Blog

  • CREA EN MÍ UN CORAZÓN NUEVO (SALMO 51:10)

    David era un hombre de Dios, pero en su caída estrepitosa y pública tuvo que clamar para que Dios creara en él un corazón nuevo; reconoció su impotencia en su reposición, a pesar de que había sido declarado como un hombre conforme al corazón de Dios. ¿Cuánta mayor impotencia no habrá en el incrédulo? Existe una inhabilidad natural para los asuntos de la fe de Cristo, dado que el ser humano fue declarado muerto en delitos y pecados. No puede la criatura caída disfrutar de la debida percepción de los asuntos de Dios, porque le parecen una locura. 

    La gracia de Dios se hace necesaria para poder relacionarse con el Creador; si por las obras de la ley se pudiera restablecer el contacto, la gracia sobraría. Pero la ley se introdujo para que abundara el pecado, para que el ser humano probara su incompetencia espiritual y pudiera ser guiado por la norma hacia Cristo. Es decir, la falta de poder nos estimula a buscar auxilio, pero el círculo parece muy cerrado: el hombre natural sigue sin discernir las cosas del Espíritu de Dios, de manera que aunque intente el auxilio no sabe adónde ir. 

    La creación del corazón nuevo no puede considerarse como una mejora del anterior, sino como una hechura diferente. La piedra impenetrable se cambia por carne sensible, el espíritu muerto pasa a la resurrección del nuevo nacimiento. Pero David ya había nacido de nuevo, así que su clamor se hizo en función del pecado que lo agobiaba. Mi pecado está siempre delante de mí, dijo el salmista. De nuevo diremos, ¿cuánto más presente no ha de estar el pecado en el corazón incrédulo? Si el hombre natural resulta pasivo para nacer de nuevo, la nueva criatura en Cristo tiene actividad por realizar. Ante la caída debe clamar al Padre, pide perdón, se arrepiente y recuerda su debilidad; como Pablo, también puede reflexionar para asumir que existe la ley del pecado que domina sus miembros (Romanos 7). 

    Ese clamor del apóstol no fue una excusa para seguir pecando, sino un anuncio de la comprensión de aquello que nos suele suceder a los creyentes. Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre; a Jesucristo el justo, dice Juan en una de sus cartas. En otro lugar afirma que Jesús es fiel y justo para perdonarnos (1 Juan 1:9). En este punto conviene advertir contra una herejía que se impone desde algunos púlpitos, la de negar la capacidad de Cristo para perdonar pecados. Esto se basa en una metáfora usada por el autor de Hebreos, que dice que el Señor vive siempre para interceder por nosotros, pero ese adverbio no presupone que no hará más nada. 

    Una persona puede interceder por alguien y hacer otras cosas, como ocuparse de otros asuntos de interés. ¿Será que en las bodas del Cordero el Señor interrumpe la intercesión? ¿O cuando le dijo a Juan lo del Apocalipsis dejaría de interceder por los suyos? Cuando el Señor está a la puerta de la iglesia llamando para cenar, ¿habrá dejado de interceder? Resulta que si se asume el adverbio siempre quitándole el lado metafórico que implica seguridad, constancia, de cualidad inquebrantable, parece ser que Jesús no cumplió con lo dicho por el autor de Hebreos.  

    Recordemos que el Señor perdonaba pecados en esta tierra, no solo sanaba enfermos. Después de la resurrección se apareció a los discípulos y les anunció que le había sido dada toda potestad, tanto en el cielo como en la tierra; entonces, si cuando no poseía toda la potestad perdonaba pecados, ¿no va a perdonar ahora que tiene toda la potestad? Si así no fuera, Juan escribió algo que resulta incoherente. Fijémonos en el verso 7 de su Primera Carta, en el Capítulo 1; allí se lee: pero si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. Ese él del verso 7 hace referencia al Padre, a Dios, que viene anunciado desde el verso 5 como quien es luz; de inmediato se añade que la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado. En el verso 9 se concluye que si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados. Desde el punto de vista gramatical, él es un pronombre personal, singular de tercera persona, que hace referencia al personaje inmediato que se mencionó en el contexto (en este caso su Hijo Jesucristo, como refiere el verso 7).

    Bien, el creyente tiene una capacidad implantada para pedir perdón, para buscar la restauración, para suplicar a Jesucristo, a quien agradece como Pablo por la victoria final. El incrédulo carece de tal habilidad, sigue siendo un sujeto pasivo en quien el Padre podrá brindar gracia siempre y cuanto Él lo considere de acuerdo a sus planes eternos. El mandato de creer y arrepentirse funciona como una orden legal, algo general cuyo desconocimiento no excusa de su cumplimiento. En la nueva criatura cobra efecto la credulidad y el arrepentimiento para perdón de pecados, por la gracia provista por medio de la fe que también viene a ser señalada como un regalo de Dios (Efesios 2:8-9).

    Las metáforas funcionan en sus contextos, por lo cual conviene tener cuidado de no extenderlas fuera de lo previsto. Por ejemplo, estar muertos en delitos y pecados debe entenderse como estar incapacitado para buscar la medicina (los muertos no se mueven). Aducir que un incrédulo puede estar bajo fuertes convicciones de pecado, con un profundo sentido de miseria espiritual, por lo que no se debe considerar muerto del todo, es violentar el contexto de la metáfora. La figura de lenguaje en ese caso específico busca señalar el grado de absoluta depravación de la naturaleza humana. Logrado ello, no puede el intérprete seguir otro derrotero que el usado por el enunciador de tal metáfora.

    El que el Espíritu de Dios mueva al pecador a sentir esas convicciones implica que una fuerza externa al incrédulo está actuando; pero si es su pura conciencia, esos lamentos se procuran sin cambio eficaz. La metáfora de la muerte en delitos va de la mano con la metáfora del nuevo nacimiento procurado por el Espíritu de Dios, nunca por voluntad de varón. Cuando Nicodemo se salió del espíritu de la metáfora dicha por Jesús, erró completamente al buscar un contexto impropio de aquel propuesto por Jesucristo. No había necesidad de entrar de nuevo en el vientre de la madre. 

    La muerte espiritual niega el movimiento del espíritu humano por cuenta propia, como si por autonomía pudiera resucitarse a sí mismo. El trabajo de la conversión es una operación de Dios, pero el hombre incrédulo está bajo el mandato legal general de arrepentirse y de creer el evangelio. Alguien dirá todavía: ¿Por qué, pues, Dios inculpa?  Nadie puede resistirse a su voluntad, ¿será injusto Dios que condena a quien no puede sino seguir el derrotero eterno marcado por la mano divina? Bien, esas preguntas se las hizo el apóstol Pablo, bajo un argumento retórico cuando escribía el capítulo 9 de Romanos. La respuesta dada por el Espíritu de Dios es que Dios en ninguna manera es injusto, sino soberano; Él forma vasos de honra y vasos de deshonra, con la misma masa de barro. Jehová tiene misericordia de quien quiere tenerla, pero endurece a quien quiere endurecer. El Faraón viene a escena junto con Esaú, como modelos de vasos de ira que honran a Dios en sus juicios contra el pecado.

    Los que se molestan por esas palabras del apóstol, en realidad consideran dura la palabra de Dios; se dan a la murmuración contra el Altísimo y demuestran que Dios no les ha creado un corazón nuevo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • BENEFICIOS DE CRISTO

    Gracias a la humillación y trabajo de Jesucristo nuestra redención fue procurada en forma absoluta. Escapados de la maldición de la ley, de la esclavitud del pecado y del control de Satanás, conocemos que estamos en el mundo sin ser de él. La muerte y el infierno no nos preocupan, por causa del título de gracia y gloria que nos acompaña por la eternidad. Ha habido un cambio de estatus espiritual, en virtud de nuestra unión con Cristo, de su justificación por medio de su sangre, por haber sido adoptados como miembros importantes de la familia de Dios. Estamos regenerados, santificados, consolados, sin que nadie pueda acusarnos o condenarnos (Romanos 8:32-35).

    Hemos renacido para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, la cual nos está reservada en los cielos (1 Pedro 1:3-4). Las promesas del Evangelio representan la dádiva de Dios para con nosotros, un banquete de manjares suculentos, de vinos refinados; destruirá la muerte para siempre, y enjugará Jehová el Señor toda lágrima de todos los rostros de su pueblo (Isaías 25:6-7). 

    Recordemos que el Espíritu Santo es quien aplica nuestra redención, por quien tanto el Padre como el Hijo trabajan en nosotros. Es el Consolador enviado, el Parakletos, el que nos conduce a toda verdad y nos ayuda en nuestras oraciones a pedir como conviene. El Espíritu entra en nuestros corazones para hacernos desear las palabras del libro de Dios. Poseemos la gracia del Padre junto a su bondad, sin que nosotros tengamos mérito alguno, nos colocó en Cristo para la elección de gracia, para ser preservados y benditos. Eso se manifiesta en nosotros desde el momento en que fuimos regenerados y hechos nuevas criaturas, por afecto de la voluntad del Creador y no de voluntad humana. 

    Cristo nos ha sido hecho sabiduría de Dios para nosotros, por cuanto hemos dejado a un lado la locura y la necedad de quien no conoce a Dios, así que reconocemos que antes estimábamos como falta de cordura las cosas del Espíritu de Dios. Cristo nos ha dado a entender por su sabiduría todo lo relacionado con su reino, como consecuencia hemos tomado conciencia de que poseemos su mente. Él es la cabeza donde yace toda sabiduría y conocimiento, nuestro abogado y consejero, el que nos da la palabra para avergonzar a nuestros adversarios. 

