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  • PACTO DE REDENCIÓN

    Se ha llamado pacto de redención al pacto Inter-trinitario hecho en la eternidad. El Padre dibujó el plan de redención, el que el Hijo prometió llevarlo a cabo en la obra redentora. Por su parte, el Espíritu concuerda en aplicar los resultados de esa salvación en los elegidos. De esta forma, cada persona electa fue representada por Jesucristo en la cruz, mientras el Espíritu aplica esa salvación con el llamado y la santificación, por lo cual habita el corazón de cada redimido.

    Pablo bendice a Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, por habernos bendecido en Cristo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales, según nos escogió en él desde antes de la fundación del mundo. La razón de esa escogencia apunta a que seamos santos y sin mancha delante de él, si bien la predestinación se hizo en amor, de manera que fuésemos hechos hijos adoptivos del Padre a través de Jesucristo, según el propósito de la voluntad divina (Efesios 1:3-5).

    Si Dios no bendice, nadie podrá hacerlo; así de simple. Nosotros merecíamos a tenor de la ley ser malditos, por el quebrantamiento de al menos uno de sus puntos. Sin embargo, el apóstol para los gentiles señala que el Padre nos bendijo con toda bendición espiritual. Por esa razón ya no hay temor del rechazo o de la maldición, y como dijera David: Maldigan ellos, pero bendice tú (Salmo 109:28). El hombre puede maldecir mil veces, pero si Jehová nos bendice lo demás no tiene fuerza ni sentido.

    Dios Padre escogió seres caídos como nosotros, pero lo hizo para considerarnos santos y sin mancha por el lavado que realizó el Hijo en la cruz. Ese conocimiento previo en la Biblia se refiere a la intimidad, como cuando la Escritura dice que Adán conoció de nuevo a su mujer y tuvieron otro hijo. Evidente resulta que Adán ya conocía a su mujer, pero dice la Escritura que la conoció de nuevo, para señalar la unión renovada que daría un fruto a la vida. Así es el conocimiento previo del Padre, no que Dios conoce de antemano todas las cosas -lo cual pasa por absolutamente cierto- sino que Dios tuvo comunión con nosotros, en lo más íntimo de su voluntad y nos escogió en Cristo.

    El amor de Dios por su pueblo se define como eterno, cuando también Cristo vino a ser la cabeza y representante de todos nosotros. Por esta vía, la Biblia nos da cuenta de que tenemos toda bendición en los cielos. Esta aseveración tiene su fundamento en la naturaleza de la eternidad de los decretos de Dios, siendo un Dios eterno todo lo tiene sin sombra de variación. Y ese sabio Dios no nos escogió porque no hubiésemos pecado, sino para tenernos por santos y sin mancha delante de Él. Asunto posible por el amor que nos tiene, por lo cual nos hace partícipes de la santificación por el Espíritu Santo, la separación del mundo.

    Esa santidad que Dios reclama para nosotros se hizo posible en la justicia de Cristo, por quien fuimos lavados en su sangre, para esperar con ansias la vida que viene sin pecado alguno. Sin mancha y sin arruga, libres del pecado definitivamente, los lugares celestiales nos aguardan. El amor de Dios se deja ver en la elección que hizo de nosotros, para que vivamos eternamente en santidad y felicidad. Dios nos predestinó en amor, lo cual significa que lo hizo para vida eterna; a otros, en cambio, los predestinó en ira, para condenación perpetua. Ejemplo de ello lo da la Escritura cuando refiere a la vida y destino de Jacob y Esaú (Romanos 9:11-13; Malaquías 1:1-5). Jesús oraba en Getsemaní y dejó en forma clara la relación de este pacto de redención: Glorifica a tu Hijo para que el Hijo pueda glorificarte a ti, ya que le has dado autoridad sobre toda carne, para darle vida eterna a todos los que tú le has dado a él (Juan 17:1-2). Los otros, los que el Padre no le dio al Hijo, son los Esaú del mundo, los que eligió para condenación perpetua y viven para siempre bajo su ira.

    Jesucristo cumplió con un pacto de obras necesario, para vencer la maldición de la ley. Lo que Adán no pudo cumplir en el Edén, por lo cual tuvo que morir, lo cumplió Jesucristo sin quebrantar la ley, ofreciendo su vida en rescate por muchos. Haz esto y vivirás, decía la ley; Jesús hizo todo lo que la ley mandaba y vivió por ella para nuestro beneficio. Al fracaso de Adán por no cumplir con la obra encomendada (no comer del fruto de un árbol), vino el triunfo del último Adán (Jesucristo: 1 Corintios 15:45). Ese cumplimiento genera gracia para aquellos que el Padre eligió en el Hijo, pues como ya se dijo, habiendo fracasado el primer Adán vino el triunfo del postrer Adán, Jesucristo, como cabeza federal de los redimidos. En el pacto de gracia Dios nos promete un premio de vida eterna, pero esa promesa la hace unilateralmente sin que dependa de nuestro asentimiento. Si por gracia, ya no es por obras, decía Pablo.

    Jesucristo sufrió la maldición por el pecado cuando expiró en la cruz del Calvario, habiendo sido abandonado por el Padre. De esa manera, el justo moría por los injustos, para conseguir la presea mejor a la que ser humano alguno haya podido aspirar. Ese triunfo lo saboreamos por gracia, gratuitamente por su sangre, sin que dependa de nosotros. El Espíritu Santo nos ha sido dado como garantía de la redención final, para que interceda por nosotros con gemidos indecibles, para que opere nuestra santificación (separación del mundo).

    Así como Jehová cubrió la desnudez del primer hombre con pieles de animales, Jesucristo nos ha cubierto con su sangre; de esta manera se ha hecho un pacto eterno con cada elegido del Padre para que vivamos saciados con las riquezas celestiales. Nosotros celebramos la Cena del Señor, conmemorando su muerte y resurrección, el nuevo pacto en su sangre, para traer a la mente la copa derramada por nosotros (copa de sangre que limpia el pecado y copa de gracia que nos lleva al cielo sin méritos nuestros). Por gracia sois salvos, por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios (Efesios 2:8).

    El pacto de redención nos vino por gracia, el pacto de obras lo pudo cumplir Jesucristo para nuestro beneficio, pero no existe ni un solo redimido en el cielo que no lo haya sido por gracia divina. Gratuitamente, sin merecimiento nuestro, vamos a la patria celestial amparados en la redención otorgada por el Padre, a través del Hijo y por la aplicación y operación del Espíritu Santo. Por esa razón se nos recomienda vivir bajo la santidad de Dios, apartados del mundo y sus tentaciones, procurando tener una conciencia limpia de obras muertas, conociendo el inmenso trabajo que hizo Jesucristo para que fuera posible la recepción de semejante regalo.

    César Paredes

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  • DIOS PROMETE Y CUMPLE

    Dios promete cosas y luego las da, Él posee la capacidad de hacer aquello que ha dicho que hará. Su poder sin límites no está sujeto a permiso humano, de manera que todo cuanto quiere hace. Esto conduce a muchas mentes a pensar que aunque puede cortar el mal de la tierra no desea hacerlo; pero es verdad que gobierna aún en medio de la impiedad humana. Hizo al malo para el día malo (Proverbios 16:4). Él ha dicho que ante Él se doblará toda rodilla (Isaías 45:23).

    Hay muchas personas que doblarán la rodilla en el día del juicio final, pero se manifiestan duras en este tiempo para inclinarse ante el Todopoderoso. Su rebeldía les asegura que Dios no existe, de lo contrario los castigaría en este momento. Pero no se han puesto a pensar que si Dios hizo al malo en realidad ellos han podido haber sido hechos para el día malo. Dios coloca en la mente de las personas el adorar a la bestia, para darle su loor y gobierno, de manera que se cumplan sus palabras (Apocalipsis 17:17). Sus profecías y promesas no tendrían sentido si no tuviese el poder y la oportunidad de cumplir lo que ha dicho.

    A esa capacidad divina de cumplir sus promesas se ha denominado soberanía. Dios controla todas las cosas, todas las circunstancias, todas las personas, todos los ángeles buenos y malos. El hombre sigue siendo responsable de sus actos, más allá de que no sea libre soberanamente. ¿Quién desea altercar con el Creador de todo cuanto existe? Aún la suerte se echa en el regazo, pero de Jehová es la decisión de ella (Proverbios 16:33). Los que creen el evangelio de Cristo deben asumir que Dios es soberano absoluto, de lo contrario quedaría en suspenso cualquier cosa que haya prometido al respecto.

    El trabajo de Jesús en la cruz se consumó, de forma que no quedó nada más que agregar. Jesús vino a salvar a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). ¿Quiénes conforman el conglomerado de su pueblo? Todos los que el Padre le dio y le seguirá dando por medio de la palabra de aquellos apóstoles, todos aquellos que Jehová llamó en el período del Antiguo Testamento. Todas esas personas que son salvas lo son por la gracia divina, no por obra humana. La ley no salvó a nadie, más bien se introdujo para que abundara el pecado. Sin ley no podría haber reconocimiento del pecado, pero Pablo aseguró que la ley de Dios está escrita en los corazones humanos, de manera que la humanidad entera queda inexcusable (Carta a los Romanos).

