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  • LA OBRA DE DIOS

    Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos. Basta con mirar unos instantes la prodigiosa naturaleza, con sus animales cargados de conocimiento para sobrevivir en sus ambientes, para inferir una sabiduría en su creación. Cada uno fue hecho por alguna razón, pero cada criatura demuestra el reflejo del artista, de ese conocimiento eterno que todo lo llena. Como corona de la creación surgió el hombre, colocado para dar gloria al Creador. Adán vino al Edén donde también accedió la serpiente antigua, no por intromisión propia sino por decreto divino. Ya el Cordero sin mancha estaba ordenado para su aparición en el tiempo apostólico, así que el hombre tenía que gustar el pecado para contaminar toda la tierra.

    No se trata de un Dios sorprendido o acosado por el mal, sino de un Dios que ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). En el caos también se ve su orden, una sintaxis que lo señala como el artífice de todo cuanto existe. Mejor amistarse con Él para que nos venga bien, porque tiene el poder de echar el alma y el cuerpo en el infierno. Guardemos nuestra lengua del mal y no hagamos que nuestros labios hablen engaño. Un día emite palabra a otro día, y una noche a otra noche declara sabiduría. La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo (Salmos 19:7).

    Aunque todos callen, la creación grita a voces la gloria del Altísimo, para silenciar al necio que dice en su corazón que no hay Dios. La fe viene por el oír esa voz del Evangelio, la cual fue pregonada por los apóstoles, y mucho antes por los profetas de antaño; algunos la oyen externamente, pero otros de manera interna y para mejor provecho. La palabra de Dios es perfecta para convertir el alma, la ley y el testimonio que deben hablar lo hacen oportunamente. Si el evangelio no hablara no habría amanecido Cristo, porque la Escritura inspirada surte provecho para la doctrina redentora, para reprobar y corregir, como útil instrucción para el hombre recto (justificado).

    La ley de Moisés condenaba el alma pero la ley de Dios la convierte, por medio del Evangelio que anuncia el sacrificio del Hijo como Redentor de su pueblo. Aquella ley sirvió para instruirnos y hacernos temer, ya que trajo maldición a todo el que la quebrantaba. Ella nos condujo a Cristo, en alguna medida, para caer de rodillas ante su piedad inalterada. El alimento del alma con el cual se nutre y se hidrata, está compuesto de sólido y líquido. La palabra de Cristo que señala a su doctrina como alimento de fe, más el agua que brota como manantial eterno para no tener sed jamás, vienen a ser el conjunto alimenticio que habrá de procurar todo aquel que estima su alma y aprecia el evangelio.

    La complejidad del cuerpo humano demuestra al de espíritu sencillo que existe un Creador de todo lo que vemos, pero el hombre altivo no logra entender ese designio divino. No por azar existe el ser humano junto al caballo, ni por casualidad los árboles dan su sombra protectora junto a sus frutos. Si pudiéramos examinar el alma veríamos también un diseñador complejo, pero muchos prefieren ni siquiera pensarlo. El esquema de salvación que se planteó desde hace siglos, bajo el marco de la pedagogía divina, con maestros y profetas inspirados por Dios para que el pueblo elegido encontrara el camino, anuncia por igual la perfección.

    Vemos que la muerte se introdujo por el pecado del primer hombre, pero el segundo Adán (Cristo) trajo la vida para aquellos que el Padre eligió. El Espíritu vivifica a cada uno de ellos, de acuerdo a la palabra predicada. Sin evangelio no existe redención, sin Espíritu no puede haber renacimiento, sin el Redentor no habría esperanza alguna. La salvación es también obra de Dios, que se obtiene por medio de la fe que da Jesucristo. No puede el evangelio de los falsos maestros redimir un alma, no pudo la ley tampoco salvar a una persona. Incluso Pablo, enseñado a los pies de Gamaliel, tuvo aquel tiempo como basura por causa de la excelencia de Cristo. Nadie puede andar en el camino de los falsos maestros y pretender tener esos tiempos como ganancia. El mandato del Señor es a salir y huir de Babilonia.

    Babilonia viene como metáfora de la guarida de espíritus demoníacos, con doctrinas del averno; ella inspira a las sinagogas de Satanás, a sus hermanos en la fe espuria. Conviene alejarse lo más que se pueda de esos espacios, así como hemos de resistir al diablo; la Biblia no nos pide que convirtamos a Satanás como tampoco que nos quedemos en Babilonia.

    Cuando uno de los elegidos de Dios ha sido regenerado por el Espíritu de Dios, sale de Babilonia gustoso de no participar más de sus hechicerías. La visión espiritual que le es dada con el nuevo nacimiento le permite conocer la gloria de la redención obtenida. Aparece en su corazón el resplandor de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo, lo cual hace que no sea posible que aparezca el rostro del falso maestro (a no ser que la conversión haya sido falsa y el evangelio sea el falso) -2 Corintios 4:6. No son pocos los que se introducen con una pseudo conversión, bajo la batuta de la pseudo piedad, cuyos corazones todavía son regidos por la reina del cielo, por el rey de Babilonia y por la doctrina demoníaca de los falsos maestros.

    A los que casi se convierten a la fe cristiana, pero no les alcanza el olvido de sus vanas doctrinas, les parece bien la congregación mixta entre ovejas y cabras. A gusto se sienten para atormentar a las ovejas del Señor, pero Dios ha ordenado a sus ovejas salir de Babilonia. Uno nota que los verdaderos creyentes son marginados en esos templos mixtos, y son acusados de sectarios y divisionistas, como si no tuvieran amor y pasión por el nombre de Jesús. En realidad, las cabras se dan al canto de sus pasiones, de sus idolatrías, bajo la inspiración de la doctrina de la expiación universal. Aman el ser inclusivos, ya que se amparan en el mito del Dios que ama a todos por igual, en el libre albedrío humano para decidir lo que conviene a sus almas.

    Pareciera que esa gente conforma el conjunto de los hijos de esclavitud, representados por Agar, la esclava que le dio un hijo a Abraham. Los ministros de Satanás tienen como locura la cruz de Cristo, por lo que se dan a la tarea del eclecticismo, de un justo medio doctrinal, para que la doctrina no supere el supuesto amor que hay en sus corazones. Lo de ellos siempre será opcional, como un menú de mesonero a la carta, para que cada quien elija los puntos doctrinales que más satisfacen. Entonces uno puede observar que muchas de sus asambleas contienen apóstoles, profetas, habladores de falsas lenguas, evangelistas y pastores que claman a voces por las fiestas del Israel del Antiguo Testamento. Se gozan en pronunciar palabras en hebreo bíblico, como si sus sonidos trajeran la presencia del Señor con solemnidad.

    Es en realidad un sistema de fe prostituido, una emulación de la Gran Ramera apocalíptica, a quien visten con cierto recato para presentarla como mujer redimida. Surge el arduo celo por la falsa cruz de los no escogidos, cuando muestran sus dientes filosos para devorar a todo aquel que se les oponga en sus asambleas. Siempre están preguntando por sus versos que saben de memoria, los que fuera de contexto les brindan razones para la teología espuria. Domingo a domingo caminan hipnotizados hacia los templos de Baal-Jesús, como lo hacían los antiguos paganos ante los recintos de sus dioses. Como sus ojos son débiles, sus cuerpos y almas están en tinieblas, al igual que su pastor de pastores tiene un ojo tapado. ¡Ay del pastor inútil que abandona el ganado! Hiera la espada su brazo, y su ojo derecho; del todo se secará su brazo, y su ojo derecho será enteramente oscurecido (Zacarías 11:17).

    La Gran Ramera será odiada, sus ropas rasgadas para mostrar su desnudez, su carne será comida y ella terminará quemada en el fuego (Apocalipsis 17:16). Eso espera por igual a todos los que veneran a la Gran Ramera, a la Babilonia misteriosa, la cual se ha embriagado con la sangre de los santos. Ella sigue viva todavía, porque no le ha llegado su hora, pero los que se gozan con sus falsas doctrinas del averno serán lanzados al lago de fuego preparado para el diablo y sus ángeles. No saldrán gratuitamente de sus fangos, sino que el espíritu de estupor enviado por Jehová los conducirá hacia ese espantoso destino final.

    Es ahora el tiempo de salvación, es ahora el día aceptable; a la ley y al testimonio, a buscar la doctrina del Padre para que habiéndola aprendido se pueda ser conducido hacia Cristo. La voluntad de Dios es que prediquemos su evangelio, su promesa de redención para su pueblo escogido. En los réprobos este evangelio cae como un fardo y los hunde más en el lodo, pero en los que oyen la voz del Señor viene a ser un bálsamo para sus heridas y unas alas para el despegue. La palabra de la cruz es el poder de Dios para salvación, la cual viene por la locura de la predicación. Lo necio del mundo, lo que no es, lo descartado en general, escogió Dios para avergonzar a lo sabio, a lo que se dice que es. A ellos, a los pobres de este mundo, es predicado este evangelio, para que creyendo seáis instrumento de alabanza viva para el Creador de todo cuanto existe. A éstos dice Dios: Venid a las aguas, bebéis de gratis, agua para vida eterna.

    César Paredes

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  • PODER, IRA Y ODIO

    PODER, IRA Y ODIO

    El amor de Dios por sus escogidos se ve destacado al compararlo con el pueblo destinado para recibir su poder, ira y odio por el pecado de incredulidad. Jehová le mandó a decir al Faraón, por medio de Moisés, que Él lo había levantado para mostrar en él todo su poder, y para que el nombre del Altísimo fuese anunciado en toda la tierra (Éxodo 9:16). Dios ha colocado a los réprobos en cuanto a fe en deslizaderos, para hacerlos caer en asolamientos. Aún al malo ha hecho para el día malo, de manera que el que se jacta de ser ateo lo que en realidad dice es que es un olvidado de Dios.

