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  • EXCELENCIA DEL TRABAJO DE CRISTO

    El trabajo de Cristo en la cruz generó la absoluta justificación de todos a cuantos representó. No fue un trabajo potencial, como afirman muchos que manifiestan un evangelio antropocéntrico; más bien fue un trabajo actual y eficaz, como asegura la Biblia. En Mateo 1:21 tenemos una declaración efectiva para asumir la excelencia del trabajo de Jesucristo. El ángel le dice a José en su visión que debería colocarle el nombre Jesús al niño por nacer, ya que él salvaría a su pueblo de sus pecados. El significado del vocablo Jesús es Jehová salva.

    Fijémonos que no dijo que salvaría al mundo, o a todo el mundo, sin excepción, sino solamente a su pueblo. Ese pueblo está conformado por todos los creyentes en su fe, los cuales nos son engendrados por voluntad de carne ni de varón, sino de Dios. Dado que toda la humanidad murió en sus delitos y pecados, que no hay justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), se entiende que el ser humano posee una incapacidad natural para acercarse o desear a Dios. Él sigue siendo sin atractivo para el alma natural y caída, por lo cual se hace imperativo el nuevo nacimiento que da solamente el Espíritu Santo. Él sopla de donde quiere.

    Recordemos por igual lo que nos dice la Carta a los Romanos, que Dios endurece a quien quiere endurecer pero tiene misericordia de quien quiere tenerla. En tal sentido, se nos ha dicho que Jacob fue amado sin mérito alguno en él, pero que Esaú fue condenado sin miramiento en sus obras (Romanos 9:11-13). Dios el Padre imputó los pecados del pueblo elegido (desde antes de la fundación del mundo: Efesios 1) a Jesucristo, su Hijo, dándonos a cambio la justicia derivada de él (2 Corintios 5:17; 1 Pedro 3:18).

    La inocencia de Cristo significa que él fue el Cordero sin mancha, la ofrenda eficaz por el pecado de todo su pueblo. Pese a que nosotros seguimos pecando fuimos declarados justos en Jesucristo; la Biblia nos advierte que no pequemos más, ya que Dios a quien ama castiga, y azota a todo el que tiene por hijo. Así que si pecamos, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo (1 Juan 1:7-9). Y él (Jesucristo) es fiel y justo para perdonarnos. Asimismo, Esteban, el diácono que se convirtió en un mártir, vio los cielos abiertos y al Hijo de Dios, por lo cual luego pudo exclamar: Señor (referido a Jesús), no les tomes en cuenta este pecado (Hechos 7:59-60).

    Nosotros no nos vamos tras la locura del pecado (Salmos 85:10), sino que Dios nos dio vida juntamente con Cristo, perdonándonos todos los pecados (Colosenses 2:13). No dice que nos perdonó algunos pecados, sino todos los pecados. Por eso es que estando ya justificados en su sangre, seremos salvos de la ira por Jesucristo (Romanos 5:9). Preguntamos: ¿Quién es el que condenará? Si Cristo es quien murió, el que resucitó, el que está a la diestra de Dios, el que intercede por nosotros, ¿Quién es el que nos separará del amor de Dios? Nada ni nadie nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:34-39).

    Dios no demanda doble pago por el pecado, ya que habiendo su Hijo pagado todos los pecados de su pueblo su pueblo será salvo en el día del poder de Dios. Ya Jesucristo sufrió por nuestras faltas, así que nosotros le debemos a él todo lo que somos. Si tratamos de matar las obras de la carne en nosotros, si tratamos de alejarnos de los rudimentos del mundo, lo hacemos bajo su voluntad y por el afecto que nos genera. Nunca lo hacemos para ganar su afecto o para recibir su perdón, ya que por gracia hemos sido salvos y no por obras. Pero la santidad es el camino a seguir una vez que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz. Antes, cuando andábamos bajo la influencia del príncipe de este mundo, éramos incapaces de comprender las cosas del Espíritu de Dios, y nos parecía una locura.

    Esa incapacidad nos fue quitada por la gracia divina y de esa manera llegamos a creer. Dios nos habilitó por medio de su palabra y por la actividad de su Espíritu, así que no hubo obra nuestra que fuese eficaz para conseguir esta dádiva y este don perfecto. El Señor Jesús cumplió toda la ley divina, de manera que su perfección lo convirtió en la justicia de Dios y por ende en la pascua de todo su pueblo que vino a redimir. Jesús destruyó al que tenía el imperio de la muerte (al diablo), para librarnos a todos los que por el temor de la muerte estuvimos durante toda la vida sujetos a servidumbre (Hebreos 2:14-15).

    Decir que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, pero que su muerte es eficaz solamente en los que creen, significa que la diferencia entre cielo e infierno subyace en nosotros mismos. Implica una salvación por la obra de creer, de levantar una mano, de ser más listo que otro, de comprender lo que nos parecía locura mientras a otros les sigue pareciendo locura porque no pueden comprender. Implicaría que nos atribuyamos la capacidad de comprensión sobre las cosas del Espíritu de Dios. Eso negaría las Escrituras.

    En cambio, asegurar que el trabajo eficaz de Jesucristo consiste en el perdón actual y no potencial de todos los pecados de su pueblo, implica que él aplacó la ira de Dios por medio de su muerte satisfactoria. Aquel cordero que Abraham vio trabado en un zarzal es el símbolo del Hijo de Dios que habría de morir por nuestros pecados. Ese Jesús es la Simiente prometida cuando se dijo: En Isaac te será llamada descendencia (simiente). No habla de muchas semillas, sino de Cristo. Por eso se escribió: Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado (Salmos 32:1).

    Se ha escrito que fuimos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús (Romanos 3:24). No tenemos de qué jactarnos sino de la cruz de Cristo, ya que fuimos salvados por la ley de la fe de Jesús. Esa fe es también un regalo de Dios (Efesios 2:8), no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2) y sin fe resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). La sangre sería una señal para el pueblo de Dios, sobre las casas en que estaba colocada. Dios vería la sangre y pasaría por alto el castigo, de manera que la plaga enviada no destruyera lo que es de Dios (esto aconteció en Egipto, con el Israel que Dios rescató, como un inicio de la pascua: Éxodo 12:13).

    Aquella sangre del cordero tipificaba la sangre de Jesucristo en la cruz, lo cual hace que Dios pase su castigo por encima de nosotros que ya fuimos redimidos por su sangre. La sangre no se colocó en todas las casas, lo cual dejó a Egipto (símbolo del mundo en la Biblia) por fuera de la redención. Asimismo, Jesús en la noche previa a su sacrificio, cuando estaba en el huerto de Getsemaní, oró al Padre diciéndole que no rogaba por el mundo (Juan 17:9). El trabajo de Jesús fue eficaz y por esa razón vio el fruto de la labor de su alma (Isaías 53:11), y quedó satisfecho.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • ¿QUIÉN ES COMO TÚ, OH JEHOVÁ? (ÉXODO 15:11)

    La perfección de la naturaleza divina obliga a esa pregunta, por sus bendiciones y bondades, por la obra de sus manos. Ciertamente, los cielos cuentan la gloria de Dios, así como el firmamento anuncia la obra de sus manos. Hablamos de la excelencia del poder de Dios, demostrado en la salvación de su gente; esa redención que se propuso alcanzar por medio del Hijo, en un sacrificio perfecto anunciado desde antes a través de los altares donde se esparcía la sangre de animales. Ahora, venido el tiempo, un sacrificio perfecto nos convenía, bajo el mismo Cordero como Sumo Sacerdote.

    Al mismo tiempo, ese poder divino se manifiesta en la ruina de sus enemigos. Son los mismos enemigos de su pueblo escogido, de forma que podemos decir que la maldición de Jehová también resulta perfecta. La bendición se dice perfectísima, pero el castigo ejemplar sobre los impíos constituye un motivo de alabanza. Los paganos llaman dioses a lo que ellos conciben como divinidad, pero cada uno de ellos es magnificado por supuestos atributos; las Escrituras hablan de la vanidad de los ídolos, los cuales tienen pies pero no caminan, ojos que no ven y manos que no palpan. Semejantes a esos dioses son los que los hacen y los que los adoran.

    La pregunta en el Éxodo continúa: ¿Quién como tú, magnífico en santidad? Dios es un hacedor de prodigios pero terrible en sus hazañas maravillosas. Por su voluntad la tierra se abre y traga a los enemigos, por su misericordia su pueblo es conducido en medio del peligro para ser guiado a la santa morada del Altísimo. El enemigo se acobardará, lo acogerá el temblor y espanto, será enmudecido como la piedra que ni oye ni habla. El Faraón entró cabalgando con sus carros y su gente de a caballo en el mar, pero Jehová hizo volver las aguas marinas sobre ellos; recordemos que los hijos de Israel pasaron en seco por medio del mar.

    Bendecimos al Señor por las excelencias que le acompañan como parte de su naturaleza, pero también por las bendiciones que recibimos a diario. Se ha prometido gloria y felicidad a quienes buscan la inmortalidad que ofrece su redención. Las plagas sobre Egipto fueron terribles, así como la destrucción del Faraón y sus huestes, una noticia terrible del Mar Rojo (Salmos 106: 22). Esto puede ser visto como una materia de alabanza para Israel, pero como un gran terror de temer para sus enemigos. Jesús abolió el pecado y destruyó al que tenía el poder sobre la muerte, por lo cual ahora exclamamos junto a Pablo: ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? (1 Corintios 15: 55-57). El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Dios nos ha dado la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.

    Dios lo ha prometido: De la mano del Seol nos redimirá y nos librará de la muerte. Oh muerte, yo seré tu muerte; y seré tu destrucción, oh Seol; la compasión será escondida de mi vista (Oseas 13:14). Esto aconteció en tiempos del Mesías por medio de su sacrificio y por su trabajo alcanzado: llevó cautiva la cautividad (Efesios 4:8), habiendo resucitado y vencido la muerte, el postrer enemigo. La justicia de Cristo trajo paz para su pueblo, vida para sus ungidos, eternidad para volver hacia la casa del Padre. La cautividad espiritual tiene múltiples aristas, una de ellas pudiera bien ser la influencia de Satanás sobre la mente de muchas personas. Sepamos que Jesús lo venció en la cruz, que exhibió públicamente el error satánico, de manera que no caigamos más en su acecho teniendo por cierto lo que apenas pudiera ser una sugestión mental.