    Dios le concedió un pueblo a su Hijo, (los hijos que Dios me dio: Hebreos 2:13), habiéndolos escogido desde antes de la fundación del mundo. Dios no escoge a nadie porque le vea méritos propios, ni persistencia ni voluntad; nos escogió desde la eternidad por el puro afecto de su voluntad. Si la predestinación hubiese estado adscrita a la voluntad humana, habría que reescribirla muy a menudo porque el corazón del hombre es cambiante. Dios ordena a unos para salvación (Hechos 13:48) y a otros para reprobación (Romanos 9:11-13). He aquí se cumplieron las cosas primeras, y yo anuncio cosas nuevas, antes que salgan a la luz, yo os las haré notorias (Isaías 42:9). De la bestia dice la Biblia: Y la adoraron todos los moradores de la tierra cuyos nombres no estaban escritos en el libro de la vida del Cordero que fue inmolado desde el principio del mundo (Apocalipsis 13:8; véase Apocalipsis 17:8).

    El Dios que promete y cumple viene como Providencia, todas las cosas ha ordenado para el beneficio de sus elegidos. A los que a Dios aman, todas las cosas les ayudan a bien; esto es, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28). Esta aseveración del Espíritu, por medio del apóstol Pablo, viene como una promesa. Todo nos ayuda a bien, aún aquello que nos parece turbio; nuestra fe da para eso y para mucho más, porque ella viene en suficiente medida de acuerdo a su dador. Los escritos del Antiguo Testamento parecen historias amenas y fantásticas, pero traen teología para el alma del creyente. Unos gemelos que luchaban en el vientre de su madre, mostraban la voluntad eterna de Dios en la elección y reprobación. Abraham envía a uno de sus siervos a encontrar esposa para su hijo Isaac. El criado obedeció cada instrucción por medio de la cual se vio la providencia del Señor (Génesis 23 y 24).

    El poder de Satanás exhibe nuestra debilidad, la descubre, por lo que nos ayuda a bien. De esa manera, conscientes más de que dependemos del Señor, acudimos al que provee con eficacia. No cae a tierra ni un pájaro sin que el Padre Celestial lo ordene, incluso los cabellos de nuestras cabezas están contados. El que cree tiene todo como posible, dentro de la sensatez que el Espíritu nos trae. El Dios de orden hace ordenadamente todas las cosas, como se muestra en la narrativa de la Creación.

    Amar a Dios no se presupone una actividad natural en el hombre caído; en cambio, cuando Dios nos ha amado le amamos a Él en consecuencia. Por esa razón todas las cosas concurren, operan para bien nuestro. Claro está, el que ha sido beneficiado con la gracia divina tiene todo lo demás por añadidura.

    La historia del profeta Elías muestra en forma abundante al Dios que provee. Mientras oraba por lluvia su siervo se asomaba hacia el mar, pero el profeta seguía orando; a la séptima vez el criado exclamó que había visto una pequeña nube como la palma de la mano de un hombre. Eso fue suficiente para advertirle al rey Acab acerca del aguacero que se avecinaba (1 Reyes 18:42-44). Vemos al Dios de la providencia, el que controla los elementos de la naturaleza que creó. Dios es el Señor de toda carne, nada hay difícil para Él.

    Poder proveer para las necesidades de todos sus hijos implica tener poder absoluto en toda su creación y dominio. El que predestina el fin hace igual con los medios para alcanzar dicho fin. Con esto dicho podemos confiar plenamente en que llegaremos adonde Dios ha marcado que lleguemos. De allí que cada hijo suyo puede orar que se haga la voluntad de Dios, ya que eso es suficiente.

    César Paredes

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  • LOS PECADOS EN BABEL (GÉNESIS 11:4)

    Nimrod, el cazador contra Jehová, inicia Babel, la que por algo es llamada confusión. Su origen etimológico, según los expertos en lengua acadia, nos lleva al significado de Puerta del Dios o Puerta de los Dioses. Nimrod era bisnieto de Noé, como para indicarnos que no todo lo que proviene del rescate en el Arca nos vino como inicio de una creación sin pecado. El plan de Dios continuaba como en el principio, con Jesucristo como meta para recibir la gloria de Salvador, el Cordero ordenado desde antes de la fundación del mundo, para ser manifestado a favor de su pueblo en la era apostólica (1 Pedro 1:20).

    Babel ilustra con su torre la tendencia de la humanidad a engrandecerse. Lo que sucedió en aquella antigua época continúa por siempre en este mundo vendido al pecado. El deseo humano de independencia del Creador viaja en las venas de la humanidad, bajo el ánimo de rivalizar con todo lo que se parezca a Él. No en vano, los creyentes en el mundo estamos expuestos al odio natural de la descendencia de la serpiente. Dios había ordenado ciertos principios generales al hombre cuando lo creó, uno de ellos se refería a llenar la tierra. ¿Cuál fue la intención con Babel? Querían centralizar el poder y vigilar que los súbditos no se extendiesen fuera de sus fronteras, deseaban el control absoluto en manos del tirano Nimrod.

    La ciudad con su torre sería un símbolo del poder autónomo del ser humano contra el Creador. Una autonomía relativa por cuanto no existe casilla vacía: lo que pretendían liberar de la mano del Creador lo sometían a la tiranía del cazador contra Jehová. Hacerse un nombre pasa como deseo natural de aquellos que comienzan a despuntar en la vida, un nombre para su empresa que sobrepase a otras, para ejercer dominio sobre sus pares; un nombre que cultive el ego, un hábito en el ámbito intelectual de la humanidad. Escritores, poetas, autores diversos, escenógrafos, artistas de cine, actores de teatro, en fin, incluso los cantantes religiosos anhelan un nombre sobre todo nombre. Esto no es otra cosa que la exaltación del orgullo, como sucedió de acuerdo al relato de Génesis 11: Hagámonos un nombre.

    Cuántas personas no aspiran a controlar su propio destino, como si posible fuera. Aún los griegos antiguos conocieron que el Destino (Moira) dominaba incluso a los dioses, una fatalidad a la que cantaron con sus tragedias. El sentido trágico de la humanidad subyace en el destino que le es impuesto, su deseo de lucha y rebeldía la conducen por una serie de eventos donde aparece la paradoja de la vida. Surge la auto exaltación como principio activo para destacar sobre el otro, cosa que ahora llaman necesidad competitiva para el desarrollo de la sociedad. Babel nos enseña que el deseo de controlar su propio destino, en lugar de someterse a la voluntad de Dios, toma el orgullo como bandera y acarrea mucha enemistad con el Creador.

    Más allá de la estructura física, la torre constituyó un símbolo de lucha para rivalizar con Dios. Una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo (Génesis 11:4), van unidas al espíritu de hacerse un nombre, un claro desafío para imponer su propia autoridad ante el Creador. El ser humano lucha contra la soberanía de Dios, el que tenga duda puede mirar las páginas de los textos bíblicos. Verá que en muchos episodios se ve a la multitud o al individuo en cólera contra el designio divino. Dura es esta palabra, ¿quién la puede oír? Esas fueron las palabras por la inmediata reacción de la multitud que, habiendo sido beneficiada del milagro de los panes y los peces, lanzó contra las palabras del Señor. A esa muchedumbre no le gustó que se le dijera que ninguna persona puede ir a Cristo si el Padre no la envía. La gente quería que se le respetara su libertad de ir o de no ir, lo que se llama en teología una ficción: la del libre albedrío.

    Pablo en su carta a los romanos describe el dolor que siente al tener que dar una revelación divina en torno a la condenación y salvación eternas. Con profundo dolor en su corazón no se guardó para sí el conocimiento, sino que nos lo entregó a cada lector de su epístola (Capítulo 9). El apóstol levantó en forma retórica a un objetor, alguien que se rebela contra el designio de Dios, en especial contra la voluntad de condenar a Esaú sin mirar en sus obras buenas o malas. Lo mismo aconteció para con Jacob, solo que fue beneficiado con la vida eterna. Pablo nos describe la soberanía absoluta de Dios, como lo hiciera Jesucristo cuando hablaba con los beneficiarios de los panes y los peces (Juan 6).

    Esa objeción retórica continúa latente hoy día, ya que no son pocos los que se preguntan: ¿Hay injusticia en Dios? ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues ¿quién puede resistir a su voluntad? El ser humano se molesta con el yugo de Dios, no desea ninguna brida para su boca, para su lengua, anhela libertad en medio del caos. Esto fue también lo que les ocurrió a aquellos edificadores de la ciudad y la torre.

    El deseo de hacerse un nombre grande conlleva implícito el anhelo de opacar el nombre de Dios. Pero el Señor ha dicho que no compartirá su gloria con nadie. La salvación le pertenece, viene de gracia y no por obra humana alguna, ni por obra de ángeles, así que incluso la fe se nos otorga como regalo. Pero de nuevo la Biblia nos habla de la autonomía de Dios: No es de todos la fe; sin fe es imposible agradar a Dios. El ser humano caído en delitos y pecados anhela los beneficios espirituales pero sin el benefactor. Desea tener la vida pero sin el Dios que la dio; anhela convertirse en su sacerdote para hilvanar teorías sofisticadas acerca de lo que es Dios y de cómo se comporta. En realidad trabaja para confeccionar un ídolo, una imagen mental de lo que debería ser Dios.