    Aquel que Jehová desecha será llamado plata desechada (Jeremías 6:30), un destinado para la desobediencia (1 Pedro 2:8). La humanidad se divide en dos partes, los vasos de misericordia y los vasos de ira, pero no imaginemos a un Dios que no supo lo que hizo; Él no aguarda nuestra decisión, como si hubiese lanzado una oferta general. Su mandato puede ser tenido por universal, pero su decreto ha sido particular y con carácter obligatorio por cuanto Él no cambia. Ante Él se doblará toda rodilla, y jurará toda lengua, por cuanto por Él mismo hizo juramento, una palabra que no será revocada (Isaías45: 23).

    En el plan eterno e inmutable aparecía el Hijo como Cordero ordenado y preparado para ser manifestado en el tiempo oportuno. De esa manera toda la humanidad se inmiscuyó en la caída, como una gran vanidad, por causa del que tendría misericordia de su pueblo. Nadie puede producir justicia agradable ante el Creador, pero todos la necesitan. Sin embargo, Jesucristo como justicia se muestra oportuno para los que son de su fe. Sabemos que él es el autor y consumador de la fe, que no es de todos la fe, que ella es un don de Dios. Sin esa fe resulta imposible agradar a Dios.

    El Faraón odió la gloria del Dios de Moisés y preguntó quién era ese Jehová para tener que dejar ir a su pueblo esclavizado. ¿Acaso no lo advirtió Jehová a Moisés, antes de ir a Egipto? Leemos en las Escrituras: Y yo endureceré el corazón de Faraón, y multiplicaré en la tierra de Egipto mis señales y mis maravillas (Éxodo 7:3). Esta teología le pareció repugnante a Arminio, asimismo a todos los que hoy día siguen la corriente de la expiación universal. Ellos se niegan a creer lo que la Biblia dice en forma plana, pero se dan a intrincados análisis hasta el desvarío total. Aún sus filólogos se inventan una nueva semántica, donde el verbo odiar significa amar menos. El delirio es grande, con tal de aplacar la dura palabra que ellos se resisten a oír.

    A veces alguien no atiende a la voz de la reprensión, de la admonición de las Escrituras, pero normalmente sucede cuando Jehová ha decidido hacerlos perecer. Tal es el caso narrado en referencia a los hijos del sacerdote Elí (1 Samuel 2:25). Dios maneja el corazón del rey y lo inclina ante todo lo que Él quiere; aún a mucha gente Dios la hará estar de acuerdo para que le dé el reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17). Incluso Dios envía un espíritu de estupor o engaño para aquellos que no aman la verdad, sino que se complacen en la mentira; tal espíritu es enviado para que terminen de perderse (2 Tesalonicenses 2:11-12).

    Dios odia y ama, pero no ama y odia a la misma gente. En Él no se da la vacilación, ya que su amor aparece en relación a su justicia. Esto es, todos aquellos que fuimos justificados en Jesucristo formamos el objeto de su amor eterno, con una misericordia prolongada. El Dios de la providencia da a cada quien conforme le ha placido, por lo cual computar los bienes de este mundo como bendición puede ser una ligereza. En ocasiones Dios le da poder y riquezas a las personas, como en el caso del Faraón, pero lo hace no por amor sino para satisfacción de la gloria de su ira y poder contra el pecado.

    El rey de Asiria se levanta como un personaje ideal para ilustrar lo que decimos; había sido enviado por Dios para destruir naciones no pocas, pero ese rey creyó en su propio poder y voluntad, al punto de que se envaneció. Después de cumplir su oficio, Dios lo castigó por su soberbia de corazón, por causa de la altivez de sus ojos. En ocasiones Dios usa la predicación de su palabra para endurecer a los réprobos, los ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. Esto no nos exalta como creyentes sino que nos mueve a humildad, porque sabemos que Dios nos escogió solamente por misericordia. Jesús hablaba en parábolas para que viendo no vieran, para que oyendo no entendieran, no sea que se convirtieran y él tuviera que sanarlos o salvarlos (Mateo 13: 13-15).

    Nuestra humildad debe estar presente a cada momento, sabiendo que nada nos distingue, ni tenemos algo que no hayamos recibido de Dios. Miramos en la Escritura el hecho del endurecimiento y odio de Dios hacia aquellos vasos de ira preparados para la exhibición de su gloria contra el pecado. ¿Por qué Dios encuentra falta en aquellos que endureció para castigarlos? Algunos sostienen que esto no sería digno de un Dios justo sino de un tirano, o tal vez de un diablo. Así pensó John Wesley, así opinó Arminio, así comentan todos los que se escandalizan de la soberanía de Dios. Se objeta la justicia divina, se le computa al Creador una falta que lo desacredita en cuanto al gran amor mostrado en la cruz. Pero esa cruz no fue colocada en el Calvario por causa del mundo no amado, sino para el pueblo escogido por el Elector Supremo.

    Dios no resulta contradictorio, por cuanto no ama y odia a la misma persona; yerran todos aquellos que sostienen que el pecador debe ser totalmente libre de Dios, para pecar o no pecar, para arrepentirse o endurecerse a sí mismo. El deseo del hombre caído sigue siendo la independencia de Dios prometida en el Edén por la serpiente: seréis como dioses, lo cual equivaldría a ser soberanos e independientes. Esaú se comió aquellas lentejas porque tenía hambre, negoció su primogenitura porque sintió el desespero del vientre; siempre hubo alguna razón apremiante que lo indujo a negociar su alma ante el enemigo. Sin embargo, poco importan las razones del hecho porque lo que lo acusa son los actos de pecado.

    Esos actos de pecado fueron programados, fueron necesarios cometerlos, no por causa de la persona voraz sino por causa del que lo odió desde antes de formarlo. Así que Dios reclama para sí mismo la condenación de Esaú, tanto como la salvación de Jacob. Esta es la encrucijada en la cual los amantes de la piedad aparente se distancian del Creador, porque no soportan la ofensa de su palabra. Con cuánto anhelo no han intentado colocar a la puerta de la voluntad de Esaú su pecado, como queriendo decir que Dios lo amó pero que él despreció ese amor. De igual forma hacen con los demás réprobos en cuanto a fe: dicen que Dios los amó en la cruz, Cristo murió por sus pecados y está dispuesto a perdonarlos, ya él hizo su parte pero ahora les toca a ustedes hacer la suya.

    Con ese mensaje de un amor inexistente viajan como evangelistas anunciando a un dios que no puede salvar, a un Jesús con una expiación inconclusa y con una oferta de salvación que ya no es una promesa. Sostienen que una redención potencial se hizo en la cruz, a la espera de que la gente muerta en delitos y pecados se levante para que la acepte gustosa. Ellos anhelan el respeto por el libre albedrío y repiten que el ser humano se salva en el ejercicio de su libertad. No saben que cada ser humano sigue siendo dependiente del que los creó, y le debe un juicio de rendición de cuentas. Está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio.

    Esta teología bíblica debería despertar a los que son del Señor para que con humildad se inclinen ante el que tiene el poder de echar alma y cuerpo en el infierno, pero por igual tiene la voluntad de redimir a todos aquellos que amó con amor eterno. En esta dimensión de contraste, el brillo de la salvación se hace notar de lejos, como un faro para que se acerquen al reposo sereno del Altísimo.

    César Paredes

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  • CRISTO SATISFECHO

    ¿Cómo supo Isaías que Jesucristo estaría satisfecho por el trabajo de su alma? De seguro Jehová se lo informó, pero ¿cómo resulta esa satisfacción posible si Jesús hubiese muerto por todo el mundo, sin excepción? De ninguna manera hubiese satisfecho su cometido si hubiese apuntado a un renglón mayor; es decir, si Jesús hubiese deseado salvar a todo el mundo, sin excepción, el trabajo de su alma hubiese dado mucho que desear. La satisfacción de Dios lo es por su perfección, no por aproximación; Dios se satisface por causa de su Omnipotencia, sin que exista un azar que le impida conseguir su objetivo.

    Cristo murió por su pueblo, de acuerdo a Mateo 1:21; como el justo por los injustos, como el siervo justo que justificaría a muchos (Isaías 53:11). De esos muchos cargó sus iniquidades, pagó el rescate debido e hizo viable y eficaz la amistad con el Padre. Ahora bien, no pretendió Jesús cargar las iniquidades de aquellos que perecen en su incredulidad. No expió los pecados de Judas Iscariote, ni del Faraón, ni de ningún otro réprobo en cuanto a fe.

    Yo y los hijos que Dios me dio (Hebreos 2:13), texto ligado a Juan 10:26, pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas, como os he dicho. La condición de oveja precede para poder creer, la condición de hijos dados por el Padre precede para que Cristo vea el fruto de su trabajo. Al mismo tiempo vemos un ligamen entre la doctrina expuesta por Jesús y su expiación en la cruz: Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere (Juan 6:44); Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21)…pongo mi vida por las ovejas (Juan 10:15). Y pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo (Mateo 25:33–34).

    Si la condición de oveja precede para poder creer en Jesús, el Rey tiene a los benditos de su Padre como ovejas puestas a su derecha. Jesús no rogó por el mundo (Juan 17:9), la noche previa a ir a la cruz, sino solamente por los que el Padre le dio y le seguiría dando por medio de la palabra de aquellos primeros discípulos. Se desprende de lo dicho por la Biblia que Jesús no propició por los cabritos que conforman el mundo, sino solamente lo hizo por las ovejas de su prado. Jesús hizo la reconciliación de su pueblo con su Padre, por lo tanto como autor y consumador de la fe la da como regalo para recibir la gracia y la salvación (Efesios 2:8). Sabemos por las Escrituras que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), sino como ya hemos dicho ella es un regalo de Dios para su pueblo escogido.

    El Cristo de la expiación universal muere por todos, sin excepción, por lo cual todos, sin excepción, deberían ser salvados. Pero eso no sucede, ya que el infierno sigue recibiendo gente a diario; por lo tanto, uno puede inferir que ese Cristo de la expiación universal es un falso Jesús. Esa falsa divinidad se predica en base al falso evangelio, por medio de los falsos maestros disfrazados como mensajeros de luz. La apariencia de piedad que muestran se les viene abajo cuando hablan de su corazón, ya que los dichos de sus bocas denuncian la abundante herejía que mueve sus corazones.