    En Colosenses 2:15 se nos dice que Jesucristo despojó a los poderes y principados, exhibiéndolos en forma pública, en un abierto triunfo en la cruz. Así que nadie nos juzgue en comida o en bebida, en cuanto a días de fiesta o días de reposo, todo lo cual no es más sino sombra de lo que había de venir. Tenemos que asirnos de la Cabeza (que es Cristo) como el cuerpo sujeto a ella, ya que hemos muerto a los rudimentos del mundo. El duro trato del cuerpo puede tener buena reputación en los que viven austeramente, pero carece de valor alguno contra los apetitos de la carne (Colosenses 2:23).

    La gente se acostumbra a los ritos y a las ceremonias de cada domingo, como si eso matara los apetitos de la carne. Hemos muerto a los rudimentos del mundo, pasando ahora a un estado de regeneración total. Pensemos siempre en la maravilla que Dios ha hecho en favor de todo su pueblo, de manera que podamos decir con Moisés: ¿Quién como tú, oh Jehová? Hemos sido liberados de Egipto, la metáfora del mundo, del sitio de esclavitud, del azote de Satanás y sus demonios. ¿Por qué hemos de extrañar los pepinos, las sandías, el resto de comidas que allí se dan a diario? El viejo pueblo de Israel quería regresar al sitio de sufrimiento porque anhelaba el olor de las cebollas y de los guisos, siempre quejumbroso ante Moisés y Aarón. Tenemos la Escritura para nuestro beneficio, para que aprovechemos la experiencia de los más fuertes que vencieron en el tránsito por el desierto, de los valerosos que entraron con Josué a la tierra prometida.

    Si Dios nos ha señalado como su pueblo, digámosle Dios nuestro; ¿quién en los cielos se igualará a Jehová? Dios temible en la gran congregación de los Santos, y formidable sobre todos cuantos están alrededor de él (Salmos 89:7). Multitudes de personas desfilan con sus ídolos, lo cargan porque ellos no pueden caminar, pero dicen que les conceden favores. Satanás y sus demonios están detrás de los ídolos que sostienen los paganos, eso dice la Biblia. La tierra sigue llena de idolatría, la gente que conoce algo del evangelio se postra ante el argumento de cantidad, bajo el pensamiento de que tanta gente no puede estar tan equivocada.

    Sin embargo, sobre millones cayó el diluvio y se los llevó a todos hacia la fosa, siendo pocos los escogidos. Siempre ha sido igual, seremos la manada pequeña, los escasos escogidos, porque el Padre así lo ha querido desde el principio. A Jacob amó pero odió a Esaú, aún antes de que hiciesen bien o mal (Romanos 9): ¿quién juzgará a Dios? Hemos de adorar al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, ordenan las Escrituras. Existe una infinita separación entre Dios y sus criaturas, algo tan grande que no podemos rellenar. Pero glorificamos su nombre porque Jesucristo nos amistó con el Padre y Él nos ha llamado hijos, herederos de su gracia y de sus dones, por cuya razón volvemos a santificar su nombre.

    Los idólatras se hicieron zanjas en sus cuerpos en el intento de que Baal respondiera, pero no fueron atendidos por esa ficción demoníaca. Nosotros tenemos al Dios que creemos hizo los cielos y la tierra, el Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien ha enviado a su Espíritu para que viva en cada corazón que ha creído y recibido al Señor. Por igual, sabemos que sin la operación de ese Espíritu nadie puede nacer de nuevo; ese nuevo nacimiento viene por voluntad exclusiva del Señor, así que ésta es la mejor obra que hayamos recibido como seres humanos. Somos partícipes del segundo Adán.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • EL LOGOS ANTIGUO

    Jesucristo fue descrito como el Logos que ha existido desde el principio, la razón pura y la lógica suprema de todo cuanto existe. Por él fueron creadas todas las cosas, y sin él nada de lo que existe sería. Por igual, en el desierto, Dios hizo caer el maná del cielo, un pan especial que servía de alimento al pueblo hambriento. Ese maná escondido de Dios, que aparece contrapuesto a las cosas sacrificadas a los ídolos, fue el suministro para el viejo pueblo de Israel en su caminata sobre la tierra árida.

    Pan del cielo, dijo Cristo, el verdadero maná que vino primero como metáfora de lo que ocurriría después. Algunos rabinos hablaban del último Redentor (pues el primero fue Moisés), el cual aparecería como el maná del cielo. Bien, Jesús dijo de sí mismo que él era el verdadero pan de vida (Juan 6:32). No fue Moisés quien dio el pan del cielo, sino Jehová el Padre es quien da el verdadero pan del cielo. Es decir, Jesucristo como Logos es el verdadero Maná caído del cielo. Su palabra nos alimenta, como maná escondido (Apocalipsis 2:17); está escondido porque el mundo no puede verlo, porque ese alimento especial viene como una exclusividad para el pueblo escogido de Dios.

    La Biblia puede ser un libro público, con múltiples impresiones a través de los siglos, pero aunque muchos la lean y la estudien solamente pasa a ser maná del cielo para aquellos que participan de la fe de Cristo. Esa fe que se muestra exclusiva para los que el Padre llama, de allí que el Señor le haya dicho a Juan en su Revelación que él daría el maná escondido al que venciere. Ese Logos antiguo siempre ha existido, pero no todos participan de él. Una vez que se predica la palabra, quien la oye y quien la haya aprendido demostrará que ha sido enseñado por el Padre (Juan 6:45). La demostración se evidencia por el conocimiento de la palabra sembrada en tierra abonada por el Padre, como lo anuncia la parábola del sembrador.

    El maná escondido pasa como el alimento del justo, viene como el Evangelio que solamente el pueblo de Dios puede entender. El alma que ha sido resucitada podrá valorar ese maná escondido o reservado para ella, con la presencia del Espíritu Santo habitando su vida. No hay presencia de ese Espíritu Divino sin mediación de la palabra o Logos. De igual manera, no hay palabra que pueda ser comprendida sin la operación del nuevo nacimiento ejecutado por el Espíritu Santo.

    Curiosamente, aquellos israelitas se quejaron de que solamente tenían maná del cielo para comer. Por esa razón Dios les envió codornices como castigo por cuanto los israelitas murmuraron y desearon haber muerto en Egipto donde comían carne. Jehová les envió tantas codornices como castigo que causó la muerte de muchos, quedando una especie de cementerio con el nombre de tumbas del apetito (Números 11:18-34). Esto hizo Jehová para que el pueblo aborreciera esa comida y hasta se les saliera por sus narices, como castigo por la queja continua que tuvieron contra Moisés y contra el Señor.

    La ilustración derivada de ese relato nos viene como un útil de armonía espiritual. Hay gente que no se sacia con la palabra de Dios, con el maná del cielo que es Jesucristo. Esas personas que poseen tal espíritu insaciable necesitan probar el alimento del mundo, se la pasan recordando lo que tuvieron en Egipto (una metáfora del mundo hostil y de la esclavitud al pecado). Dios les da la medicina adecuada, hasta que saciados algunos perecen, si bien otros aprenden del castigo y se enderezan.

    La abundancia de comida en Egipto vino acompañada de esclavitud, de trabajo serio y continuo de la población sometida al Faraón. En el mundo podemos tener riquezas (la abundancia del pan) pero siempre seremos esclavos del pecado, de la vanagloria de la vida y de los deseos de los ojos. Recordemos siempre de dónde nos sacó Jehová, por dónde nos ha traído, para que no nos volvamos quejumbrosos entregados al anhelo de volver a la necedad del pecado. El mundo no puede amarnos, porque el mundo ama lo suyo; a nosotros nos odia, como odiaron al Señor.

    La práctica de la iglesia naciente de entregar a Satanás a aquellos hermanos que se volvían al pecado, pudiera ser una ilustración de lo que decimos. El hecho de ser agobiados por el pecado repetido viene como un azote del diablo contra los hijos desobedientes. Aquel hermano de Corinto sufrió amargamente, hasta que Pablo pidió tener misericordia de él y que fuera reincorporado a la iglesia. Cuando no se discierne el contenido de la palabra (el maná del cielo), se puede causar malestares en muchas personas del cuerpo de Cristo. Eso sucedía con la cena del Señor tomada indignamente (sin comprender su significado), pues comían de esa manera juicio para ellos mismos.

    Jesús como pan de vida se nos presenta para saciarnos de su palabra, ya que él es el Logos (Juan 1); el que a él va nunca tendrá hambre, y el que en él cree no tendrá sed jamás (Juan 6:35). Cristo da vida a los mortales pecadores, como verdadero pan da vida a todo aquel que lo coma. Acá está la metáfora de nuevo, ya que no es el pan físico de la cena del Señor el que da vida, sino la palabra como Logos que él representa. Precisamente, él lo aclaró: no solo de pan (físico, de harina) vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (Mateo 4:4; Deuteronomio 8:3). Esta enseñanza aclara que nuestra confianza no debe apoyarse en nuestra provisión sino en Dios y su palabra.

    La palabra de Dios conocida debe guardarse con nuestra comprensión y obediencia. El que no obedece a Dios es castigado (porque Dios azota y castiga a todo aquel que tiene por hijo). Ha sido un privilegio el que hayamos comprendido la palabra divina, el que hayamos sido invitados a participar de la adopción hecha por el Padre; por esa razón el privilegio contrae deberes y la obediencia viene como lo primero que el alma debe hacer: sujetarse al Señor. Difícil nos resulta con el atractivo del mundo, ya que hemos vivido para él, hemos sido formados en sus esquemas, bajo la idolatría propia del hombre como centro de todas las cosas.