    La humanidad continúa su viaje hacia la torre. Un nuevo orden mundial se avecina y pretende congregar las religiones bajo un solo nombre; ya hay intentos globalizantes en nombre de la cercanía espiritual de los hombres. Dios es el mismo en cada religión, solo que tiene diferentes nombres y ha sido percibido de diferentes maneras. De esa forma y con ese criterio muchos se convencen bajo el argumento de cantidad, ya que la mayoría no puede estar equivocada. El sueño de Nimrod lo alcanzará alguien que funja como tirano, bajo un gobierno mundial, tal como la Biblia que tanto rechazan ha anunciado desde hace siglos.

    Así tiene que suceder, porque el destino ha sido escrito. El hombre acelera sus pasos para su propia destrucción, bajo la creencia de que se independiza del Creador y se hace un gran nombre para sí mismo. Su tragedia ha sido escrita y le anuncia lo que inequívocamente hará, a pesar de que desprecie las palabras del oráculo divino. Porque Dios ha puesto en sus corazones el ejecutar lo que él quiso: ponerse de acuerdo, y dar su reino a la bestia, hasta que se cumplan las palabras de Dios (Apocalipsis 17:17).

    César Paredes

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  • NATURALEZA PECAMINOSA

    Pecamos porque somos pecadores, no nos hacemos pecadores por pecar. Interesante premisa para demarcar la frontera entre la santidad divina y la pecaminosidad humana. Adán fue colocado en el huerto como modelo para la humanidad que vendría, de tal forma que no se convirtiera en el padre Adán por quien estuviésemos agradecidos siempre. Al contrario, sabemos por las Escrituras que Adán tenía que pecar (1 Pedro 1:20), ya que el Cordero de Dios estuvo preparado desde antes de la fundación del mundo, destinado para manifestarse en los postreros tiempos apostólicos.

    Dios tenía un plan cargado de decretos, uno de ellos decía que el Cordero se manifestaría oportunamente. Por esa razón Adán no pudo permanecer sin pecado, ya que el plan de Dios lo exigía. Dirán algunos, eso no parece justo, ¿por qué, pues, Dios inculpa a la humanidad? Esa idéntica forma de razonar la posee el objetor de Romanos 9, a quien se le dio respuesta tajante: ¿Y tú quién eres, sino un miserable vaso de barro en manos del Alfarero? Puede ser que seas un agradable herético cristiano, pero no podrás declararte felizmente inconsistente en materia de doctrina bíblica.

    El sistema binario de Dios se ha manifestado desde siempre: Todo o nada, oveja o cabra, trigo o cizaña, elegido o reprobado. Hubo herejes en la época del recién nacido cristianismo, como los hubo en el período de la ley de Moisés, en medio de los viejos profetas. Están los que negaban y niegan la esencia divina del Cristo, los hay también de los que niegan el objeto de su trabajo. En este último renglón parece que la humanidad se ha enredado más fácilmente, ya que un argumento falaz de ad misericordiam los ha tomado por sorpresa con su veneno portable en la blanda palabra.

    La palabra blanda trae su veneno, de manera que la teología tolerante también la posee, la que viene como espíritu de estupor para engañar a los que no se gozan de la verdad sino de la mentira. Blanda palabra por cuanto se cubre de textos bíblicos, con argumentos circunstanciales para descontextualizar las enseñanzas de Jesús y sus discípulos. ¿Quién cree hoy día que el arminianismo como sistema teológico es una herejía? Casi todos los que se consideran creyentes cristianos profesan su teología, bajo el parámetro de la bandera mitológica de la religión: el libre albedrío.

    Esta gente asegura que Cristo murió por todo el mundo, sin excepción, para que las masas estén atentas y gustosas con el ruego de Dios. De esa forma, cada quien aportaría un pequeño esfuerzo en el proceso de salvación en el cual Dios hizo su parte y ahora cada quien debe hacer la suya.

    Esa palabra blanda no parece áspera como aquella usada por Jesús, de acuerdo a lo que muestra Juan 6. La palabra dura de oír que expuso Jesucristo hizo perder a miles de personas ya ganadas con el milagro de los panes y los peces, pero los hizo perder como adeptos discípulos de Jesús. Al Señor no le importó nada ese hecho, al punto en que se volvió a los doce desafiante para increparles si ellos querían irse también. La enseñanza de Jesús respecto a la soberanía divina fue tajante, sin doblez, simple y aguerrida, para que la gente reaccionara de una vez y tomara partido en el asunto.

    Ninguno puede venir a Cristo si el Padre no lo trajere; el que a Cristo viene no es echado fuera jamás, sino que será resucitado en el día postrero. Esa afirmación de Jesús (Juan 6) marca la diferencia entre el evangelio mentiroso predicado a las masas y el evangelio apostólico enseñado por el Cristo. Se desprende de la afirmación de Jesús que los que no vienen a él no lo hacen porque no los envía el Padre. Por igual se deduce que aquellos que vienen por cuenta propia, o por mediación de los falsos creyentes, serán rechazados en el día final cuando les diga: Nunca os conocí.

    Poco importa que ellos proclamen en su defensa que hicieron milagros, que predicaron por doquier, que alabaron el nombre de Dios. La expresión será la misma: Nunca os conocí. El Señor conoce a los que son suyos, tiene comunión con ellos solamente. Pero en los desconocidos el evangelio permanece escondido, de tal forma que el dios de este siglo les cegó el entendimiento para que no les resplandezca el brillo del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios. Dios hace que brille el conocimiento de la redención de Jesucristo en los que redime, como un fruto natural e inmediato del Espíritu cuando regenera a una persona. ¿Cree usted que la gloria de Dios permitirá que permanezcan las tinieblas en el redimido? Al contrario, la Biblia enseña que Dios es quien dice que de las tinieblas resplandecerá la luz, para que brille en nuestros corazones la luz del conocimiento de la gloria de Dios en el rostro de Jesucristo (2 Corintios 4:3-6).

    Ciertamente, esa gloria divina se manifiesta con el verdadero Jesús de las Escrituras, no con los falsos Cristos que han venido a este mundo camuflados en textos bíblicos manipulados por los maestros de mentiras. Si la Escritura nos encomienda a examinar los espíritus para ver si son de Dios, hemos de ser capaces de hacerlo. Esto resulta posible porque hemos sido redimidos, porque tenemos el Espíritu de Dios y porque la palabra de Dios se ha convertido en nuestra lámpara. Si juzgamos a los espíritus (a las personas) para ver si son de Dios, lo hacemos por medio de la palabra como rasero espiritual y de autoridad. Al mismo tiempo, nos hacemos un favor para evitar sus trampas y contaminación espiritual; por otro lado, quitamos de la doctrina cristiana cualquier adhesión interpolada sagazmente por los que se disfrazan de ángeles de luz. Si juzgamos con justo juicio lo hacemos por medio del verdadero evangelio de Cristo.

    El pecado aparta al hombre de Dios, hace que Dios esté airado contra el impío todos los días. El infierno viene como irremediable destino de los pecadores irredentos, para aquellos a quienes la vida les vino como tragedia. Mejor les hubiera sido no haber nacido, pero el destino que el Padre fijó para cada quien obedece al plan decretado por Él como Dios inamovible. El lloro y el crujir de dientes no son una metáfora, el fuego que no se extingue y el gusano que no muere tampoco lo son. Pero si lo fueran, lo serían por igual de algo de terrible tormento, por los siglos de los siglos. Esa descripción de la muerte eterna debería hacernos correr de inmediato ante el trono de la gracia, a los pies del Todopoderoso. Sin embargo, la gente se burla, miles de ¨cristianos¨ dejaron de creer en la verdad de las palabras bíblicas respecto al infierno, otros nos hablan de que fue una invención religiosa para mantener adeptos en los templos.

    Deberíamos pensar de qué vino a salvarnos Jesucristo. Nos vino a salvar del pecado y de la muerte eterna, de la condenación perpetua, para llevarnos al sitio donde mora el Padre. Nos amistó con Dios, habiéndonos reconciliado por su sangre en la cruz, de acuerdo a las Escrituras que dictaban que Jesús salvaría a su pueblo de sus pecados. El Señor lanzará al fuego eterno a sus enemigos, a los malvados a quienes les pagará conforme a sus obras, con el lloro y el crujir de dientes. Habrá fuego eterno y castigo eterno, como paga para todos los que han cometido pecado y que no han sido perdonados. Cualquiera que no fue hallado en el libro de la vida fue lanzado al lago de fuego, donde el humo de su tormento asciende por los siglos de los siglos, sin tener descanso noche y día.

    Vuélvete ahora en amistad con él, y tendrás paz; y por ello te vendrá bien. Toma ahora la ley de su boca, y pon sus palabras en tu corazón. Si te volvieres al Omnipotente, serás edificado; alejarás de tu tienda la aflicción (Job 22:21-23).