    La palabra mundo tiene diversas acepciones en las Escrituras, por lo que debe ser tenido en cuenta su contexto de aparición. En Juan 3.16 Jesús le dice a Nicodemo que el Padre amó de tal manera al mundo que lo envió a él como Hijo para salvar a los creyentes. En Juan 17:9 el Hijo ora al Padre y le dice explícitamente que él no ruega por el mundo. Entonces, si la palabra mundo significara lo mismo siempre, veríamos al Hijo en contradicción con el Padre, ya que no quiso rogar por el mundo amado por el Padre. Eso no es verdad, así que urge tener en cuenta el contexto de aparición de los vocablos. Cuando se dice que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo (2 Corintios 5:19), se entiende que Dios estaba estableciendo la paz para con su pueblo. De esta manera Dios llevaba a cabo su plan eterno, de darle herencia a su Hijo como Redentor, no tomándonos en cuenta nuestros pecados ya perdonados en la cruz. ¿Por qué? Porque en el Calvario hubo satisfacción en la justicia de Cristo, o en Cristo como justicia de Dios. No se refiere a cada individuo del mundo, ya que multitudes mueren en enemistad con Él, no todos se interesan en las bendiciones del perdón de pecados, sino que solamente se tiene en cuenta el mundo amado por el Padre (Juan 3:16).

    Los elegidos de Dios, escogidos en Cristo, tienen todos sus pecados imputados a Cristo como Cordero sin mancha. Ese pueblo incluye tanto a judíos como a gentiles, cuyos pecados fueron propiciados por Cristo, para que no fuesen ellos mirados en su estado natural sino en el judicial. Un acto judicial aconteció en el Calvario, habiendo el pueblo de Dios recibido la justificación por el intercambio de sus pecados hacia Cristo, cuando el acta de los decretos, que nos era contraria, fue anulada y clavada en la cruz del Señor (Colosenses 2:14). Sabemos que el acta de los decretos que le era contraria a Judas Iscariote no fue clavada en la cruz, ni el acta de ninguno de los otros réprobos en cuanto a fe, los cuales fueron destinados a tropezar en la roca que es Cristo. Ese mundo enemigo de Dios no fue reconciliado, sino solamente el mundo amado por el Padre.

    Cristo consumó su trabajo en la cruz, por lo tanto reconcilió a todo su pueblo con el Padre. Nos toca predicar este evangelio para que los escogidos escuchen la buena noticia; para los réprobos este mensaje añade mayor condenación. Esa satisfacción de Cristo significa que no reconcilió a todo el mundo, sin excepción, porque eso no se lo propuso. Si se hubiera propuesto ese objetivo lo habría logrado y todos serían salvos. Pero hay gente en el infierno, lo cual quiere decir que no fue reconciliada con Dios, que no fue incluida en el trabajo de Cristo en la cruz. Hay gente en el infierno que continúa bajo la ira de Dios, que no está en paz con el Señor. Estos han rogado a un dios que no puede salvar, a un falso Jesús que fue prometido como redentor por los falsos maestros, los cuales son siervos de Satanás. La sangre de ese Cristo no causa ningún efecto de apaciguamiento de la ira de Dios, pero no porque la sangre del verdadero Cristo no valga, o haya sido aminorada en su valor esencial, sino porque se trata de una sangre ajena, la de un impostor.

    El diablo fue declarado homicida desde el principio, porque mató millones de almas desde que introdujo el pecado en la tierra. El alma que pecare, esa morirá; por cuanto todos pecaron están destituidos de la gloria de Dios. En Adán todos mueren, urge la gracia de Cristo, su sangre limpiadora, su trabajo concluido. El que es creyente ha sido salvado, el que sigue siendo incrédulo, ya ha sido condenado. ¿Puede usted creer en el evangelio puro y simple?

    César Paredes

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  • CRISTO EL MEDIADOR

    Un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre. Fijémonos que Jesús tuvo que ser también hombre, no solo Dios, para poder mediar entre las dos partes enemistadas. En tanto Dios, pudo comprender la mente del Padre, como hombre, supo de nuestras necesidades y limitaciones humanas. Habiendo cumplido toda la ley sin quebrantamiento alguno, alcanzó la capacidad desde la perspectiva humana para ser tenido como la justicia de Dios. Una de sus tareas viene a ser el oficio de abogado para con el Padre, en cuanto a la defensa que realiza frente a nuestros acusadores; el otro oficio se realiza en tanto Cristo es Mediador del nuevo pacto (Hebreos 8:6).

    Sigue siendo pecaminoso en grado extremo el pisotear al Hijo de Dios, teniendo por inmunda su sangre, así como despreciar al Espíritu de gracia (Hebreos 10: 28-29). Nos movemos en libertad donde está el Espíritu del Señor, pero si lo hacemos se debe a la figura del Mediador para que podamos mirar la santidad y justicia de Dios. Nosotros solo portamos temores, culpas y miserias, y sabemos que Dios no mira la iniquidad (Habacuc 1:13). ¿Cómo puede el hombre ser justo ante Dios si parte de sí mismo, para semejante empresa? (Job 9:2). Solo hay un Dios y sabemos que Dios es uno, más allá de que es un Dios en tres personas; pero también solo existe un Mediador entre Dios y los hombres, no puede haber más de uno porque uno solo fue escogido para esa función y uno solo fue encontrado capaz para semejante tarea (1 Timoteo 2:5-6).

    Ese Mediador se entregó en rescate por todos (Toda su iglesia, todo su pueblo, todos sus amigos, todas sus ovejas, todos los hijos que Dios le dio, todos por los cuales rogó la noche antes de su expiación, los muchos que vino a rescatar). Tal Mediador no lo es del mundo por el cual no rogó (Juan 17:9). Fue una ofrenda por el pecado, en pago por el pecado de su pueblo, para sacarnos de la esclavitud del pecado, de la cautividad de Satanás y de la esclavitud de la ley. Asimismo, nos libró del sepulcro y sus cadenas, del infierno y de cualquier destrucción del alma. Si nosotros hubiésemos tenido algo de lo cual gloriarnos, alguna buena obra a nuestro favor, el precio pagado por el Mediador hubiese sido en vano y se hubiese perdido. Dios no actúa inútilmente, por lo tanto sabía con exactitud lo que estaba haciendo.

    El mismo Señor lo afirmó: El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos (Mateo 20:28). Ese siervo fue el escogido, en quien el alma del Padre tiene contentamiento; sobre él ha puesto su Espíritu, él traería justicia a las naciones. No gritará, ni alzará la voz, ni la hará oír en las calles, por medio de la verdad traerá justicia. Esa justicia de Dios sacaría de la cárcel a los presos, de las casas de prisión a los que moran en tinieblas (Isaías 42:7). Este profeta dice de inmediato que Jehová no daría su gloria a otro, ni su alabanza a esculturas. Impresiona la cantidad de mediadores entre Dios y los hombres, como quienes intentan robar la gloria divina; ellos hablan de ser padres espirituales, de fundar nuevas doctrinas, de establecer como esculturas sus nombres.

    Las falsas doctrinas provienen de los demonios, por lo cual pareciere posible creer en varios mediadores. Cristo conoce las necesidades del hombre, porque él fue hombre, pero puede conocer por igual las exigencias del Padre, porque él también es Dios. Los demonios intentan torcer esta doctrina del Mediador para promover la mentira de múltiples mediadores, así como la de otros corredentores. Nadie puede ser igual a Dios como para que intente ejercer el oficio de Mediador, aparte de Jesucristo. Oh, que pudiéramos sentir lo mismo que Pablo, cuando dijo que se había propuesto no conocer otra cosa sino a Jesucristo crucificado (1 Corintios 2:2).

    No hay otro nombre bajo los cielos dado a los hombres, en quien podamos ser salvos (Hechos 4:12). Ese es el súmmum de nuestra figura como Mediador, el que hizo posible la salvación para todo su pueblo (Mateo 1:21). ¿Quién es su pueblo? El conjunto de los elegidos del Padre que llegarán a creer oportunamente; algunos lo hacen desde la niñez, o desde el útero de sus madres (Juan el Bautista), otros lo hacen en el lecho de muerte (el ladrón en la cruz), otros en plena madurez de vida como el caso de Saulo de Tarso. Lo cierto es que de los que Dios le dio a Jesús ninguno se perdió, sino el hijo de perdición para que la Escritura se cumpliese.

    Cristo expió toda la culpa de todo su pueblo, limpió nuestra depravación en la cruz. Esa expiación hecha por nuestro Mediador se torna eficaz en los escogidos del Padre una vez que se nos haya anunciado o predicado el evangelio, una vez que podamos invocar su nombre, una vez que hayamos oído de él (Romanos 10:14-15). Es de esa manera que se ha escrito que todo aquel que invocare el nombre del Señor será salvo (Romanos 10:13). Esa invocación se hará una vez que hayamos conocido al siervo justo que justifica a muchos (Isaías 53:11), sin que se trate de una invocación mecánica. Jesús lo aseguró, que no todo el que le diga Señor, Señor, entraría en el reino de los cielos, sino aquel que entra lo hará haciendo la voluntad del Padre. La voluntad del Padre es que de todos los que le dio al Hijo no pierda ninguno. La voluntad del Padre es que todos los que Él enseñe aprendan y vayan a Cristo, para que no sean echados fuera jamás y sean resucitados en el día postrero.

    Con esto dejamos en claro que ninguna persona puede llegar a ser salva en ignorancia. El conocimiento del siervo justo es un mecanismo impuesto por Dios para poder alcanzar la justificación que Él mismo ha procurado. Queremos enfatizar en que el que determinó el fin hizo algo igual con los medios; si Dios quiso que respiráramos primero nos dio pulmones. Ahora bien, toda la humanidad ha muerto en delitos y pecados, ese es el diagnóstico y la prognosis es que seguirá muerto por siempre a no ser que esté determinado que nazca de nuevo. Esa operación la hace el Espíritu de Dios, pero la hace de acuerdo a los planes eternos instaurados para la gloria de Dios.