    Pero si aprendemos a vivir del Logos como el pan del cielo dado a su pueblo, iremos descubriendo las delicias del cuidado divino, de la comida celestial que como diaria provisión se ha de tener. El maná no se podía guardar para otro día, excepto en la previsión del día de reposo. De la misma manera no podemos acumular el servicio a Dios para el día siguiente, sino que un día a la vez vamos nutriéndonos de la palabra y de la fe que por medio de la oración cultivamos. Quiero decir que aunque oremos hoy por el mañana, en ese día que viene seguiremos orando; lo que hicimos ayer quedó atrás, cada día trae su propia actividad de piedad por realizar.

    Si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos (Romanos 14:8). Feliz aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Feliz el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). El perdón significa la remoción de la culpa y del pecado, así como de su castigo. Nuestro pecado fue transferido al Señor en la cruz, pero a cambio obtuvimos su justicia eterna. Bajo esa seguridad judicial habitamos todos los que hemos sido llamados de las tinieblas a la luz; bajo ese Logos eterno estamos cobijados todos los que el Padre eligió y ha llamado oportunamente.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL MANA O EL PAN DE VIDA

    Los milagros de la Biblia muestran el ejercicio de la voluntad divina en plena operación, así como también la mirada de esperanza del hombre en la operatividad de su Creador.  Un paralítico tiene muchos años sin poder andar, espera el evento anual del movimiento de las aguas por parte de un ángel del cielo, pero no tiene opción por cuanto otros enfermos se prefieren a sí mismos y le dejan abandonado;  nadie en su sano juicio iba a perder esa opción de lanzarse al estanque de Betesda para encontrar su salud, por lo cual ese paralítico solitario no tenía quien le ayudara a sumergirse en el estanque. Es obvio que si había llegado hasta las inmediaciones de la piscina de la salud había sido con la ayuda de algunos amigos o de algunos familiares cercanos, pero la gente no tenía ni la fe que él poseía, ni la paciencia para encargarse del trabajo que implicaba meter a una piscina a persona que había perdido el movimiento de su cuerpo, en una competencia entre enfermos menos defectuosos. Se necesitaba amor, cariño, afecto, paciencia y fe, mucha fe.  La fe necesaria para mover la voluntad de ayuda a nuestro prójimo.

    Jesús sabía que ese paralítico aguardaba por un milagro y se acercó hasta él, conversando, hablándole, haciendo la pregunta de rigor: ¿Quieres ser sano? Para una mente apurada esta interrogante suena redundante, innecesaria, casi irónica; pero el Hijo de Dios quiso enseñarnos por medio de esa inquisición que nosotros debemos ser específicos en nuestras oraciones, en nuestras conversaciones con Él. A veces pedimos bendiciones, pero no decimos qué tipo de bendición queremos.  Eso no implica que no la recibamos, sino que no las discernimos una vez recibidas.  Mucha más alegría tiene el alma cuando se entera de que aquello por lo cual oró fervientemente lo ha recibido de manera particular. 

    Es indudable que la petición específica no puede ser el producto de un capricho humano, como si pretendiéramos manipular la voluntad del Padre con los deseos intrascendentes de nuestros corazones.   La oración específica tiene que girar en torno a la voluntad suprema de un Dios que todo lo ha previsto, que se complace en perdonar, que se pasea por el estanque de las aguas del milagro, que nos pregunta si realmente queremos aquello por lo que estamos pidiendo.  ¿Qué quieres que te haga?, preguntó Jesús una vez a un ciego.  Quiero que me abras los ojos, le respondió el ciego.  Sin embargo,  podemos agradecer que no a todas nuestras específicas peticiones Jesús haya respondido conforme a nuestra voluntad, pues si tal fuera el caso estaríamos metidos ahora en problemas más profundos de los que estamos.  En ocasiones añoramos un cambio específico en nuestras vidas o en nuestras circunstancias, pero ese cambio no llega.  Sufrimos porque creemos que no somos oídos, que Jesús ha dejado de amarnos, que nuestros pecados nos han alcanzado.  Pasa el tiempo y al vernos en unas circunstancias diferentes por las que hemos pedido, encontramos que el Señor tenía razón al no respondernos aquellas peticiones. Por eso la pregunta hecha al paralítico y al ciego, con aparente redundancia, cobra vigencia en nuestras vidas y en medio de nuestras necesidades. ¿Qué quieres que te haga? ¿Quieres ser sano? Equivale a que se nos diga: ¿realmente deseas, necesitas, te conviene aquello que me estás pidiendo?  No importa nuestra premura, el Señor siempre se dará su tiempo para charlar con nosotros y hacernos entender si aquello por lo que pedimos realmente nos conviene. Cuando el mar embravecido se levantaba contra la barca, el Señor dormía.  ¡Maestro, despierta que perecemos!, le gritaron sus discípulos, pero el Señor antes de reprender a las aguas les reclamó a ellos preguntándoles por qué temían tanto, y por qué tenían tan poca fe. 

    Claro que el Señor va a responder en medio de las circunstancias del embravecido mar, calmando los vientos y las aguas, haciendo grande bonanza, pero antes de que eso suceda Él volverá a conversar con nosotros y nos va a hacer que miremos a lo más profundo de nuestro corazón,  para que conozcamos cuáles son nuestras carencias y temores.  En medio de su charla, el mar seguirá agitado, si bien nosotros escuchamos su voz y el rugido del mar queda en segundo plano. Ahora ere ruido ya no interesa tanto, sólo su voz que habla a nuestra conciencia, recordándonos que somos  hombres de poca fe.  La fe es un ideal, una meta muy elevada, hacia la cual vamos escalando día a día.  Mientras más fe tengamos, nuevos problemas aparecerán que le forjarán su robustez.  La fe es no solamente un instrumento de lucha, sino una meta bastante elevada. La fe no es un objeto tangible sino la gran confianza que podamos depositar en la bondad eterna de Dios.  Es la seguridad de que Él va a responder en el momento oportuno, haciendo grande bonanza en derredor nuestro.  Los creyentes estamos llamados a ser héroes en medio de la jauría del mundo, así como lo fueron todos aquellos de la galería de la fe, presentados en Hebreos. El heroísmo de Moisés, de Elías, de Gedeón, de David, de tantos otros personajes bíblicos, se yergue como un paradigma de motivación y confianza. Tenemos luchas similares a las de Josué, a las de Sansón, a las de Abraham, a las de Pedro y Juan.  Hemos de hacer un recorrido donde se vindique nuestro potencial de fe, por medio de las pruebas glorificantes que nos conducen a la ciudad celestial.  No es de todos la fe, pero la fe es un don (un regalo) de Dios, pues es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.

    Acercarse a Dios presupone un ejercicio de abstracción muy fuerte.  La razón básica estriba en que no le vemos cara a cara, como vemos a un vecino nuestro.  Por eso el autor del libro bíblico nos recuerda que es necesario creer que le hay. Aunque suene contradictorio está expresado de esa forma; si nos acercamos a Dios es porque suponemos que Él existe, pero se nos dice que esa suposición no basta, pues hay que creer que es real. La razón por la cual se nos hace esa proposición es porque no le vemos físicamente, entonces nuestro ejercicio o esfuerzo es mucho mayor. ¿Estás ahí, Señor?, pareciera ser la pregunta que hace nuestra alma en medio de la tempestad del mundo.  Ese es nuestro primer acto de fe, creer que Él nos oye, que está allí mismo, escuchando nuestra voz.  Ah, pero en todos los relatos bíblicos se nos muestra que la oración no es un monólogo. Si tenemos la urgencia de hablar con Dios, sepamos que Él también desea hablarnos.  En ese hablar nos preguntará una y otra vez acerca de lo que queremos, de si realmente lo consideramos necesario.  Una vez iniciado el diálogo, el Espíritu Santo nos guiará en los trámites del discurso, cuando interpreta la mente de Dios –pues Él la conoce muy bien- para traernos su palabra.

    En medio del complicado mundo vamos aprendiendo obediencia y temor reverente.  Al mismo tiempo, nos entrenamos en el campo de la fe, pues sin fe es imposible agradar a Dios.  De manera que no es cuestión de ponerle fe a las cosas, o de dar saltos al vacío, lo cual resulta nulo por sí mismo. No pensemos que nos vamos a lanzar desde un edificio bien alto y en ese salto al vacío vendrá un ángel del cielo a impedir que nos hagamos daño.  El punto radica en que la fe la da Dios, pues es un don de Dios, una dádiva; pero esa fe que nos es dada viene en un paquete completo, con los elementos necesarios para crecer, para robustecerse, para inflarse. Esos elementos son las luchas y pruebas en que andamos a diario, como participantes del ejercicio de la confianza en Dios. En medio de esas tormentas somos llamados a confiar en un Dios que parece dormido, como Cristo en la barca, pero que está consciente del peligro que acecha y nos reclama la fe para reprender las tempestades levantadas en el mar. 

    En ocasiones esos mares están solo en nuestra mente; otras veces son redimensiones de una realidad tangible, pero siempre aparecen como problemas que tienen solución. Recordemos que se nos dijo que no se nos dejará ser probados más de lo que podamos resistir, y que juntamente con la prueba (o la tentación) nos dará la salida.  Tenemos la decisión de ser felices en medio de las circunstancias de la vida: para eso se necesita valor, confianza en quien sujeta nuestra mano, la esperanza del paralítico de Betesda, quien esperaba que una mano misericordiosa le ayudara a entrar al estanque. 

    El Padre proveyó un maná de vida, pan del cielo, como les fue dado a los israelitas en el desierto.  Ese maná, real provisión para aquellos hombres de la historia, era también una previsión de lo que acontecería.  Era el anuncio del verdadero pan del cielo, el pan de vida, como lo dijera Jesús.  Porque el pan de Dios es aquel que descendió del cielo y da vida al mundo. Son numerosas las promesas estampadas en la Biblia, pero para que se hagan realidad en nuestras vidas es necesario creerle a Dios en lo que refiere a Jesucristo.  El círculo se estrecha, como Jesús dijera: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero. Antes había dicho: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mi viene, no le echo fuera…Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero.

