Al parecer, la ofrenda de Caín sigue teniendo vigencia en la teología contemporánea. Las obras hablan por sí solas, colocando a Dios como árbitro que no se inmiscuye en el sagrado libre albedrío humano. Pero eso no podría llamarse mito o ilusión, ya que toca lo más sagrado del corazón del hombre: su ego y sus obras libres. De allí que surge la tesis de la meritocracia espiritual, un arquetipo con el cual pareciera nacer cada hombre natural. El Cristo que vino a morir en la cruz debería ser visto como el Dios Salvador que vino a ofrecer salvación a toda la humanidad, sin excepción, para que pueda ser tenido como justo y equitativo.

    Así como se ve el creacionismo como una tesis desarticulada de la razón, se ve la redención como una realización potencial antes que actual. Se nos conmina a creer en una evolución que tiende a la complejidad de la matería, afirmándonos que el universo siempre ha estado allí, que Dios es una invención humana junto a todos los mitos. Pero las hipótesis evolucionistas que cambian cuando se ven obsoletas no desestimulan la fe espuria en la falsamente llamada ciencia.

    Pareciera haber un intercambio entre la hipótesis de la evolución y la fe genérica que asume un evangelio diferente al de las Escrituras. En otras palabras, la fe de Caín se recibe con bienvenidas en el territorio del ateísmo y del negacionismo de las Escrituras. Los que perecen en su insistencia de la negación de las doctrinas del evangelio, no serán recibidos en el reino de los cielos. Pero eso no debe importar mucho a quienes de entrada niegan una vida después de esta vida, a los que suponen que venimos del mono, a los que excusan sus conductas basados en los males de la infancia, a los que se vuelven creyentes de que la religión cristiana es opio para los pueblos.

    No en vano esas tres doctrinas vinieron juntas: marxismo, freudismo y evolucionismo. A partir de entonces la humanidad dio un giro hacia su propio abismo, sin saber que con ello también cumplía las profecías de las Escrituras: la maldad aumentada en estos últimos tiempos. Sin Dios como Creador, con la excusa del trauma infantil que brinda el psicoanálisis, bajo la creencia del materialismo histórico marxista, el nuevo hombre ha tenido que dar paso a su desenfreno, ya que no tiene que rendir cuentas a una Deidad que le reclamará por sus malas acciones.

    La burla a los que creen en la Biblia como norma de fe, el descrédito intelectual contra los que profesamos el evangelio de Cristo, ha insistido en proporcionarnos desventura en este mundo. Pero nosotros seguiremos hasta el final, ya que vanidad y solo vanidad es la falsamente llamada ciencia y el evangelio sin conocimiento (Romanos 10:1-4; Isaías 53:11). El fin de todo el discurso, como dijera el autor del Eclesiastés, consiste en creer y temer a Dios, guardando sus mandamientos. Sabemos que esos mandamientos no son gravosos, ya que consisten en amar a Dios por sobre todas las cosas, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Los apóstoles anunciaron una salvación condicionada exclusivamente en el trabajo de Jesucristo (Mateo 1:21 y Juan 17:9). El que llega a creer no se va más tras el extraño (Juan 10:1-5).

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CELOS SIN CIENCIA

    Pablo consideró todo como pérdida, por causa del conocimiento de Cristo Jesús, su Señor. Perdió todo, consideró lo aprendido antes de su conversión como algo que no vale, más allá de que aprovechó su conocimiento de la ley y de lo que había leído para ilustrarnos en lo concerniente a la fe de Cristo. Quedó satisfecho de haberse separado de su propia justicia en cuanto a la ley, ya que hubo alcanzado la justicia de Dios en la fe de Cristo (Filipenses 3:7-9).

    La salvación de un pecador transforma su corazón, como un fruto inmediato de su regeneración. ¿No es esa la conversión? Hubo un arrepentimiento (una metanoia) que supone una mente transformada: ya Dios cobra vigencia como Ser Soberano, en tanto la criatura humana no es más que barro en manos del Alfarero. Dios nos da el don de la fe, entre tantas cosas propias de la gracia. El falso dios en quien habíamos creído se desvanece, para dar paso forzado al conocimiento conforme a la sabiduría de Dios. Existe un celo de acuerdo con la ciencia, así como hay un celo que no es conforme a ciencia (Romanos 10:1-4).