    La predicación del evangelio aparece como algo benigno para los que son escogidos desde los siglos, al punto de que se alaban los pies de los que anuncian buenas noticias (Romanos 10:15). Ellos anuncian conocimiento, porque debemos saber que Cristo es el Señor, que es la justicia de Dios y que expió todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras. Si usted está entre los muchos que el siervo Justo justifica, entonces usted es tres veces feliz (Salmo 32:1-2).

    El hombre natural no puede sino mirar la ofensa de la cruz, por lo que se da a la tarea de subestimar el oficio de Cristo como Mediador. En caso de que llegare a contemplarla y fuere persuadido a recibirla, lo hará bajo una profesión externa de fe. Puede militar en las filas del bien conocido cristianismo, jugando diversos roles: como cabra, como cizaña, como lobo, como falso maestro, como predicador de doctrinas de demonios, y aún un gran etcétera. Pero en algún punto mostrará su caída, en un momento determinado su boca se abrirá lo suficiente para expulsar lo que el volcán en flamas eructe desde el corazón. De la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45). Este tipo de persona no ha sido enseñada por Dios como para ir a Cristo, así que no irá de corazón sino como profesión externa y tendrá la cruz de Cristo sin ningún efecto (1 Corintios 1:17; Juan 6:45). El que los cristianos externos confiesen a diestra y a siniestra que ellos creen en la cruz de Cristo (su expiación) no quiere decir que crean en la verdadera expiación del verdadero Evangelio.

    Para muchos, Jesucristo expió los pecados de todo el mundo, sin excepción, haciendo solamente potencial la redención. Dependerá de cada quien y la sangre de Cristo quedará sin efecto en aquellos que rechacen su desesperada oferta de redención. El Caballo de Troya de la iglesia romana fue Jacobo Arminio, introducido en la incipiente reforma protestante con el fin de sembrar la droga de la expiación general o universal. Para los jesuitas, existe la gracia preventiva, una gracia que asiste a todo el mundo, sin excepción, bajo la ficción del acto de despojo temporal de la soberanía de Dios. Dios se limita a la voluntad humana por un instante, sin ejercer ninguna influencia sobre el alma a redimir. Lo habilita con la gracia preventiva para que deje de estar muerto en delitos y pecados por un instante, de forma que con su libre albedrío el individuo decida su futuro eterno.

    Esa gracia preventiva es un invento demoníaco porque en la Biblia no encuentra apoyo. Esto sirve para suavizar las palabras del Evangelio, para que el Mediador medie en favor de todo el mundo, sin excepción, para que quede el hombre como soberano momentáneamente y pueda menospreciar a su antojo el trabajo de la expiación. Porque si alguno pretende hacer valer su obra (la aceptación, su voluntad, su esfuerzo personal) entonces la gracia ya no es gracia. Esta proposición de un falso evangelio hace descansar en el individuo su destino, al tiempo que niega lo que dijo Dios sobre Esaú, sobre todos los vasos de ira preparados para destrucción, sobre los que fueron destinados a tropezar en la roca que es Cristo, sobre aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo. Llegar a este punto implica cambiar el Mediador enviado por el Padre por el individuo mismo que oficia entre su alma y el Creador.

    César Paredes

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  • EXPIACIÓN Y PECADO (GÉNESIS 3:15)

    La simiente de la mujer herirá en la cabeza a la serpiente, una promesa donde nace el Evangelio en forma histórica. El hombre fue hecho rectamente, pero cada quien se apartó por diferente camino y bajo numerosos inventos de maldad. Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero los extravíos humanos lo separaron en forma total (Eclesiastés 7:29). No pensemos bajo ningún respecto que el hombre se hizo independiente del Creador, simplemente Dios lo gobierna como lo hace aún con los ángeles caídos. La Biblia apoya esta teología, de acuerdo a la declaración expuesta en Hechos 4:27-28. Herodes y Poncio Pilato, unidos con los gentiles y el pueblo de Israel, hicieron lo que la mano y el consejo divino habían determinado que sucediera.

    Los hijos de ira continúan su derrotero, mientras el ser humano no regenerado no sabe aún si será o no será llamado por Dios para vida eterna; ciertamente, Dios creó vasos de deshonra para permanente destrucción y vasos de honra para la gloria de su salvación. Cuando Dios llama lo hace en forma eficaz, ya que nadie puede resistir la voluntad de Dios (Romanos 9:19). Existe un llamado general y de ley hacia los hombres, para que respeten el mandato divino; Dios manda que la gente se arrepienta y que crea el evangelio, pero no a todos les llega la exposición del conocimiento del siervo justo que justificará a muchos. Incluso, muchos de los llamados no son contados como escogidos, de manera que de quien Dios quiere tener misericordia la tiene, aunque endurece a quien quiere endurecer (Romanos 9:18).

    La caída humana produjo la depravación de la naturaleza humana, por lo cual no existe ni siquiera un hombre justo (Romanos 3:10). Si los judíos que tenían las tablas de la ley no pudieron ser tenidos por justos, cuánto menos el pueblo que integraba el paganismo. Como dicta el Salmo 14:1: El necio dice en su corazón que no hay Dios. Se corrompieron, hicieron obras abominables, no quedó ninguno que hiciera lo bueno. No hay un hombre recto como lo fue Adán en su estado de inocencia, solamente estamos los justificados judicialmente por la imputación de la expiación hecha por Jesucristo. En ese sentido somos llamados justos, pero amparados y cubiertos por la justicia de Dios que es Jesucristo (Salmos 32:1-2).

    Dios miró desde los cielos hacia la tierra, para ver si conseguía algún entendido que lo buscara, pero no lo encontró (Salmos 14:2-3; Romanos 3:11-18), todos se habían corrompido. Así que por la desobediencia de un hombre vino una herencia de corrupción universal: en pecado concibe la madre y en maldad se forma la criatura (Salmos 51:5). ¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie (Job 14:4). De esta manera se sabe que el hombre natural (no regenerado) tiene a la luz por tinieblas, sigue sin percibir las cosas del Espíritu de Dios y cree que son locura. Su mente no discierne lo que Dios dice en su palabra, aunque lo aprenda y lo repita como lo puede hacer un autómata (1 Corintios 2:14).

    La instrucción se hace necesaria para la salvación, porque Dios no redime al hombre sin la predicación del Evangelio. El conocimiento del siervo justo se hace necesario para poder ser justificado (Isaías 53:11). ¿Cómo invocarán si no han oído? ¿Cómo oirán sin haber quien les predique? Pero esa predicación debe ocurrir por la palabra incorruptible expuesta por aquellos primeros discípulos (Juan 17:20). Al Israel de Dios le fue dicho lo siguiente: Y todos tus hijos serán enseñados por Jehová; y se multiplicará la paz de tus hijos (Isaías 54:13). Nosotros los creyentes somos el Israel de Dios, en palabras del apóstol Pablo; Jesús también enseñó sobre la condición sine qua non: Escrito está en los profetas: Y serán enseñados por Dios. Así que, todo aquel que oyó al Padre, y aprendió de él, viene a mí (Juan 6:45).

    Lo que hemos de conocer del siervo justo tiene que ver con su persona y con su trabajo. Sabemos que Jesucristo como Hijo de Dios vino como el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). Su vida sin tacha sirvió como holocausto para satisfacer la exigencia de la ley de Dios, por lo cual dijo en la cruz que su trabajo había sido consumado. En realidad vino a morir por todos los pecados de su pueblo (Mateo 1:21), conforme a las Escrituras. Todos aquellos a quienes Cristo representó en su trabajo en ese madero han sido llamados y serán llamados con llamamiento eficaz, como ovejas del buen pastor, para que lo sigamos eternamente.

    Jesús afirmó que las ovejas que han sido llamadas y lo siguen no se irán jamás tras el extraño, porque no conocen la voz del extraño (Juan 10:1-5). Así que no es posible perderse tras los falsos maestros con sus engañosas doctrinas de una expiación general o universal.

    La conciencia sucia ante el Todopoderoso se presenta como un gran azote para el alma irredenta. Al entendimiento entenebrecido, la voluntad corrompida, la conciencia profanada, se suma una memoria contaminada. ¿Qué recuerda el hombre? Solamente tragedia, como si fuese un ser para la muerte; los más valerosos se la pasan ejercitando su salud para ver si prolongan unos días sobre esta tierra, otros se dan a la imaginación de su reencarnación. Algunos piensan que se transformarán en energía cósmica, como si se integraran a una conciencia universal. Pero el Evangelio nos ha enseñado que el hombre rendirá cuentas al Creador, que después de la muerte viene el juicio.

    La Biblia nos asegura que Jesús murió como el justo por los injustos, pero no lo hizo por Judas Iscariote ni por Esaú; tampoco murió en favor del Faraón, ni de ningún otro réprobo en cuanto a fe, como aquellos que fueron ordenados para tropezar en la roca que es Cristo. La muerte de Cristo no fue suficiente para pagar por los pecados de todos el mundo, sin excepción, por cuanto nunca estuvo previsto de esa manera. Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trae, afirmó Jesús (Juan 6:44); esa sería la condición para poder resucitarlo en el día postrero. Pero también aseguró el Señor que Todo lo que el Padre le da, vendrá a él; y al que a él viene, no le echa fuera (Juan 6:37).

    La discusión sin sentido acerca de la expiación, sobre si es universal o particular, pasa por un trabajo intelectual para sosiego de los teólogos. ¿Cuál debate? ¿Qué se le puede reclamar al Dios soberano? ¿Tuvo éxito el reclamo sobre el caso Esaú? ¿Ha sido de provecho el exaltarse contra el Creador porque condena anticipadamente? La Escritura se muestra difícil para los que se allegan a ella con la intención de encontrar un arreglo entre obras y gracia. Las palabras duras de oír resuenan hoy día, las mismas con las que aquellos discípulos fueron repelidos por Jesús. Ellos presumieron de una falacia de generalización apresurada: ¿Quién puede oír estas duras palabras? Solamente las podemos oír con agrado los que hemos sido renovados para arrepentimiento, los que siendo regenerados ya no escuchamos la teología de los extraños.