    La consecuencia inmediata cuando Jesús dijo todas estas reflexiones acerca del pan de vida y de la voluntad del Padre, de que nadie podría ir a Cristo si el Padre no lo hubiere enviado, fue la molestia general en muchos de sus discípulos.  A la mayoría de ellos les pareció dura de oír esa palabra.  Por eso Jesús, que conocía lo que murmuraban, les preguntó si estaban ofendidos por lo que acababa de anunciar, referente a la voluntad del Padre en relación a quién podría ir a Jesucristo.  Jesús ratificó que las palabras que había hablado eran espíritu y eran vida; les recordó que había algunos de ellos que a pesar de haber participado del milagro de los panes y los peces no creían. Le habían seguido en parte por el alimento, en parte por lo espectacular del milagro, en parte por lo esperanzador de su palabra. Pero no querían que les hablara acerca de la predestinación. Ellos se querían sentir libres, con la libertad para seguirle o para rechazarle. Pero Jesús enfatizó en que ninguno podía ir a Él si el Padre no lo traía, si no era bajo la voluntad de Dios.

    Como Jesús sabía que algunos de ellos no creían les reiteró: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.  Después de la intranquilidad inicial, Jesús les ratificaba la causa de la molestia, lo cual se convirtió en un enojo que hizo que desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él.  Jesús no se puso lastimero, ni mendigó un alma casi ganada, sino que desafiante dijo a los doce: ¿Queréis acaso iros también vosotros…No os he escogido yo a vosotros los doce, y uno de vosotros es diablo? (Hablaba de Judas Iscariote, el que le había de entregar: Juan 6).

    La claridad del Señor nos enseña que nosotros tenemos que estar conscientes de que fue por la voluntad del Padre, manifestada desde los siglos, que nos escogió para salvación.  El Cristo sanador, solamente sana al paralítico de Betesda y deja a muchos enfermos en su mala condición.  Lo sana un día sábado, para quebrantar la literalidad de la ley de Moisés, en la cual vivían los escribas y los fariseos que se habían olvidado del sentido o espíritu de la ley.  Sabemos que la letra mata, mas el Espíritu vivifica. La voluntad de Jesús que perdonó a una ramera y le dijo ni yo te condeno, vete y no peques más, contravenía la letra de la ley de Moisés que ordenaba apedrearla. Una voluntad que nos manda a amar a nuestros enemigos, bendecir a los que nos maldicen, hacer bien en lugar de mal.  Es la misma voluntad de un Señor que no miró las buenas obras –que eran ningunas- del ladrón en la cruz para perdonarlo, y para ofrecerle que ese mismo día estaría con Él en el Paraíso. Un Jesús que acaba con las supersticiones acerca de a dónde van las personas que mueren creyendo en Él. Con razón el apóstol Pablo exclamaba que para él el vivir era Cristo, pero el morir era ganancia, pues tenía el deseo de partir y estar con Cristo, lo cual era muchísimo mejor. Esteban también lo supo, cuando vio los cielos abiertos y al Hijo de Dios sentado a la diestra del Padre. 

    Muchas doctrinas extrañas circundan las iglesias; no les basta la ley y el testimonio, sino que quieren emociones, experiencias suprasensoriales y decretos de milagros. Se ha creado una estructura de gestos, de música, de sonidos que llaman angelicales, con el fin de crear la atmósfera para que se manifieste el Espíritu. La Biblia no nos conmina a nada de eso, dado que no se necesita crear atmósferas especiales para que se manifieste la presencia de Dios.  El Padre se manifiesta en quien Él quiere, sin el teatro que hace la gente. Esa actividad bastante dudosa que hacen los hombres para encontrar a Dios, la procuran para encontrar un Cristo a su medida. Ese no es el verdadero pan del cielo. El verdadero maná ha sido revelado en las Escrituras y no hay otro método sino la misma palabra de vida (Juan 6).

    La soberanía de Dios es un tema tratado sin restricciones en las Escrituras. Son las personas infiltradas en la Iglesia las que han tratado como tabú esa doctrina.  A ellos les parece dura de oír esa palabra. ¿Si Jesús le preguntó a aquel grupo de discípulos, ¿esto os ofende?, y al instante se fueron, ¿por qué nosotros vamos a torcer las Escrituras para que estos no se ofendan? El que tiene ofensa en esto tendrá que irse con el grupo de discípulos que prefirieron seguir su camino antes que creerle a Jesucristo.  A aquellos les pareció dura esa palabra que enseña que el Padre es el que escoge quiénes han de venir a Jesús: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.  A los ofendidos por esa palabra bíblica no les queda otro camino que irse y distanciarse de Jesús.  La iglesia no puede estar preocupada por los Judas o por los fariseos que buscaban adaptar la ley a su voluntad interpretativa.  Sigamos el ejemplo del Maestro, y digamos nosotros también con Él: ¿esto os ofende? ¿Queréis vosotros iros también? Al asumir la actitud mostrada por el Señor tendremos paz, pues bástale al discípulo ser como su maestro.

    César Paredes.

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  • EL MUNDO COMO REFERENCIA

    Con la entrada del cristianismo en la historia humana, el mundo se dibuja como la contraparte de lo que significa la divinidad. En la época del Antiguo Testamento Dios se había manifestado de diversas formas, pero de manera exclusiva con la revelación a sus profetas. Estos escritores bíblicos estuvieron centrados en el Israel como nación, ese pueblo escogido para ser abanderado con el conocimiento del Altísimo. La tendencia humana condujo a aquella nación al engreimiento, creyéndose los únicos escogidos del planeta.

    Con la llegada del Mesías prometido, Israel lo rechazó. La interpretación de Cristo ante el maestro de la ley llamado Nicodemo, nos abrió la perspectiva a nosotros los del mundo gentil. Ahora acontecía endurecimiento en parte para con Israel, a fin de que nosotros (las demás gentes del planeta) fuésemos injertados en el tronco del olivo. Esa metáfora de Pablo nos alivia, al mismo tiempo nos advierte que no seamos engreídos y que no subestimemos a las ramas desgajadas. Pablo nos dice que ha acontecido endurecimiento en parte para con Israel, pero que esa gente sigue siendo amada por causa de los padres.

    Es decir, no debemos ser duros contra Israel, no debemos ensoberbecernos. Sin embargo, tenemos que ser conscientes de que aquellos que niegan a Cristo son declarados como anatemas. En otros términos, Dios se encarga de amar a Israel y nosotros debemos bendecir a ese pueblo, pero Dios se encarga de castigar a ese Israel endurecido. No nos toca a nosotros darles el castigo que Dios haya querido darles, sino que nos compete desearles bendición. Al mismo tiempo, como creyentes en Cristo, sabemos que no existe una bendición mejor que desearles que acepten o reciban al Señor Jesucristo. He allí la tensión que vemos al bendecir a Israel.

    Con todo lo dicho, tanto a aquel Israel espiritual del Antiguo Testamento como a nosotros los creyentes en Cristo, que en alguna medida también hemos sido llamados el Israel de Dios, nos ha competido diferenciarnos del mundo. El mundo como referencia nos deja una huella duradera, la del pecado como impronta de la caída del hombre. Son muchas sus atracciones que se nos meten por los ojos, que nos toca en la vanidad de la vida, dado que la ley del pecado nos gobierna, como lo asegura Pablo en Romanos 7. En tal sentido, se nos ha conminado a matar las obras de la carne, a santificarnos -que no es otra cosa que separarnos del mundo. Cristo oró por nosotros diciéndole al Padre que no nos quitara del mundo sino que nos guardara del mal.

    Seguimos sumergidos en la cultura que nos engloba, en los denominadores comunes que la historia humana ha trazado como si fuese parte de nuestro ADN. El segundo Adán también tiene su ADN, por lo cual la lucha nos gobierna como si sufriéramos un conflicto genético. La competitividad entre los dos ADN nos confunde a ratos, oramos bajo una mezcla de deseos, muchas veces sin saber pedir lo que convierte. El Espíritu Santo traduce nuestros sentimientos pero nos ayuda a que las peticiones salgan conforme a lo que Él considera justo para nosotros. Todo aquello que glorifique al Padre se entiende como sano y virtuoso, por esa razón somos invitados a pensar en todo lo que es justo, lo digno de alabanza, lo que tenga virtud alguna.

    Los medios audiovisuales con sus redes sociales parecen ser el motivo bajo el cual somos impulsados a existir. Jamás la historia ha descrito una generación tan egocéntrica, donde la gente hace intentos de alcanzar la mejor fotografía para publicarla, a la espera de los likes que puedan darle. Por supuesto que esas acciones obedecen al mundo como referencia, también a la promesa de Satanás de que seríamos como dioses. En las iglesias o templos cristianos se observa una escenografía similar a la de los templos de Satanás. Pareciera que estuviésemos en un Rock Café, frente a guitarras eléctricas, micrófonos con cornetas de altos decibeles, baterías ruidosas y cantores de alabanzas alambicados al mejor estilo de las bandas que intentan copiar. Pareciera que vivimos bajo el fuego extraño de la alabanza que no agrada al Todopoderoso.

    Pero existe una repetición automática, una copia de todo lo que sucede afuera, en los perdidos mundanos. Sin embargo, pareciera por igual que la cristiandad no se ha dado cuenta de que las paredes de sus templos son una extensión de la carpa que contiene el mundo. Lo único que pudiera salvar a la gente de tal estupidez es la palabra divina. Volver al texto legítimo, sin el embrujamiento de la palabra fosilizada manchada de religión. Algo parecido sucedió en la época de la Reforma Protestante, los creyentes volvieron a los originales, se vertió la Biblia a sus lenguas vernáculas, se enfatizó en la vida bajo la ley y el testimonio. Ciertamente, la Reforma no fue perfecta pero ayudó a la historia a corregirse en muchos sentidos, en especial en cuanto a la interpretación o hermenéutica.

    La paradoja de la comunicación nos entrampó, ya que hoy se ha saltado de la exégesis hacia la eiségesis, donde lo primario consiste en dar una interpretación privada a lo que la Biblia ha dado a conocer como público. Pareciera que vamos caminando en consonancia con las proposiciones mundanas tanto en el plano ético como en la praxis religiosa. Ahora tiene cabida la bendición homosexual, el oficio religioso ecuménico, la unión de la humanidad bajo el talante de no importa la doctrina si nos unimos bajo el amor.