    César Paredes

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  • EL ANUNCIO

    El anuncio del evangelio pasa por un recorrido de personas a través de los siglos. En un primer momento, cuando se comenzó la comunicación acerca de Jesucristo como Hijo de Dios, algunos aseguraron que lo habían visto, aún después de la muerte, por causa de su resurrección. Otros que no lo vieron, fueron objetos de sus milagros, deleitados con la manifestación del Espíritu en los días en que los dones especiales estuvieron vigentes. Después de cerrado el libro de la profecía final (Apocalipsis), después de todos los eventos predichos como profecías por los apóstoles y demás escritores del Nuevo Testamento, nos queda la doctrina expuesta como el manjar para el alma y como la ocupación para beneficio de nuestra salvación.

    Ese anuncio vino como enseñanza, como la doctrina que el Padre le dio al Hijo. En ese conjunto didáctico encontramos un balance entre ética y teología, al mismo tiempo en que miramos el carácter de Dios a través de su posición soberana sobre su creación. El Señor Jesús se esmeró en anunciar en muchas oportunidades ese carácter del Padre, pero sabemos que hablaba también de sí mismo, porque él y el Padre eran uno. No que eran la misma persona, como se desprende de sus oraciones, de su bautismo y de sus muchas enseñanzas, sino que eran uno porque no disentían el uno del otro, como el Espíritu tampoco contradice la palabra de Cristo ni se contrapone a los designios del Padre.

    ¿Quién ha entendido ese anuncio? Esa pregunta la hizo Isaías, pero él se incluyó junto a Dios como si el anuncio fuera de ambos. Y lo era, como también sigue siendo el nuestro. Estamos comprometidos con la predicación del evangelio, pero debemos definirlo para evitar confusiones con los distintos evangelios predicados. No que haya varios sino que existen distorsiones del verdadero. El evangelio viene a ser la promesa de liberación que hace Dios para con su pueblo. Es el anuncio de que Cristo murió por todos los pecados de su pueblo, conforme a las Escrituras.

    El evangelio no viene como súplica al hombre muerto en delitos y pecados, enemistado con Dios, indispuesto en su entendimiento para discernir las cosas de su Espíritu. El evangelio viene como testimonio de lo que hace Dios ante las naciones, para endurecer a los réprobos en cuanto a fe y para rescatar a los elegidos del Padre. Las ovejas perdidas son llamadas al redil con el llamamiento eficaz del Señor, para que lo sigan y jamás se vuelvan tras el extraño. Las cabras son como el árbol malo: jamás darán el fruto bueno de la confesión del verdadero evangelio. Siempre estarán en la duda acerca de la soberanía de Dios, sostendrán que existe injusticia en Dios por haber odiado a Esaú antes de que hiciera bien o mal.

    Ha habido teólogos cristianos, como todavía los hay, que dicen explícitamente que no creen en los textos referidos a la condenación divina, en la forma en que se escribió en la Biblia. Los hay quienes un poco menos atrevidos a la negación trastocan el texto para obligarlo a decir algo inesperado: Dios amó menos a Esaú, pero lo amó. Los hay quienes sugieren y pregonan que los amados de Dios lo son porque Él vio en el túnel del tiempo quiénes lo iban a amar y por eso los predestinó.

    El anuncio tal cual está en las Escrituras sigue ignorado por muchos. Esa es la razón por la cual Isaías se preguntaba quién había creído el anuncio dado por él y por el Señor. Cristo murió y resucitó de acuerdo a las Escrituras (1 Corintios 15:3-4). En ese texto, Pablo habla de la muerte de Cristo en favor de nosotros (los creyentes, la iglesia), no en favor del mundo por el cual Jesús no rogó la noche previa a su muerte (Juan 17:9). Por esta razón sabemos que una persona que ha sido regenerada por el Espíritu de Dios no puede vivir en la ignorancia del Evangelio. No podrá decir que Cristo murió por cada uno en particular, incluso por aquellos que no vino a salvar. Esa posición de error echa por tierra la declaración de Jesucristo recogida en Juan 10:1-5, que dice que sus ovejas que lo siguen no se van más tras el extraño. El extraño es el profeta o maestro de mentiras, como señala Jeremías, el que dice paz cuando no la hay, el que comulga con doctrinas de demonios para suavizar la dura doctrina de Jesucristo.

    El que ignora el evangelio da visos de que anda perdido, de que no ha sido llamado eficazmente. Existe una condición supuesta en el ofrecimiento del evangelio, como si se tratase de un mercadeo. El evangelista ofrece el producto de la salvación condicionada tanto en la gracia de Cristo como en la disposición del prospecto, de manera que se establezca un contrato bilateral. Le dice que Dios hizo ya su parte, que ahora usted tiene que hacer la suya. Una serie de métodos persuasivos caen sobre el auditorio para manipular a los futuros creyentes, de tal forma que sean conducidos a una forma de piedad externa (apariencia de piedad sin eficacia). El evangelista se ve triunfante porque ha rescatado un alma del infierno, pero olvida que ha condicionado en la criatura la salvación que anunciaba por gracia.

    Cristo vino a ser la justicia de su pueblo en tanto el Padre lo hizo pecado por nuestra causa (al Hijo que no conoció pecado), para que lleguemos a ser la justicia de Dios en él (en Cristo). Quiere decir que la justicia de Cristo se nos imputa a cada creyente (2 Corintios 5:21), pero creen solamente los ordenados para vida eterna (Hechos 13:48). Jesús dijo que nadie podía venir a él si el Padre no lo trajere, que seríamos enseñados por Dios para que habiendo aprendido pudiéramos ir a él. Aseguró que esos enviados del Padre nunca los echaría fuera, sino que los resucitaría en el día postrero. Dijo, además, que estamos guardados en sus manos y en las manos de su Padre, el cual es mayor; por otro lado, la Escritura nos dice que tenemos el Espíritu Santo como una garantía de la redención final.

    El evangelio de Cristo no gustó a muchos de sus discípulos que se fueron dando murmuraciones contra la dura palabra, la que nadie podía oír (Juan 6:60-66). Ellos preferían el falso evangelio que condiciona la salvación bajo la premisa de que tomarían en cuenta su voluntad libre para la decisión. Consideraron dura aquella palabra por cuanto los dejaba por fuera en cuanto a su albedrío, como si el Padre necesitara de su aprobación para poder salvarlos. Además, frente a la duda de no ser electo decidieron precipitarse a su abismo, a las doctrinas de demonios, dando pie a sus cavilaciones sobre la excesiva dureza de la teología de la soberanía absoluta de Dios.

    Queda claro en el Nuevo Testamento que Jesús en ningún momento intentó suavizar la doctrina del Padre, más bien increpó a los doce discípulos (apóstoles) para que se fueran en caso de que así lo desearan. Por otro lado, Pedro le respondió que no tenían a quién ir, que sabían que él era el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Jesús todavía les añadió que él los había escogido a los doce, pero que uno de ellos era diablo (Judas Iscariote, el que le había de entregar para que la Escritura se cumpliese). Vemos a lo largo de Juan 6 que Jesús no se esconde en palabras para simular una vergüenza en torno a la doctrina del Padre, más bien la avienta de frente y en forma desafiante. Incluso el hijo de perdición había sido destinado para tal fin, de quien fue dicho que mejor le hubiera sido no nacer.

    El Dios soberano de las Escrituras no necesita nuestra compañía, simplemente ha creado este universo y nos colocó acá para despliegue de su gloria. Gloria como Creador de todo cuanto existe, aún de los malos para el día malo, gloria como el que despliega su justicia y su ira contra el pecado, gloria de Salvador para mostrar misericordia en los que quiere mostrarla. Por supuesto, todo este anuncio deja por fuera la voluntad muerta del ser humano caído y perdido en sus delitos y pecados. Nuestra buena voluntad (Salmo 110:3) podrá serla en el día del poder de Dios, el día en que su Espíritu nos vivifica y nos dispone para amar el andar en sus estatutos (Ezequiel 36:26-27).

    César Paredes

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  • UN HOMBRE CIEGO

    La Biblia habla con claridad, pero la mente abstrusa de los seres humanos la vuelve incomprensible. Una síntesis se presenta en la Escritura en forma de entimema, un silogismo inconcluso, para que la razón humana lo complete. En esa actividad la mente busca la solución o completa el silogismo y fija el concepto, expresado en lo que consideramos la palabra de Dios. El texto síntesis dice de la siguiente manera: Y ustedes, estando muertos en en sus pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, han sido resucitados y perdonados en vuestros pecados (Colosenses 2:13). Eso se dice en referencia a los redimidos.

    Estos redimidos han sido elegidos desde antes de la fundación del mundo, sin mirar en sus obras buenas o malas. Sin embargo, como un producto de la elección, ellos han tenido que realizar dos actividades: arrepentirse y creer en el evangelio. El nuevo nacimiento que opera el Espíritu de Dios conduce al arrepentimiento y a la fe. De otra manera, el hombre ciego no vería jamás la medicina, por causa de la corrupción de su corazón. La maldad de los hombres ha llegado a mostrarse en forma muy elevada en la tierra, tan alta que Dios definió el corazón humano como continuamente con pensamientos de maldad (Génesis 6:5).