    La Biblia ha sido enfática en catalogar como doctrina de demonios a cualquier cuerpo de enseñanzas contraria a lo que sus páginas proclaman (1 Timoteo 4:1). Ella misma es un canto de principio a fin al Dios soberano, el que hace como quiere porque no tiene consejero. El que no se halló inscrito en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego, anuncia el Apocalipsis 20:15. Pero esos inscritos lo están desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8 y 17:8). La intención de la expiación fue manifestada desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20), no porque el Padre previó y se guardó un as bajo la manga, como sospechan aquellos que no toleran la dura palabra que escuchan.

    Dios no miró en los corredores del tiempo para ver si había alguien que lo buscase, porque cuando miró a la tierra vio que no había ni siquiera uno. Entonces, se concluye por fuerza que los que escogió fueron mirados con amor eterno, por el puro afecto de la voluntad de Dios, no por obra alguna -no vaya a ser que alguien se gloríe. Si por gracia, entonces no es por obras. El decreto de la muerte de Cristo fue para salvar en exclusiva a los elegidos del Padre, aquellos que él amó con amor eterno. Nuestro pecado ha sido expiado (Salmos 32:1-2).

    César Paredes

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  • COMPRENSIÓN DEL EVANGELIO

    Si usted no ha comprendido bien el evangelio, de seguro todavía el evangelio no ha sido el poder de Dios para su salvación. Si usted posee otro evangelio, tiene mucho de lo cual avergonzarse por cuanto sigue a un dios que no puede salvar. Para Judas Iscariote jamás hubo evangelio, nunca existió una buena noticia de redención. Fue escogido como hijo de perdición y así tuvo que actuar; al igual que Esaú, jamás fue amado por Dios. Si estas cosas de la Escritura todavía le molesta, entonces no ha sido llamado aún con llamamiento eficaz.

    Jesucristo no hizo una expiación potencial, como apostando al azar para ver quién aceptaría su oferta. En realidad, el evangelio jamás ha pretendido ser una oferta sino que siempre ha sido una promesa de redención para el pueblo de Dios. En Génesis 3:15 encontramos una temprana referencia de esta noticia.

    El Señor enseñaba continuamente sobre el tema de la soberanía de Dios. Esa prédica distanció a multitudes de su presencia, pero él continuó anunciando la verdad de su Padre sin importar si a la gente le agradaba o le disgustaba. La palabra de la cruz resulta ofensiva para los que todavía no han sido limpiados, por esa razón incomoda y genera rumores. Se acusa a Dios de injusto por escoger solamente a Jacob y no a Esaú para redención eterna, pero el ser humano parece no darse cuenta de su responsabilidad ineludible ante el dador de la vida. El hombre se computa como inexcusable, quienquiera que sea, ya que lo que de Dios se conoce le fue manifiesto por medio de la obra de las manos del Creador.

    La luz vino al mundo, la verdad estuvo en medio de la humanidad en el tiempo apostólico, pero la gente amó más las tinieblas que esa luz. El evangelio se anuncia, pero si la gente sigue sin amar la verdad recibirá un espíritu de estupor (de engaño) para que crea en la mentira y se termine de perder. Ese espíritu de estupor es enviado por Dios mismo; por supuesto, ese espíritu de engaño viene en forma variada. Una de sus manifestaciones se aprecia en la teología cristiana torcida de las Escrituras, un hilvanado de mentiras sacadas de las bocas de los anunciadores de ilusiones evangélicas.

    Nadie viene a mí, si el Padre que me envió no lo trae (afirmaba Jesús). Todo lo que el Padre me da vendrá a mí y yo no lo echo fuera. La condición que coloca Jesucristo para poder acudir a él es que seamos enviados por el Padre. De hecho el Señor dijo: Y serán enseñados por Dios, y habiendo aprendido vendrán a mí (Juan 6:45). Existe un conocimiento que el Padre imparte para poder reconocer a Cristo, pero los que descontextualizan los textos de la Escritura se aventuran y apresuran a ir a Jesús por su propia cuenta. Ellos tienen en su haber un prontuario de acciones que consideran probas y necesarias para ser recibidos. Dicen que recibieron al Señor en un día específico, que fue bajo las palabras de tal o cual predicador.

    Su argucia consiste en decir que el que va a Jesús no será echado fuera, pero niegan o esconden la primera parte de la proposición. Esa proposición que dice: Todo lo que el Padre me da vendrá a mí… Se quedan solo con una parte del silogismo: el que a mí viene no lo echo fuera. De la misma manera se conducen con otros textos de la Biblia, como aquel que menciona que Jesús dijo: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, que yo os haré descansar (Mateo 11:28). El Señor venía de dar unos ayes por las ciudades impenitentes, de aquellos sitios donde se habían hecho muchos milagros y la gente no se arrepentía. Asimismo, Jesús oraba al Padre, diciendo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños. Sí, Padre, porque así te agradó (Mateo 11:25-26). Fue inmediatamente después de esta oración que Jesús anunció que vinieran a él todos los que estaban trabajados y cargados; es decir, fue después de reconocer una vez más que el Padre es quien esconde las cosas del reino de los cielos de ciertas personas y las da a conocer a otras gentes. Entonces, uno tiene que valorar ese discurso y comprender que va dirigido a los que son elegidos desde la eternidad para el reposo de Dios.

    Esa invitación de Jesús no estuvo dirigida a aquellos a quienes el Padre les había escondido las cosas del reino de los cielos, como el Yo no lo echo fuera tampoco estuvo referido a todo el que quiera ir a Jesús, sino solamente a los que el Padre le envía. Usted puede preguntarse cómo saber si el Padre nos ha enviado hacia el Hijo, pero esa pregunta la responderá cada quien de acuerdo a si ha nacido de nuevo y al evangelio que confiesa. En Juan 10:1-5 Jesús nos enseña que las ovejas que lo siguen no se van jamás tras el extraño, porque desconocen esa voz del mentiroso que pregona un evangelio diferente. Si alguien ha militado por un momento o por muchos años en el evangelio anatema, entonces no ha estado siguiendo al buen pastor porque no ha sido llamado hasta ese momento.

    Cuando la gente se da cuenta de su fe espuria y Dios lo hace nacer de nuevo, allí comienza su relación de oveja redimida con el buen pastor. Pablo tuvo celo de Dios y fue discípulo de un gran maestro de la ley, llamado Gamaliel. Pablo computó como basura toda su vida de seguidor del Dios de Israel, por más de que conocía el Antiguo Testamento y mostraba respeto ante la ley de Dios. No fue sino hasta su cambio de mentalidad que pudo seguir a Cristo, cuando él lo llamó; fue en ese instante en que el Padre lo envió al Hijo, en que Pablo aprendió del mismo Dios lo que le estaba enseñando (Juan 6:45).

    Gente con el corazón engrosado deambula por los espacios de las Sinagogas de Satanás, en la búsqueda de sus hermanos en Satanás. Por eso se congregan de acuerdo al mandato del falso maestro, con un evangelio extraño, mutilado de la verdad. Con fragmentos del evangelio de Cristo unidos a los fragmentos de los mandatos humanos, se muestra a un Jesús hecho a la imagen y semejanza del hombre natural. Pero el Cristo vivo de la Biblia, ese que dijo que nadie podía ir a él si el Padre no lo envía, viene a ser relegado. No les agrada su palabra ni mucho menos su expiación realizada en beneficio exclusivo por su pueblo. A cambio han lanzado un anuncio de un Jesús que murió por todo el mundo, sin excepción, con una salvación potencial que depende del hombre muerto en delitos y pecados. Ante ese Jesús extraño se alborotan y danzan para aclamarlo como su rey. En realidad, están invocando a un dios que no puede salvar.

    Gente que habla de sí misma, son los que buscan su propia gloria. Sostienen que sus propios esfuerzos hicieron posible el plan de Dios, que el Todopoderoso hizo su parte y que ahora les toca a ellos hacer la suya. Se manifiestan hostiles ante la cruz de Cristo, bajo el intento de quitarle su gloria como absoluto Redentor. La palabra de la cruz es locura a los que se pierden; ante la razón humana esa revelación aparece desagradable. Se cumple lo dicho por Isaías, que el Hijo de Dios vendría sin hermosura como para que lo deseen, de manera que su evangelio parece simple y sin gusto ante la mirada del mundo. El ser humano exige algo más elaborado, algo donde él pueda ser partícipe de su camino a la redención. El Dios de la Biblia se muestra absoluto, Él ha hecho todo, aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4).

    La Escritura nos dice que hay un grupo de personas que no perecerán jamás, escogidos por el Padre para salvación. El Hijo los ha redimido y el Espíritu los ha santificado. También nos dice la Biblia que muchos perecerán y lamentarán, por haber despreciado ese evangelio que les parece una locura. De todas formas, para los redimidos el evangelio consiste en el poder de Dios para salvación, el mecanismo de la iluminación, del despertar de las mentes, para llegar a ser amigos de Dios.

    Los redimidos lo somos en estos vasos frágiles de barro, donde se deposita el tesoro de Dios. La doctrina del Cristo crucificado suena desagradable ante los oídos del mundo, mucho más la doctrina del Cristo que murió en exclusiva por su pueblo (Mateo 1:21; Juan 17:9). El evangelio es el poder de Dios en la estima de los santos, de los escogidos y apartados desde la eternidad para recibir esta gloria que se habrá de manifestar. ¿Dónde están los hombres místicos que interpretan la palabra de Dios? ¿Dónde están los hombres sabios? Son preguntas que se hace Pablo para colegir que en la sabiduría de Dios quiso Dios usar el mecanismo de la locura de la predicación, para salvar a los que son creyentes; sin méritos en la criatura, sin obras de intervención que propicie nuestra justicia, sino bajo la obra de la cruz.

    Algunos piden señales, otros exigen sabiduría compleja, pero tanto para unos como para otros se presenta a Cristo crucificado: para unos tropiezo y para otros locura. En cambio, para los que son llamados, de uno u otro bando, Cristo es el poder y la sabiduría de Dios. Porque la locura de Dios y aún su debilidad (como si la tuviera) es más sabio y fuerte que nosotros mismos. Lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia (1 Corintios 1:26-29).