    Nos urge amar la ley de Dios, meditarla todo el día, como hacía el salmista. Ese salmista que también tuvo tiempo de gobernar una nación, de salir a la guerra contra los enemigos, de construir un hogar como cualquier otro ser humano. La meditación en el Señor en forma total no nos exime de hacer nuestros trabajos diarios, como lo haría cualquier otro mortal. La Biblia nos incita a reconocer a Dios en todos nuestros caminos, dado que en Él vivimos, nos movemos y somos. Nos dice por igual que nada acontece sin su consentimiento y voluntad, que Él es el autor de todo lo que nos pasa.

    En el libro de Job encontramos la ilustración sobre Satanás, el Acusador de los hermanos, el tentador por excelencia. Pero allí se nos muestra que Dios lo dirige y lo controla, de manera que hemos de abrir los ojos del entendimiento para comprender con Jeremías que no podemos decir que sucedió algo que el Señor no mandó. De la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo; Él es quien da la vida y la quita, quien hace el bien y crea el mal. Otro profeta se pregunta: ¿Quién puede huir de su voluntad? Su alma deseó e hizo. Todo lo que quiso ha hecho Jehová, el mismo que tiene en sus manos al corazón del rey para inclinarlo a todo lo que Él quiere.

    La presencia del Dios soberano en nuestras vidas hará que nos sacudamos del mundo por un buen rato. Permitirá la comprensión de lo que acontece en el planeta, nos inducirá a pensar que las señales del fin se muestran al unísono. De esta forma confiaremos más en sus predicciones, en toda su palabra que no fallará jamás. Estemos atentos a lo que dicen esas hermosas líneas de las Escrituras, ya que ellas dan testimonio del Hacedor de todo cuanto acontece. En las páginas de la Biblia está escrito cómo hemos de vivir todos aquellos que decimos amar al Señor que nos ha salvado de la ira venidera que caerá sobre los que moran en la tierra. La salvación pertenece a Jehová.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NUESTRA PRINCIPAL META

    El creyente en Cristo tiene un propósito fundamental en este tránsito hacia su patria celestial. No se trata de convertirse en un ser moralista, ni en un ejecutor de buenas obras, como si esas actividades pudieran ayudarlo a lograr el fin deseado. Más bien, su objetivo habrá de enfocarlo en caminar el día a día inspirado en la palabra que llegó a creer. El mundo ofrece muchas distracciones, pero la falsamente llamada iglesia engaña enormemente. En el nombre de Cristo se han hecho guerras, se han desarrollado odios y resquemores, con la bandera del moralismo y del celo evangélico. Urge indagar en la esencia de la vivencia cristiana, para extraer su contenido en forma refinada.

    Cristo vino como la luz al mundo, aunque también como Redentor de su pueblo (Mateo 1:21). El Dios que se hizo hombre no procuró jamás la conquista de todos los corazones en la tierra; supo desde un principio que Judas lo había de entregar, de manera que lo escogió como diablo para que cumpliera el consejo del Padre. Dijo un ay por el que lo entregaría, pero lo enfatizó en el contexto de que todas las cosas debían ir conforme el Padre lo había dictado. Nosotros que intentamos seguir su estandarte no podemos abaratar su evangelio bajo la premisa falaz del argumento ad populum. La cantidad no debe importarnos, no refleja autoridad alguna en el cometido del propósito evangélico.

    Si miramos a los profetas encontraremos un sendero común referido a la soledad. ¿Sólo yo he quedado? -preguntaba Elías. ¿Quién ha creído a nuestro anuncio? -demandaba Isaías ante el Todopoderoso. Juan el Bautista fue la voz que clamaba en el desierto. Jesús mismo habló de la manada pequeña, de los muchos llamados dentro de los cuales había pocos escogidos. Nos aseguró que lo que era imposible para los hombres (el reino de los cielos o la salvación eterna) era posible para Dios. Nuestra meta debe comprender la soledad como premisa, el aislamiento del mundo como fundamento de santidad, así como el diálogo con el Creador y con sus seguidores.

    Hemos de comprender que no somos mejores que los que marchan hacia su fatal destino, sino que solamente tenemos esa conciencia que ve la diferencia entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte eterna. Por supuesto, ese detalle nos viene como obsequio divino, ya que la salvación toda pertenece al Señor. ¿Por qué Dios no quiso salvar a toda la humanidad de la catástrofe del infierno? Sus razones tendrá, pero sabemos solamente que el contraste nos ayuda en la apreciación de la bondad conferida. El impío aparece en escena para que el justo valore la medida del obsequio recibido.

    Claro está, la iglesia apóstata se ha encargado del desprestigio de los que pertenecemos al redil del Evangelio de Cristo. Lo malo que hacen unos lo pagamos todos, ante la mirada acusatoria y lógica que el mundo hace. Doctrinas contradictorias, profanas, que engañan a los asistentes al foro eclesiástico, permean las almas difuntas de los muertos en vida. Al mismo tiempo traen ganancias deshonestas a los que propician cuanta herejía se expone desde los púlpitos de la religión espuria.

    Nosotros somos diferentes por causa de la luz del Evangelio, no por razones que nos sean propias. El mérito religioso engaña la mente, como el ritual realizado semana tras semana camufla engaños perniciosos. Si tan solo leyéramos la palabra divina podríamos recuperar la sensatez de la doctrina de Cristo: vino a lo suyo, a la redención de todo el pueblo escogido por Dios desde antes de la fundación del mundo. La Biblia enfatiza en que nuestra redención no se debe a obras de ningún tipo, sino a la sola voluntad soberana de quien nos eligió. No que Dios haya previsto y por anticipación valoró nuestras cualidades, ya que se ha escrito que Dios no encontró quien lo buscara, ni siquiera un solo justo, ni quien hiciera lo bueno.

    De allí que lo despreciado del mundo, lo vil y lo que no es, escogió Dios para deshacer a lo que es. Esta verdad nos conduce a la humildad suprema, al agradecimiento sin límite. No puede llevarnos a la oferta incondicional del Evangelio, a la exhibición de un Dios pordiosero que mendiga almas. Dios quiso que el mundo fuese como es, malévolo y sacrílego, para mostrar su piedad basado solo en su voluntad. Leemos del amor eterno del Altísimo por Jacob, como del odio eterno por Esaú. Esto lo hizo sin miramiento en sus obras, buenas o malas, sino solamente por la voluntad de quien elige.

    Por supuesto, de inmediato comienzan las dudas y los reproches contra ese Dios que se muestra injusto. Injusto se dice porque no amó a Esaú sino solamente a Jacob, pero la respuesta bíblica no esperó siglos para aparecer sino que dice de inmediato que el hombre no es nada ni nadie para altercar con su Creador. Se escribe que somos como ollas de barro en manos del alfarero, destinadas para usos diversos. El Señor dueño del barro hace como quiere, sin tener consejeros y sin inmutarse porque lo critiquen. No existe otro evangelio sino el revelado en las Escrituras, pero sí que aparecen los intérpretes privados para proponer herejías (opiniones propias).

    En la medida en que nos adentramos en el Evangelio de Cristo comprendemos la distancia que de las Escrituras mantienen de las sinagogas de Satanás. Todo aquel que pregona un evangelio extraño pasa a ser catalogado como anatema (maldito) junto a su falso mensaje. La democratización del anuncio de salvación demuestra su abaratamiento para congraciarse con la opinión de los muchos. De esa manera se vitaliza la falacia ad populum que tanto daño hace a las multitudes. Pero que las masas vivan guiadas bajo el argumento de cantidad no debe impacientarnos a nosotros. Seguimos como Elías pensando que quizás solamente hemos quedado unos pocos, pero en la visión de Juan reseñada en el Apocalipsis él contó gente de toda lengua, tribu y nación.

    Poco importa que no los conozcamos a todos, que supongamos que nadie oye a nuestro anuncio. El Dios Eterno ha prometido que su palabra no volverá a Él vacía, sino que hará lo que Él se ha propuesto. A unos da vida eterna, pero a otros añade mayor condenación. Mantengámonos asidos del lomo del libro sagrado, aferrémonos a la esperanza bienaventurada de la salvación provista. Esa redención no fue potencial sino actual, no depende de quien quiera o corra sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla.

    Si ya hemos evidenciado que su misericordia nos ha tocado, estemos contentos y sigamos con pie firme para no trastabillar en este maravilloso recorrido hacia la patria eterna. Somos ciudadanos de los cielos, no de este mundo; por esa razón el mundo nos odia, pero los cielos nos reclaman como herederos de una promesa ineludible.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • NUEVO AÑO, NUEVOS PROYECTOS

    Termina un año y es como cerrar un período, para mirar lo alcanzado como si se hubiesen hecho promesas por cumplir. El fin de la jornada nos lleva a expectativas novedosas, bajo la promesa de que en breve cambiaremos ciertos hábitos hasta convertirnos en mejores personas. Incluso dentro de las filas del cristianismo, muchos se convencen de que habrán de mejorar en cuanto a su inversión del tiempo. Algunos llegan a prometerse que leerán la Biblia entera en este nuevo año que comienza, que llevarán una agenda donde escribirán sus peticiones de oración a Dios, para mirar al final del tiempo lo que les ha sido contestado.

    Son metas particulares de los que así piensan y actúan, nada malo por necesidad. El problema siempre se presentará al ciclo culminado, con un saldo rojo porque en materia de pecado el creyente siempre tiene de qué hablar. Todos cometemos errores, día tras día, errores de comisión y errores de omisión, ya que dejar de hacer lo bueno también se considera un acto errado. Errare humanum est, sería lo mismo que pecar es un asunto humano. La naturaleza nuestra está vendida al pecado (Romanos 7), sometida a la ley del pecado que gobierna nuestros miembros; solo nos queda dar gracias a Dios por Jesucristo, quien nos librará en breve de este cuerpo de muerte (hablo del cuerpo del pecado).