    Cristo también es la justicia de Dios en nosotros, habiendo satisfecho las exigencias del Padre en materia judicial -la ley y su cumplimiento cabal. El Señor hizo de esa ley divina algo honorable y con magnificencia, nos dio a entender que la ley era buena y que ella era la que nos conducía a él como Hijo de Dios. Su obediencia, sufrimiento y muerte, nos hace ver que cargó con todos los pecados de cada uno de los que componemos su pueblo. Eso significa haber muerto conforme a las Escrituras, porque no rogó Jesús por el mundo la noche antes de su crucifixión, sino que lo hizo por los que el Padre le había dado y le seguiría dando. En resumen, Cristo rogó y murió por su pueblo (Mateo 1:21; Juan 3:16; Juan 17:20), no por el resto del mundo (Juan 17:9). 

    Se nos otorgó membresía en la familia celestial, donde Jesús tiene la cabeza y nosotros aprendemos de él. Una unión de gracia, con un legado que solo el ser humano puede disfrutar: los ángeles que fueron preservados de la caída no conoce la redención, puesto que nunca han estado perdidos. Los otros jamás serán redimidos, de forma que solo el hombre conoce y distingue la prisión y su liberación. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida (1 Juan 5:12). Por Jesucristo hemos llegado a ser participantes de la naturaleza divina, una vez que hemos huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia (2 Pedro 1:4). 

    Esas formas corruptas y viciosas que prevalecen en el mundo, ya no nos ocupan la mente. Porque hemos huido de la sodomía, del adulterio, del incesto, y de muchas otras formas semejantes de polución, si bien todavía estamos bajo la ley del pecado (Romanos 7). No tenemos la piedad por negocio, al estilo de Simón el mago, sino que nos ha caído la sombra protectora del Evangelio junto a la gracia, con su influencia de pureza para mantener un corazón sobrio y una boca entregada a las buenas conversaciones. Todo esto nos llega por influencia del Evangelio una vez que hemos nacido de nuevo; por eso nos agrada abstenernos de las formas y vicios que en otro tiempo constituían el pan cotidiano del alma esclava del mundo.

    El Faraón de Egipto nos sirve de ejemplo del tirano que humilla al pueblo de Dios; muchas formas de actuación tiene el oprobioso ser para exponer su maltrato sobre los que pertenecemos a la piedad. Sea el Papa de Roma, sea el conglomerado de rameras derivadas de la madre de todas las rameras de la tierra, doquier se extienda el falso evangelio allí también aparecerá la huella del anticristo. Empero, la liberación hecha por Moisés bajo el mandato divino: Saca a mi pueblo de allí, se refleja en lo que logra el Evangelio cuando germina su semilla en nuestros corazones. 

    Como tierra abonada por el Padre Celestial, respondemos ante el grano de trigo que cae en nuestro lugar. Damos fruto por doquier, porque no pueden silenciar el Espíritu que habla en nosotros, el que nos lleva a toda verdad. No conduce el Espíritu a sus hijos de mentira en mentira, de impiedad en impiedad, sino que nos recuerda las palabras de Cristo para que andemos en luz. Los que confiesan un falso evangelio no tienen el Espíritu Santo, por lo tanto no tienen ni al Padre ni al Hijo. Al que no vive en las enseñanzas (la doctrina) de Cristo, se le reconoce como un falsario religioso que deambula de engaño en engaño.

    Estos falsos piadosos desvarían con la doctrina del Señor, ellos anuncian otro evangelio, muy parecido al verdadero (porque como Satanás son capaces de disfrazarse de mensajeros de la luz). Les molesta concebir al Dios de la Biblia de acuerdo a lo que la Escritura enseña, por lo tanto se escandalizan y levantan su puño al cielo para señalar a Dios de injusto, por tener absoluta soberanía sobre los vasos de barro formados por Él. Reclaman una libertad que nunca les fue conferida, ni siquiera en el Edén donde se comprueba que el primer hombre debía responsabilidad absoluta en tanto criatura dependiente de su Creador.

    Otra de las consecuencias de vivir en la doctrina de Cristo viene a ser la soledad que sentimos por andar separados del mundo. Como Elías le decimos al Señor si solamente nosotros hemos quedado; como Isaías preguntamos quién ha creído a nuestro anuncio. Al igual que Juan el Bautista sabemos que somos una voz que clama en el desierto. Confiamos por igual en que la palabra de Dios no volverá a Él vacía, sino que hará aquello para lo que fue enviada. Continuamos adelante con todos los beneficios obtenidos en Cristo, el autor y consumador de la fe.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • DAVID SIGUIÓ ESCRIBIENDO SALMOS

    El Rey David fue un gran salmista, reconocido por sus alabanzas al Dios de Israel. Como cualquier ser humano, fue formado en pecado, y desde el vientre de su madre ya conocía el mal. Pero halló gracia en los ojos de Jehová, fue ungido para que el Espíritu de Dios viviese en él y pudiera convertirse en un profeta del Altísimo. Pese a su cercanía con Dios -llamado hombre conforme al corazón de Dios- pecaba a menudo. Conocido por los lectores de la Biblia son sus pecados, los que no le impidieron continuar con sus alabanzas al Dios que le dio la vida y la promesa de la eternidad.

    Continuó David alabando a Jehová, no se quedó en el pasado mirando hacia atrás, como quien rumia sus malos recuerdos y cae en depresión. La vida de David estaba adelante, no en el recuerdo de sus malos momentos. Lloró por su hijo Absalón, prefirió ser él el cuerpo muerto antes que verlo en su mortaja, pero existen cosas que no suceden por más que las deseemos, aunque seamos hijos del verdadero Dios. El Dios de David es quien tiene un perfecto conocimiento de Sí mismo, así como de todas las demás cosas. 

    Ese Dios es un Espíritu infinito, por lo cual posee un entendimiento suficientemente extensivo de todas las cosas. En realidad gobierna todo lo que ha creado, hasta la más mínima molécula, sin dejar sin control ninguna situación o evento en este mundo donde nos movemos.  ¿Quién puede suponerlo ignorante de alguna cosa? ¿Quién puede hablar de alguna dificultad que lo incomoda? Lo que para nosotros se ve como contingente -que puede o no puede pasar-, para Él es simple necesidad (lo seguro, porque es un Sí y un Amén). Su exacto conocimiento de todas las cosas hace que no cambie en lo más mínimo, sino que continúe con sus planes eternos.

    David escribió su libro de alabanzas, llamado también himnos para el Señor. Ese libro fue escrito bajo inspiración de Dios, de acuerdo al testimonio de David (2 Samuel 23:2), de Cristo y de sus apóstoles (Mateo 22:43). Su primer canto comienza con una bienaventuranza, lo que nos lleva a las de Cristo en su Sermón del Monte (Mateo 5:3). Allí se canta la felicidad del hombre cuya delicia subyace en la ley del Señor, bondad para el que la medita de día y de noche. He allí el secreto de David, gritado a voces; una felicidad absoluta posee aquella persona que se entrega de lleno a encontrar su dicha en la palabra del Altísimo.

    Acá no se trata de asuntos de religión, porque los viejos fariseos eran capaces de recitar fragmentos del Antiguo Testamento, que incluían los Salmos, pero su interior hedía a osamenta podrida como los sepulcros. El que medita en la palabra inspirada del Señor conoce sus regulaciones providenciales, está en capacidad de valorar el entretejido performativo de lo que Jehová ha querido que acontezca. Nunca podrá ver a un Dios que desea una cosa pero que parece frustrado por no conseguirla, pues su alma deseó e hizo. Conocidas son a Dios todas las cosas desde el principio, pero no por averiguarlas como si antes no las supiese. 

    David canta a la sabiduría de Dios, ejecuta un estilo poético de gran fuerza para comparar nuestra pasión por Cristo como lo hacen los ciervos por las corrientes de las aguas. Como profeta, David sabía del Señor que vendría a reinar: Jehová dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies (Salmo 110:1). Sabía el salmista que toda la verdad, honestidad y equidad de las criaturas provienen del Altísimo, así que en Él no existe la trampa, el mal ni la liviandad. 

    Pero el hombre conforme al corazón de Jehová cayó en un pecado social muy grave, además de ser un pecado íntimo realmente destructivo. Lo que nos interesa resaltar de la caída de David es que siguió siendo conforme al corazón de Jehová, como el apóstol Pablo que nos decía que lo imitáramos a él, así como él imitaba a Cristo, muy a pesar de que Pablo cayó en pecado una y otra vez. Sí, el apóstol se sentía miserable por su cuerpo de muerte (el cuerpo del pecado, no el cuerpo físico), pero daba gracias a Dios por Jesucristo porque él lo libraría de esa situación. 

    En Romanos 7 leemos sobre la condición del apóstol para los gentiles, que no por eso dejó de ser digno de imitación. Lo que hizo fue describir la condición de cualquier creyente, la posibilidad de caer en el error como cualquier otro mortal, simplemente por causa de la ley del pecado que nos tiene cautivos. David se dejó arrastrar por la lujuria, a pesar de tener mujeres del gusto que quisiera. El pecado de su lascivia lo llevó al pecado de la mentira e incluso al asesinato planificado de Urías, el cónyuge de la mujer que había tomado y seducido. El profeta Natán lo confrontó con una parábola y de inmediato reconoció su maldad, hasta caer a tierra postrado por su maldad descubierta. Testimonio de esta situación es el Salmo 51, una declaratoria de su naturaleza pecaminosa.

    Comienza su canto de arrepentimiento con una petición de misericordia a Jehová, en virtud de la gracia mostrada antes hacia él. Lávame más y más de mi iniquidad, decía su alma; límpiame de mi pecado. Ese pecado estaba en su cara, como un recordatorio de su maldad, algo que también Pablo pudo reconocer en él mismo, algo que cada creyente debe mirar de cerca para entender nuestra naturaleza vieja que lucha bajo la ley del pecado. Nosotros sabemos que el Señor perdonó a David, que lo continuó bendiciendo y que él siguió gobernando a su pueblo. Conocemos por los relatos bíblicos de la disciplina del Señor, pero nos agrada la actitud de Israel que comprendió el error de su rey y también lo perdonó.