    Ciencia es conocimiento, por lo cual Isaías dijo que por el conocimiento del siervo justo éste salvaría a muchos (Isaías 53:11). Algunos judíos manifestaron celo enorme por el Dios de las Escrituras, pero olvidaron la ciencia (ese conocimiento del que hablaba el profeta Isaías). Pablo escribe en Romanos 10 que siente dolor por esos parientes según la carne, que conocen mucho de las Escrituras y poseen un gran celo por ese Dios revelado, pero que carecen de conocimiento.

    El Dios-hombre Mediador viene a ser una piedra de tropiezo para no pocas personas. Ese Jesús hizo todo en la cruz, salvó actual y eficazmente a todo su pueblo de sus pecados, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). No rogó por el mundo que no vino a salvar (Juan 17:9), así que mantuvo su doctrina por siempre (Ninguno puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trajere. Todo lo que el Padre me da viene a mí, y yo no lo echo fuera: Juan 6: 44 y 37). De esta manera afirmamos que la oveja que sigue al buen pastor no se irá jamás tras el extraño, como afirmara Jesucristo (Juan 10:1-5). Por lo tanto, ya no será posible creer que Jesús murió por todo el mundo, sin excepción.

    Jesucristo establece la diferencia entre cielo e infierno; su trabajo eficaz hizo viable y real la salvación actual de todo su pueblo. Por supuesto, la predicación del evangelio cumple varios propósitos, siendo el principal de ellos el de alcanzar esas ovejas por medio de la palabra de vida. Al mismo tiempo, esa predicación genera mayor condenación en los que rechazan el evangelio de Cristo. Pero entonces, ¿por qué Dios condena a Esaú? ¿Por qué condena a los que antes endureció para que no crean? ¿Por qué predicamos a los que han sido destinados a tropezar en la roca que es Cristo? (1 Pedro 2:8).

    La Biblia ha dado la respuesta y nos dijo que no nos compete contender con el Creador. Él tiene autonomía para hacer con la misma masa de barro un vaso para honra y otro para deshonra. Este asunto generó al principio un gran dolor en el apóstol Pablo, pero por igual nos soltó el contenido de su revelación y llegamos a aceptar esa doctrina de Jesucristo que es conforme al resto de las Escrituras. Los que siguen con comezón en el alma, con el escozor por razón de su vano libre albedrío, tienen problemas para conciliar la paz con el Eterno. Algo parecido les ocurrió a aquellos judíos referidos por Pablo, los cuales tenían un gran celo por Dios pero no conforme a ciencia.

    Ellos mezclaban gracia con obras o tal vez obras con gracia, pero de nada les servía. Escaparon del conocimiento del siervo justo del que hablara Isaías. Prefirieron seguir aferrados a la tradición de su religión aprendida, considerando ese otro conocimiento como de valor no rechazable. Pablo, al contrario, consideró como pérdida todo lo aprendido bajo los pies de Gamaliel, todo el error conceptual que el judaísmo mal aprendido enseñara sobre el Mesías. Israel esperaba un libertador del yugo político al cual estaban sometidos, pero les llegó Jesucristo que hablaba del valor del alma más que del mundo. El pragmatismo religioso judío repudiaba tales enseñanzas, así que terminaron crucificando al Señor valiéndose de la ayuda del imperio romano.

    El verdadero creyente se arrepiente en la conversión, deja a un lado su creencia errónea que no es conforme a ciencia. Abandona el celo por Dios que subyace solo en su práctica religiosa equivocada; ahora conoce que aquellas cosas creídas estuvieron erradas. De lo contrario, hubiese seguido en su viejo camino. Después de la regeneración no se puede continuar con la vieja creencia errónea del falso evangelio. El evangelio anatema o maldito es todo aquel conocimiento falaz en cuanto a la doctrina de Cristo. Si alguien dice creer pero se molesta por las palabras de Jesucristo, ya que chocan con lo que supone debería ser Dios, entonces está dando fruto digno de perdición.