    Desde la juventud la imaginación del corazón del hombre se muestra mala, el mal se hace debajo del sol y el corazón humano se llena de él. La insensatez se vuelve su estandarte durante toda su vida, para después entregarse a la muerte (Eclesiastés 9:3). Acá aparece una consonancia con el corazón descrito por Jeremías, cuando habla del hombre caído: El corazón engañoso, más que todas las cosas, y perverso, ¿quién lo puede conocer? (Jeremías 17:9). Claro está, esa descripción refiere al hombre impío que jamás ha sido reconciliado con Dios, porque Ezequiel nos plantea el transplante de corazón que hace Dios en el hombre que regenera, para que pueda pensar con agrado en sus estatutos (Ezequiel 36: 26-28).

    Todavía existen los que separan el corazón de la mente, diciendo que aman a Cristo con todo su corazón pero que no entienden su doctrina, la cual es una tarea intelectual confusa. Se olvidan que Jesús dijo que del corazón de los hombres proceden sus malos pensamientos, sus adulterios y fornicaciones, así como sus asesinatos, hurtos, codicias, maldades, engaños, lascivias, ojos malignos, blasfemias, engaños y locuras o insensateces. Todas esas cosas provienen de adentro del hombre y lo contaminan (Mateo 7:21-23).

    En ese contexto de tanta maldad humana, viene la condenación. La luz vino a este mundo pero los hombres amaron más las tinieblas por causa de sus malas obras. El que hace el mal odia la luz, detesta la palabra de Dios que lo señala, la transforma o tuerce para su propia perdición. El que opera el mal tropieza con la Roca que es Cristo, se muestra ordenado para ese tropiezo, por lo cual detesta la verdad doctrinal y ama la mentira; en consecuencia, recibe el espíritu de estupor (insensibilidad, letargo, indiferencia, engaño) enviado de parte de Dios para que se termine de perder (2 Tesalonicenses 2:11-13).

    De lo dicho se demuestra que existe de parte de la mente carnal una enemistad manifiesta contra Dios, mente que no se puede sujetar a Dios. La gente camina en la vanidad de su intelecto, con el entendimiento entenebrecido, alienado de la vida de Dios gracias a la ignorancia que hay en ellos y en virtud de la ceguera de su corazón. Parece ser que una característica muy nombrada que distingue a esta gente caída es la lascivia. La lujuria exacerbada pasa a ser el tema de conversación permanente entre ricos y pobres, cultos e ignorantes, hombres y mujeres. La mente carnal agradece y recibe la lascivia como un ungüento que la aceita y le acelera sus pensamientos para que se exciten sus sentidos con las pasiones vergonzosas.

    La lascivia viene a ser un lugar común del hombre caído, del cual el creyente no queda excepto si se reúne con los que odian a Dios. Existe una contaminación inmediata cuando se oye una expresión de lujuria, sea en juego o en referencia directa a una actividad carnal que alguien esté contando. Hemos de huir de la pasión desenfrenada, así como tenemos que reprender esas obras tenebrosas del alma humana contaminada por los delitos y penados.

    Los creyentes somos luz en el mundo, por lo cual hemos de caminar como hijos de luz. Caminar en oscuridad implica decir malas palabras, vulgaridades, hablar banalidades, expresarse con maledicencias, tener conversaciones que giran en torno al pesimismo (pensamiento negativo), a la falta de fe en el Señor que nos hace más que vencedores. Cada vez que alguien comete pecado se convierte en un esclavo del pecado, así que como creyentes nos vemos en esa lucha contra la carne. Pablo descubrió una ley en sus miembros que lo llevaba cautivo al pecado. Esto habla de cada persona que ha nacido de nuevo, que aunque ya no posee el corazón descrito por Jeremías (totalmente perverso), y aunque tenga el corazón nuevo y de carne descrito por Ezequiel, continúa sometido al cuerpo de muerte que lo lleva cautivo al pecado. Esto hace miserable al creyente, el que ahora tiene conciencia del mal, el que odia el pecado pero sigue pecando, al hacer el mal que odia hacer y al dejar de hacer lo bueno que desea hacer (Romanos 7).

    Hay gente que sin duda es hija del diablo, que tiene anhelo de cumplir sus deseos. Son hijos del que ha sido homicida desde el principio, el que jamás ha vivido en la verdad. Ese diablo habla mentiras de sí mismo, se ha definido como un homicida de las almas de los seres humanos (Juan 8:44). Recordemos que nosotros éramos, en otro tiempo, insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos, vivíamos en malicia y envidia, éramos aborrecibles y nos aborrecíamos unos a otros (Tito 3:3). Pero en nosotros se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, quien nos salvó no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia.

    El Señor operó en nosotros la regeneración, el lavamiento de esa regeneración, por medio de la renovación en el Espíritu Santo, derramado en nosotros en forma abundante. Ahora estamos justificados por su gracia, para heredar con esperanza la vida eterna. Los que creemos en Dios debemos ocuparnos de las buenas obras (Tito 3:6), cosas buenas y útiles para los seres humanos. Fuimos escogidos y no solamente llamados (Mateo 22:14), no conforme a nuestras obras sino por el que llama, a fin de que nadie se jacte en su presencia.

    Quiso Dios Jehová quebrantar a su Hijo, sujetándolo a padecimiento. Ese Cordero puso su vida por el pecado de su pueblo, para ver su linaje escogido, para que prosperara la voluntad de Jehová en sus manos. Ese Señor ha quedado satisfecho al ver el fruto de la aflicción de su alma, por lo que por su conocimiento él (el siervo justo) justificará a muchos, por llevar las iniquidades de ese pueblo que Dios le dio. Su nombre es Jesús, que en arameo significa Jehová salva, porque él salvaría a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21).

    La Biblia sigue siendo muy explícita, pero el ser humano continúa a tientas y en oscuras. El hombre ha sido cegado por la serpiente antigua, sus ojos tienen escarchas y no puede ver el camino que es Cristo. Sin embargo, aquellas ovejas señaladas como tales seguirán al buen pastor, una vez que él las llame con llamamiento eficaz, para no irse más nunca tras el extraño (Juan 10:1-5, 26).

    Jesús es el pan de vida, el que de él come no tendrá jamás hambre, el que en él cree no tendrá sed jamás. Pero muchos que lo veían, pese a que se beneficiaron del milagro de los panes y los peces, no creían en él, a pesar de ser sus discípulos. La razón de lo expuesto en las Escrituras (en Juan capítulo 6) se debe a que el Padre es quien envía hacia el Hijo todos aquellos que salvará definitivamente, de acuerdo a esa voluntad inquebrantable de Dios. La iglesia del Señor fue comprada con sangre, por eso el mundo nos odia porque el mundo no fue comprado.

    El mundo entero está bajo el maligno, como lo estuvo Caín que era del maligno. Caín mata a su hermano sin que mediara ninguna condición sociológica propia del crimen, sino solamente por una razón teológica. Entendió Caín que Abel había sido el mirado con gracia de parte del Señor, sintió rechazo ante esa dádiva divina para su hermano por lo cual se convirtió en el primer asesino de la historia. El odio espiritual se exhibe como ceguera, una razón para que los hijos de Dios velemos y oremos para buscar la protección del Señor contra esas personas inicuas que por naturaleza buscan hacernos daño.

    César Paredes

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  • SIN PLACER EN LA MALDAD

    Jehová afirma que Él no tiene placer en la maldad, tampoco se agrada de los insensatos. Él aborrece a todos los que hacen iniquidad. La Biblia nos asegura del amor de Dios por sus escogidos, a quienes tomó siendo sus enemigos, a pesar de nuestra muerte en delitos y pecados. Esa es la razón por la cual le amamos a Él, dado que nos amó primero. No hubo algo digno en nosotros para que nos tomase en cuenta, de la misma masa de barro formó vasos de honra y vasos de deshonra. De esa manera, la Escritura enfatiza en el hecho de que Dios ama y odia, pero lo hace en personas separadas.

    Dios amó a Jeremías y le prolongó su misericordia, por cuanto el amor de Jehová se considera eterno. Odió a Esaú, sin que tuviese que mirar en sus malas o buenas obras, así como amó a Jacob no tomando en cuenta lo que hacía. Por supuesto, un Dios que odia la iniquidad no puede soportar al inicuo a su lado. Sin embargo, pese a no haber visto nada bueno en sus escogidos, los apartó en Cristo para dárselos como un legado, como el fruto del trabajo que haría. Cuando el Señor expiraba en la cruz pronunció una sentencia definitiva: Consumado es. ¿Qué era aquello que había terminado en forma perfecta?

    Se trataba del trabajo encomendado, salvar a todos los que el Padre le había dado y le seguiría dando por medio de la incorruptible palabra de aquellos primeros creyentes (apóstoles). De ellos se había perdido uno solo, pero tuvo que suceder por causa de la Escritura. Jesús fue enfático cuando oraba, habiendo dejado en forma explícita que no rogaba por el mundo. Ese mundo por el cual Cristo no rogó la noche previa a su crucifixión no era el mundo amado por el Padre, de acuerdo a lo que le había mostrado a Nicodemo. Así que en las propias palabras de Jesús vemos dos tipos de mundos: 1) el amado por el Padre (Juan 3:16), el cual incluía a judíos y gentiles, asunto que sorprendió al maestro de la ley que suponía que solamente los judíos serían los amados por Dios, 2) el no amado por el Padre, por el cual Jesucristo no iba a morir (Juan 17:9).