    Esto es algo que las iglesias deberían imitar, el perdón absoluto de su gente. No es posible vivir como un animal marcado por una falta, bajo el parloteo del chismoso que siempre deambula libre por las congregaciones. El correo del odio parece sustentar a esa gente que siempre recuerda la caída del justo, como si no fuese suficiente la afrenta del individuo ante su Creador. Mi pecado está siempre delante de mí, decía David, como un grito de angustia que reflejaba el castigo de su conciencia. La terapia del perdón viene a nuestro auxilio, pero hay iglesias que no perdonan, aunque quieren que Dios les perdone sus ofensas. ¿Somos deudores a la iglesia por causa de nuestros pecados? Bien, que la iglesia perdone como Cristo la perdonó a ella.

    Por las cosas escritas en la Biblia uno puede concluir que conviene tener cuidado de cómo se usa nuestra mente. Para prevenir el mal moral o incluso su consecuencia penal, hemos de examinar nuestras circunstancias y conductas. El suicidio no puede ser concebido como una salida a la angustia impuesta por el mundo y su principado, ya que constituye un acto criminal. Sea en forma instantánea, o por medio de una muerte prevista por medio del deterioro intencional de nuestro cuerpo, se implica un acto de irreverencia a Dios como el autor de la vida. Saúl como antagonista de David terminó pidiendo ayuda para el suicidio, sobre su propia espada. El se convirtió en un símbolo de quien Jehová le haya quitado su Espíritu, para enviarle a cambio unos demonios que lo atormentaban; siguió su derrotero final con una adivina o bruja, en la consumación de su desobediencia al Altísimo.

    Saúl reprendido por Samuel siempre brindó excusas, hasta llegó a decir que el pueblo se había apropiado del ganado para hacer holocausto a Jehová. David, por el contrario, cayó a tierra arrepentido reconociendo su maldad, cuando el profeta Natán lo confrontó con la verdad. Son dos muestras de los dos primeros reyes de Israel, dos voluntades opuestas. Ambos fueron víctimas de sus pecados, pero uno solo tenía el brillo del amor de Dios que sostenía su mano. Siete veces caerá el justo, y siete veces Jehová sostendrá su mano y lo levantará (Proverbios 24:16; Salmos 73:23).

    En algunas relaciones se consigue alguna mancha de infamia, pero el perdón de Cristo borra toda falta. El ladrón en la cruz fue movido por el Espíritu de Dios para pedir clemencia cuando el Señor volviera, reconoció que él era digno de muerte y que su Señor no había hecho nada malo para estar en una cruz. Sin embargo, pese a su trayectoria inicua, el Señor le prometió que desde ese mismo día lo encontraría en el Paraíso. Por suerte para ese ladrón no pasó por el tormento de una iglesia que perdona pero que no olvida, que siempre le hubiera recordado que debería ocupar la última banca en forma silenciosa. Mientras tanto, los hermanos le darían la mano cada domingo pero ninguno lo invitaría a almorzar, no fuera a ser que se le despertara su instinto criminal.

    David representa, al igual que ese ladrón en la cruz, el prototipo de lo que somos. Solamente la misericordia de Jehová no nos consume, pero refleja por igual la gratitud de haber sido perdonado. Lo mismo sucede con el ladrón en la cruz, al igual que Elías, hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, al igual que el apóstol Pablo, considerado por él mismo como un miserable que no hacía el bien que deseaba hacer pero hacía el mal que odiaba hacer. Lo cierto es que Cristo está a la puerta de la iglesia, según un relato de Apocalipsis. Parece ser que no entra, porque también es sometido a juicio por sus palabras duras de oír que mantiene ofendidas a las supuestas ovejas de la congregación. El Señor le dice a su pueblo que huya de Babilonia, que salga de esos sitios donde el perdón no se da en forma completa. 

    David siguió escribiendo salmos, a pesar de su temporal derrota espiritual. Lo importante en él es que no se convirtió en un apóstata, como parece ser que le aconteció a Saúl. David siguió tomado de la mano por el Señor, de manera que sus salmos, antes y después de su oprobiosa conducta, siguen proclamando la grandeza del Dios que perdona y restituye.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • COMER SU CARNE, BEBER SU SANGRE

    Los discípulos reseñados en Juan 6, los que se alimentaron de los panes y los peces, se volvieron literales cuando la metáfora exigía mantenerse en ella. Jesús no los sacó del error, los dejó tranquilos en su desvarío, pudiendo hacerles el milagro de la redención. Pero el soberano Señor hace como quiere, comprendía que ese grupo de personas no formaba parte de su pueblo que venía a redimir. Les dio de comer panes y pescados, pero no les entregó la salvación eterna. Tenían que comer su carne y beber su sangre, si de redención se tratase; endurecidos como estaban siguieron escuchando palabras duras de oír.

    Aquella gente se ofendió y comenzaron a murmurar; tal vez sus almas se tornaron leprosas, como la mano de la hermana de Moisés. El Señor los dejó en el error, como hizo con Tiro y con Sidón, ciudades en las que no se hicieron milagros como para que se arrepintieran en cilicio y ceniza. Tampoco se hicieron en Sodoma las señales o milagros hechos en Capernaum, que si se hubiesen hecho no hubiese habido necesidad de destruirla (Mateo 11:21-23). Los discípulos reseñados en Juan 6 no creían en él, pero estaban maravillados con la comida servida en forma excepcional. Seguían a ese Maestro milagroso, capaz de hablar y sanar, de realizar prodigios que solo un profeta de Dios podría hacer.

    No fue suficiente con presenciar el milagro, hacía falta algo más. Eso que era necesario no podía venir de un espíritu muerto en delitos y pecados, tenía que operar primero el nuevo nacimiento. El Padre habría podido enseñarlos primero para que aprendieran y fuesen a Jesús (Juan 6:45), pero no lo hizo. Ellos fueron tratados como los habitantes de Sodoma, sin ayuda para la redención, como los judíos con celo de Dios pero no conforme a entendimiento. 

    Jesús se atuvo a la maravillosa voluntad del Padre: que de todo lo que le diere no perdiera nada (Juan 6:39). Habiendo reprendido a esos discípulos, por causa de su murmuración, les dijo de inmediato: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo le trajere (Juan 6:44); el que cree en mí tiene vida eterna (Juan 6:47). Siguió el Señor hablando con ellos hasta escandalizarlos: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero (Juan 6:53-54).

    Esto lo dijo Jesús como respuesta a la pregunta de ellos acerca de cómo sería posible comer su carne. Jesús les hablaba de su naturaleza humana, de que él había venido en carne siendo Dios, pero los judíos no comprendieron el sentido figurativo. Si el Señor hubiese querido salvarlos les habría explicado la figura de habla utilizada, pero detuvo su esfuerzo pedagógico para dejarlos en su perplejidad, en la suposición de que Jesús hablaba de un acto de canibalismo. 

    Pablo nos lo dijo más adelante, cuando escribió sobre el incrédulo que no puede discernir las cosas del Espíritu de Dios porque le parecen una locura. Si el Espíritu no opera el nuevo nacimiento, no habrá discernimiento apropiado de la palabra de Dios. No se trata de que el Espíritu de Dios venza a unos mientras otros lo vencen a él, sino de que de donde quiere sopla (como dice la metáfora de Jesús ante Nicodemo). Hay un orden establecido en el Dios Trino de la Biblia: el Padre elige, el Hijo muere por los elegidos y el Espíritu vivifica a esos escogidos del Padre. 

    Si Moisés hubiera recibido de parte de Jehová el mandato de explicarle al Faraón quién era Él, para quitarle el entendimiento entenebrecido, de seguro el Faraón habría creído. Pero la intención del Señor soberano era endurecer al Faraón para gloriarse en toda la tierra con lo que hizo en Egipto. Vemos su soberanía por doquier, para cumplimiento de lo que ha deseado y ha dicho. Jesucristo hablaba muchas veces usando metáforas, una transferencia de sentido sin previo aviso, con una cosa daba el significado de otra. Por supuesto, la analogía se presenta y la realidad se anuncia con el traspaso de un sentido al otro.

    La metáfora apela a la imaginación, a diferencia del símil que se ajusta más al hecho. Por ejemplo, en Isaías 40:6 leemos la metáfora: que toda carne es hierba, pero en 1 Pedro 1:24 podemos ver la misma idea transformada en símil: Toda carne es como hierba. La analogía en la metáfora se da entre el sujeto y el predicado, pero nunca hay que entenderlo como una identidad literal. Comer la carne de Jesús o beber su sangre son expresiones que establecen una analogía con el sacrificio que haría en la cruz, pero nunca un llamado al canibalismo. En ocasiones esas analogías son extremadamente profundas, especialmente para los que se han engrosado en su razonamiento y no les resplandece la luz divina. Habrá que ser cuidadoso con las metáforas bíblicas, las que pueden llegar a representar a Cristo como el león de Judá y al diablo como el león rugiente; de igual forma, Satanás es visto como la serpiente antigua, pero la serpiente de bronce en el desierto representaba a Cristo. 

    La metáfora y cualquier otra figura de lenguaje tiene su límite, de manera que no conviene extrapolar su sentido a contextos arbitrarios. El árbol bueno dará un fruto bueno, pero el árbol malo dará siempre uno malo; lo que sigue a esa metáfora contribuye a la clarificación del contexto: de la abundancia del corazón habla la boca. Es decir, lo que se confiesa habla a voces de lo que se cree. Entonces, si uno extrapola el sentido hacia otros contextos, la metáfora puede destruirse dentro de su pragmática. No se puede inferir que el árbol malo pueda ser abonado y mejorado para que dé un fruto bueno, ya que eso no representa el sentido contextual al cual refirió Jesucristo. 