    El celo moral y religioso de nada sirve si viene acompañado de falsa doctrina. Allí no hay ciencia o conocimiento, allí no reposa el conocimiento del siervo justo. Fijémonos que el Señor habló de manada pequeña, de los pocos escogidos, de que él es quien elige. Dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo ordena; habló en parábolas para que no lo comprendieran totalmente quienes no deben comprenderlo. La Escritura habla con creces de la soberanía de Dios, del endurecimiento que realizó sobre el corazón del Faraón, de cómo se lo dijo a Moisés antes de que ocurriese. Dice ella que el corazón del rey está en las manos de Jehová, a todo lo que quiere lo inclina (Proverbios 21:1).

    Sabemos que la salvación condicionada en cualquier actividad del pecador es considerada como pérdida y sin conocimiento. El hombre murió en delitos y pecados, no hay justo ni aún uno, no hay quien busque al verdadero Dios. El hombre natural tiene como locura las cosas del Espíritu de Dios, no puede discernirlas. De manera que si alguien supone que su capacidad intelectual, su astucia o su humildad hicieron posible aceptar a Cristo, está dando muestras de que no conoce el evangelio. Es el Espíritu el que hace nacer de nuevo, no por voluntad de varón sino de Dios. Pero Él no hace nacer de nuevo a todo el mundo, sino solamente a los elegidos del Padre. Lo hace, por supuesto, por medio de la predicación del evangelio.

    La justicia de Dios revelada en el evangelio, de acuerdo a Romanos 1:17, consiste en conocer que Dios es justo y quien justifica al impío, por medio de Cristo como su justicia (Romanos 3:21-26). Si no tenemos tal conocimiento estableceremos nuestra propia justicia, la de las obras buenas que podamos hacer. Eso es idolatría, sería una religión antropocéntrica que coloca a Dios como si fuera el genio de la botella. Ignorar esa justicia de Dios y su soberanía absoluta, implicaría asumir que algo en nosotros mismos hemos hecho como prerrequisito para obtener la justicia de Dios. Sería un celo sin conocimiento.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • CELOS POR DIOS

    El creyente debe seguir los principios de adoración que las Escrituras han señalado. En ellas encontramos que la palabra de Dios es la única autorizada para regir la alabanza del pueblo de Dios. Descuidar ese principio puede traer graves consecuencias, como se las trajo a los hijos de Aarón con su exhibición de fuego extraño (Levítico 10:1-3). Nosotros no necesitamos cruces ni palomas, ni esculturas o dibujos, nada alusivo al físico del Señor Jesucristo. Además, si no hubo retrato suyo en su época es porque el Padre sabe el daño que haría el adorarlo a través de figuras.

    Es sabido que Jesús fue llamado de Nazaret, pero él no fue nazareo. No hizo voto de nazareo, como para no tocar muertos, no beber licor o no raparse el cabello. Es decir, Jesús no puede presumirse de pelo largo como si hubiese hecho un voto de dedicación nazarea (como fue el caso de Sansón). Por otro lado, de acuerdo al Nuevo Testamento, a Pablo se le apareció Jesús. Más adelante, en una de sus cartas, el apóstol habla de la honra del pelo corto en los hombres, como el del pelo largo en las mujeres. Si hubiese visto a un Jesús con el cabello largo, no se hubiese atrevido a afirmar lo que sostuvo en esa carta en referencia a la forma de llevar la cabellera el hombre creyente.

    Bien, esto sirva para que se entienda la futilidad de recordar imágenes que tienen el sentido de distorsionar el punto de la adoración. ¿Por qué razón celebrar días santos? ¿Acaso hemos de festejar el cumpleaños de Jesucristo? ¿No cuelgan en el árbol navideño unas bolas que son reflejo de lo que se hizo primeramente, al colgar los testículos de diversos animales e incluso de personas, como señal de fertilidad del siempre verde árbol? Pero se ven tan agradables en la iglesia o en la casa, en los comercios que invitan al consumo, que se pasa por alto tan nefasta costumbre antigua.