    César Paredes

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  • LA VERDAD ES MÁS SIMPLE QUE LA HEREJÍA

    Los que afirman que la condenación no procede de Dios, sino que es obra de cada réprobo en cuanto a fe, demuestran ignorancia suprema del Evangelio. Están acostumbrados a repetir domingo a domingo, mes a mes, año tras año, por causa de los muchos siglos de herencia herética, que Dios amó a Jacob pero que Esaú se condenó a sí mismo. La razón de esa condenación se debe a la venta de su primogenitura, a sus fornicaciones, al desamor por su hermano Jacob. Suena bien, ya que algo de obras habrá que sacar aunque sea de los reprobados, para que Dios quede exculpado de cualquier animosidad en contra de su justicia.

    El apóstol Pablo no lo pensó de igual manera, por una razón muy sencilla: la verdad resulta más simple que la herejía. Pablo señaló que los gemelos no habían aún nacido, ni hecho bien o mal alguno, pero Dios los escogió a cada uno con destino opuesto. De su aseveración se desprende que no vio el Señor obra alguna en ninguno de los gemelos, que no miró su futuro como quien consulta una bola de cristal, para descubrir algo que no sabía. Tampoco se puede desprender de lo dicho por Pablo que Dios sabía todas las cosas y supo que Esaú lo iba a despreciar; no, eso no es lo que el texto de Romanos 9 dice. Lo que realmente afirma ese texto es una gran verdad.

    Esa verdad por ser simple ha sido desestimada, a cambio de pretender validar una herejía que se muestra compleja. Más difícil de entender resultó la herejía que la verdad, pero es lo más apetecido por el corazón irredento. Por supuesto, eso lo pregonan los del otro evangelio bajo la bandera de que Dios no puede odiar y mucho menos condenar sin mirar en las obras de los hombres.

    La condenación no vendrá de Dios, anuncian los defensores de Esaú como víctima. La condenación sale por causa del alma del reprobado, nunca por pretensión del Altísimo que desea que todos sean salvos. Para esto se reporta un texto fuera de contexto, como si Pedro hubiese dicho algo distinto a lo que el Espíritu le inspiró. Dios hace la luz y crea las tinieblas, ha hecho aún al malo para el día malo (Isaías 45:7; Proverbios 16:4). ¿Quién es el que dice que sucedió algo que el Señor no mandó? De la boca del Altísimo, ¿no sale lo bueno y lo malo? (Lamentaciones 3:37-38).

    Desde la eternidad Dios lo pensó y lo ideó, para que su pueblo no se vaya al desvarío. Con solidez lo anunció por medio de sus mensajeros, ya que se dispuso darle la gloria a su Hijo como Redentor de un pueblo que le preparó. Estos miembros de ese pueblo son los hijos que Dios le dio, su recompensa, el fruto de su aflicción. Son personas definidas con nombres propios, escritos en el libro de la vida del Cordero, desde la fundación del mundo.

    Por esa razón Pablo anuncia varias veces como tema central de su evangelio que fuimos predestinados desde antes de la fundación del mundo, por el puro afecto de la voluntad de Dios (no por obras, para que nadie se gloríe). Dios bendijo a los elegidos y no existe otra bendición mejor que haber sido escogido para salvación. Esto les parece injusto a los defensores de Esaú, los que todavía levantan su puño contra el cielo para reclamar la injusticia que se supone exigir algo a quien no puede darlo. ¿Quién puede resistirse a la voluntad de Dios? Entonces, ¿por qué, pues, Dios inculpa? Una sola respuesta da la Escritura, considerándola suficiente para el que tenga oídos para oír: ¿Quién eres tú para discutir con Dios? La olla de barro no puede altercar contra el Alfarero para reclamarle sobre la razón de hacer una vasija para honra y otra para deshonra.

    Sin embargo, pese a lo escrito en la palabra de Dios, todo ser humano se computa como responsable ante el Creador. Ninguno puede excusarse en la decisión de Dios, ya que todos somos criaturas dependientes del Ser Supremo y le debemos un juicio de rendición de cuentas. Ninguno de nosotros puede bendecirse a sí mismo, como si tuviésemos tal capacidad. Una cosa es lo que afirman los seguidores de la Nueva Era, que nosotros somos una suerte de divinidad, que Dios habita en cada cosa (una vuelta al panteísmo), pero otra cosa es lo que la palabra del Señor computa. No podemos santificarnos a nosotros mismos, acostumbrados como estamos a hacer el mal. Es el Espíritu quien hace esa labor en la cual participamos, seducidos y llevados de la mano por Él.

    Ciertamente, el hombre caído en delitos y pecados merece la condenación. Dios muestra su poder e ira contra el pecado y contra los reprobados, en alguna medida como beneficio para los elegidos. Nosotros nos miramos en ese espejo y alabamos el nombre del Señor por el favor recibido, una gracia imposible de alcanzar por nuestra cuenta. Dios es absolutamente soberano tanto en la salvación como en la condenación, mientras que el ser humano es un sujeto pasivo en ambas condiciones. Por eso reafirmamos con las Escrituras que la cosa formada no puede argumentar contra el que lo forma; el barro no puede argüir contra el Alfarero.

    Pareciera indudable que la ceguera espiritual no deja que los lectores de las Escrituras comprendan esta información que de ella emana. Por esa razón la tuercen, en el intento de que digan algo distinto. Nos preguntamos hasta qué punto sí que se comprende lo que se lee, aunque el alma irredenta se rebele contra los escritos de Dios. Comprobamos de todas maneras que la verdad sigue siendo más simple que la herejía. La herejía busca la gimnasia cerebral bajo el parámetro de extraer los argumentos falaces, y crea la ilusión de racionalidad a lo que por naturaleza es contra la razón.

    De verdad que el ser humano se rebela contra el dictamen de las Escrituras, cuando toca el tema de la soberanía de Dios en la condenación del hombre. Llega a tolerar la soberanía divina en materia de redención, porque pareciera que comprendiera que el hombre no tiene ni arte ni parte en su salvación y predestinación. Pero cuando los réprobos asoman, la voluntad de los revestidos de piedad niegan de inmediato su eficacia para colocarse al lado de los que reclaman al cielo por la injusticia de Dios. Por esta razón, entre otras, han creado la teología de la gracia común, de la expiación universal o general, de la redención en potencia que cada quien debe actualizar. Definitivamente, la herejía es mucho más compleja que la verdad.

    César Paredes

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  • LA FE COMO JUSTICIA (ROMANOS 4:5)

    La expiación de Jesucristo viene a ser el centro del Evangelio, la buena noticia para el pueblo de Dios pero no para el mundo. No puede ser una buena noticia para los réprobos en cuanto a fe, al saber que Dios se olvidó de ellos. Pero para los elegidos del Padre existe la buena nueva de salvación, Cristo murió por nuestros pescados, el justo por los injustos, por lo cual se dijo: mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia (Romanos 4:5).

    En la ley de Dios está nuestra delicia, ya que ella se muestra como el Ayo que nos envió a Cristo. La ley nos condena pero por su condenación huimos hacia los brazos de Jesús, el autor y consumador de la fe. Ciertamente, no es de todos la fe y sin ella resulta imposible agradar a Dios. Abraham creyó y su fe le fue contada por justicia, al igual que nosotros y que cualquiera que haya de creer. Claro está, muchos de los que dicen creer conservan su apariencia de piedad pero niegan su eficacia. No puede ser de otra manera, ya que en ese aparentar el pietismo se han olvidado de la esencia del Evangelio.

    La expiación de Jesucristo vino a ser su gran obra en la cruz, la cual consumó en su totalidad. No se le puede agregar ni siquiera un porcentaje mínimo ya que no se admite ninguna obra. Al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda (Romanos 4:4). La gracia y las obras son excluyentes como camino hacia el Padre. Al examinar la expiación de Jesucristo aprendemos que fue un trabajo referido en exclusiva a todo su pueblo (Mateo 1:21), habiendo dejado por fuera al mundo no amado (Juan 17:9). Es en este punto donde la gente revira, dando vueltas sobre el aguijón que piensan patear.

    El puño del no redimido se levanta contra el Creador y lo acusa de injusticia. Como hicieron los viejos israelitas que decían que pagaban el pecado de sus padres, como si ellos fuesen muy justos. Así mismo, los enemigos de Dios se exaltan cuando leen en las Escrituras todos los textos que hablan del amor exclusivo de Dios por su pueblo. De hecho, son múltiples las interpretaciones de sus exégetas en torno al odio mostrado por el Creador hacia Esaú. A Jacob amé, pero a Esaú aborrecí (odié), cita de Romanos 9:13.

    Muchos de sus desvaríos circulan en el ámbito filológico, al decir que el verbo odiar en ese caso específico significa amar menos. Otros hablan de dos pueblos o naciones, pero nunca de personas particulares. Poco a poco van quitando la dureza del texto hasta convertirlo en palabras blandas que llevan su veneno. Los falsos creyentes (los que tienen apariencia de piedad y niegan su eficacia) regurgitan la palabra predestinación. Ellos aseguran que Dios predestinó basado en las buenas obras de los elegidos, en sus corazones que tenían algo de bueno. ¿Qué de bueno vería Dios en mí para elegirme? -dicen algunos de los fieles seguidores de la expiación general o universal.

    El profeta Isaías expuso que por el conocimiento del siervo justo justificaría a muchos; Jesucristo enseñó que seríamos enseñados por Dios, y habiendo aprendido seríamos enviados al Hijo. Agregó que ninguno puede venir a él si el Padre no lo envía. Pero dijo igualmente que todo lo que el Padre le daba vendría a él y el que a él viene no será echado fuera. En estas breves líneas de las Escrituras se nota que la voluntad del Padre consiste en redimir a su pueblo de sus pecados, por lo cual envió a Cristo en el tiempo apostólico para realizar el trabajo de la expiación.