    Uno puede comparar metáfora con metáfora, como en el caso de los árboles buenos y malos, comparados con las ovejas y las cabras. Sabrá entonces que resulta imposible para una cabra convertirse en oveja, como a una oveja se le impide convertirse en cabra. Esa es la idea que Jesús quiso representar cuando refirió a esas dos metáforas en tiempos diferentes. Cuando Jesús dijo: Esto es mi cuerpo (Mateo 26:26), mencionaba el sentido figurativo del verbo ser, como en esta es mi sangre. También tenemos otra forma de decirlo, como cuando Pablo escribió a los Corintios: Esta copa es el nuevo pacto (1 Corintios 11:25). Sabemos que una copa no puede ser un pacto, pero metafóricamente resulta posible; lo mismo puede decirse de la expresión: Vosotros sois el cuerpo de Cristo, como una analogía con el cuerpo humano, donde Cristo es la cabeza -como otra metáfora, ya que Jesucristo no es solo una cabeza (1 Corintios 12:27).

    Jesús ha podido detener su discurso y darles una clase de figuras de lenguaje a los judíos que lo seguían, a fin de cuentas eran sus discípulos. Pero los dejó en la ignorancia, en el error interpretativo, dada su soberanía y potestad sobre toda alma. Muchos, hoy día, continúan en las iglesias distorsionando la palabra de Dios porque ignoran asuntos de metáfora o símiles, o de cualquier otra figura de lenguaje. Por ejemplo, hay quienes aseguran que Jesucristo no perdona pecados, porque vive siempre para interceder por nosotros. Ese absurdo se da porque existe pereza intelectual y se vuelca a la literalidad, bajo el riesgo de quitarle atributos al Señor. Si a él le fue dada toda potestad en el cielo y en la tierra, ¿cómo no puede perdonar pecados? Además, en una carta de Juan se nos dice que él es fiel y justo para perdonarnos. Pero si no se entiende que el autor de Hebreos usó una metáfora sobre la actividad de Jesús, no se podrá comprender que él hace muchas cosas, además de interceder por nosotros ante el Padre. 

    El cuerpo del Señor no puede ser un pedazo de pan, a menos que sea una metáfora lo que se dice. El pan es un emblema y representación de su cuerpo, molido por nuestros pecados (supongo que no hay que explicar que el vocablo molido no significa ser pasado por una trituradora). Ese pan recordaba la pascua judía, elaborado sin levadura. Lo mismo sucede con el vino rojo en su copa, un emblema de su sangre derramada en la cruz por los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). Esto inaugura el pacto de gracia, o el nuevo pacto en su sangre, siempre en alusión al viejo pacto donde la sangre de los toros servía como símbolo de la que vendría de parte del Cordero de Dios. Esa sangre fue derramada por muchos, para remisión de pecados (Mateo 26:28), no por todo el mundo, sin excepción. ¿Quiénes son esos muchos?

    Son los mismos que le fueron dados a Cristo por el Padre, por los cuales él agradeció la noche previa a su crucifixión, los muchos que fueron justificados en él, los muchos hijos que Dios le dio para llevarlos a la gloria. 

    El Espíritu de Dios nos conduce a toda verdad, porque él es el Espíritu de verdad. Los que se enredan en las metáforas bíblicas no parecen conducidos a la veracidad de las Escrituras, sino que deambulan erráticos entre las doctrinas de los extraños. Estos son los que beben en las aguas turbias de los maestros de mentiras, los que reciben nuevas profecías, los que se gozan con los modernos apóstoles, los que decretan para que Dios cumpla sus deseos, los que se deleitan con los supuestos nuevos dones de lenguas. Asimismo, ellos vuelven su mirada a las viejas fiestas judías, pronuncian vocablos en hebreo para dar solemnidad al discurso bíblico. No saben que Dios prometió hablar en lengua extranjera al pueblo rebelde, que usó lengua gentil para expandir su Evangelio, como prueba de que había desechado por un tiempo al endurecido Israel. 

    No nos levantamos en contra del Israel que Dios ha querido hacer prevalecer en la historia, simplemente oramos por los que pese al celo de Dios no tienen conocimiento conforme a entendimiento (Romanos 10:1-4) ¿Qué es pedir por la paz de Jerusalén? Es desearle a Israel que Jesucristo los alcance, que acepte con humildad el Evangelio de Jesús tal como se anuncia en las Escrituras. Los adornos del nacionalismo, de la lengua celestial que se presume, de la parafernalia ritual contradicen el espíritu de humildad de quien se acerca a Dios.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • UNA CRUZ PARA EL ORGULLO HUMANO

    El Evangelio sencillo se expone en la Biblia, pero los predicadores complican su enunciado. Simple y plano aparece lo que Jesucristo dijo, al igual que lo que sus discípulos expusieron en torno al mensaje de salvación. No dijo el Señor que moría por todo el mundo, sin excepción, sino que se atuvo a lo que decían las Escrituras. El nombre del niño sería Jesús, por la razón ya conocida: Jehová salva, de acuerdo a su étimo, porque esa criatura salvaría a su pueblo de sus pecados. Aparte de la claridad del ángel que hablaba con José en una visión, el niño cuando creció se hizo un Maestro. Pero era también un profeta, el Ungido de Jehová, el enviado a esta tierra de acuerdo al decreto que data desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20).

    Ese Jesús tuvo muchos discípulos, pero un gran número lo abandonó porque sus palabras eran duras de oír. Duro es el mensaje del Dios soberano para algunos, como el Faraón, Caín o Esaú; agradable y tersa le resulta esa palabra al elegido para salvación, ya que no habría otra forma de redimirse del pecado y sus efectos. ¿Qué espantó a aquellos discípulos que se retiraron murmurando contra Jesús? ¿Por qué resultaron ofendidos, según nos cuenta Juan en el Capítulo 6 de su Evangelio? La razón fundamental fue la lógica de las proposiciones del Señor: Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y el que a mí viene no le echo fuera. Ninguno puede venir a mí si no le fuere dado del Padre.

    ¿Quién no puede entender tales proposiciones? Resultan bastante simples, lo que conduce a extraer una síntesis de ellas: los que no vienen a Jesús no lo hacen porque el Padre no los ha enviado. Lo demás es cortar y pegar, un conglomerado de supuestos necesarios. Dios inculpa de pecado al hombre que está bajo la responsabilidad moral de su ley, sin importar si tiene o no la capacidad de hacer el bien. Incluso destina a los réprobos en cuanto a fe sin mirar en sus actos buenos o malos, simplemente porque así lo tuvo a bien el Juez justo de toda la tierra. Estas aseveraciones pueden cotejarse en las Escrituras, en especial si se lee con atención el Capítulo 9 de Romanos.

    Pero se edifica una cruz para el orgullo humano, predicándosele un evangelio complicado para que el auditorio no se dé cuenta de lo que la Escritura dice en forma simple. Incluso ha habido casos de personas, con una gran cantidad de años en alguna iglesia, a las cuales se les ha dicho lo de Esaú y Jacob, pero muestran perplejidad preguntándose si eso en realidad está en la Biblia. Tal vez, si se predicara en forma simple lo que la Escritura anuncia, muchos huirían despavoridos por las palabras duras de Jesús. Eso traería consecuencias graves para la congregación habituada a sus terapias semanales, a la simulación de la piedad en la que no creen.

    Si creyeran pedirían la palabra, anunciarían a Cristo, tal como lo dicta la Escritura. En cambio, se afianzan en el otro evangelio, ese que les da verbo blando y atractivo para los que se espantan con la soberanía de Dios. De esa manera se comienza a tejer el evangelio complejo, con la cruz que satisface el orgullo humano. Un poco de buenas obras acá, otro poco por allá, y pasado cierto tiempo el alma se habitúa a creer la mentira anunciada: Que Jesucristo murió por todos y derramó su sangre por cada individuo, sin excepción; esto llevaría a una conclusión también necesaria: que los que no se salvan se salvarían si hicieran un poco de esfuerzo.

    Bueno, así están las cosas en la mayoría de las congregaciones que se denominan cristianas. Se espantan cuando escuchan sobre la soberanía absoluta de Dios, se refugian bajo el argumento de cantidad, repitiéndose la falacia acerca de que no todos pueden estar equivocados. Tal vez les resulta cierto lo de que la mayoría tiene la razón. El asunto pasa porque se presume que ese evangelio amplio y ancho da más posibilidades a las masas para redimirse del pecado, aunque con ello se destruya la teología de Dios.

    Los creyentes de verdad siempre desean la leche purificada, no adulterada, la palabra racional del Evangelio. Se crece en la gracia y en el conocimiento de Cristo, pero siempre bajo la guía de la razón junto al Espíritu. El error de cálculo conlleva a un resultado equivocado, pero el que nos guía a toda verdad no nos paseará jamás por la mentira. Pedro nos lo dice en forma sencilla: Desead, como niños recién nacidos, la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcáis para salvación (1 Pedro 2:2). Esa leche espiritual no adulterada es el Evangelio, el de suave digestión. En otros términos, el evangelio adulterado resulta indigesto, pero el hábito por la comida chatarra se ha extendido hasta el ámbito del espíritu.

    Isaías nos lo decía también: el que tenga sed venga a las aguas, y el que no tenga dinero, que venga y compre, y coma; sí, compre vino y leche sin dinero y sin precio alguno (Isaías 55:1). Estamos obligados a un culto racional (Romanos 12:1), no a un culto ilógico. Dios es soberano absoluto, hace con su barro lo que quiera; a algunos los convierte en vasos de honra, mientras a otros los construye como vasos de deshonra. ¿Tachará alguien a Dios de injusto? ¿Por qué, pues, inculpa, si nadie puede resistirse a su voluntad?