    Pablo nos exhortó a presentar nuestro cuerpo como un sacrificio vivo a Jesucristo, de manera que no podemos suponer que el apóstol estuviera molesto con la carne física del cuerpo humano. Eso lo dejamos para los gnósticos, que consideran que un Dios puro no pudo habitar carne impura. El apóstol habla del cuerpo de muerte, ese que muestra su reflejo en las acciones pecaminosas de nuestra vida. David afirmaba que había sido formado en maldad, y que en pecado lo había concebido su madre. No hablaba de adulterio o de fornicación en sus padres, sino del pecado heredado de Adán, nuestro padre común.

    Esa naturaleza nuestra nos empuja hacia el suelo, da rienda suelta al ojo, a la vanidad y al mundo. Por más que procuremos mantenernos erguidos, ¿quién es aquel que no peca? Solo los locos del movimiento de santidad creado por la secta de John Wesley pueden decirnos que han conseguido días y semanas completas sin pecar. Resulta indudable que no han comprendido ni un ápice de lo que dicen las Escrituras al respecto. La contaminación en el Edén trajo consigo la muerte, no solo la física sino la eterna. La muerte eterna es la paga del pecado, pero el regalo de Dios es la vida eterna en Jesucristo.

    ¿Por qué razón no todos los humanos alcanzan la vida eterna en Jesucristo? Resulta innegable que muchos han muerto sin siquiera conocer del sacrificio de Jesús en la cruz. Son muchos los que aún viven en esta tierra y no han escuchado nada sobre el Hijo de Dios. Se nos encomendó la predicación del Evangelio, hasta lo último del mundo. Eso hemos hecho desde que aquellos doce apóstoles encomendados para tal fin arrancaron con el anuncio. Pero aún en aquel tiempo de su apostolado fueron pocos los que oyeron, dado que no hubo otro mecanismo de instrucción sino la predicación del Evangelio.

    Dios no envió ángeles del cielo para que sobrevolaran las naciones y anunciaran a viva voz lo que Jesús había alcanzado en la cruz. Esa tarea del anuncio fue encomendada al ser humano, solamente, así que ha sido realizada la tarea con todas las limitaciones temporales conocidas. Al mismo tiempo hubo y hay todavía persecución, obstrucción al anuncio predicado; la burla está a la vuelta de la esquina, junto a la respuesta de los herejes que tuercen la doctrina de Jesús. Un sinnúmero de contratiempos se suman al esfuerzo desplegado por los que intentamos cumplir con la gran comisión. Otros sin escrúpulos procuran extraer provecho económico de esta faena, piden ayuda monetaria para poder realizar la tarea que se nos exige: hacerlo gratuitamente. De gracia recibisteis, dad de gracia (Mateo 10:8).

    La Biblia habla de la dignidad de las personas para recibir el Evangelio. Los discípulos habían recibido gratuitamente el don de hacer milagros, así que el Señor les exigía que lo ejecutaran en forma gratuita. Lo mismo valía para la palabra de vida recibida, el Evangelio del Señor; era un regalo que les había dado Dios, así que se exigía que lo expusieran gratuitamente. El contraejemplo por excelencia viene dado por Simón el Mago, quien le propuso a los apóstoles en forma impía que le otorgaran el don de hacer milagros para él imponer manos a los demás. Intentó pagar dinero a cambio del don del Espíritu, pero recibió una reprimenda rotunda que lo dejó callado hasta nuestros días.

    Esa dignidad se refería a la hospitalidad para con el evangelista, si se le manifestaba civilidad, cortesía, amabilidad. Por lo tanto, no fueron enviados a los prostíbulos, a las casas de juegos de azar, a los sitios impropios donde lo santo no debe ser dado a los perros ni las perlas echadas a los cerdos. Hay gente que es grosera, ante los cuales resulta preferible callar. El Evangelio nos viene como una proposición decente, pero incluso los recintos que fungen como iglesias pueden manifestarse groseramente contra aquellos que llevan la doctrina de Cristo. En esos casos es mejor salir de sus lugares, dado que nuestra paz se volverá a nosotros y aquella gente resultará culpable de juicio en peor forma que lo fueron Sodoma o Gomorra (Mateo 10:15).

    Claro está, los que se oponen a la doctrina de Cristo están descritos en estos pasajes, no solamente los groseros que no quieren oír el Evangelio, sino aquellos que diciéndose hermanos rechazan groseramente el cuerpo doctrinal del Señor. Ocupaos de la doctrina, le dijo Pablo a Timoteo; os he enseñado todo el consejo de Dios, refirió Pablo en otro aparte. Vengo a enseñar la doctrina de mi Padre, aseguró Jesús; cuando el Señor les exponía la doctrina de la soberanía absoluta de Dios, los discípulos que se habían beneficiado del milagro de los panes y los peces se fueron murmurando, diciendo que nadie podía oír semejante enseñanza: Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? (Juan 6:60).

    Que sea propicio el propósito para el nuevo tiempo que llega, de manera que tengamos en mente el renovarnos. Hagamos votos para estudiar la doctrina del Dios soberano, el que no tiene consejero, el que hace como ha querido desde siempre; que podamos decir con Jeremías que de la boca del Altísimo sale lo bueno y lo malo. Que digamos con el profeta Amós que el mal que sucede en la ciudad lo ha hecho Jehová. Solo entonces, cuando hayamos asimilado tales verdades doctrinales expuestas por el Espíritu Santo en las Escrituras, enseñadas por Jesús ante los discípulos, repetidas por los escritores de la Biblia, habremos comprendido la dimensión de lo que fue escrito para nosotros.

    De todas formas, entendamos que nuestro anuncio va en tinajas de barro, como si fuésemos ovejas ante los lobos que asesinan al mensajero por causa del mensaje. Nuestra comparación con las ovejas alude al espíritu humilde que hemos de tener, sin que pretendamos hacer daño alguno, dado que somos incapaces de protegernos a nosotros mismos. Dependemos de Jehová, sin que nos apoyemos en nuestra propia prudencia. El mundo odia a Cristo y ama lo suyo, por lo tanto no nos amará con el mensaje del Evangelio. Pero siempre se nos garantiza que habrá alguien digno de recibirnos, para que compartamos esta buena noticia. Entendamos una vez más que esa dignidad no está basada en los actos de misericordia de la gente, en obras de la ley, sino en la tierra abonada por el Padre donde la semilla caerá y crecerá dando fruto por doquier. Hay una dignidad en quien nos recibe, pero existe la nuestra para que podamos escapar de la hora de la prueba que se yergue sobre los moradores de la tierra; esa dignidad se compone entre tantas cosas de la acción de velar y orar. En resumen, que nuestro propósito para estos nuevos tiempos incluyan la oración eficaz del justo, el acto de la vigilia o el velar con ojo avizor, para reconocer los espacios donde nos movemos. Que se incluya por igual el estudio de la doctrina de Cristo, en toda su dimensión, el hecho de la santificación (que no es más que la separación del mundo, con sus deseos y vanagloria). Que podamos entender que ya nos queda poco tiempo y que la venida del Señor o nuestra partida con él se acerca cada vez más.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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  • SATANÁS

    Hablar de Satanás siempre genera expectativas. Muchas veces uno es criticado por mencionar a un personaje que supuestamente es el resultado del imaginario popular. Cachos y colas, ojos rojizos, colmillos, fuego devorador que sale de la boca, patas de cabra, una guadaña en su mano y con habilidades para hacerse invisible cuando quiere, con los que se ilustran algunos de los atributos creados a través de los siglos en el imaginario colectivo religioso. Estos atributo han figurado algunas veces como didáctica en el teatro medieval, otras como respuesta a la libre caracterización del inspirado arquetipo del mal. Sin embargo, como quiera que la persona de la que hablamos está descrita en la Biblia, resulta conveniente examinar lo que la Escritura dice acerca de sus cualidades, sus maquinaciones y su personalidad.

    Querubín protector, según Ezequiel, Lucero-hijo de la mañana-, relata Isaías.  La persona viviente que engañó a Eva, tuvo deseos y planes, habiendo cometido el gran error o su primer pecado cuando dijo en su corazón: subiré al cielo, en lo alto, junto a las estrellas de Dios, allí levantaré mi trono…(Isaías 14:12-15). Jesucristo dijo de él que era un mentiroso, y padre de mentira.  En él no hay verdad alguna, y por su falsedad es un doloso y un pseudo, alguien que imita con mala intención, uno que se disfraza como ángel de luz (2 Corintios 11:14). El gran acusador de los hermanos, en cita de Apocalipsis 12, también señalado en el libro de Job, capítulo 1.  Nos acusa ante Dios y ante nuestra conciencia; ante nosotros mismos tiene cierta ganancia porque todavía militamos en la vieja naturaleza, por lo cual anhelamos la plenitud de la redención final. Satanás ante Dios es un fracasado, dado que el Todopoderoso nos ve escondidos en Cristo en Dios.

    El relato bíblico que muestra su caída lo hace en múltiples sentidos, al punto de que los judíos le llamaban el señor de las moscas o Beelzebú, el nombre de una deidad adorada por los de Filistea. Las moscas siempre andan donde hay mal olor, en las podredumbres y contaminaciones, lo cual dice también de su actividad como malefactor y asesino. Satanás ha venido a este mundo para robar, hurtar y matar, para encerrar en sus prisiones de ignorancia y de tinieblas a sus seguidores, sean estos conscientes o inconscientes seguirlo.

    También se le dice diablo (el diaballo), el que arroja cosas alrededor de los seres humanos, el que lanza mentiras y malas intenciones hacia nuestros corazones. El verbo griego bállo significa arrojar, lanzar, y el prefijo diá quiere decir alrededor de, a través de, de manera que el diablo es el que lanza los dardos de fuego contra los creyentes para debilitarnos en la fe, el que proyecta calumnias ante nuestra conciencia, el que arroja toda suerte de mentiras contra nuestra mente, dado que su esencia lo presenta como un acusador y calumniador. Con tales muestras ha llegado como nuestro enemigo y adversario, la serpiente antigua que engaña al mundo entero (Apocalipsis 12:9). Tiene el atributo de ser el dios de este siglo (siglo significa mundo), ante el cual funge como su príncipe; Juan y Jesucristo lo llaman el maligno (Juan 17:15 y 5:18): no ruego que los quites del mundo sino que los guardes del mal (o del maligno, como también acepta la traducción), expresión usada en la oración intercesora de Cristo poco antes de su crucifixión.