    Ese mundo por el cual Cristo no rogó engloba a Esaú, al Faraón de Egipto, a los que no tienen sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero desde la fundación del mundo, a los que adorarán a la bestia y se admirarán de su poder. Son los mismos que fueron ordenados para tropezar en la Roca que es Cristo, llamados también réprobos en cuanto a fe. A este grupo Dios odia de todo corazón, habiéndolos catalogado como hacedores de iniquidad. Por esa razón la Biblia nos dice que Dios está airado contra el impío todos los días.

    El odio de Dios por los impíos presupone por igual su odio por la impiedad. El acto inicuo de torcer las Escrituras para hacerla decir lo que ellas no pretenden, se considera una acción de iniquidad suprema. Hay maldición explícita para los que tal hacen, como las palabras de Jesús en el Apocalipsis: les serán añadidas las plagas de ese libro, por ejemplo. Pedro nos dice que quienes tuercen la palabra revelada se pierden, labrando para ellos mismos su extravío. Pablo maldice a los que son portadores o participantes de cualquier falso evangelio. A esta gente les cae el espíritu de estupor profetizado, por no amar la verdad sino entretenerse con la mentira.

    Mucho furor causa hablar del odio de Dios por algunas personas, molestias sin fin. En las mal llamadas iglesias, mejor denominadas Sinagogas de Satanás, como lo hace Juan en el Apocalipsis, se cierran las puertas a cualquiera que ose afirmar que Dios odia a alguien en particular. Todos se vuelcan a decir que Dios odia el pecado pero ama al pecador. Y ciertamente Dios ama al pecador (impío) que va a redimir, el que ha escogido desde antes de la fundación del mundo para entregárselo a su Hijo (Efesios 1:4,5,11). Pero a los vasos de ira preparados para hacer notorio su poder y justicia Dios odia, no los va a estar recordando con tristeza por el hecho de que vayan al infierno de eterna condenación.

    La Vulgata Latina lo expresa muy claramente, en especial para los que somos de habla hispana. Dice el Salmo 5:7 de la siguiente manera: Odisti omnes operantes iniquitatem. (Odias a todos los que hacen iniquidad). El verso 7 de la Vulgata tiene la numeración del 6 en la Reina Valera, vemos el sentido original del texto que ha sido traducido poco a poco de manera distinta. Dios odia a los que operan iniquidad, no dice que ama menos, que los ama a pesar de todo; no, dice que Jehová tiene odio por ciertas personas. Nosotros, los que hemos sido redimidos, fuimos hijos de la ira lo mismo que los demás, cuando estuvimos en la esclavitud de las tinieblas. Sin embargo, Dios nos tuvo ira pero nos amaba con amor eterno.

    El Hijo de Dios estuvo en la cruz pagando la condena de su pueblo; el Padre nunca lo odió, pero le mostró su ira por el pecado, lo castigó exhaustivamente, hasta el punto de abandonarlo, de acuerdo a la oración del Señor en la cruz. Dios va a destruir a los que hablan mentira, dice el texto del Salmo 5; fijémonos que los que tuercen las Escrituras dicen mentiras respecto de ella. Aquellas personas que niegan el infierno de fuego, porque les parece muy tortuoso, poco digno de un Dios de amor, tuercen las Escrituras (hablan mentiras contra Cristo, quien habló con énfasis sobre el tema). Los que universalizan la expiación del Señor, para hacerla más democrática y apetecible a las masas, tuercen las Escrituras porque ellas hablan de Jesús que moriría por todos los pecados de su pueblo. Los que dicen que el evangelio es una oferta de salvación abierta al mundo que lo desee, mienten contra la Biblia que asegura que nadie puede venir a Cristo si el Padre no lo envía. Los que aseguran que una vez que el redimido peca pierde la salvación, hablan mentira contra la Escritura que nos brinda la certeza de que Cristo no echará fuera a ninguno que el Padre le haya enviado.

    Aquellas personas que proponen que pueden militar en un evangelio diferente por un tiempo, aún después de haber creído de verdad en el evangelio de Cristo, hacen al Señor mentiroso cuando aseguró que ni una sola de sus ovejas se iría tras el extraño. Cuando la Biblia habla de salvación por gracia y no por obras, lo dice para que nadie pueda gloriarse de sí mismo. Pero hay muchos falsos creyentes que dan certeza de creer por cuenta propia, diciendo que ellos decidieron tal día a tal hora, que ellos le pidieron al Señor que los inscribiera en el libro de la vida. Tal vez, dicen ellos, el Señor los anotó desde antes de la fundación del mundo porque vio que ellos iban a creer. Por otro lado, existen los llamados cristianos que tienen comunión con los que se apartan de la doctrina de Cristo, diciéndoles bienvenidos a sus vidas en forma espiritual. Ellos comparten la misma fe, por cuanto ninguno de ellos ha creído en realidad en el verdadero evangelio del Señor.

    La doctrina de Cristo nos viene como parte del conocimiento del siervo justo que justificará a muchos. Ocuparse de la doctrina sirve a muchos, nos ayuda en el cultivo de nuestra salvación, viene como fruto obligado de poseer la verdad y del habitar del Espíritu en nuestras vidas. La doctrina no opera como un prerrequisito de salvación, porque eso sería salvación por obras de conocimiento, pero viene como inevitable consecuencia de la redención. No deja Dios en la ignorancia a su pueblo escogido, una vez que lo ha llamado en forma eficaz. El Espíritu nos lleva a toda verdad, no nos conduce de mentira en mentira para finalmente llevarnos al cielo.

    César Paredes

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  • JUAN SE MOVIÓ EN EL VIENTRE

    Elizabet era la madre de Juan el Bautista, esposa de Zacarías. Su criatura saltó en su vientre tan pronto como María embarazada la visita y saluda, por lo que la madre de Juan dijo: ¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí? Porque tan pronto como llegó la voz de tu salutación a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre… María respondió: Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues de aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones (Lucas 1:39-48).

    El Poderoso Dios hizo misericordia de generación en generación, esparció a los soberbios en el pensamiento de sus corazones, quitó de los tronos a los poderosos, exaltó a los humildes. Entretanto, Elizabet da a luz y a los ocho días van a circuncidar al niño; le colocan el nombre de Juan, con el asentimiento de su padre Zacarías, quien estuvo mudo por un tiempo como reprimenda por su incredulidad, pensando que su mujer estaba muy anciana para concebir de acuerdo a las palabras del ángel (Lucas 1:21-24). Esto le aconteció a Zacarías en el oficio de su sacerdocio.

    Gabriel, el ángel, que visitó tanto a Zacarías como a María, le dijo a esta última: Porque nada hay imposible para Dios (Lucas 1:37). Esa es la firma de Jehová, el que es, el que hace posible todas las cosas. Los demás existimos por su causa, para su propósito eterno, en virtud de su voluntad inquebrantable, gracias a su soberanía absoluta. La alegría de Juan en el vientre de su madre se debió a que reconoció a su Señor, el Jesús que habría de nacer del vientre de María. La gran pregunta de muchos se abre ahora: ¿Puede un feto sentir y conocer a una persona determinada? Lo que se desprende de la Escritura es una afirmación rotunda.

    De hecho, hoy día, la neurociencia nos aporta datos de la formación fetal y de cómo esa persona por nacer (nasciturus) oye, piensa, percibe, de tal forma que la madre y su entorno físico, social, biológico, puede ayudar en gran manera a su cerebro. Pero más allá de lo que la ciencia aporte, el relato bíblico nos habla del poder de Dios: ¿Habrá algo que sea difícil para mí? (Jeremías 32:27), dicho por el Dios de toda carne. Si Dios le dio entendimiento a Juan el Bautista, aún siendo un feto, nos indica de su voluntad inquebrantable para cumplir sus objetivos. Él redime a quien quiere redimir, pero lo hace por su palabra, por el evangelio (las buenas nuevas de salvación). Ese evangelio continúa siendo el poder de Dios para salvación de los creyentes, de acuerdo también a las afirmaciones de María y de Elizabet en sus momentos recogidos en las Escrituras. Alababan al Señor y daban gracias por su presencia en sus vidas. El Espíritu Santo hizo posible el embarazo de María, quien no había conocido varón; al igual el Espíritu procuró por igual que Juan brincara en el vientre de su madre gracias a la alegría por la presencia del Señor en el vientre de María.

    María reconoció la bajeza que poseía como cualquier otra pecadora, porque Dios miró hacia la tierra y vio que todos se habían apartado, que no existía justo ni aún uno. María llamó a su hijo Señor y Salvador, porque estuvo perdida (como todo pecador) pero fue encontrada por el Señor que perdona y salva. Entonces, lo que Roma ha reclamado como doctrina no es otra cosa que su propio sofisma: una María sin pecado concebida. Con esa lógica, si seguimos sus aristas, llegaremos a una genealogía sin pecado concebida, dado que para que la madre de María la hubiese concebido sin pecado también la abuela de María y sus demás predecesores usufructarían igual concepción.