    Los que construyen un edificio no pueden subestimar el fundamento, la roca sólida cabeza del ángulo. Si el Cristo de la Biblia no es el fundamento, la roca les caerá encima y los aplastará. El olor del conocimiento del Señor se manifiesta por medio de los creyentes, siendo nosotros un grato olor de Cristo para Dios, en los que se salvan y en los que se pierden. En estos últimos un olor de muerte para muerte, y en aquellos que se salvan olor de vida para vida (2 Corintios 2:15-16).

    Nos duele ver a los que se pierden, como a Pablo le dolía el Israel endurecido, el que tenía celo por Dios pero no conforme a entendimiento (Romanos 10:1-4). Nuestra oración va por aquellos que andan perdidos, para ver si Dios los quiere ver fuera de peligro. Familiares, amigos, gente cercana y conocida, muchos de ellos mejores en calidad humana que nosotros mismos; pero si el Padre no los enseña hasta que aprendan, no podrán acudir al Señor Jesucristo. Para esto, ¿quién es suficiente?

    Una vez le preguntaron a Jesús si eran pocos los que se salvaban, a lo que él respondió: lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios. En eso descansamos, pero continuamos con este mensaje por todo el mundo, con la esperanza de que esta palabra no volverá vacía, sino que hará aquello para lo que fue enviada.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LAS SAGRADAS ESCRITURAS (2 TIMOTEO 3:16-17)

    El fundamento de la fe cristiana subyace en las Sagradas Escrituras. Si toda la Escritura ha sido inspirada por Dios, ella viene a ser útil para que el hombre de Dios sea completo y equipado para toda buena obra. Fijémonos en que la Biblia no necesariamente es útil para el hombre que no es de Dios, ya que aún la ofrenda del impío sigue siendo una abominación al Señor. Hay aclaratorias de importancia que precisan el grado de restricción de una promesa bíblica. De la misma manera podemos adelantar que se debe diferenciar entre el mandato divino y el decreto del Altísimo. El mandato se obedece o se incumple, pero el decreto se ejecuta. En síntesis, un decreto de Dios no se dio para que lo cumplamos o lo desobedezcamos, simplemente se ejecuta por la fuerza de su palabra.

    Otro texto que se vincula con lo que decimos parece ser el que habla de la providencia de Dios; a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es: a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28). Por igual recordamos lo que dijo el apóstol Pablo: que las cosas de las Escrituras se escribieron por causa de nosotros (Romanos 15:4). La paciencia y la consolación de las Escrituras vienen para nosotros, no para el incrédulo; el carácter de Dios, sus propósitos y su plan de salvación se anotaron en ellas para beneficio de los elegidos. El incrédulo dirá como el Faraón: ¿Y quién es Jehová? En realidad Faraón no supo jamás que Jesucristo es el camino, la verdad y la vida; no entendió ni se ocupó en saber que el Redentor vivía, que se levantaría de entre los muertos, como sí lo creyó Job. Las Escrituras fungen como la fuente de la verdad que guía nuestras vidas.

    Existe un grupo de mal llamados cristianos que colocan sus tradiciones como autoridad sobre las Escrituras. Ellos hablan del magisterio, pero otros que son parecidos prefieren proferir nuevas revelaciones. Al grito de Dios me reveló, me habló, me inspiró a decir, anuncian nuevas profecías o interpretan el cumplimento de las antiguas. En realidad pudiera haber muchas razones por las cuales esa gente de religión actúa de esa manera, quizá una de ellas sea que no tienen un ancla firme en las proposiciones de la Biblia. Como no han sido llamados de las tinieblas a la luz, ellos necesitan evidencia de ese dios en el que dicen creer. Por lo tanto hacen actuar a esa divinidad de acuerdo a sus emociones y raciocinios entenebrecidos.

    Algunos han llegado a hablar del fracaso de Dios, señalando al Calvario como la prueba de su desvarío. Piensan que Jesucristo murió por todo el mundo, sin excepción, de manera que como la mayoría de la humanidad camina hacia una muerte eterna de seguro Cristo fracasó en su proyecto. Si estudiaran las Escrituras con atino y razón, de acuerdo a su sintaxis y semántica, se darían cuenta de que Jesús no rogó por el mundo sino solamente por los que el Padre le había dado y le seguiría dando. Mal pudo Jesús morir por aquellos por los cuales no rogó la noche antes de su crucifixión.

    El concepto de la Sola Scriptura no es nuevo, es más bien algo antiguo y de siempre que fue retomado con la Reforma porque se había extraviado. La Escritura se interpreta con la Escritura, sin paradojas o contradicciones, por cuanto es la palabra de Dios. De allí que Pablo lo haya anunciado mucho antes, al decirnos que toda ella ha sido inspirada por Dios y nos resulta útil en tanto hombres de Dios. Si combatimos al mundo, debemos escoger las Escrituras como la espada que nos capacita junto al Espíritu para cualquier tipo de contienda.

    Someternos a la autoridad de la Escritura exige humildad, pero sobre todo confianza. Tal vez a alguien le resulte dudoso confiar en unos relatos religiosos recogidos fundamentalmente por una nación de antes, pero ese fue el método que se utilizó para legarnos ese precioso regalo. No todos lo reciben, ya que a muchos les parece una locura los asuntos del Espíritu de Dios; otros señalan que existe un universal religioso donde cualquier culto puede tomar prestado para armar su estructura de fe. Bueno, no hay duda de que tal cosa se puede creer, pero en asuntos de la Escritura el que duda se compara al que es movido por cualquier onda del mar, el que es llevado como nube a cualquier parte.

    El arrepentimiento para perdón de pecados se anuncia en las Escrituras, los mandamientos para obedecer también allí se prescriben. Pero al hombre de fe se le propone un reto, confiar plenamente en lo que allí se dijo como inspirado por Dios. De lo contrario seremos movidos como el tamo por el viento, quebrados como la caña estremecida por la brisa. Dejemos ir nuestras opiniones e ideas preconcebidas, incluso nuestras tradiciones, apeguémonos a la letra que vivifica, porque ni una jota ni una tilde de lo allí mencionado dejará de ser realidad. ¿Crees esto?

    Si aceptamos la supremacía de la Escritura se implica debemos dejar que ella nos enseñe, sin añadirle ni quitarle a lo que Dios dijo. La Biblia nos ayuda a conformarnos a la imagen de Cristo, quien es el espíritu de las profecías. Estudiémosla diligentemente, porque nos parece que en ellas está la vida eterna, que ellas dan testimonio del Cristo. Oh, que ella nos ayude a transformarnos por medio de la renovación de nuestro entendimiento, para no conformarnos a este mundo; de esa manera comprobaremos cuál es la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta (Romanos 12:2).

    ¿Quieres oír la voz de Dios guiándote? Anda a las Escrituras y escúchala, porque no habrá otra que la sustituya. Las experiencias místicas no son aprobadas por ella, los pronunciamientos de decretos de fe tampoco. Ella marcó el fin de las revelaciones, así que no indague en los falsos maestros ni en los apóstoles de mentira. Recuerde que Pablo dijo que él era el último de los apóstoles, porque Jesucristo se le apareció a él como a un abortivo. Así que no escuche la voz de los nuevos apóstoles porque son implícitamente declarados falsos por virtud de la inerrante palabra de Dios. No escuches a los que reclaman los viejos dones especiales dados a la incipiente iglesia, ya que ellos finalizaron cuando cumplieron su propósito.

    Frente a todas estas advertencias, provenientes de la Escritura, el que desobedece se asemeja al necio que ve el peligro y se enfrenta sin ninguna arma a él. Parece ser que la voz del maligno tiene ascendencia sobre el corazón extraviado, y por eso tal persona se juega el alma para buscar la prueba de lo sobrenatural. ¿Acaso no parece suficiente con conocer lo que ella enseña? Ah, tal vez es que no es un hombre de Dios, por lo cual la Escritura no le parece suficientemente útil.

    La supremacía de la Escritura no es solamente un asunto de doctrina, sino también algo que sirve para la vida práctica. El día a día se comprende mejor con la Escritura abierta, con el examen de sus palabras y bajo el gozo que se obtiene por la voz del Salvador. La palabra de Dios es la lámpara que nos alumbra el camino, la lumbrera ante nuestros pies (Salmo 119: 105). Su palabra es verdad y no cambia jamás, así que apoyémonos en su veracidad y probemos cuál será la buena voluntad de Dios para con las personas que conformamos su pueblo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absoltuasoberaniadedios.org

  • CAMINAR EN EL ESPÍRITU (ROMANOS 8:8-9)

    ¿Qué no se puede decir que sea el caminar en el Espíritu? Representa una categoría muy amplia, especial y apartada para los que hemos nacido de nuevo. Estar en Cristo implica haber huido de la condenación venidera, pero no podemos caminar en el Espíritu si antes no hemos nacido de él. Solamente existen dos estados posibles, el de salvación y el de condenación, un estado del pecado y otro de la justicia y rectitud. Los seres humanos caminamos en esos dos estados pero de manera excluyente, ya que si alguno está en Cristo nueva criatura es (las cosas viejas pasaron, incluyendo el estado de pecado).

    El que hayamos salido del estado de condenación no significa que el cristiano no peca a diario; hay pecados de comisión y de omisión, ya que no solo se hace lo malo sino que se deja de hacer lo bueno. Si nos miramos hacia el alma terminamos diciendo con Pablo que somos unos miserables por hacer lo que no queremos hacer (Romanos 7), pero de seguro que si lo decimos será porque andamos en el Espíritu. Saulo de Tarso caminaba en la carne y no tuvo remordimiento alguno por el asesinato de Esteban, ni por encerrar a los creyentes en la cárcel. Solamente convertido en Pablo pudo conocer el pavor del pecado, percibir por igual el disgusto de la suciedad del hecho inicuo.