    Dios no cambia, así que sigue siendo el mismo de siempre. Lo que ordenó como alabanza debe continuar, así como lo dice el Nuevo Testamento también: con salmos, con himnos y con cánticos espirituales. Hemos de andar cantando y alabando al Señor en nuestros corazones (Efesios 5:19). Estos salmos, himnos y cánticos espirituales demostrarán la llenura del Espíritu Santo en nuestra vida de santidad.

    Ahora apareció el team de alabanza, el grupo de los cantores de la iglesia que imitan a los de Miami, con baterías y guitarras eléctricas, con equipos de sonido que retumban en los pequeños locales, sobre quienes descansa la tarea de la adoración. Los demás van a oír y ver lo bien que tocan o cantan, apenas levantando una mano al estilo de las tele-iglesias. Sin embargo, el evangelio sigue siendo el mismo: La buena noticia de salvación condicionada en la sangre expiatoria de Jesucristo, así como en la imputación de su justicia en aquellos a quienes él representó en la cruz. El Señor lo dijo en su oración intercesora: No ruego por el mundo (Juan 17:9), ¿cómo podía morir por el mundo por el cual no rogó la noche previa a ir a la cruz? El Señor vino a salvar a todo su pueblo de todos sus pecados (Mateo 1:21).

    Aquellos que aseguran que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, y que el pecador tiene que hacer su parte para que Dios lo salve, están indicando que no se rigen por el principio regulativo del evangelio. Sabemos que el mundo de la cruz es locura para los que se pierden, pero para los creyentes es el poder de Dios. Dios destruye la sabiduría de los sabios, y desecha el entendimiento de los entendidos. En la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, por cuya razón agradó a Dios salvar a los creyentes por medio de la locura de la predicación (1 Corintios 1:18-21).

    La sabiduría humana no puede comprender las cosas del Espíritu de Dios, mucho menos tiene la capacidad de la alabanza debida. Por lo tanto, Dios ha indicado cómo adorarlo, pidiendo que se haga en espíritu y en verdad. La doctrina del evangelio no la puede recibir el sabio o el educado, sino que a través de todas las edades ha sido reprochada. Hoy día no es diferente, ya que la doctrina de Cristo se silencia y la gente aprende a saltarse escrituras en las congregaciones para no crear separación en los grupos.

    Esa doctrina despreciada ha venido a ser alimento y bebida para el alma que Dios ha señalado como aquella que redimirá. Pero ese alimento y esa bebida se sirven mediante la locura de la predicación del evangelio. ¿Por qué una locura? Porque Dios ya sabe a quién ha elegido para salvación y a quién ha señalado para perdición (Jacob y Esaú, en Romanos 9, son un claro ejemplo). Entonces, ¿para qué predicar? Porque en tal sentido parece una locura de Dios ordenada a sus siervos, pero por medio de esa supuesta insensatez la sabiduría de Dios, que es Cristo, viene a cada persona que habrá de oír esa palabra de fe y que dará fruto a su tiempo.

    A los que cavilan les digo lo que sigue a continuación: Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres (1 Corintios 1:25). La humanidad se ha perdido en delitos y pecados, camina hacia perdición final, por causa de su pecado. El Padre ha escogido a algunos para salvación, a los cuales el Hijo ha redimido en la cruz, en tanto el Espíritu los santifica haciéndolos primero nacer de nuevo.

    Los que perecen rechazan el verdadero evangelio, siguen al príncipe de este mundo, juzgan como locura la palabra divina. Para ellos el evangelio permanece escondido, estando cegados por Satanás. En medio de semejante locura teológica, para nosotros el evangelio pasa a ser el poder de Dios. Los judíos piden señales, los griegos demandan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, una roca de caída para los judíos y una locura para los griegos o sabios. Dentro de los llamados, judíos y griegos, /judíos y gentiles/, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios. Nosotros caemos sobre la roca que es Cristo, pero ay de aquellos sobre quienes caiga esa roca.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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