    Posee otros títulos: tentador, gran dragón, príncipe de la potestad del aire, príncipe de los demonios. Por su fuerza y poder (y porque Dios lo instruyó) sembró en el corazón de la raza humana la duda acerca del carácter de Dios, cuando dijo en el Edén: no moriréis, sino sabe Dios que el día que de él comáis serán abiertos vuestros ojos sabiendo el bien y el mal.  Satanás no actúa solo, sino que utiliza a sus demonios (daymons, o fuerzas espirituales), utiliza a los humanos que le sirven, y muchas veces a los que han sido liberados de sus prisiones (los discípulos de Jesucristo) cuando son entrampados en sus maquinaciones. Pero las más de las veces utiliza a su propio pueblo que le sirve bajo la ceguera espiritual que ha infligido en los que se dejan arrastrar por las corrientes de este mundo, por el deseo de los ojos, de la carne y la vanagloria de la vida. Poco le importa que le ignoren, que digan que él no existe, que es un mito, que se computa como pobreza intelectual el creer en su realidad, pues esa es la forma por vía en contrario de intentar suprimir la gloria que Dios merece, al desviar la atención hacia las atracciones de su principado. De esa manera él también busca y consigue a ratos su propia gloria, aunque sea por el argumento a contrario sensu, de manera que cuando se le niega a él se desatiende la advertencia divina acerca de él.

    La Biblia deja entendido que el diablo también sirve a los planes de Dios, bajo cuya permisión y restricción actúa. Esto implica que podemos resistirle hasta que huya de nosotros, los que de Cristo somos, ya que él fue vencido en la cruz bajo el sacrificio del Mesías por su pueblo escogido desde los siglos. Recordemos que Jesús vino a buscar lo que se había perdido, vino a pagar  el rescate por muchos (en palabras del profeta Isaías), que clavó el acta de los decretos que nos era contraria en la cruz, y exhibió y despojó públicamente a las potestades, triunfando sobre ellos en la cruz (Colosenses 2:14). En un texto de Efesios leemos que Jesús subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres, con lo cual se implica la derrota definitiva de Satanás. Por eso se nos recomienda someternos a Dios, resistir al diablo, para que huya de nosotros. Al estar sometidos a Dios, Satanás temblará en el nombre sobre todo nombre.

    Habiéndose expresado juicio en su contra -el cual fue predicho en el libro del Génesis-, la obra de Cristo cumplió con el cometido de derrotarlo en forma definitiva (Juan 12:31; Hebreos 2:14; 1 Juan 3:8; etc.). Satanás sigue actuando en su mundo  como príncipe, pero cumple al pie de la letra el guión preparado desde los siglos por quien todo lo gobierna, por su Hacedor, pues aún al malo hizo Dios para el día malo (Proverbios 16). El diablo quita del corazón de los oyentes la palabra, para que no crean y se salven, ciega por igual el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios (2 Corintios 4:4). Conocemos que tratará de engañar, si le fuere posible, aún a los escogidos, pero no será posible pues tenemos el Espíritu de Dios como arras o garantía de la pertenencia a Dios. Fuimos comprados, adquiridos, adoptados, por lo cual podemos llamarle Abba Padre. Juan nos entregó la palabra inspirada, diciéndonos: mirad cual amor nos ha dado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios.

    Satanás no es hijo de Dios, es hechura suya, es parte de su creación, pero no es un hijo redimido. A su primer pecado fue condenado y desde su estatus superior arrastró consigo a un tercio de la población angélica celestial, y se le permite actuar en contra de los creyentes hasta cierto punto (como en el caso de Job), bajo control absoluto del Altísimo, con el propósito de que se cumpla la Escritura, cuando dice porque no cesará la vara de la iniquidad sobre la heredad de los justos, no sea que estos se vuelvan al mal (Salmos 125:3). Satanás constituye un motivo para que busquemos a Dios como refugio eterno, se convierte en el estímulo por excelencia para mantenernos en oración y en vigilia, por cuanto excita la naturaleza pecaminosa humana para exhibir su maldad. El diablo no es más que otro instrumento de Dios para fines mucho más nobles que los el maligno tiene en mente.

    Como Cristo nos enseñó en su oración del Getsemaní, debemos pedir al Padre que nos libre del maligno. Y sabemos que esa oración será oída, respondida, estando garantizada, dado que se se nos ha dicho que mayor es el que está en nosotros que el que está en el mundo.  El mundo pasa y sus deleites -aún Satanás pasará- pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre.  A pesar de su gran inteligencia, de su gran poder espiritual, de sus terribles maquinaciones, de su capacidad inherente para disfrazarse como ángel de luz, a pesar de ser el más prominente de los espíritus malos, su orgullo lo llevó a ser solamente el señor de las moscas, y nada tiene en los hijos de Dios, aquellos cuyos corazones han sido perdonados y cubiertos sus pecados.  Satanás fue expulsado del lugar especial que tenía en el cielo, sigue siendo un engañador que ofrece mucho, da poco y quita todo. Cuando acuse a nuestra conciencia debemos recordar que él tiene un terrible futuro que le aguarda, y sabe que le queda poco tiempo. ¿Adónde iremos, sino a la presencia de Dios, para buscar refugio ante el acecho malévolo? Sus calificativos simbólicos asustan, pero somos llamados a resistirle bajo la promesa de que huirá de nosotros, muy a pesar de ser llamado león rugiente, gran dragón y serpiente antigua.

    César Paredes
    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LA ANOMIA GENERAL

    La Biblia predice que los tiempos previos a la manifestación del gran inicuo, cuyo advenimiento es por obra de Satanás, estarán señalados como época de anomia. La falta de sindéresis en cuanto a la ley, no solamente a la divina sino también a la humana, será el marco general para que se instaure un gobierno mundial que intente ofrecer orden en el caos. Bajo ese cristal, vemos muchas aristas que concuerdan con un mismo objetivo: el desconcierto como un genérico. Ya el foco de la discusión no estaría dado en cuanto a la doctrina bíblica, sino más bien en relación a si se valida o se condena el matrimonio gay, el aborto, así como diversos delitos llamados de género. Gente que se cree gallina, perro o gato, gente que dice ser mujer aunque tenga testículos.

    La guerra ya deja de ser un signo atroz para convertirse en una militancia forzada de los espectadores. Unos apuestan con más o con menos odio hacia el bando contrario. Se aprueban leyes que generan controversia entre los afectados, pero la energía se disipa en los comentarios a través de diversas plataformas digitales. De esta manera emerge un pragmatismo de subsistencia en el que tienen lugar los puntos de contacto que concuerdan, en tanto se olvida lo que en materia doctrinal nos ocupaba y aislaba. Se piensa que mientras la doctrina separa la pragmática nos une.

    Si antes el protestante no se ocupaba de los asuntos de fe de los católicos, ahora se unen unos y otros ante la aplastante noticia de la bendición papal a la unión homosexual. En este momento al protestante le preocupa el papa, al que antes consideraba una imagen del Anticristo. La barrera doctrinal que tenía contra el católico romano se disipa, para dar paso a un dibujo colorido de puntos de convergencia contra el mal general. Si Roma bendice las parejas del mismo sexo, ya Inglaterra había hecho lo suyo cuando permitía que dos lesbianas contrajesen matrimonio eclesiástico en una iglesia anglicana.

    Precisamente, la primera gran ruptura oficial contra Roma se ofició en Inglaterra cuando el rey quiso divorciarse. De esta forma se constituyó en la cabeza de la iglesia, así que eso en sí mismo no puede contarse como parte de la Reforma. Pero el mal se ha generalizado de tal manera que uno llega a ver con agrado cuando alguien lee la Biblia, sin que importe mucho qué es realmente lo que cree. He allí el peligro, el descuidar la doctrina para refugiarse solamente en asuntos de moralidad. Ambas cosas son objetivamente importantes, pero estamos viviendo una época en que la doctrina se ha puesto de lado bajo el pretexto de amar a Dios con el corazón sin que lo comprendamos con la mente.

    Feminismo, liberalismo y progresismo, se suman al humanismo de Arminio. La teología de Arminio pasa como antropocéntrica, ya que cada quien decide su destino eterno en tanto Dios solamente se limitó a hacer posible la vida eterna. Eso se tiene como una contradicción con la base bíblica de la teología de la redención, ya que en las Escrituras se demuestra con creces que Dios reclama todo para Sí mismo. Él es el que hace todas las cosas, el que crea el bien y el mal, el que bendice y maldice, el que ama y odia, aún antes de que las personas hayan sido formadas.

    Pero hay quienes todavía luchan contra esas palabras duras de oír de las Escrituras. Esos son descendientes de aquellos discípulos reseñados en Juan 6, los que no resistieron en sus oídos el sonido de la voz del Señor Soberano que decía: Ninguno puede venir a mí, si el Padre no lo trajere (Juan 6:44). Tampoco toleran las palabras del Espíritu: (pues no habían aún nacido, ni habían hecho aún ni bien ni mal, para que el propósito de Dios conforme a la elección permaneciese, no por las obras sino por el que llama), se le dijo: El mayor servirá al menor. Como está escrito: A Jacob amé, más a Esaú aborrecí (odié). ¿Hay injusticia en Dios? En ninguna manera. Pues a Moisés dice: Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca. Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia…De manera que de quien quiere tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece (Romanos 9: 11-18).

    No son pocos los que dan coces contra el aguijón, diciendo: ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Es decir, ¿por qué inculpa al pobre de Esaú si lo odiaba aún antes de formarlo? La respuesta de los humanistas arminianos descansa en que suponen que Dios vio el futuro en el corazón de cada persona y por eso actúa de esa manera. Si eso fuera de esa forma, habría que concluir que los que se salvan lo hacen de suyo propio, cosa que Dios vio desde antes y por eso los ayudó. No existe ningún texto bíblico que apoye semejante contradicción con la Escritura, así que ese razonar proviene del deseo de resistir a un Dios que suena excesivamente soberano. Recuero a un pastor que decía: Dios es soberano, pero no tan soberano. Bien, esas palabras son patadas de ahogado, ya que el mismo Jeremías anunció: ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? De la boca del Altísimo, ¿no sale lo bueno y lo malo? El profeta Amós, por su parte, aseguró en forma de pregunta retórica: ¿Habrá acontecido algún mal en la ciudad, el cual Jehová no yaya hecho? (Amós 3:6).