    Caminar conforme al Espíritu nos da una señal grandiosa: estamos en Cristo Jesús y ninguna condenación nos amenaza (Romanos 8:1). Los esclavos de la carne continúan bajo el mandato de su príncipe, entenebrecidos en su entendimiento al grado en que no pueden discernir las cosas del Espíritu de Dios. Cosa terrible, porque su mucha inteligencia para las ciencias o para las humanidades no les ayuda en el área espiritual. Más bien les entorpece y les cuentan como locura los asuntos de Dios; algunos han llegado a decir que no hay Dios, que ellos surgieron del azar, de una ameba que evolucionó hasta lo que hoy somos todos. No solo andan en tinieblas sino que son tinieblas, de acuerdo a Efesios 5:8, en tanto continúan como hijos de ira en virtud de su ceguera, ignorancia y oscuridad espiritual. 

    No existe un camino medio, donde el individuo no sea luz o tinieblas, sino más bien un claroscuro. No, en asuntos del espíritu la Escritura en forma clara nos advierte que o somos hijos de la luz o lo somos de las tinieblas, y el que anda en la luz no puede andar al mismo tiempo en la oscuridad. Eso equivale a la confesión del evangelio, ya que no se pueden confesar los dos evangelios que existen: el de Jesucristo y el del anticristo. O se es un árbol bueno que da su fruto bueno, o se es un árbol malo que da su fruto malo; sabemos que de la abundancia del corazón habla la boca. Ese sistema binario lo ha creado el mismo Dios, ya que su santidad deja por fuera la iniquidad. 

    Cada creyente camina en un estado de vida, como oveja que sigue al buen pastor (Juan 10:1-5). Cada incrédulo camina en un estado de muerte, alejado de la gloria de Dios. Poco importa que se haya acercado al evangelio, como también lo hizo Judas, ya que el participar de los frutos de la vida venidera no hace crédula a la persona. Existe una simulación, bien sea con la intención de engañar a otro o bien sea con el autoengaño, como producto de una imaginación de fe. Lo cierto es que el que no ha nacido de nuevo no ve el reino de Dios. 

    La naturaleza humana no puede elevar al hombre a un lugar celestial, sino que lo enclava en el mundo junto a su príncipe, para ser abatido por cada circunstancia de angustia y ansiedad que conforma el sustrato espiritual de vivir bajo las maquinaciones del maligno. El diablo le prometió mucho a Eva, que seríamos como Dios (o como dioses, porque involucraba a Adán), pero le dio muy poco: solamente el pecado para que por la desobediencia conociéramos el bien junto al mal. Pero finalmente quita todo del hombre, ya que su alma la lleva cautiva hasta una eternidad de oscuridad y dolor. El rescate del Creador se manifiesta a través del Redentor, el Cordero destinado desde antes de la fundación del mundo para ser manifestado en el tiempo apostólico (1 Pedro 1:20). 

    La humanidad entera heredó la deuda de Adán, pero la incrementó con sus intereses y por comisiones de pecados tras pecados. La dádiva de Dios se denomina vida eterna en Cristo Jesús, porque en Cristo todos los que son de Cristo viven. La gracia sobreabundó allí donde abundó el pecado, pero en el plan inmutable del Dios de la creación existe un pueblo elegido para conocer las virtudes del que nos llamó de las tinieblas a la luz. De acuerdo al beneplácito de Dios, Jesús murió por todos los pecados de ese pueblo (Mateo 1:21), no rogó por el mundo no amado (Juan 17:9) sino que murió por el mundo amado por el Padre (Juan 3:16). 

    La justicia de Cristo se nos impartió a todos los que hemos creído, se impartirá por igual a los que lleguen a creer, pero nadie puede llegar a creer si el Padre no lo envía hacia el Hijo. Solamente aquellos que el Padre envía irán definitivamente hacia el Hijo, para nunca ser rechazados ni echados fuera. Esta palabra del Evangelio suena muy dura de oír para muchas personas que tienen simpatía por el evangelio, que se han acercado en forma voluntaria o curiosa a la palabra de vida eterna. La dureza de esas palabras de Jesús produce murmuración y contienda en algunos, de forma que pasan a creer un evangelio diferente que contiene palabras más blandas. Pero como dice el viejo adagio latino: la palabra blanda trae su veneno (Blanda oratio habet venenum suum).

    La Biblia nos habla de la corrupción que produce el pecado, aún desde el vientre de la madre: Se apartaron los impíos desde la matriz; se descarriaron hablando mentira desde que nacieron (Salmo 58:3). Por la caída de Adán toda la humanidad quedó sumergida en nociones equivocadas acerca de quién es Dios y quién es el ser humano. El estado natural humano se encuentra tejido en corrupción, por lo cual el individuo va tras la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia (Efesios 2:2). La materia prima de ese tejido del alma humana no es otra que concupiscencia y pecado, lo que hace imposible que el hombre cumpla la ley de Dios, pero que hace inevitable que provoque una voluntad contraria a la naturaleza de Dios.

    Estar en Cristo y caminar con Cristo presuponen el cambio de corazón realizado en nosotros por el Señor. Somos nuevas criaturas, con un espíritu nuevo, con la mente de Cristo, con el Espíritu Santo que nos habita; por igual caminamos y vivimos en la doctrina de Jesucristo, para que se muestre que tenemos al Padre y al Hijo. Jesucristo cargó la condenación de nuestros pecados, nos justificó de todos ellos, sean los pecados pasados, presentes o futuros, por lo cual podemos decir que tenemos una unión con el Señor que se muestra indisoluble. ¿Quién nos condenará, o quién nos acusará? Cristo nos libró de la condenación venidera aboliendo toda nuestra culpa por las iniquidades, cuando murió en la cruz y derramó su sangre en ofrenda por nuestros pecados (por todo el pecado de su pueblo). 

    Estamos en Cristo no como cristianos que profesan externamente un credo, sino en la unión indisoluble que impone el Espíritu de Dios en nosotros, por medio del nuevo nacimiento, como poseedores del mismo linaje de Dios. Hemos sido llamados hijos adoptivos del Creador, estamos unidos a Cristo como un cuerpo a su cabeza, en un pacto de gracia, preservados en sus manos y en las de su Padre. Ese pacto de gracia rompió el ligamen de la carne caída en Adán, por la cual moriríamos eternamente como paga por el pecado; ya que Dios, que es rico en misericordia, nos amó con amor eterno y procuró este nuevo pacto eterno que nos convenía. Este es el caminar en el Espíritu.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • LOS QUE ESCAPARON DE LAS NACIONES (ISAÍAS 45:20)

    Isaías habla a los que escaparon de las naciones, una expresión que puede referirse a los que ya no están bajo los ídolos de las gentes. Los gentiles son los de las naciones, los no judíos en el sentido espiritual. El paganismo en el mundo en general siempre ha sido notorio, por cuya razón el profeta alerta contra los ídolos. Dios nos ordena para que el estándar de juicio sea el Evangelio, de lo contrario no nos ha amanecido Cristo. Muchos que se confiesan creyentes no han escapado de las naciones, en la figura de Isaías. Ellos continúan de alguna manera escondidos entre sus ídolos.

    Dirá alguien que ya no tiene figurillas, que se deshizo de la simbología pagana (o aún la mal llamada cristiana).  Empero, existe una insistencia de la Biblia contra la idolatría, incluso Juan en una de sus cartas escribe: Hijitos, guardaos de los ídolos. ¿Por qué el apóstol hace esa advertencia? De seguro el Espíritu le indicó que lo escribiera porque necesario era en aquella época, pero cuánto más en la nuestra. Hay un solo Mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Ah, pero muchos tienen otros mediadores que también llaman Jesucristo. Tal vez esa sea otra de las razones por las que el apóstol Juan advirtiera a la iglesia de guardarse de los ídolos. 

    Un ídolo puede ser un constructo intelectual que conviene a la carne humana tomarlo como divinidad. El ídolo representa lo que Dios debería ser, de acuerdo al intelecto humano, según ordena la cultura cambiante. Alguien dijo una vez que dada la dinámica de la sociedad actual, la tipología del pecado debería haber cambiado. Es decir, lo que antes fue llamado pecado ahora no amerita esa etiqueta. Bien, eso demuestra que un ídolo puede surgir de la necesidad de tabular lo que es bueno y lo que es malo, como también dijera Isaías: Ay de los que a lo bueno llaman malo, y de los que a lo malo dicen bueno (Isaías 5:20).

    La substancia de lo que decimos está en la Biblia: Dios no dará su gloria a otro (Isaías 42:8; 48:11). Jehová no dará su alabanza a escultura ni a otro su gloria. Dado que servimos a un Dios celoso, los creyentes que nos debemos amor entre los hermanos en Cristo, no tenemos diálogos de paz con los enemigos de la fe. Con esto se quiere decir que de acuerdo al apóstol Juan no hemos de decirle bienvenido al que no trae la doctrina de Cristo. Darle la bienvenida implica llamarlo hermano, compartir espiritualmente con esa persona, participar de sus malas obras (idolatría, por igual). No harás alianza con los moradores de aquella tierra; porque fornicarán en pos de sus dioses, y ofrecerán sacrificios a sus dioses, y te invitarán, y comerás sus sacrificios (Éxodo 34:15). Aborrecí la reunión de los malignos, y con los impíos nunca me senté (Salmo 26:5). Os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos. Porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos (Romanos 16: 17-18).

    Existen muchos otros textos de la Escritura que refieren a la misma idea, pero baste con los indicados para saber que es mandato del Señor el vigilar la doctrina, el vivir en las enseñanzas que dejó y el no compartir de manera espiritual con los que no viven en esa doctrina. En otros términos, no hablemos paz cuando no la hay. Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas (Apocalipsis 18:4). Sabemos que el árbol bueno produce un buen fruto, que el creyente del buen tesoro de su corazón hace hablar a la boca. No dará un fruto malo el creyente, no confesará un falso evangelio, no dirá herejías aprendidas de los falsos maestros, no tolerará que se tuerce la Escritura.