    Insistimos en la comprensión de la expiación eficaz hecha por Jesucristo. Sería ineficaz si la hubiese hecho en una forma potencial y generalizada, por todo el mundo sin excepción, dado que muchos caminan hacia el infierno de eterna condenación. Su sangre se vería pisoteada si hubiese sido derramada en vano por los réprobos en cuanto a fe. Los que se hubiesen salvado en ese sistema de expiación general o universal tendrían de qué gloriarse, de su buena obra de aceptar el sacrificio del Señor. Ellos tendrían su salario como deuda, no como gracia.

    La expiación de Jesucristo está cimentada en la ley de Dios, como un anuncio para su pueblo. Dice la Escritura: Bienaventurado aquel cuya transgresión ha sido perdonada, y cubierto su pecado. Bienaventurado el hombre a quien Jehová no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmos 32:1-2). Si Cristo hubiese muerto por toda la humanidad, sin excepción, hubiese pagado por toda la iniquidad de todo el mundo, sin excepción. De esa manera uno podría ver que todo el mundo iría a Dios, tarde o temprano, por el ministerio del Espíritu Santo sobre los elegidos del Padre.

    Asimismo, habría que concluir que bajo ese sistema de la expiación general o universal toda la humanidad sería predestinada para salvación, por lo cual ya no existiría condenación para nadie. En ese absurdo teológico viven millones de auto-llamados creyentes cristianos, bajo el pretexto de que les resulta una teología más amable y menos condenatoria para el Creador, a quien ya no habría que acusar de injusticia alguna. La Escritura desmiente ese sistema diabólico, como bien se demuestra del modelo expuesto en la crucifixión. Uno solo de los ladrones fue escogidos para redención, el otro se burló del Señor hasta en su último momento. Entonces, ¿murió Jesús por ese otro ladrón?

    ¿Murió Jesús por aquellos cuyos nombres no fueron escritos en el libro de la vida desde la fundación del mundo? (Apocalipsis 13:8; 17:8). ¿Por qué no se escribieron sus nombres en el libro de la vida del Cordero desde esa época? Vemos que aquellos nombres de los redimidos estuvieron escritos desde que Adán fue formado del barro (en la fundación del mundo). ¿Será que Dios vio alguna obra buena en los escogidos para motivarse a escogerlos? En ninguna manera, ya que fue escrito que Dios declaró que no había justo ni aún uno, que no hay quien busque a Dios (al verdadero Dios), que no hay quien haga lo bueno. Asimismo se dijo que nuestras justicias eran como trapos de mujer inmunda, y se añadió que Dios odió a Esaú aún antes de que hiciese bien o mal.

    Eso irrita a los que proponen la teología de las obras sumadas a la gracia. Sin embargo, eso dice la Escritura de principio a fin. ¿Cómo puede Dios no imputarnos iniquidad? Porque Él es un Dios justo que justifica al impío, no basado en la obra de los muertos en delitos y pecados sino en su justicia, la cual es Cristo. Cristo, justicia de Dios, nuestra pascua, vino a redimir a todo su pueblo de todos sus pecados (Mateo 1:21).

    Jesús dijo que no todo el que le diga Señor, Señor, entrará al reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de su Padre. Esa voluntad consiste en que creamos en el Hijo y en su obra expiatoria, la única justicia posible para escapar de la condenación venidera. Pero como esa labor resulta imposible para los hombres, para Dios resulta posible. Jesús agradeció al Padre por haber escondido estos tesoros del evangelio de los poderosos y entendidos, pero agradeció por abrir esos tesoros a los pobres y a los niños. Es decir, a aquellos incapaces de alegar obra propia ante el Dios soberano. Solamente por el conocimiento del siervo justo seremos justificados. ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? (Romanos 10:14).

    Mucha gente ha oído de otro Jesús, de uno que expió a todo el mundo, sin excepción, pero que deja que que obre para que su salario se le cuente como deuda. Ese Jesús es un timador, una imitación del Hijo de Dios, alguien forjado en el pozo del abismo y dado al mundo para su perdición. Son los falsos maestros y los teólogos del engaño los que promulgan la enseñanza cargada de estupor, para los que no aman la verdad sino que se complacen en la mentira.

    César Paredes

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  • DIOS SE ARREPIENTE

    La Biblia nos asegura que Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Sin embargo, uno también lee que Dios se arrepintió de haber hecho al hombre (Génesis 6:6). Por igual leemos que Dios se arrepintió de haber nombrado rey a Saúl, porque él le había dado la espalda a Jehová (1 Samuel 15:11). Y lo más curioso es que en el mismo libro de Samuel y mismo capítulo se muestran los dos textos como si uno desdijera del otro; de hecho, en 1 de Samuel 15:29 está la referencia del Dios que no miente ni se arrepiente.

    Esa afirmación del Dios que permanece en su voluntad se había escrito en Números 23:19, de manera que el escritor bíblico tiene su base para reafirmarlo posteriormente. Si miramos el verbo arrepentir tenemos que pensar en un cambio interno de actitud respecto a un hecho, una conducta, una decisión. Por ejemplo, si un pecador se arrepiente Dios puede perdonarlo. De esta manera, el arrepentimiento para perdón de pecados implica ese cambio de actitud que provoca la transformación de mentalidad en el pecador.

    Dios está airado contra el impío todos los días (Salmos 7:11), lo que nos hace suponer que Dios no se arrepiente de tener esa actitud contra la impiedad y los que no han sido redimidos, ya que Él es santo. Sin embargo, cuando uno de sus elegidos se arrepiente Dios cambia también en su pago justiciero. En cuanto a sus hijos, la Biblia afirma que Dios al que ama castiga, y azota a todo aquel que tiene por hijo. Resulta obvio que cuando el hijo se arrepiente Dios puede interrumpir la disciplina, lo cual se traduce en un arrepentimiento divino de lo que estaba realizando. Así que no se ve contradictorio el hecho de que Dios se arrepienta de algo, puesto que lo que anuncia es un cambio interno por la conducta externa de alguien.

    Muy fácil, arrepentirse no siempre implica un lamento por haber hecho algo, como quien se lamenta por sus pecados. A veces, arrepentirse tiene otro sentid. Resulta lógico que si el hombre está en una relación dinámica con Dios como Creador, esa relación de diálogo se da también por medio de estímulos y respuestas.

    En la pedagogía del pecado y la ley se puede observar tal dinamismo. Ante un hecho punible la ley castiga de acuerdo a lo estipulado, pero ante un arrepentimiento oportuno la ley concede ciertos privilegios. Dios habla con su profeta y le dice que no quiere la muerte del impío, sino que se arrepienta y viva. Anuncia que cada quien pagará por sus pecados, para que abandonen la queja de que fue por culpa de los padres o antecesores que los hijos tienen dentera (Ezequiel 18).

    Aunque Dios es grande en misericordia, su justicia no se sacrifica. La Biblia también dice que Dios ha hecho todo cuanto ha querido (Salmos 115:3), y que el afecto de su voluntad impera (Efesios 1:5). No podemos imaginar a un Dios contradictorio, alguien que lamenta aplicar su justicia. En el caso de Ezequiel se debe observar que no hay una referencia absoluta sino circunstancial a un caso específico, cuando Dios responde sobre el refrán en Israel, el que dice que los padres comieron las uvas agrias, y los hijos tienen la dentera. Dios tiene placer también cuando aplica su ley para castigar, ya que de esa manera cumple su palabra siempre respetable. Dios honra su palabra que es verdad.

    En Pedro y Judas vemos la ilustración de lo expuesto por Ezequiel; Pedro fue un hombre justo (justificado por la fe), pero pecó al negar al Señor. En ese momento actuó como impío, pero Dios no quiso su muerte sino que le dio arrepentimiento para perdón de pecados (Jesús había orado por Pedro para que su fe no faltara). Judas, por su parte, aparentaba ser un hombre justo, pero se apartó del camino de la justicia. Por lo tanto, cometió iniquidad, de acuerdo a las abominaciones del hombre inicuo. Por supuesto que no vivirá, por lo tanto otro tomó su oficio y sus hijos quedaron huérfanos como dijera el Salmo que habla de su maldición. Estos son los casos de los justos en su propia opinión, con apariencia de piedad que niegan su eficacia.

    En ningún momento ese texto expone que Dios desea algo que no puede alcanzar, que anhela que el impío en general se vuelva de su camino, pero que queda frustrado si no lo hace. Eso no sería congruente con el Dios que ha hecho aún al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Entonces, hemos de ver que Dios no quiere que los malos preparados como vasos de ira para destrucción se vuelvan atrás. De seguro Dios hablaba con su profeta en relación con sus impíos, aquellos que formaban parte del pueblo de Israel. No obstante, esa muerte puede presumirse física, porque en ocasiones la ley castigaba con esa pena capital a algunos malhechores. Así que Jehová le dice a Ezequiel que no desea que el impío muera en su pecado pero que si continúa con la impiedad de seguro morirá.

    A Judas Iscariote lo dejó en su maldad, como había sido predeterminado, para que se cumpliera la palabra profetizada. En cuanto a Judas no se dice que Dios no quiso su muerte impía, sino más bien se le dijo que hiciera pronto lo que tenía que hacer. Por lo visto, no conviene sacar los textos de sus contextos, para trasladarlos al lugar en que apoyen una teología que la Biblia no respalda. Juan el apóstol nos habla de los hermanos que cometen un pecado de muerte, por los cuales él no desea que se pida. Si los llama hermanos debe ser que morirán físicamente, como un castigo del Padre, pero que no morirán espiritualmente. Lo mismo acontecía en Corinto, cuando Pablo le escribía a la iglesia sobre la dignidad en la comunión de la Cena del Señor. Refirió que algunos andaban enfermos por la mala actitud, mientras otros dormían (habían muerto).

    La teología del mandato y del decreto puede resolver la duda que tuviera alguien si leyera en forma superficial esos textos. Otro ejemplo lo tenemos en Jeremías 18, cuando Dios usa la metáfora del Alfarero que trabaja con el barro. Habla del Dios que puede destruir una vasija de barro rompiéndola, para hacer otra nueva. Ese Israel fue amonestado con el modelo de los pueblos que Dios destruía por sus fechorías, de manera que el pueblo de Dios comprendiera que también podrían aquellas naciones hostiles llegar a arrepentirse de hacer sus maldades. En ese caso, Dios cambiaría el castigo destructivo para hacerles el bien a esos pueblos. Visto así, la Biblia habla del arrepentimiento de esas naciones paganas que llevarían al arrepentimiento (cambio de efecto) de parte de Dios.