    Otro episodio interesante se da en el primer milagro del Señor: la conversión del agua en vino. María pedía a Jesús que hiciera algo porque el vino se había terminado. La respuesta del Señor fue contundente: ¿Qué tienes conmigo, mujer? Aún no ha venido mi hora (Juan 2:4). Otras versiones colocan: ¿Qué tengo yo contigo, mujer?, aunque en ambos casos se refleja el carácter independiente de Jesús frente a María, quien a pesar de respetarla no asumió su petición como si fuese una orden de alguien superior. Así que mucho cuidado con aquellos que pretenden nombrarla corredentora, intercesora ante el Señor en favor del pueblo. Desde un principio la Escritura nos advierte que Jesús no tiene nada con María, en cuanto a concederle favores por causa de haber sido la mamá en esta tierra, sino que él es su Mediador entre Dios y ella, como Mediador es entre Dios y los hombres pecadores.

    El diablo desea parecerse a Dios, como príncipe de las tinieblas se transforma a sí mismo en un ángel de luz, pero sigue siendo un Anticristo (alguien en lugar de Cristo y al mismo tiempo contra Cristo). La Gran Ramera mencionada en el Apocalipsis representa una sinagoga de Satanás, alguien que orquesta adulterio espiritual con toda la tierra (las muchas aguas en las que está asentada). El texto que nos habla de Juan el Bautista contento porque el Señor estaba cerca, nos dicta una cátedra en cuanto al que está por nacer. Es un ser humano, no un embrión inconsciente, no un pedazo de carne netamente biológica sino una persona. Lo mismo dejó dicho el Salmista: Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas (Salmo 139:16).

    Los ojos del Señor ven el embrión no como una masa de carne impersonal sino como un conjunto de elementos que constituyen una persona. Esto debiera frenar la práctica del aborto y tenerla como el asesinato de una persona.

    Decía el existencialista francés, Jean Paul Sartre, cuando se refería a la variedad de vida en el planeta tierra: Oh, cuántas formas inútiles de vida. Esta existencia nuestra es un rayo de luz en medio de dos eternidades de tinieblas. Por su parte, Nietzsche habla de un nihilismo pasivo: Como decadencia y retroceso del poder del espíritu. Asegura que la humanidad ha matado a Dios, que los seres humanos somos una cabuya sobre un abismo. Su desespero lo muestra alejado de su formación religiosa primaria, apartado por completo de la reconciliación con Dios. En síntesis, una buena parte de la filosofía humana nos dice que no sabemos por qué razón estamos en este planeta, que inquirirlo no nos da ventaja, que saber hacia dónde vamos resulta inútil. Somos solamente átomos, para qué angustiarnos por nosotros mismos si lo que nos rodea son millones de millones de átomos.

    El que Juan se moviera en el vientre de su madre desdice todo este argumento del nihilismo y del desespero. Por supuesto, esto toca el terreno de la fe para lo cual el hombre natural no se siente preparado. A él le parece una locura todas las cosas relativas al Espíritu de Dios, porque han de ser discernidas espiritualmente. Como la falsamente llamada ciencia arropa a la humanidad con sus medios de información, con la invasión de textos escolares, con la enseñanza universitaria, una gran parte de los que profesan el cristianismo como religión han asumido la hipótesis de la evolución, lo que nos sumerge por igual en una especie de seres sometidos al azar con un Dios mecanicista que se olvidó de nosotros. Dejó sus leyes naturales y nosotros apenas podemos vislumbrarlo con dudas bíblicas por causa de la disparidad entre el libro de la ciencia (falsamente llamada) y el libro de Dios.

    Juan moviéndose en el vientre de su madre, frente al Señor que estaba en el vientre de María, nos sigue hablando a los creyentes. Hay vida en el feto, hay personalidad en el feto, para tener cuidado con el aborto o asesinato de una persona. Nos habla también sobre los niños que el Espíritu Santo toca con la información debida para que reconozcan al Señor como Salvador de nuestras almas. Pero también nos dice que no todos los niños son tocados desde ese momento para que vayan a Cristo, así que de nuevo Dios en su soberanía da su evangelio a quien quiere dárselo.

    César Paredes

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  • LA FUNDACIÓN DE DIOS

    Los constructores de edificaciones del Medio Oriente tenían en mente la piedra del ángulo. Esa roca resultaba de gran relevancia cuando su construcción arqueada lo exigía. Consistía en la piedra central del arco, la que si se quitaba después de consolidado el edificio lo haría venir abajo. En otros contextos de ingeniería, también se estila la colocación de la piedra angular como la primera roca que marca el inicio de la edificación. Son variadas las maneras de su concepción, pero en todas destaca su utilidad y su primacía.

    Jesucristo ha venido a ser la piedra angular, la que muchos edificadores desecharon. Ha sido descrito como una roca que aplasta a quien ella le cae, pero quien cayere sobre ella será quebrantado (Mateo 21:44). Habrá esperanza para quien caiga en ella como la única salida para su alma, pero los que desprecian esa roca rechazan su utilidad. La Escritura ha dicho en forma explícita: El fundamento de Dios está firme, teniendo este sello: Conoce el Señor a los que son suyos (2 Timoteo 2:19).

    A Jeremías lo conoció el Señor por lo cual le dijo que lo había amado con amor eterno. A Jacob también Dios lo conoció, habiéndolo amado desde antes de ser concebido. Eso ha hecho con cada uno de los elegidos, aquellas personas que fueron su deleite desde que los destinó para ser objetos de su gracia y favor eterno. Jesús vino por las ovejas perdidas, no por las cabras que serán echadas fuera. Jesús aseguró que todo aquel a quien el Padre le envíe vendrá a él, y jamás será echado fuera.

    Aquella piedra angular, aquel fundamento sobre el cual debemos edificar, tiene un sello distintivo: el conocimiento del Señor de los que le pertenecen. Ese fundamento inamovible que es Jesucristo impide que los que le pertenecen sean removidos de la Roca. Están guardados en sus manos y en las de su Padre, con otro sello interno: el Espíritu Santo como garantía de la redención final. Esa exaltación nos debe motivar a la felicidad permanente, ya que ni la muerte, ni la vida, ni ninguna cosa creada, nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús.

    Los otros, aquellos que no poseen este sello tendrán que soportar cuando esa roca les caiga encima. Por ahora andan con desdén, nos miran con desprecio, como si ellos fueran algo muy importante y nosotros no fuésemos nadie. En realidad, lo necio del mundo escogió Dios para deshacer a lo que es, lo despreciado del mundo eligió el Señor como su pueblo. Además, todo se hizo por gracia para que nadie tenga de qué gloriarse, excepto en la cruz de Cristo.

    El que Dios nos haya conocido desde antes de la fundación del mundo sugiere un amor especial para nosotros. No pudo ver nada bueno o agradable, ya que por naturaleza éramos hijos de la ira, lo mismo que los demás. Por otro lado, estuvimos muertos en delitos y pecados, nos llamó cuando éramos sus enemigos, habiéndonos nosotros apartado con desprecio hacia nuestro Creador. Así que Dios no pudo ver santidad en ninguno de sus elegidos, ni soslayar si había algún interés de nuestra parte. Cada uno de nosotros andaba apartado por su camino, en injusticias, como airados con el Todopoderoso.

    Pero Dios nos escogió y nos selló: ese sello es su conocimiento de que le pertenecemos. Dado que Dios hace justicia, castigó en su Hijo todos los pecados de todo su pueblo, conforme a las Escrituras (Mateo 1:21). Esa razón nos basta para vivir confiados en que no recibiremos la pena eterna, ya que el Hijo logró que el Padre se amistara con nosotros. De ese modo Jesucristo ha sido llamado nuestra pascua, la justicia de Dios. Como consecuencia lógica de lo que hizo el Señor en la cruz, cada redimido cree el Evangelio de Cristo. El Espíritu que nos ha resucitado hace que vayamos a toda verdad, nos recuerda las palabras del Señor que no son otra cosa sino el compendio de su doctrina.

    De allí que ninguna de las ovejas que siguen al buen pastor podrá irse tras doctrinas extrañas (Juan 10:1-5). Los que nunca creerán este evangelio son aquellas personas por las cuales Jesús no rogó la noche previa a su crucifixión (Juan 17:9). Cuando uno predica el evangelio del Señor, tal cómo está en las Escrituras, se cumple el propósito del Altísimo: rescatar a las ovejas perdidas y generar mayor condenación en los que no creerán jamás. Por supuesto, muchos resultan ofendidos con este evangelio, como resultaron con gran ofensa aquellos discípulos reseñados en Juan 6 (cuando el Señor les habló de la predestinación que el Padre había hecho).

    Rebelión y salvación son excluyentes, dos consecuencias del pecado (uno ya pagado en la cruz y otro jamás cancelado). La vida espiritual acarreada por el evangelio nos garantiza el entendimiento de esta única vía para la reconciliación con Dios. Los que se endurecen como consecuencia de la palabra predicada dan prueba de su obstinación. Cada persona que ha sido redimida, habiendo creído genera un agradable olor para Dios, por causa de Jesucristo (esto es en nosotros los redimidos). Nosotros generamos un olor de vida para vida, pero en los que se pierden también somos un grato olor mas olor de muerte para muerte (2 Corintios 2:15-16).