    Nuestro Dios es celoso y no aceptará que los suyos adoren a otro dios. Por supuesto, los paganos reciben el pago de su desafío e ignorancia, pero los que conocen la Escritura y participan de los frutos del mundo venidero, si desafían a Dios no tendrán salida. Dios no tolera los ídolos, pero tampoco acepta los falsos evangelios. En realidad los llama anatemas (malditos); por igual les dice lo mismo a aquellos que proclaman o siguen un evangelio diferente. Fijémonos en que cada evangelio que difiere del verdadero se mueve en torno a una percepción de lo que debería ser Dios. 

    Tal vez alguien cree en la gracia como medio de salvación, pero supone que un Dios justo debería brindarle la oportunidad a cada ser humano, de manera que bajo ese criterio su Hijo tuvo que expiar los pecados de todo el mundo, sin excepción. Es apenas un breve movimiento de interpretación lo que se ejecutó, pero con suficientes blasfemias para que Dios odie a los que participan de ese espíritu de estupor. Si Cristo murió por todos, sin excepción, la diferencia entre cielo e infierno descansa en la persona, la cual tendrá de qué gloriarse. Además, la sangre del Señor se muestra inútil en aquellos que van a la condenación, lo que lo convierte en un fracasado. 

    Esa doctrina errática se encuentra muy arraigada en las sinagogas contemporáneas, aunque no es novedosa. Tiene vieja data pero hoy día ha florecido como la mala hierba y se ha propagado por toda la tierra. La elección la han tornado en una selección de los mejores, de los que Dios vio en el tiempo que tendrían una buena disposición hacia Él. Al negar la doctrina de Jesucristo se está promoviendo otro Cristo, uno que es por naturaleza anatema y que no puede salvar. Equivale al ídolo sacado del madero, como lo dijera el profeta Isaías. 

    El Dios de la Biblia demanda toda la gloria de la redención: desde la predestinación hecha desde antes de la fundación del mundo, pasando por la inscripción en el libro de la vida, así como por la expiación de todos los pecados de su pueblo, hasta llegar a la declaratoria de justificación que se nos dio por los méritos de Cristo. Incluso, esa gloria sigue extendida hasta la glorificación final de sus hijos, pero los falsos evangelios intentan opacar ese brillo ineludible del autor de la gracia.

    Los falsos evangelios cuando uno los denuncia pareciera que cobran vida en quienes los creen. Se vuelve tan contenciosa la gente que los promueve que reaccionan como si se estuvieran metiendo con sus ídolos. Les resulta lógico pelear por lo que ellos creen dios, por aquello por lo que sacrifican cada domingo, su vida de obras muertas, sus alabanzas a un dios que no puede salvar. Porque Dios equivale a su doctrina, de manera que la falsa doctrina equivaldrá a los dioses que la motivan. Seguro resulta que quien no acata el mandato de la Escritura al respecto, está demostrando que anda perdido y sin luz en el mundo, como los viejos gentiles descritos en la Biblia. 

    Por supuesto que no han comprendido el Evangelio, porque no lo han creído, por lo cual se conectan con otros evangelios predicados por los falsos maestros, disfrazados de piedad pero que niegan su eficacia. Como la proposición bíblica les resulta insuficiente para su consolación, se inventan pruebas subjetivas de la existencia de sus dioses. Unos hablan de nuevas revelaciones, otros se sugestionan con acciones místicas, mientras están los que practican dones excepcionales que se extinguieron cuando el tiempo de lo completo entró en vigencia. A ellos les urge dar cuenta de su creencia, para mantener a la feligresía contumaz unificada en torno a nuevas expectativas: el evangelista de turno, el que habla en lenguas, el que hace sanidades a medias, el que se llama apóstol (debe ser que se le apareció Jesús), el que tiene nuevas profecías, el que decreta aún sobre la voluntad de Dios. Por supuesto, si el enfermo no sana, si lo decretado no acontece, entonces se achaca el fracaso a la falta de fe del prosélito.

    La expresión los que escaparon de las naciones puede involucrar a los fieles adoradores de Jehová que han salido de la esclavitud del mundo o los que anduvieron en la dispersión, en todo caso el Señor les indica que vuelvan su rostro hacia él y que sean salvos todos los confines de la tierra. A los otros pueblos no judíos, liberados por Ciro, de acuerdo a Isaías, también los llama el Señor para indicarles sobre la necedad de adorar ídolos. No tienen conocimiento aquellos que erigen su ídolo del madero, los que ruegan a un dios que no salva. El Nuevo Testamento asegura que los que siguen las falsas doctrinas no tienen amor por la verdad, por lo cual el Señor les enviará un espíritu de estupor para que terminen de creer la mentira y se pierdan en forma definitiva.

    Ese es el peligro de los que se aferran a un dios que no puede salvar. Poco importa que lo llamen Jesucristo, que lo adoren con himnos hermosos o que le hagan votos de moralidad, ya que siempre se tratará de algo que no existe sino en la imaginación religiosa. Esa divinidad falsa no podrá salvar un alma, por más que ella se parezca al Dios de las Escrituras. Todavía el Señor tiene pueblo que no ha escapado de Babilonia, al que le dice que huya de allí. Sepa que una vez que Dios les envíe el espíritu de estupor ya no habrá marcha atrás y se le cerrará la puerta del arca. Por tanto, el arrepentimiento sigue al entendimiento de lo que el Señor está diciendo.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • INCONMENSURABLE DIOS

    La tierra contiene personas y otros tipos de seres vivos. Su armonía en la naturaleza nos hace contemplar con gratitud la obra del Hacedor de todo. Con el telescopio, la astronomía ha develado ciertas incógnitas de nuestro universo, pero nos ha dejado perplejos por mostrarnos la cantidad de estrellas y planetas que giran en una inmensidad espacial que maravilla. Ese Dios del que habla la Biblia hizo todas esas cosas con el puro mandato de su palabra. ¿Habrá algo que sea difícil para Él? Podríamos preguntarnos acerca del tiempo y su relación con la eternidad, porque no en el tiempo sino con tiempo hizo Dios los cielos y la tierra.

    Esa idea precedente es de Agustín de Hipona, al responder a la interrogante de si Dios envejecía. Dios como Ser eterno no se afecta por el tiempo, por lo que viene a nuestra mente otra interrogante: ¿Qué hacía Dios antes de crear este universo que habitamos? Bueno, qué ha hecho en la eternidad pasada (si la metáfora se permite), sería una pregunta demasiado curiosa. Sin embargo, frente al inconmensurable Dios nosotros como criaturas somos demasiado insignificantes. La Biblia asegura que somos barro en manos del alfarero, pero que pese a ello Dios tuvo misericordia de un pueblo que escogió para Sí mismo.

    Esa es la buena noticia del evangelio, la promesa de redención para todo el pueblo de Dios. Alegrémonos de que nuestras transgresiones hayan sido perdonadas y cubiertos nuestros pecados, porque ante ese Dios de semejantes dimensiones nadie puede estar de pie. Su inmenso poder demostrado en la creación guarda una proporción con su santidad. Todos sus atributos son proporcionales a su majestad y grandeza, por lo que es digno de reverencia y adoración.

    En sus planes eternos quiso hacernos a su imagen y semejanza, nos coronó de gloria en su creación pero sometió al hombre a una prueba en la cual fallaría. Él ha dicho que hizo al malo para el día malo, por lo tanto Adán tenía que pecar para que el Cordero preparado y ordenado desde antes de la fundación del mundo se manifestase. Esa puede ser considerada su obra épica majestuosa, la aparición de su Hijo como Redentor de todo su pueblo. Nos redimió de la muerte, nuestro gran enemigo que tenía su aguijón llamado pecado. Pero venció el pecado y por lo tanto le quitó el aguijón a la muerte y despojó al sepulcro de su victoria.

    Cristo nos liberó de las tinieblas del error, de la trampa de Lucifer convertido en Satanás, venciéndolo en la cruz y convirtiéndose en la justicia de Dios para beneficio de todo su pueblo. Aquellas cosas del Espíritu de Dios que antes nos parecían locura, ahora suenan como grata cordura al corazón; las cuerdas del Señor están hechas de amor por lo cual se prolonga su misericordia cada mañana. El hombre fue formado un poco menor que los ángeles, en cambio Satanás manifiesta un poder descomunal y una astucia infernal que le permite dominar en su principado. No obstante, los hijos de Dios caminamos como extranjeros en este mundo pero seguros detrás de nuestro buen pastor (Juan 10:1-5).

    El pueblo de Dios no debe olvidar jamás que la gracia eficaz hace la diferencia entre la redención y la condenación. Dos personas son llamadas en igual forma por el deber ser de la palabra divina, pero solo uno da respuesta positiva. No pensemos ni por un instante que esa respuesta se debe a nuestra cualidad de inteligencia, de mansedumbre o humildad, sino que más bien viene como el producto de la misericordia de Dios. Ya que ambas personas en principio subyacen muertas en delitos y pecados, por lo tanto ninguna tiene la cualidad para la reacción.

    Precisamente por ser criaturas dependientes debemos responsabilidad ante el Creador. Pero Dios no redime a nadie en desmedro de su justicia sino que lo hace porque es un Dios justo que justifica al impío. Sí, el Dios de la Biblia justifica lo injustificable, como se demuestra por aquel ladrón en la cruz, un sedicioso que no hizo ninguna obra buena en el mundo, que ahora está con el Señor en las moradas eternas. Pablo perseguía a los cristianos, buscaba a unos para encerrarlos en la cárcel y a otros los amenazaba de muerte. Con Esteban estuvo para martirizarlo, hasta sostuvo sus vestiduras mientras lo apedreaban. Pablo no había hecho ninguna obra buena, pero el Señor se le apareció y lo tumbó del caballo. De esa forma alcanzó misericordia, por un acto absolutamente compasivo y soberano del Dios de la creación.