    El hecho de arrepentirse el Dios Soberano no presupone un lamento y congoja por lo que haga o no haga Jehová, sino que indica un intercambio para con los pecadores. Los que estaban ligados al castigo que podía ser eliminado, podrían recibir el obsequio del perdón por parte del Señor. Y de nuevo, si aquellos impíos se volvieren al mal, Dios se arrepentirá (se apartará de hacerles el bien) para volver a hacerles el mal (darles un castigo). Se trata de un dar y recibir a cambio, de una prestación y contraprestación, en vías de fomentar la pedagogía divina para que Israel entendiera que no debía volverse arrogante. Cuando el escritor bíblico dice que Dios se arrepintió de haber hecho al hombre, no lo veamos como un lamento por alguna frustración, simplemente entendámoslo como un anuncio de cambio en cuanto a que no los dejaría vivir en esa violencia que colmaba la tierra. Asimismo, el texto de Ezequiel deja ver cierta ironía en relación a los justos israelitas que acusaban a Dios de no ser equitativo, por lo cual manifestaron la queja de que eran castigados por los pecados de sus padres. Ellos se presumían sin pecado, mientras señalaban a Dios como injusto. Por eso Dios les responde de esa manera, como si hubiese gran justicia en medio de su pueblo acostumbrado a hacer el mal.

    Volviendo a la teología del mandato y del decreto, diremos que Dios ordena una ley para que la gente actúe en consecuencia. Por supuesto, al igual que Adán quebrantó el mandato impuesto, los demás seres humanos delinquen a diario. Vemos que la ley se cumple y se quebranta, pero en cuanto al decreto divino no podemos decir lo mismo. Los decretos de Dios tienen que cumplirse (todo lo que ha ordenado desde el principio). El Padre había ordenado al Cordero (su Hijo) a quien preparó para la inmolación, desde antes de la fundación del mundo (1 Pedro 1:20). En virtud de ese decreto uno tiene que comprender que Adán debía quebrantar el mandato y comer del árbol prohibido, para que el Cordero pudiera actuar como Redentor y llevar la gloria que tiene en tanto él es la justicia de Dios, así como nuestro Mediador y Salvador.

    Dios no se lamenta, sino que todo cuanto quiso ha hecho. La Biblia nos dice que si alguno se lamenta, que lo haga por su pecado. Si recibimos el arrepentimiento para perdón de pecados, Él será amplio en perdonar (se arrepentirá, sin lamento alguno, para no condenarnos). Pero el que no cree, ya ha sido condenado (y Dios no se arrepentirá de la condenación reservada para los réprobos en cuanto a fe).

    César Paredes

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  • RECHAZAR EL PECADO

    RECHAZAR EL PECADO

    La Biblia habla contra el pecado, así como contra aquellos que no toman en cuenta a Dios. Dice la Escritura que Dios los entrega a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen. De esa manera se atestan de injusticia, de fornicación, perversidad y avaricia, de toda maldad. La gente se llena de envidia, contiende y engaña hasta llegar al homicidio. Pero existen también dentro de este enunciado de malignidad los que murmuran de todo y de todos, los que odian a Dios. Ni qué decir de la soberbia de los altivos, los cuales se la pasan inventando males y se tornan desobedientes a los padres o personas mayores. Esta gente se colma de deslealtad, pierde el afecto natural y se torna implacable sin un ápice de misericordia (Romanos 1).

    Si alguien tiene duda puede asistir a una reunión de políticos de cualquier país, o tal vez que visite una cárcel de no importa cuál nación. Pero también puede darse cuenta de estos males cuando mira la televisión o ve en el cine el mensaje que le envían bajo el pretexto del entretenimiento. La tierra sigue llenándose de violencia, pareciéndose cada vez más a la vieja Sodoma, a la época de Noé cuando construía el arca. David escribió un canto a Jehová en el que prometía andar en la integridad de su corazón. Decía que no iba a poner delante de sus ojos cosa injusta, que aborrecía la obra de los que se desvían, que iba a procurar que ninguno de ellos se acercara a él (Salmos 101).

    Existen los que solapadamente infaman a su prójimo; están los que trabajan en contra de la dignidad de una persona y la procuran difamar en forma oculta. Muestran su sonrisa amable pero por detrás preparan su daga. En especial aquellos altaneros y de corazón vanidoso. Empero los que ejercitan su lengua contra su prójimo, Dios los destruirá porque Él conoce los corazones de las personas. La lengua mentirosa será siempre un boomerang que regresará para golpear a quien lo lanza. El hombre de pecado relatado como profecía en las Escrituras, se levantará contra todo lo que se llame Dios, como un pequeño cuerno de poder y de prepotencia. Ese es el modelo de los jactanciosos, su inspirador y su héroe, al que sin conocerlo aguardan porque el corazón se ha equiparado al del adversario Satanás.

    Si el creyente huye de Babilonia, ¿para qué hacerla presente? Huyamos de las pasiones vergonzosas, pero pongamos límite a los medios que nos invaden. Me refiero a los audiovisuales, a aquellos mecanismos de entretenimiento que procuran traernos al hogar el espectáculo de lascivia, violencia e ignominia. ¿Eso agrada a Dios? Eso más bien nos ocasiona tropiezo, nos vuelve adictos y dependientes de la promiscuidad de otros. Eso equivale a sentarse en la mesa con los inicuos. Peor aún resulta el espectáculo en la iglesia, en pro de la pedagogía eclesiástica. Lo que trae es caos y pestilencia, con la imitación de los modelos del mundo, bajo el ánimo de predicar la palabra de Dios adaptada no al verbo sino a las actividades de representación.

    Jehová le envió su ley a Israel por medio de Moisés, se la escribió y no le hizo un show. La gente tuvo que aprender a leer para poder escribirla y comprenderla mejor, así que se esforzaron para crecer intelectualmente. A nosotros nos toca algo parecido, no la liviandad del entretenimiento sino la austeridad del estudio de la palabra.

    Los deseos de los ojos apuntan a la vanagloria de la vida, así que no nos inflamemos al mirar el fino espectáculo del mundo. David fue un artista de la poesía, pudo reconocer en cada canto al Dios Creador, al Señor Omnipotente que lo condujo en cada uno de sus pasos. Su canto no se infatuó cantando las bondades del hombre, sino elogiando la benevolencia de quien es el Hacedor de todo. El arte podemos cultivarlo, sin que nos desborde el ataque de altivez que suele poseer a los engreídos. Alejémonos de la vanidad, como nos hemos propuesto desde el momento en que hemos dado el paso al frente de nuestro bautismo. Hemos renunciado a la vida pomposa, a la obra de vanidad, al diablo mismo. ¿Vamos a recrearnos con las historias de villanos, con los ritos de los paganos, con los incestos o violaciones que nos traen los escenarios de películas y dramas? Eso equivale a invocar los ídolos de los que deambulan muertos en delitos y pecados.

    !Cuánta médula existe en la doctrina de Cristo! De gran importancia resulta examinar las Escrituras, donde creemos que está la vida eterna. Asimismo, permanecer en la forma doctrinal enseñada por los apóstoles conviene al alma. Esa actividad implica un esfuerzo intelectual, un desarrollo verbal que se da con el entrenamiento del estudio de las Escrituras. Hemos de pensar en todo lo bueno, en lo que sea digno de alabanza, si existe virtud alguna en eso debemos pensar. Si habituamos a nuestro intelecto a ocuparse de los asuntos de la fe cristiana, evitaremos la corrupción del alma.

    El alma no se limpia con mística o misticismo, no se cura con actitudes religiosas, porque al alma la mueve el intelecto y necesita que la lógica la embargue. Jesús es el Logos eterno e inmutable, suficiente inteligencia existe en su mente y al parecer dice la Biblia que los verdaderos creyentes tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:16). No hemos de ser participantes con los incrédulos en sus supersticiones, en sus creencias idolátricas; tampoco hemos de vivir en forma contraria a como exige el evangelio de Cristo.

    El creyente no ha de hacer provisión para la carne, ni hemos de conformarnos a este mundo. El acto de redimir bien el tiempo supone el acto de abstenerse de cualquier actitud de maldad. El espíritu cristiano repudia las profanas prácticas que dañan nuestra relación con Dios. La vida en la sabiduría del Señor nos exige alejarnos de las malas influencias mundanales, si es que en verdad somos guiados por el Espíritu de Dios. La templanza del creyente lo hace caminar por el sendero de la esperanza, no bajo el viejo espíritu de esclavitud de las pasiones de vergüenza.

    Vivamos conforme al fruto del Espíritu, en toda bondad y verdad, demostrando lo que agrada al Señor. No tengamos comunión con las obras infructuosas de las tinieblas, sino reprobémoslas (Efesios 5:11). Dios le dice al impío que él no tiene que tomar su palabra en su boca (Salmos 50: 16). Los que caminan bajo la profesión de la fe cristiana, pero andan conforme al espíritu del mundo, son reprendidos para que no tomen la palabra de Dios como pretexto. Los viejos fariseos y escribas lo supieron de la boca de Jesús, también lo comprendieron por las palabras de Juan el Bautista. Quisieron huir del infierno venidero pero fueron acechados para que continuaran en su desvarío.

    El malo es reprendido para que no tome la palabra de Dios como si le perteneciera por derecho, ya que él aborrece la corrección y echa a sus espaldas la palabra del Señor (Salmos 50:17). El malo corre tras el ladrón y tiene parte con el adúltero, mete su boca en el mal y con su lengua compone engaño. Sacrifica a Dios alabanza, y paga tus votos al Altísimo; e invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás… El que sacrifica alabanza me honrará; y al que ordenare su camino, le mostraré la salvación de Dios (Salmos 50: 14-15, 23).

    César Paredes

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