    La palabra de Dios condena a los irredentos, de manera que esa palabra que anunciamos genera por igual agradable olor para Dios. Poco importa que sea un olor de muerte para muerte, sigue siendo agradable al Señor por cuanto es su palabra la que ha salido y no volverá vacía. Ella cumplirá con el propósito del envío. De todas maneras, cada persona en la tierra, en cualquier época, ha tenido la información que Dios ha querido darle: por medio de la obra de la creación y por la conciencia que Dios ha instalado en los corazones de los humanos.

    La muerte de Cristo muchas veces es rechazada y despreciada por los mortales humanos, de manera que genera en ellos condenación. Sin embargo, en los ordenados para vida eterna, esa muerte de Cristo es aceptada como el más precioso don. Por esa vía obtenemos vida espiritual, riquezas celestiales, posicionamiento como herederos de Dios. Nosotros vivimos por fe (Romanos 1:17), con la cual no nos avergonzamos del evangelio, el poder de Dios para salvación.

    Ahora bien, ¿quién es suficiente para comprender este doble efecto del evangelio? Solamente el Dios soberano, en virtud de su voluntad suprema agradable y perfecta. En unos permanece escondido el evangelio pero en otros les es manifestado con simplicidad. Ninguna persona puede ser capaz para hacer exitosa la prédica del evangelio de Cristo, ya que solo Dios da el crecimiento. Pablo argumenta de inmediato que muchas personas predican un evangelio falso, como intentando decir que Dios quiere que todo el mundo sea salvo. Fijémonos en que el apóstol insiste en que los que medran o corrompen el evangelio aseguran con palabrerías y sofismas que Cristo murió por todos, sin excepción. De esa manera se garantizaría una salvación universal, pero que en definitiva quedaría sujeta al mitológico libre albedrío humano.

    Estos falsos predicadores mezclan el vino con agua, para hacer ganancias deshonestas. Ya la Escritura lo ha dicho: somos grato olor para Dios en Cristo, en los que se salvan y en los que se pierden. En unos, olor de vida para vida; en otros, olor de muerte para muerte. Esto deja explícita la voluntad divina en relación a la redención y a la condenación. Por eso la pregunta del apóstol: ¿Para esto quién es suficiente? Recordemos que aún la fe es un don de Dios (Efesios 2:8), que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), que sin fe es imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Los que obedecen al llamado de Dios y creen el evangelio, deberían agradecer siempre al Señor por haberlos hecho creer.

    César Paredes

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  • EN JEHOVÁ ESTÁ LA JUSTICIA Y LA FUERZA

    Tenemos completa rectitud en Él, por cuanto un valor espiritual que se comparte no lo hace más débil. Esa justicia se nos ha otorgado de gracia y para permanencia, como un regalo eterno a las ovejas de su prado. Jesucristo vino como nuestra pascua, ya que por su trabajo en la cruz el Padre pasó por alto el castigo en nosotros. La ira de Dios fue descargada en el Hijo, el que se hizo pecado por causa de su pueblo, de tal forma que no temamos más porque nuestro llamamiento ha sido eficaz. El mundo por el cual Jesús no rogó la noche antes de su crucifixión no goza de la redención provista, solamente su pueblo fue el objeto de su vida y muerte (Mateo 1:21; Juan 17:9).

    La salvación por obras nadie la puede alcanzar, así que su opuesto absoluto viene a ser la gracia. La fe nos es dada como algo útil, como una providencia para asir la gracia que nos ha sido otorgada; más bien la gracia nos trae la fe como instrumento de salvación (Efesios 2:8). Los que procuran por obra entrar al santuario sacrifican contra la sangre del Hijo, contra la gloria que Dios le dio. Ellos serán avergonzados, ya que serán convencidos de su imposibilidad y falta de atino. Los ídolos confundirán a los que buscan obra para ayudar a la gracia, como si la una no se opusiera a la otra. Si por obras, la gracia ya no sería gracia.

    El Israel de Dios (judíos y gentiles) será justificado en la justicia alcanzada por el Hijo de Dios. Cristo nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención (1 Corintios 1:30). ¿De qué hemos de gloriarnos, sino del Señor? Tantos como hemos recibido a Cristo hemos llegado a poseer el derecho de ser hijos de Dios, por ser creyentes en su nombre. ¿Quiénes somos esas personas? Los que hemos nacido de la voluntad de Dios y no de voluntad humana. Los asuntos religiosos son encantadores y pueden confundir a muchas personas, para que piensen que el oficio de los rituales agrega capacidad.

    La Biblia insiste en que no podemos añadir nada más al trabajo completo que Jesucristo realizó en la cruz. El que oye la palabra de Cristo y cree al que lo envió, tiene vida eterna y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida. El trabajo de Dios es que usted llegue a creer en aquel que Él ha enviado (Juan 6:29). Por las obras de la ley (de hacer y no hacer) ninguna carne será justificada, porque por medio de la ley viene el conocimiento del pecado. En cambio, la justicia de Dios se ha revelado a nosotros, por medio de la fe en Jesucristo.

    Todo e mundo ha pecado y por ello quedó destituido de la gloria de Dios, de manera que solamente podemos ser justificados por medio de la gracia. Dios es justo y justifica al que es de la fe de Jesús (Romanos 3:26). Estamos bajo la ley de la fe (Romanos 3:27) pero sabemos que no es de todos la fe (2 Tesalonicenses 3:2), sino que ella es un don de Dios (Efesios 2:8). La Biblia agrega que sin fe resulta imposible agradar a Dios (Hebreos 11:6). Incluso Agraham creyó a Dios y le fue contado por justicia (Romanos 4:3), de manera que no tuvo en qué gloriarse sino en el Señor.

    La Biblia dice que el ser humano ha muerto en sus delitos y pecados, que la paga del pecado es la muerte, pero añade que el regalo de Dios consiste en la vida eterna en Cristo Jesús. Dios da vida a los muertos y llama las cosas que no son, como si fuesen (Romanos 4:17). Abraham creyó contra toda esperanza, pero lo hizo con la esperanza de que llegaría a ser padre de muchas naciones. Abraham no tuvo ningún tipo de debilidad en la fe que Dios le otorgó, por lo que se sobrepuso a los hechos (como el de su viejo cuerpo y el de Sara su mujer). De esa manera su fe no solo le fue contada por justicia, sino que le permitió llegar a ser padre de multitudes. Se le llama el padre de la fe.

    La fe no puede ser creada por la voluntad humana, de manera que no podemos ponerle fe a las cosas para que sucedan. Más bien la fe viene como un regalo divino, la esperanza y certeza de aquello que Dios nos ha prometido, de que acontecerá de la manera como Él lo dijo. Dios cumple lo que promete porque le acompañan el poder absoluto de su soberanía y la fidelidad que lo distingue. Habiendo creído que Dios levantó a Cristo de entre los muertos, que lo entregó por nuestras culpas y pecados, hemos sido justificados por la fe y hemos alcanzado paz para con Dios.

    Estas declaraciones bíblicas nos conducen a otros textos de la Escritura que anuncian el mecanismo de salvación. No depende de aquel que quiera o corra sino de Dios que tiene misericordia de quien quiere tenerla (Romanos 9:16). En el contexto desarrollado por Pablo cuando escribe a los romanos, vemos que habla de la elección. Las acciones de la vida del hombre no han motivado a Dios a elegir a quien ha elegido, más bien de la misma masa de barro configuró vasos de honra y vasos de deshonra. Sin mirar en las obras buenas o malas de la humanidad, amó a Jacob pero odió a Esaú. Lo que ellos hicieron después de la elección lo hicieron como consecuencia de esa elección.

    El objetor se levanta de inmediato para disputar con Dios y le reclama por la tremenda injusticia cometida contra Esaú. ¿Por qué, pues, Dios inculpa? Pues, ¿quién puede resistirse a su voluntad? ¿Será Dios injusto? Pablo responde de inmediato: En ninguna manera, mas antes oh hombre ¿quién eres tú para que alterques con tu Hacedor? ¿No tiene potestad el Alfarero para hacer con su barro lo que quiera? En síntesis, los que disputan con Dios sostienen su injusticia porque la gracia no fue dada a todos por igual, pero para calmar sus ánimos se han inventado una teología universalista, que habla de Dios como más bueno si Jesucristo murió por todos, sin excepción. No se dan cuenta de que de esta manera la obra humana sería la ganadora ante la gracia: la decisión humana se apropiaría de la salvación y la mala decisión humana condenaría al hombre por la eternidad.

    Pero si es por obras, la gracia ya no sería gracia; y si es por gracia, la obra ya no sería obra (Romanos 11: 6). Ningún hombre es justificado por las obras de la ley (del hacer o del no hacer), sino por la fe en Jesucristo. Faraón fue levantado con la dureza de su corazón que Dios le dio, para exhibir la justicia divina en toda la tierra. De la misma manera Dios puede endurecer cualquier corazón en esta tierra, para que el castigo por el pecado le otorgue más gloria. Dios sigue siendo soberano y eternamente justo, así que sirva toda esta lección de la Biblia para humillar nuestras almas ante aquel que es poderoso para salvar a quien Él quiere salvar o para condenar a quien tenga a bien condenarlo. Lo que también resulta cierto es que nadie podrá jactarse en la presencia del Altísimo y alegar su inocencia.

    César Paredes

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