    Pablo caminaba en sentido contrario a la verdad, persiguiendo al mismo Jesús para acabar con sus ideas. Pero Pablo no sabía entonces que su nombre estaba escrito en el libro de la vida desde la fundación del mundo, que había sido predestinado para andar con Cristo desde antes de la fundación del mundo (Efesios 1: 4, 11). Los métodos de Dios para alcanzar sus objetivos son variados, como se demuestra en la narración de las Escrituras. Dado que Jesucristo se convirtió en la justicia de Dios, el Creador nos imputa esa justicia porque el Señor murió para expiar todos los pecados de todo su pueblo (Mateo 1:21). De esa forma la justicia de Dios no sufre alteración alguna, no se rebaja, sino que sigue su rasero natural condenando al que no es de la justicia de Cristo y redimiendo al que sí es de esa justicia.

    Aunque los hombres sean juzgados de acuerdo a sus obras, ninguno de los redimidos puede alegar obra alguna como causa de su redención. Los que hemos sido justificados somos llamados justos, por una aplicación de la legalidad del Juez de toda la tierra. Los no justificados en Cristo serán condenados porque fallaron ante la ley de Dios y no fueron justificados en Cristo. Dentro del plano de lo inconmensurable de Dios, su obra máxima trata de la redención del hombre.

    La salvación del hombre trae al centro de interés al Redentor, el Cordero de Dios preparado desde antes de la fundación del mundo. Al pueblo de Dios se le da la fe, porque no es de todos la fe sino que ella viene como don de Dios. Además, sin fe no agradamos a Dios, así que Jesucristo es el autor y el consumador de ella. Es un círculo lo que rodea la fe, ya que el ser humano no puede producirla por cuenta propia. Hemos sido salvados por gracia, por medio de la fe, todo como un regalo divino. De esta manera sabemos que nuestra salvación no depende de buenas obras, como si el ser humano tuviera de qué gloriarse.

    Si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Abraham creyó a Dios y le fue contado por justicia; ¿dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe (Romanos 3:27). Nosotros como pequeñas criaturas, hechas del polvo de la tierra, hemos sido llamados de las tinieblas a la luz, de pura gracia. Esa situación demuestra también lo inconmensurable de la misericordia divina, del amor eterno que nos ha tenido por el puro afecto de su voluntad. ¿Cómo no vivir agradecidos y cómo no ocuparnos de nuestra salvación con temor y temblor?

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org

  • NACIDO DE AGUA Y DEL ESPÍRITU (JUAN 3:5)

    La gracia viene sin que medie trabajo de nuestra parte, mal puede entenderse que el bautizo contribuye a la redención gratuita que nos da el Padre. Jesús dijo que era necesario nacer del Espíritu para entrar en el reino de Dios, pero también se refirió al nacer de agua. ¿Que quiso decir con lo del agua? Realmente no hablaba de la pila bautismal, la cual no tiene propiedad regenerativa. La gracia del Espíritu se compara con el agua que limpia, como lo veremos en algunos textos de la Biblia. Por ejemplo, en Ezequiel 36:25 leemos: Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré

    No se trata del agua potable o la de un río que fluye, sino de una metáfora de algo que hace el agua limpia. Porque ciertamente no existe virtud alguna en el preciado líquido para quitar la mancha del pecado, sino en la sangre del Hijo. Jesús le dijo a la mujer samaritana que era necesario beber el agua que el daría, para no tener sed jamás (otra vez una metáfora, la de no tener sed jamás). Acá se trata de esa agua limpia que significaba el Mesías, como bien se desprende de su diálogo con esa mujer, cuando Juan escribe el relato en el capítulo 4, verso 25, de su Evangelio: Yo soy, el que habla contigo. En otros términos, Jesús es esa agua limpia, pero por su sangre derramada nos quita el pecado a todos los que representó en la cruz.

    Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva (Juan 7: 37-38). Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra (Efesios 5:25-26). Vemos que este texto da claridad al contexto de lo dicho por Jesús a Nicodemo, ya que la purificación que él hizo con la iglesia se realizó por la palabra. Si vamos atrás, al Deuteronomio capítulo 32, verso 2, nos daremos cuenta del vínculo del agua con la palabra de Dios: Goteará como la lluvia mi enseñanza; destilará como el rocío mi razonamiento; como la llovizna sobre la grama, y como las gotas sobre la hierba. Es el Logos el que habla a través de Moisés.

    Juan bautizaba con agua (con agua del Jordán, por ejemplo), pero vendría uno después que bautizaría en Espíritu Santo y fuego (Mateo 3:11). El corazón debe ser cambiado, nuestra paja debe ser quemada por el fuego, todo por agencia del Espíritu Santo. De esa forma abandonamos nuestro apego por el pecado, comenzamos a aborrecerlo y nos volvemos a Dios. Estas cosas hace el creyente cuando se entrega a una vida de oración y separación del mundo, bajo la doctrina de Cristo, no de los falsos maestros. 

    Dios nuestro Salvador nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo (Tito 3:4-5). Claro está, el bautismo con agua es un mandato para obedecer, como un símbolo de nuestra muerte y resurrección, de compromiso con Jesucristo. El ladrón en la cruz no tuvo tiempo de bautizarse, en el sentido cristiano del término, pero creyó a Dios y pidió misericordia obteniéndola. Ese ladrón nació de nuevo por el Espíritu para poder comprender que moría al lado del Redentor.

    Los que no tienen otro bautismo sino el del agua física, necesitan nacer de nuevo por el Espíritu Santo. La religión no nos protege del maligno, no nos defiende de su asalto, no redime una sola alma. Por la palabra de Jesucristo (su doctrina) podemos ser justificados por medio de la fe, como don de Dios. Esto lo da Dios de acuerdo a sus planes eternos e inmutables, pero nos toca a nosotros pedir, mostrar interés, dar el fruto de árboles buenos. No podemos hacerlo en nuestras fuerzas ni por virtud alguna que supongamos poseer, ya que el Espíritu es quien opera ese nacimiento de lo alto, la regeneración o el cambio del corazón de piedra por uno de carne.

    Nadie puede ir al Padre sino por medio de Jesucristo, el Mediador entre Dios y los hombres; de esa manera conviene la predicación de su palabra, el agua limpia que purifica nuestras almas. Sin Evangelio no hay conocimiento del Altísimo, no se podrá invocar a aquel que puede salvar. En el nacer de nuevo se presentan dos situaciones muy particulares: 1) esa actividad la hace el Espíritu (no por voluntad de varón); 2) nosotros somos sujetos pasivos. De allí que se escribiera que recibimos vida de Cristo cuando estuvimos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1). 

    El estado de muerte espiritual del hombre caído en Adán impide cualquier movimiento hacia la medicina del alma. ¿Cómo podría Lázaro salir de la tumba por sí mismo? El trabajo de la conversión es un trabajo de Dios, no del hombre; más allá de que se nos diga que nos convirtamos a Dios, no podemos en nuestras fuerzas. Se nos manda a hacerlo como mandato general, para que sepamos nuestro deber ser. El hacer no lo tenemos disponible, pero viene cuando el Espíritu realiza el nuevo nacimiento. Dentro de la metáfora de la muerte en delitos y pecados, se sigue la lógica de que el cuerpo muerto no puede moverse. El hombre natural yace incapacitado para discernir las cosas del Espíritu de Dios, ya que le parecen una locura. 

    Dios es quien dice: Despiértate tú que duermes, y levántate de los muertos, y te alumbrará Cristo (Efesios 5:14), pero se lo dice a los creyentes que parecen adormecidos. Esa es la exhortación de Pablo en esa carta, cuando promueve que seamos imitadores de Dios como hijos amados. Pero el hombre muerto no puede oír a menos que Dios le abra el corazón, como hizo con Lidia, la vendedora de púrpura (Hechos 16:14). Recordemos que la casa de Israel andaba adormecida también, por lo que el profeta Ezequiel dice de parte del Señor: no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis (Ezequiel 18:32).

    Hemos de saber diferenciar cuándo el Señor habla para su pueblo y le compara con gente dormida, y cuándo el Señor habla de los impíos que están muertos en delitos y pecados. Isaías habla a la casa de Jehová para que le busque, en tanto Él está cercano. En referencia al Mesías que vendría refiere al impío que se habrá de convertir, diciéndole que como impío y hombre inicuo deje su camino y se vuelva a Jehová, el cual tendrá de él misericordia y será amplio en perdonar (Isaías 55:7). 

    Nosotros los creyentes damos fe de aquellos impíos que estuvimos muertos en delitos y pecados, pero que oímos la voz del Señor que nos exhortaba a volvernos a Jehová. Por esa razón se escribió que nosotros hemos muerto al pecado y no podemos vivir aún en él (Romanos 6:2), también hemos muerto a la ley (Gálatas 2:19) y al mundo (Gálatas 6:14). Existe un mismo poder para regenerar tanto a un judío como a un gentil, una misma gracia en cualquier época. Lo de antes (el Antiguo Testamento) era una sombra de lo que habría de venir (el Nuevo Pacto); lo de ahora es la realización de lo de antes. Por esa razón la gracia sigue siendo la misma, el único camino posible para la redención. Y si de gratis, ya no es por obras para que no tengamos de qué gloriarnos. 

    Aquellas palabras de Jesús fueron duras de oír para Nicodemo; no sabemos lo que le sucedió después a ese maestro de la ley, pero el verbo de Cristo sigue vigente para todos nosotros: nacer del agua y del Espíritu, una labor que hace Dios mismo en los que escogió para ser objetos de su amor como vasos de misericordia.

    César Paredes

    retor7@yahoo.com

    destino.blogcindario.com

    absolutasoberaniadedios.org