    Vivimos tiempos difíciles, con gente tramposa que arrebata la alegría de la fe de los santos. El mundo parece tener la actitud de las aves que comen la semilla del camino, el ahogo de los espinos que quitan el aire y el sol de las plantas pequeñas. Muchos que dicen creer en el Evangelio dan muestra de tener raíz de poca profundidad. Solamente la semilla que cayó en tierra abonada dio fruto oportuno, como bien indicó el Señor: Por sus frutos los conoceréis; de la abundancia del corazón habla la boca. En otros términos, el que confiesa el verdadero Evangelio de la soberanía absoluta de Dios, ese que predicó Jesús en Juan 6 y en todo su ministerio, es un verdadero creyente. El que no tolera ese Evangelio no podrá predicarlo, si acaso lo anuncia timoratamente y bajo sus propias contradicciones.

    La anomia parece extenderse con fuerza, como para que no pensemos que algún día se va a retractar. Los espacios conseguidos bajo la agenda del mal no serán devueltos fácilmente. Tal vez eso nos indica que el tiempo final se aproxima, cuando llegue el inicuo o abominación desoladora, de la cual habló el profeta Daniel. Ese hombre de pecado que intentará una vez más, como lo hiciera Nimrod, establecerse contra Jehová. Hemos de velar y orar, para que seamos tenidos por dignos de escapar de la espantosa época que viene sobre los que moran en la tierra.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • EL PROBLEMA DE LA ORACIÓN

    La Biblia nos dice que es necesario para aquella persona que se acerca a Dios, que crea que le hay y que es galardonador de los que le buscan (Hebreos 11:6). Urge saber que Dios existe, por medio de la prueba de la fe que nos ha sido dada; de lo contrario, si no conocemos a Dios no podemos invocarlo. La Divinidad comprende la Persona del Padre, la Persona del Hijo y la Persona del Espíritu Santo; los que niegan tal identidad divina no pueden acercarse al verdadero Dios. Por igual sabemos que los que niegan la doctrina de Cristo, su propósito en venir a morir por los pecados de su pueblo, de acuerdo a las Escrituras, tampoco pueden tener acceso al Trono de Dios.

    Hemos de creer que Dios existe y que al mismo tiempo premia a quien a Él se acerca. Aclarada la premisa de su existencia, pasamos al segundo punto, el de la recompensa. Es decir, Dios nos da un aliciente por el solo hecho de acercarnos a Él para orar. Tenemos una garantía de un premio, así que no debemos desalentarnos jamás cuando oremos: algo bueno vamos a obtener, ya que Dios no miente. Existe un círculo en esta actividad de la oración: Dios escoge a su pueblo desde antes de la fundación del mundo, le envía su evangelio por medio de los predicadores o anunciadores de su palabra, así que su Espíritu nos conmina a humillarnos en su presencia. Por lo tanto, ese premio o regalo que tenemos viene como consecuencia de su inconmensurable amor por los elegidos.

    Todo lo demás suena a religión inútil, el hecho de suponer que si tenemos una conducta intachable vamos a ser oídos. No, no por nuestros méritos fuimos llamados, tampoco por lo que hagamos seremos escuchados. Simplemente la Biblia nos aclara que nuestros pecados nos separan en la relación, pero que si hemos pecado tenemos un abogado para con el Padre, a Jesucristo el Justo. Ese Señor (Jesucristo) es fiel y justo para perdonarnos. Nunca es inoportuno para el que ha sido llamado de las tinieblas a la luz el acto de la plegaria; siempre existirá la recompensa como promesa de quien nos ha amado con amor eterno.

    Los que se manifiestan con negligencia en la actividad de la oración no han comprendido la esencia de la fe. Sería como una bombilla que no enciende, como una lámpara sin aceite, como una palabra hueca sin la energía de la fe. La fe es la certeza y la convicción de lo que no se ve, de que tendremos aquello que hemos pedido. Urge por igual aclarar que así como la salvación no fue consecuencia de nuestros méritos y búsquedas, lo que obtendremos por la plegaria se dará por consecuencia del Dador de todo don perfecto.

    Si tuviésemos que definir la oración podríamos sintetizar que ella revela la cercana comunicación del hombre con Dios. En ese espacio de la oración exponemos nuestras desesperanzas frente al mundo, buscamos la asistencia en nuestras adversidades, al tiempo en que adoramos la magnificencia del que nos socorre. Por medio de la oración recibimos múltiples socorros como evidencia de la recompensa ofrecida si nos damos a esa actividad de la plegaria.

    David fue un personaje entregado a la alabanza y la oración al Dios que lo llamó; por medio de la inspiración del Espíritu Santo dejó plasmado un conjunto de Salmos que conviene examinar para aprender. Él decía que su fundamento en la plegaria yacía en la gloria del nombre del Altísimo: Ayúdanos, oh Dios de nuestra salvación, por la gloria de tu nombre, y líbranos, y perdona nuestros pecados por amor de tu nombre (Salmos 79:9). Las cosas que nos turban nos disponen el alma para la murmuración, pero si tan solo oramos a Dios comprendemos que con sumo placer nos mostrará la asistencia para liberarnos de nuestros enemigos.

    Tenemos muchos enemigos por doquier, no solamente a Satanás y a sus demonios. Hay gente por montones que está entregada a la maldad, que de naturaleza busca con envidia destruirnos, colocarnos trampas, lastimarnos en lo más íntimo. Nuestra tendencia cuando descubrimos el tropiezo que nos causan nos empuja a la queja y murmuración, al lamento por el infortunio. Pero si nos atenemos a lo que los Salmos nos muestran iremos a la cámara secreta donde nuestro Dios nos espera. Allí le contaríamos a nuestro Padre todo lo que ya sabe, para que nuestros argumentos sean escuchados por el solo principio de que Él es el Dios de nuestra salvación.

    Pero hay un problema en la oración. El autor de Hebreos nos advierte de que se hace necesario creer que Dios está en ese lugar donde oramos. Esto parece simple, pero encierra un gran contenido real que se levanta a menudo como problema para el desánimo. Pasamos minutos y horas continuas hablando con las personas que consideramos amigas, simplemente porque hacemos contacto visual o auditivo con ellas. Al ver a nuestro interlocutor, o al oírlo por teléfono, la actividad fáctica de la comunicación nos asegura la presencia del otro. Habituados a esa naturaleza material en la que vivimos, acercarnos a un Ser Invisible resulta difícil.

    Hacemos un mayor esfuerzo imaginando que Dios está allí, oyéndonos, buscamos un conector fático para validar su presencia. Nos sentimos inseguros porque no podemos escuchar audiblemente la voz de nuestro interlocutor, ni mirar sus ojos que nos ven. Debemos en consecuencia mirar dentro de nosotros, para buscar la otra garantía que poseemos: la del Espíritu Santo, que nos ayuda a pedir como conviene. Pero es Espíritu y por lo tanto tampoco lo vemos ni lo escuchamos audiblemente, así que vienen los recursos de la palabra bíblica, inspirada por Él.

    La meditación que hacemos cuando contemplamos su palabra, cuando nos embelesamos con ella, surge como una guía para afianzarnos en la actividad de la oración. El autor de Hebreos nos dice nuevamente: es necesario de que el que se acerca a Dios, crea que está allí, que existe; además, debe creer que nos va a recompensar por ese acto de fe. En nuestras plegarias hemos de tener presente que Dios se enoja porque pecamos, como advierte Isaías; hemos perseverado en los pecados por largo tiempo, ¿acaso podemos ser salvos? Somos como suciedad, con justicias como trapo de inmundicia, llevados por nuestras maldades como el viento lleva la hoja. Isaías continúa diciéndonos que nadie hay quien invoque el nombre del Señor, como para darnos una idea de la fortuna que tenemos por invocarlo. Somos de los pocos que nos acercamos a Él, siempre dentro de la misma isotopía de la manada pequeña, de los pocos escogidos, de los que clamamos en el desierto y de los que creemos que solamente hemos quedado unos pocos.

    ¿Solamente yo he quedado? Exclamación del profeta Elías; ¿quién ha creído nuestro anuncio? -decía Isaías. Pero en esa reflexión del profeta tenemos esta confesión: Jehová, tú eres nuestro Padre, nosotros barro, y tú el que nos formaste; así que obra de tus manos somos todos nosotros (Isaías 64:8). Daniel declaraba que nosotros somos simples pecadores que hemos ofendido al Señor, que hemos actuado con desvío de la verdad y del mandato; por lo tanto, nuestra plegarias no serán presentadas basadas en nuestra propia justicia. Más bien se presentan en la confianza de la misericordia divina. Nosotros como cristianos sabemos que Jesucristo llegó a ser llamado la justicia de Dios, nuestra pascua; por lo tanto, reposemos en esa verdad que no será jamás generalizada para todo el mundo, sino como una exclusiva para el pueblo escogido del Señor.

    Cuando aprendamos a expresar nuestros deseos delante del Señor, el Espíritu nos enseñará lo que realmente vale la pena desear y pedir. Por igual saldremos convencidos de que nuestras peticiones están garantizadas por Dios solamente, nunca por virtud de nuestra parte. De esa forma el círculo se completa: Dios recibe de nuevo toda la gloria en aquello que hemos pedido. En el acto de la oración se ejercita nuestra fe, como lo haría el atleta en el gimnasio. En el ejercicio de la oración nos depuramos de la vanidad de nuestros pensamientos, comprendemos cuánto mundo hay todavía dentro de nuestra mente, cuánta vanidad todavía nos embarga. Pero en ese acto de humildad ante el Todopoderoso, le honramos y le damos gracias por las bendiciones recibidas y las que seguiremos recibiendo. Existe una garantía absoluta en aquel que no miente, en el que ha prometido que nos recompensará cuando nos acercamos a Él.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

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